Ladj Ly y el contraodio marginal

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En un barrio marginal de París, un policía se enfrenta a una crisis de seguridad que involucrará a sus abusivos colegas y a los aguerridos jóvenes hijos de migrantes

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POR JORGE AYALA BLANCO

 

En Los miserables (Les misérables, Francia, 2019), estridente debut del también ocasional actor e incipiente TVserialista francoafricano maliense de 41 años Ladj Ly (corto previo: una versión reducida de Los miserables 17), con guion suyo y de Giordano Geordelini y el también actor protagónico Alexis Manenti, el sobrio emigrado exterior/interior Stéphane Ruiz (Damien Bonnard) es adscrito por una severa comandante para quien “Sin cohesión no hay equipo” (Jeanne Balivar) a una patrulla de la brigada anticrimen UAT, al lado del curtido afropolicía apuesto Gwada (Djebril Zonga) y el despótico sargento blanquito semicalvo Chris mejor conocido como Cerdo Rosa (Manenti), quienes de inmediato le apodan Grasiento y lo embarcan en un motorizado rondín cual tour matinal por las pintorescas miserias del modernizado afrobarrio bajo su custodia, sembrado de sexoservidoras baratas, narcotraficantes, falsificadores, chavas basquetbolistas ilusas, traviesos chavitos pululantes en las canchas o en la azotea volando algún dron, y empoderados perdonavidas como el mastodóntico Alcalde que se indigna si lo ven a los ojos (Steve Tientcheu) y el iluminado restaurantero exconvicto Salah (Almamy Kanoute), pero ese inestable equilibrio pronto será roto cuando el afropequeño Issa (Issa Perica) se robe al cachorro de león de un circo, el gitano dueño del espectáculo (Raymond Lopez) amenace con una acción drástica para recuperarlo, la brigada policial acorrale al niño culpable que ha subido su fechoría narcisista a la red, la parvada de chamacos rodee a los patrulleros para liberar a su amiguito, el temeroso agente Gwada le sorraje un tiro de salva en pleno rostro al infeliz infractorcito y todo sea abiertamente registrado por un dron dirigido por el afroanteojudo fanático de esos mecanismos voladores Buzz (Al-Hassan Ly), quien, sujeto a tremendo acoso, va a entregar a través del interpósito Salah la memoria del dron, mientras el herido Issa es obligado a devolver el cachorrito al rencoroso propietario sádico que encerrará al chavo en la mismísima jaula de los leones, pero al día siguiente, cuando las cosas parezcan haber entrado en una tensa calma y el indignado agente novato Ruiz se haya solidarizado comprensivamente con sus colegas abusivos, los afrochavos organizados en pandilla y venadeando desde las azoteas, emboscarán a los patrulleros, volarán con morteros su vehículo y los arrinconarán uno a uno a base de explosivos dentro de un edificio, en donde, aterrados y con sus caras sangrantes, los tres policías verán a un carimarcado vengativo Issa accionando con sus diminutas manos una bomba molotov para ultimarlos, en el punto más grave del contraodio marginal.

 

 

El contraodio marginal establece como ostentosa atracción propositiva y reveladora un original paralelismo nefasto e insidioso entre la apremiante realidad del barrio periférico parisino de Montfemeil que describió al escalpelo Victor Hugo en su folletinesca saga novelística Los miserables de 1862 y, siglo y medio después, la realidad actual en ese mismo lugar, vuelto un distrito supuestamente modelo que aloja enormes edificios de apartamentos-colmena que solo han logrado maquillar la dura existencia marginal de los migrantes allí alojados sin verdadera inserción social ni destino venturoso posible, un ghetto de africanos eternamente Miserables donde las nuevas Cosettes son quinceañeras humilladas en el parabús por consumir hashish y el nuevo Gavroche es impunemente malherido, donde el verdadero poder lo ejercen y disputan un corpulento afroalcalde que se hace respetar y temer como el Obama del condado y el restaurantero domina con aires sacrosantos, donde los proletarios brillan por su ausencia subsumida y la organización de la Comuna se expresa a través de pandillas de cualquier tipo gangsteril o infantil aunque siempre bajo el mismo esquema exasperado y reactivo alienante, donde el único sentido unificador lo marcan la histérica tumultuaria hazaña futbolera mundial de 2018 y la autodefensa visceral de los solo en apariencia inermes, pues allí y entre esos dos actos se desarrolla su relato-retrato de acción violenta urbana, con nerviosa fotografía hipermóvil de Julien Poupard y acezante música percutiva de Pink Noise y estructura de bola de nieve o mancha cancerígena, oscilando entre el thriller social y un neonaturalismo determinista medio ilustrativo sectorial y medio encarnado y descarnado a la vez.

 

 

El contraodio marginal se remonta así con ironía al día preciso del magno triunfo deportivo y se refiere metafóricamente a la realidad actual de una Francia asolada y desmembrada por la violencia, las protestas y las represiones callejeras, pero aborda muy de frente, con valentía e inteligencia lúcida, el rol que desempeña la policía francesa en esa situación, una policía que utiliza los mismos métodos de intimidación impune que los propios hampones y explotadores, no para vigilar y proteger, sino para controlar a través del terror, una policía errática y al parecer solo ansiosa por desempeñar de la mejor manera autoprotectora su rol lacayuno y ancilar.

 

 

Y el contraodio marginal se da el lujo de concluir con un final, más que abierto, en puntos suspensivos, de parábola moderna o de fábula africana en París, con el afroniño dañado en cuerpo y alma Issa manipulando impávido la reivindicadora bomba mortífera hasta irse a una pudorosa e inmisericorde/misericordiosa pantalla en negro, cual desembocadura trágica y aleccionadora, en lo recóndito sagrado de la destructora aberración justa, y entonces la antigua dicotomía novelesca inmortal entre el lamentable perseguido Valjean y el empecinado perseguidor Javert parece resolverse, mediante un epílogo poético crédulamente sublimado (“No hay malos sembradíos ni malos hombres, solo hay malos cultivadores”: Hugo), ¿y a otra cosa?, pero ya el sentido de la película se ha elevado a rangos jamás reconciliados de flagrante injusticia establecida y podrida Ley ineficaz e infame.

 

FOTO: Los miserables estuvo nominada en la categoría de Mejor película extranjera en la reciente edición de los Premios Oscar./ Especial

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