Las novelas de la mesa de cocina

Ene 23 • Reflexiones • 4359 Views • No hay comentarios en Las novelas de la mesa de cocina

POR EVE GIL
Autora de Doncella roja (Suma de letras, 2013); @tintavioleta

 

Cuando las novelas de Haruki Murakami comenzaron a circular en España, hace relativamente poco, era ya un autor aclamado en lenguas como el inglés y el alemán. El título con que se dio a conocer a castellano, publicado no en Tusquets –como prácticamente toda su obra– sino en Anagrama, pasó sin pena ni gloria, El carnero salvaje, en 1992, traducido por Fernando Rodríguez Izquierdo y Alfred Birnbaum. El verdadero punto de partida en nuestra lengua para Murakami, lo constituyó la exitosa Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, casi diez años después, traducido desde entonces por Lourdes Porta, quien eventualmente cuenta con colaboradores como el antes citado Birnbaum, junto con quien tradujo El fin del mundo y el despiadado país de las maravillas. Hay que señalar que la obra-gancho de Murakami, Crónica del pájaro…, fue originalmente en 1995, en su natal Japón, y dos años más tarde en Estados Unidos, con gran éxito en uno y otro.

 

Considerado actualmente el autor japonés más popular y querido del mundo, Murakami, nacido en Kyoto en 1949, llevaba amplio trecho recorrido cuando España reparó en su existencia. Publicó su primera novela, Escucha la canción del viento, en 1979. Aunque ya él mismo nos hizo partícipes de cómo se dio casi accidental incursión en las letras –nunca se soñó, ni se visualizó, ni siquiera jugó al poeta en la secundaria; aunque ferviente lector lo ha sido desde niño– con una novela que se escribió casi taumatúrgicamente mientras él realizaba malabares para mantener a flote el bar que regenteaba junto con su esposa. Es, pudiera decirse, escritor por corazonada.

 

A diferencia de la mayoría de los japoneses, se casó muy joven con quien aun es su mujer, Yoko (más de cuarenta años juntos), por lo que a los treinta ya eran muchas sus deudas y no demasiadas sus preocupaciones existenciales, que son las que, por lo general, empujan a la escritura. Pudiera decirse que el entonces juvenil Murakami-san era un japonés promedio, sin tiempo para escarbar en otra realidad que no fuera la sobrevivencia. Su única escapatoria a las presiones sociales, después de la literatura, era la música, el jazz en concreto, afición que consiguió incorporar a la atmósfera de su negocio donde la gente empezó a acudir para alternar whisky y galletas con viejos casetes de Bix Beiderbecke, Wooy Herman o Bunny Berigan, entre whisky y galletas.

 

¿En qué momento nació el Haruki Murakami que admiramos? Ese renacimiento casual y alegórico, marcaría en forma decisiva lo que sería su estilo literario, “el sello Murakami”, que nos revela a sus lectores en español con generosidad conmovedora a través del prólogo escrito en exclusiva para la remisa publicación de sus dos primeras novelas, reunidas en un volumen: Escucha la canción del viento y Pinball 1973 (Tusquets, México, 2015, traducción de Lourdes Porta).

 

Más de treinta años después, Editorial Tusquets nos permite acceder, al fin, a aquella obra que a los admiradores de Muramaki nos resultaba casi mítica, y la vincula con la segunda, también inédita, que es una especie de continuación –sin serlo en todo el rigor del término–, Pinball 1973, publicada en 1980. Por lo general, detrás de todo trabajo literario hay una planeación. Por espontáneo que sea, existe una simiente, una prolongada obsesión. Murakami, cuya tercera pasión de entonces era –sigue siendo, como para millones de japoneses –el beisbol, acudió aquel día decisivo a un partido que ni le emocionaba demasiado, por despejarse un poco. Era una soleada tarde de 1978, nada parecido a un presagio sobrevuela el horizonte… hasta que tiene lugar una jugada que Murakami describe como solo puede hacerlo un experto en la materia: bonito golpe, avance a segunda base, sonido nítido del bate al darle a la bola resuena en cada resquicio del estadio… y el joven experimenta un ímpetu de carácter estético –la inesperada belleza de la jugada– que le hace preguntarse… ¡si podría convertirse en novelista!

