László Nemes y la tarea dignificante

Mar 12 • Miradas, Pantallas • 2989 Views • No hay comentarios en László Nemes y la tarea dignificante

POR JORGE AYALA BLANCO  

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En El hijo de Saúl (Sau fia/Son of Saul, Hungría-Francia-EU-Israel-Bosnia Herzegovina, 2015), estrujante debut del húngaro-parisino exasistente de Béla Tarr aunque sin estudios específicos de 38 años László Nemes (cortos previos: Türelem 07, La contraparte 08, El caballero se retira 10), con guión suyo y de Clara Royer, el atribulado judío húngaro concentrado en un campo de exterminio en la frontera polaca Saúl Ausländer (Géza Röhrig) goza por unos cuantos meses del deshumanizante privilegio de pertenecer a los Comandos Especiales con X roja en la espalda, encargados de conducir a las víctimas ejecutables hacia su desnudamiento postrero (“Se les ofrecerá un té después de la ducha”), limpiar de restos la cámara de gas, recuperar brillosos objetos de valor, quemar o transportar cadáveres en carromatos como simple pedacería orgánica y cavar fosas indistintamente, en una especie de interminable acarreo macabro o mítica condena de Sísifo, hasta que un pésimo día cree reconocer entre las víctimas a un niño (Gergö Farkas) que podría ser el hijo que siempre quiso tener, que aún respira y que ipso facto será rematado a tiros por los inmisericordes carceleros alemanes, pero él ha decidido enterrarlo a como dé lugar y, en contra de toda lógica o mínima sensatez, con ayuda de su paisano el Dr. Nyeszli (Sándor Zsótér), consigue rescatar el cuerpo inanimado, lo carga a sus espaldas, lo esconde y, poniendo en atroz riesgo su vida y la de los demás, desechará las negativas del rabino cercano Frankl (Jerzy Walczak) y desesperadamente buscará por todo el campo a otro religioso para pronunciar el Kadish que habrá de acompañar al difuntito en su última morada, habiendo hallado quizá a la criatura indicada en un prisionero barbudo (Todd Charmont) al que afeitará de inmediato con unas tijeritas y obligará a escapar a la hora de una insurrección previamente planeada, de la huida colectiva por el bosque, de la masacre inclemente y del acelerado funeral “interruptus” en una fosa cavada con la mayor premura por ese acabamiento de la tarea dignificante del héroe.

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La tarea dignificante propone una nueva ficcionalización límite del Holocausto, otra dantesca sin concesiones que casi equivale a una reinvención de su esencia y representación del mal absoluto, una recreación basada en la reflexión y el extrañamiento impedidos, una refabulación equidistante del hurgamiento filosófico a través de la palabra (tipo documental-río Shoah 85 del cineasta-pensador postsartreano Claude Lanzmann) y la revisión irónica de los hechos inenarrables (de la novela clave tardía Sin destino del premionobel Imre Kertész como desmitificación del sufrimiento mártir, al Holocausto-juguete infantil como remitificación light del martirio per se en La vida es bella de Benigni 97), ahora con base en la tarea absurda cual revelador de caracteres, de relaciones de fuerza mal estudiadas y de horrores innombrables-irrepresentables.

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La tarea dignificante se desentiende en todo momento de la moral de los acontecimientos narrados, así como lo ha hecho de la sensatez de ellos, abandonada y absorta de plano y en pleno a ese absurdismo llevado por Saúl hasta sus extremas consecuencias, sin importarle que el barbón identificado/elegido a la brava como rabino sea o no el deseado, sin importarle haberle provocado la muerte de su leal amigo Abraham (Levente Molnár) y sin importarle hacer o no fracasar el levantamiento mínimo a la Sobibor (Lanzmann 01) en que estaba envuelto y encabezaba el colosal Kapo superior Biederman (Urs Rehn), y sin importarle convertirse en un émulo más de El último de los injustos (Lanzmann 13), para pasar de largo por el lado de los vivos porque de hecho ya está muerto y no busca ni la resurrección ni la sobrevivencia aplazada o la supervivencia para qué, como una especie de antiRenacido a lo Iñárritu (15) por excelencia, no movido ni por el instinto de conservación ni por odio ni por la venganza mezquina y vacía, sino por la idea trascendental, por la marginal dignidad de todo fuero interno, por la lucha contra la humillación total (esa danza grotesca del oficial hitleriano de embozo con el aturdido héroe que fingía asear meneando sus manitas rampantes) y por un generoso proyecto sagrado que lo desborda como chivo expiatorio, a lo Girard en los orígenes de la cultura.

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La tarea dignificante deriva formalmente del cine de ruptura de Tarr, se acoge a sus designios y no existiría sin él, principalmente por aquello del acoso constante a ese alucinado rostro-intimidad impenetrable del personaje que envía a los otros, al contexto histórico/ahistórico y al ámbito mismo a un nivel de simples sombras borrosas en medio del caos inabarcable y constante, a la ignominia irremisible, a una nebulosa ingobernable, a un mero desenfoque hostigante e ineluctable, en la misma medida en que “la imagen-cine de Béla Tarr es heterocrónica a la vez que es un cine de los cuerpos, de los ritmos expresados como resonancia y vibración, cuerpos conductos de intensidad que van desde los gestos de baile, los vagabundeos y los movimientos erráticos, hasta el agotamiento y la fatiga de la apraxia” (Sonia Rangel en sus imprescindibles Ensayos imaginarios), hasta el agotamiento que es también agostamiento o agonía inacabable.

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Y la tarea dignificante va a desembocar en ese monstruoso desengaño de Saúl dentro de una cabaña boscosa cual refugio perentorio con sus camaradas y viendo aparecer a un chavo campesino, casi idéntico al recién enterrado (Bálazs Farkas hermano del anterior intérprete infantil) que también podría ser su hijo resucitado, pero que actúa como alevoso delator-verdugo, provoca terrible mortandad y se pierde, llevándose consigo el ojo de la cámara que hasta ese instante detentaba Saúl en exclusiva y convirtiendo heterodoxamente al filme en una Tragedia perfecta, sarcástica y malvada, ajena a toda purificación espectacular o simplemente catártica, pero hallando su grandeza en ese rodeo y en su denegación misma.

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*FOTO: Protagonizada por Géza Röhrig, Levente Molnár y Urs Rehn, El hijo de Saúl se exhibe en salas comerciales de la Ciudad de México/ Especial.

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