Los predilectos

Ago 31 • Ficciones • 3138 Views • No hay comentarios en Los predilectos

POR JAIME MESA

 

La fiesta era en un edificio ubicado en el centro, en una zona alejada de los restaurantes y tiendas de moda. Al llegar uno podía ver, en el cuarto o quinto piso, la luz que se colaba por las cortinas y con ella oír lejanos sonidos inexplicables desde abajo y para el transeúnte distraído. Recuerdo la oleada de calor que me golpeó justo cuando se abrió la puerta del elevador y contemplamos un mapa espectacular de cuerpos desnudos. Carl Fisk me tomó de la cintura y me encaminó a una pequeña salita y luego a un cuarto que funcionaba como guardarropa. Me desnudó con la exquisita perversión de un primo hermano y antes de darme un par de besos en la mejilla me dijo las reglas del juego, “siempre puedes decir que no si no estás cómoda, no puedes acaparar a un solo compañero toda la noche, y no puedes meterte al baño o al guardarropa con nadie”. Enseguida comenzó a desvestirse con una parsimonia de anciano y entendí en ese momento que Carl había dejado de ser aquel hombre pasivo cuyo gesto de colocarse un condón en mi primera vez de bugchaser sólo era un recuerdo de un personaje que esa noche no se asomaría ni por error. Lo vi caminar hacia los cuerpos desnudos, me concentré en las líneas poderosas de sus músculos y sentí una soledad aterradora cuando poco a poco varios pares de ojos empezaron a prestarme atención. Estaba seca, en todos los sentidos. Estuve a punto de refugiarme en el guardarropa en un asomo de inocencia recién descubierta. Volví a cuestionarme ante aquel amago de realidad, porque he de decir que tuve la impresión de estar contemplando una película pornográfica que sólo excitaba a mi novio adolescente y me hacía pensar que yo no tendría valor para hacer todo lo que aquellas mujeres hacían. Lo que había olvidado decirme Carl, que después, rumbo a la madrugada, me confesó, era que habíamos llegado tarde. Estas fiestas suelen dejar bien claro de qué lado estás. Uno llega y se acomoda de un lado del lugar (¿dije ya que se trataba de un piso completo, con varios sillones, loveseats y una alfombra color champagne tan tersa que daban ganas de tirarse en ese momento y lamerla?), elige con una desmedida honestidad y aceptación de lo que eres el lado de los bugchasers o de los giftgivers. Y entonces, en una ceremonia de cruces de ojos, de silencios y respiraciones entrecortadas tratas de grabarte los rostros de los que están del otro lado para saber qué puedes encontrar una vez que todos se hayan confundido. Así que en ese momento, una vez que Carl se había ido, para mí todos los cuerpos eran iguales. Su piel era preciosa, llena de los más variados tonos, siempre con una apariencia luminosa y saludable.

 