 

Sin duda uno de esos arcanos como los que caracterizan las circunstancias que, concatenadas en situaciones cada vez más insólitas, narradas con la naturalidad con que nos ha explicado una jugada de beisbol; una jugada bastante buena pero no imposible. Apenas abandonar el estadio, Murakami acude a una papelería para abastecerse del material esencial para redactar una novela: libretas y plumas. Por la noche busca el último lugar donde lo molestarían: la cocina. Tras muchos intentos, sin embargo, el incipiente escritor se topa con un imprevisto: no consigue decir lo que desea en su propia lengua. Tras liarse a golpes, ni tan metafóricamente hablando, con los caracteres, rígidos, impositivos, opta por extraer de un armario una máquina Olivetti con teclado alfabético inglés. No se pregunta por qué, simplemente ejecuta: da forma a sus ideas en una lengua extranjera para luego traducir, más que la lengua per se, la idea que no lograba asir en su idioma nativo. Señala Murakami: “Mucho después descubriría que la escritora Agota Kristof había escrito varias novelas brillantes utilizando un estilo que poseía la misma efectividad. Era húngara, pero durante la sublevación de Hungría de 1956 se exilió en Suiza y allí escribió, medio a la fuerza, una novela en francés (…)”, pero Murakami va mucho más allá: re escribió en dos lenguas una misma historia para que la extranjera le permitiera expresar lo que su propia lengua le vedaba: ese, además de su imaginación portentosa es “el secreto” de ese estilo que nos subyuga a muchos.

 

Escucha la canción del viento parece una novela “modesta” en comparación con obeliscos como la citada Crónica del pájaro… y más recientemente los dos volúmenes que componen la alucinante 1Q84. Pero el sello Murakami está allí: pudiera interpretarse como una reflexión de la escritura misma. El protagonista es un joven que pasa su tiempo en un bar regenteado por un chino residente en Japón llamado Jay, y un estrafalario amigo llamado “El Rata” (que reaparece como amigo del protagonista en Pinball 1973), que se la pasa despotricando contra la bajeza de los ricos, siendo él mismo fugitivo de la clase alta. No puede faltar la chica “misteriosa” porque no habría novela de Haruki Murakami sin personaje femenino que altere –y socave– no solo las emociones elementales de las que está hecha la literatura, sobre todo su concepción misma de la realidad, de su propia identidad… las dudas que lo asaltan respecto a que lo que sucede, está sucediendo en el mundo tangible. El personaje sin nombre, narrador de la primera novela, advierte en cuanto le acontece guiños de la obra de un autor estadounidense, suicida, llamado Derek Heartfield, producto de la imaginación de Murakami, pero, al mismo tiempo, semejante, como el propio personaje a su creador, a otros autores “de la generación de Heartfield” como Hemingway o Fitzgerald. Es Heartfield quien detona en el muchacho la necesidad de escribir, de contar, de vivir…pero no vivir no más allá del bar, sino “un más allá” al interior de ese bar donde ingresan clientes-personajes como por una puerta ubicada en algún hueco donde realidad y ficción están delimitados por una vulnerable línea que muy difícilmente podría definirse “frontera”.

 

Escucha la canción del viento obtuvo el Premio Gunzo para Escritores Noveles. Era el impulso que requería Murakami para, empleando el argot beisbolero, llegar limpio, casi volátil y sin tocar tierra, a segunda base. Pinball 1973 lleva el nombre de un juego que sigue siendo popular, pero refiere concretamente a máquinas de curioso diseño que, en el año referido en el título, eran a un tiempo novedosas y obsoletas. Esto, y la pasión del protagonista por conocer historias de países/galaxias lejanos, conforman el trazo de una historia de juegos y trampas; entradas y salidas; fuegos que se apagan justo al borde del incendio. Como en toda novela de Murakami, lo que parece empezar podría estar terminando, y aquello que conforma la historia es ese interludio imperceptible entre lo que empieza y termina, y bien podría ser el nudo de una historia que concluye antes que nosotros iniciemos la lectura: “Sentimientos que en cierto momento jadearon con violencia en su interior fueron perdiendo rápidamente sus colores, adoptando la forma de viejos sueños sin sentido” (p. 171)

 

Y si bien estas dos primeras novelas de Murakami, que él mismo se había rehusado a dar a conocer en otras lenguas que no fueran la propia y el inglés, pero optó por incluir el castellano dado el enorme impacto que su obra ha tenido entre los hispanoparlantes, están pensadas –y la publicidad dirigida –a quienes han hecho de la obra de este autor un culto, no tengo objeción en recomendarlas a quiénes no ingresan aun al Universo Murakami; a quienes desconfían de su éxito –en México, al menos, se tiende a asociar este con la mala calidad: cosas de la compleja psique del mexicano– tienen la gran oportunidad de empezar por el principio y, a través de estas dos primera obras, abordar lo mejor de su producción narrativa con ojos nuevos y distintos a quienes le hemos leído en desorden cronológico.

 

Escucha la canción del viento y Pinball 1973, Haruki Murakami, Barcelona, 2015.

 

 

*FOTO: En su libro de ensayos personales De qué hablo cuando hablo de correr, Murakami recuerda que escribió sus primeras novelas durante la época en que administraba un bar de jazz en vivo/EFE.

 

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