Las islas y la literatura, un bucle infinito

Mar 30 • destacamos, principales, Reflexiones • 1116 Views • No hay comentarios en Las islas y la literatura, un bucle infinito

 

Signo inagotable de aventura y fantasía, las islas han servido como metáfora del periplo del héroe, de su emancipación ante el destino trágico

 

POR ALFONSO AGUIRRE MUÑOZ
“En el principio era el verbo”. Alrededor del verbo, que es el principio de la conciencia, siempre ha estado el entorno. Verbo y entorno, entre la imaginación y la realidad, dialogan interminablemente, uno nutriendo al otro. El principio es origen en el tiempo y origen de la naturaleza, de lo material, del cosmos, de la tierra, del agua. Tiempo, espacio y sentido van de la mano.

 

Las islas han sido territorio fértil para la inspiración. Representan incluso un entorno de segundo orden: el sujeto rodeado por tierra y alrededor de ambos el mar, sólo el mar. El centro se lanza a la periferia, ofreciendo la distancia que permite la abstracción. Las islas son escenarios que provocan la cavilación sobre el sentido de la vida, inspiran ilusiones, plantean retos para los aventureros, iluminan propósitos y, finalmente, nutren a la literatura. Más allá de lo divino, el verbo en su contexto es la esencia de la clave literaria y la filosofía.

 

Hay dos ejemplos paradigmáticos de cómo la palabra escrita ha florecido en torno a las islas. La Ilíada de Homero, de hace casi tres milenios y la famosa Utopía, la isla de Tomás Moro, de 1516.

 

En los albores de la literatura, con la Odisea, Homero recurre a las islas del mar Mediterráneo como el teatro donde se representan las motivaciones básicas y los conflictos existenciales del ser humano. El épico viaje de Odiseo es sobre el regreso a casa, luego de la guerra de Troya. El sufrido periplo es un castigo de los dioses a los griegos por su amañado triunfo. El escarmiento: el hundimiento de la mayoría de los barcos. La vuelta a casa transita por infinidad de obstáculos, la vida pendiendo de un hilo. En la colección de islas que tocan hay de todo: vino, plantas psicotrópicas, un gigante devorador de hombres, una hechicera con poderes para convertirlos en cerdos, oferta de eterna juventud, dioses que castigan con vientos huracanados y dioses que vomitan mares, falta de comida, cárcel y amores. Finalmente, en la Isla de las Sirenas, las ninfas que las habitan —mitad ave y mitad mujer— tientan con celestiales cantos a los navegantes. Sucumbir, perder la razón y el rumbo, significa la muerte. Sin embargo, Circe —tocada por un amasiato con Odiseo— lo pone sobre aviso: el que escuche su voz será afectado por la locura y morirá ahogado. Odiseo se amarra al mástil y sus tripulantes se cubren con cera los oídos. Gracias a su entereza, Odiseo es es el primer hombre que disfruta de ese canto sin perder la vida. La voluntad se impone a los impulsos. Odiseo consigue retornar a su isla con su leal Penélope. Todo cobra sentido: voluntad y destino se encuentran, incluyendo la perturbadora muerte de Odiseo a manos de su hijo.

 

Por su cuenta, Utopía es una obra optimista. Tomás Moro, el autor, es un hombre brillante. Llegó a ser canciller. El libro fue importante desde su publicación. Moro acuñó la palabra del griego: el no-lugar o la geografía inexistente. Tenía subtítulo: “Pequeño libro de veras áureo, no menos saludable que festivo, acerca del estado óptimo como república de la nueva isla Utopía”.

 

Con astucia, el libro ofrece resistencia frente al desplante de una modernidad que ya amenaza con la codicia material y el individualismo. Moro imagina otra geografía donde la salvación de la naciente ética protestante a través del trabajo —incluyendo la explotación— queda al margen. La armonía y el buen vivir son la norma.

 

Moro entrevera ficción con personajes reales y hechos históricos. En su origen Utopía fue península. El rey Utopo, al lado de sus habitantes, cavan el extremo. La hacen isla. Queda claro que sí hay receta: la Utopía se construye. Logran el control del territorio: solo los marinos locales saben llegar. Los habitantes —antes vistos como atrasados—, con esa portentosa obra se ganan la admiración de las otras regiones. Tienen una manera humana y civil de vivir, en forma comunitaria. Sólo se trabaja lo suficiente para vivir bien. Nadie toma más de lo que necesita. Todos visten casi igual, sin ostento. La vida se da “sin hacer uso del dinero, que destruye toda la nobleza, magnificencia y majestad”. Es una democracia muy participativa. Las personas se capacitan de acuerdo con su gana y vocación. Se le dedica tiempo generoso al descanso y al ocio creativo, arte y demás. La única competencia aceptable es para ver quién tiene el jardín más hermoso. La libertad de culto es total. Detestan la hipocresía. La vida es felicidad.

 

Estas obras muestran cómo la literatura se nutre de la realidad de las islas, y cómo ésta se enriquece con la fantasía: el bucle infinito entre la tenaz realidad y la imaginación libertaria que nos regala la literatura. En particular la utopía y la odisea se convierten en potentes metáforas que se proyectan y multiplican en otros tiempos y contextos, hasta nuestros días.

 

En los territorios insulares —como la tierra a la deriva en el universo— queda claro que somos en nuestro estar —nuestro particular y único aquí y ahora— arquitectos de nuestro destino. Siguiendo a Carl Jung, las islas —a modo de arquetipo universal— son símbolo de emancipación, de enfrentar lo desconocido, de superar peligros y tentaciones. Las historias que se proyectan desde y hacia las islas —sean utopías, odiseas que dan sentido o valerosas aventuras— nos permiten rebelarnos ante la injusticia y la ignominia, imaginarnos y construir futuros con esperanza y reinventarnos con libertad.

 

Para el lector motivado en tomar el recorte de las islas, hay varios libros que merecen la pena, apenas como comienzo de un rico filón. Las Sergas de Esplandián, de Garci Rodríguez de Montalvo, es una novela del siglo XV, en la que aparece por primera vez el nombre de California, una isla mítica. El rumor del oleaje, de Yukio Mishima, es una obra maestra, una perla poética, romántica y filosófica que ocurre en una pequeña isla de Japón. En La Isla de la Pasión, Laura Restrepo nos muestra cómo México perdió ante Francia la isla de Clipperton, frente a Acapulco. Junto al ensayo Clipperton, isla mexicana, de Miguel González Avelar, nos da esperanza de recuperar ese valioso territorio, en especial por la vasta zona económica exclusiva que le corresponde por ley internacional, y que debiera ser de México. En otro plano está el poema El Albatros, de Baudelaire cargado de símbolos: la soledad del hombre, como esta ave que toda su vida surca solitaria por los mares y solo toca tierra en islas oceánicas, cuando atiende el llamado de la trascendencia.

 

 

 

FOTO: Pintura de Odiseo y Polifemo en la isla de los cícolpes de Arnold Böcklin, 1896. Crédito: Museum of Fine Arts, Boston

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