Leopardi y las mariposas de los abedules

Oct 3 • Reflexiones • 4684 Views • No hay comentarios en Leopardi y las mariposas de los abedules

POR PEDRO SERRANO 

 

La mecánica de la costumbre nos ha domesticado de tal modo que tendemos a ser llevados en nuestras interpretaciones por la cadena del progreso y a explicarnos las cosas de manera historicista. Vemos el arte como una serie de fenómenos que avanzan de una etapa a otra haciendo obsoleto lo que acaba de pasar simplemente porque ya lo conocimos, lo que sucede en otro país porque no responde a nuestras expectativas, o lo que pasó en el siglo pasado porque le imponemos la impronta de la obsolescencia. Partimos de clichés en los que nos sentimos cómodos, o que creemos que nos sientan bien, y decimos que la poesía mexicana es crepuscular y conservadora, o que el arte contemporáneo es una tomadura de pelo, sin detenernos a valorar y juzgar un poema o un objeto en el cruce de sus acontecimientos. Si lo hiciéramos, nos daríamos cuenta de que su exposición y presencia son desenvolvimientos de lo inmediatamente anterior pero también reacciones a situaciones precisas en que esas obras se manifiestan en este momento, y que desde ahí emana su significación y su valor. Nos vendría bien salir de la estridencia de nuestros prejuicios para fundar un juicio basado en valores más argumentados y por lo tanto más sólidos. Veríamos que muchos de los supuestos históricos en los que se basan nuestras apreciaciones se desmontan y descubriríamos que muchos de nuestros resquemores se desvanecen.

 

La “mariposa de los abedules” es un insecto cuyo evocativo nombre es casi título de película iraní, pero no es por eso que la menciono. En realidad es bastante fea, y en inglés se llama algo así como “polilla moteada”. Hasta el siglo XIX era de color gris y crecía en las cortezas de los árboles mimetizándose con ellos para que los pájaros no las descubrieran. Al volverse leña esos árboles, las palomillas viajaban en las cortezas hasta las casas sin que nadie se diera cuenta de que ahí iban. De las granjas pasaron a los pueblos y de allí, a veces, a las ciudades. Al llegar la revolución industrial a las ciudades británicas, y con ella las grandes chimeneas y la producción de carbón para ferrocarriles, fábricas y por supuesto casas, todo, ciudad y campo, árboles incluidos, se empezó a ennegrecer. Tanto carbón, además, se había cargado al liquen blanco que crecía en los árboles y con el cual las mariposas se camuflajeaban. Las mariposas brillaban ahora en exposición encarnada. Se salvaron aquellas cuyas motas oscuras eran más extendidas, y las sobrevivientes empezaron a ser cada vez más cenicientas. Esta variedad, llamada “carbonaria” (que también es un bonito nombre) se vio por primera vez a principios del siglo XIX, pero para finales de siglo ya había más mariposas carbonarias que moteadas. Lo interesante es que a la hora en que las ciudades dejaron de utilizar carbón y empezaron a verse más limpias, el número de carbonarias disminuyó y empezó a haber de nuevo cada vez más mariposas moteadas. La fuerza de una obra no le viene de su novedad sino de su actualidad, de su capacidad para incidir en un presente. Y esto, me temo, pone en aprietos muchos reconocimientos aquiescentes y también muchos automáticos rechazos. Como con las mariposas moteadas, en arte, algo que sucedió en un determinado momento histórico se puede volver parte vigente del presente. Y como con las mariposas, el cambio, indudablemente real, no es necesariamente un progreso.

 

Llevamos dos siglos y pico empeñados en estudiar los poemas desde la perspectiva de su desarrollo histórico, como si su actualidad derivará sólo del momento en que fue producida. Pensamos que los artistas románticos son eso, románticos, y que su valor emana de la historia. Los vemos como reliquias y los valoramos como tales, incluso en caso de que nos gusten. Creemos que porque conocemos el trazo histórico que los sustenta y en el que se sostienen sabemos valorarlos. Algo de pleitesía y de soberbia hay en esto. No se nos ocurre que no somos nosotros los que estamos dotados con la capacidad de transportarnos a su tiempo, sino al revés: son ellos nuestros contemporáneos. Hay que sacar al arte de su momento histórico para verlo en lo que realmente es: actualidad, actuación, performancia. Claro, no con todo se puede. Hay obras tan perfectamente incrustadas en su tiempo que extraerlas de allí es desnaturalizarlas, romperlas, o desactivarlas. Más vale no sacarlas de sus vitrinas porque se vuelven polvo. Tienen esas sí, puro valor histórico, y su naturaleza es rastro de progreso.

 

Giacomo Leopardi escribió durante la primera mitad del siglo XIX, de modo que no hay duda en calificarlo como un escritor romántico. Pero no es por eso que hablo de él. Como las mariposas moteadas, que de repente son más actuales que las mutantes carbonarias, su obra hay que leerla ahora porque ahora nos está diciendo cosas. La actualidad de su Zibaldone, un ensayo de más de 4 mil páginas que muy pronto va a salir completo en español por primera vez, no radica en su carácter romántico, ni siquiera en el atractivo biográfico de su autor, que tan mal lo pasó en la vida. Como el Borges de Bioy Casares, o como los Pasajes de Walter Benjamin, el Zibaldone no es un libro del que se pueda hacer un extracto que lo contenga. Su virtud está no tanto en su extensión sino en su exuberancia, en sus ramificaciones, en sus despliegues. Y su actualidad, porque de eso estoy hablando, está en la radical validez de sus argumentos, en el tejido de sus palabras, en la reflexión pura y dura que logra.

 

En un fragmento de su Miscelánea, Leopardi inicia una reflexión sobre el poema a partir de la siguiente cita, tomada de Francis Bacon: “todo intento de hacer arte va a ser irremediablemente estéril”. A menos que, piensa Leopardi, vaya contra corriente, contra los valores aceptados, contra la opinión dominante: “escribir un nuevo poema que no posea ningún nombre (poesia senza nome) y al que no se le puede dar ninguno a partir de los géneros conocidos es ciertamente plausible, pero requiere una entereza que no es fácil encontrar, y también enfrenta innumerables obstáculos reales”. Como la mariposa de los abedules, la escritura de Leopardi se ha escamoteado a los teclados de la historia para volver a aparecer, oscura y también luminosa, con una actualidad absoluta.

 

 

 

*FOTO: Una de sus obras significativas Zibaldone de pensamientos, un diario acompañado de ensayos filosóficos. Arriba, retrato de Leopardi, óleo del pintor A. Ferrazzi (1820)/ Especial.

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