Las sonrisas, los penes erectos y hermosos, los senos grandes o pequeños circulando a mi alrededor, los músculos o la esbeltez, todo era parte de un santuario de deseo. Poco a poco comencé a interesarme, quizá fruto de la contemplación, en las particulares escenas. En un principio quise elegir, ya sin tratar de diferenciar a los sanos de los infectados, pero fue imposible. Me di cuenta de que todos éramos un gran y estupendo cuerpo. No éramos individuos ni teníamos particulares gustos, y mucho menos exigencias. Estábamos ahí para que nos tocaran, para tocar, para poseer lo que quisiéramos en el momento que quisiéramos y con eso unificar nuestro deseo. No sé qué hice primero ni con quién. Tampoco sé si mis recuerdos, en donde aparezco yo, son realmente mi cuerpo. Pero de pronto era yo en todas partes. Arrodillada al lado de otra mujer, tocándonos con rabia mientras tratábamos de guardar el equilibrio para lamer un pene que luego se convirtió en dos, o en tres. No sé si era yo la que, postrada contra la alfombra, me ofrecí en el centro de la habitación a quien pasara por ahí y deseara quedarse a probar mi vagina, que de tan lubricada ya no medía la proporción de lo que entraba o salía. ¿O era mi lengua la que trataba de acaparar el líquido rojo que escurría por una espalda después de la mordida de alguien más? ¿Era yo la que fue hasta un delgado rubio para susurrarle al oído mi limpieza, que podía contagiarme, y fui yo la que lo tomé de la mano y luego me acosté bocarriba abriendo las piernas para dejarlo entrar? ¿Fui yo, acaso, la que lo atrapó con los brazos y le dijo al oído a ese hombre que lo amaba, sintiendo cómo eyaculaba dentro y veía cómo el amante rubio se levantaba con solemnidad pero con una sonrisa para volver a una esquina, y ahora con un aire de ganador le dejaba el paso a alguien más? ¿Fui yo la que volvió a decirle que lo amaba al segundo hombre que, más rápido que el anterior, eyaculó dentro? ¿Fui yo la que dejó escapar la saliva, que alguien más bebió, al lamer otro pene y fui yo la que se imaginó con el virus dentro y dueña de un poder inconmensurable? ¿Entonces fue mi vagina la que se encimó en otra y se frotó contra ella repetidas veces, y vio en los ojos de una más el temor creciente y sintió cómo los dedos la comenzaron a soltar poco a poco para temblar? ¿Fui yo quien gateó por la habitación pasando de víctima a victimario, tratando de recordar a toda velocidad las maneras más probables de contagiar a otra persona? ¿Fui yo la que tuvo un ataque de ira por tener el virus dentro, después de un orgasmo prolongado y bello, y que fui pretendidamente asfixiada por un par de manazas poderosas que me sujetaron durante tantos minutos como bombeos salvajes que me dejaron un escozor casi insoportable? ¿Fui yo quien en el baño se dio cuenta del estado de su cuerpo, quien trató de limpiarse los manchones de sangre que aún no tenían la fuerza para escurrir por sus piernas?, ¿la que vio cómo una mujer alta, pelirroja, bellísima, se acercaba y arrodillada empezó a lamer una vagina doliente y lacerada, y que sintió cómo esa lengua húmeda la perforaba?

 

La desconexión entre mi cuerpo y mi mente fue la recompensa. La posibilidad de admirar todo, confuso, abstracto, sí, desde arriba y gozarlo por duplicado. Arrastrada por esa marea de placer, viendo cómo poco a poco el público salía del baño para dejarme tirada y rendida sobre el suelo, noté en un rincón la mirada infantil y contrariada de Lynda Combs. No la reconocí al principio, claro está. Fue un lento recomponer las piezas, primero del placer fugado, de la desarticulación de mis miembros, y luego la vuelta a aquel personaje de la serie de televisión que ahora, sin maquillaje y sin esos domésticamente elegantes vestidos me miraba con arrobo desde una zona segura. Ella sonrió, aun cuando estaba asustada y tal vez por eso. Se levantó, hasta ese momento reparé en que había estado acuclillada masturbándose, y fue hasta donde yo estaba. Se arrodilló a un lado y sólo nos observamos como dos miembros de un clan que se reconoce en medio de la selva. Fue ella quien me tendió la toalla con la que me limpié un poco y fue ella quien me ayudó a incorporarme. Y creo que fue en ese instante cuando sus largas manos presionaron mi torso y mi brazo, y al olerla, aunque no la había olido nunca, y al apreciar su cuello esbelto cuando supe, en el fondo de su mirada, quién era. Ambas estábamos exhaustas para transitar por el valle de los comentarios intrascendentes que dicen dos personas para evitar el silencio incómodo. Mientras me sostenía frente al lavabo para que yo acabara de quedar limpia, nuestros ojos no se encontraron más. “Ambas tenemos algo en común y algo perdido que no hallamos hoy”, me dijo con voz suave y baja. Sonreí, más por la vuelta a mi cuerpo a través del agua helada que por haberle dado la razón. Porque no era cierto. Sólo era una línea, un diálogo de serie de televisión, tendido como puente. No nos conocíamos y no teníamos nada en común. De cualquier forma, ella estaba interesada en mí. No sé si su confianza provino de haberme visto arrumbada en el suelo o por el lugar común de haber visto en mí su juventud o porque simplemente estaba muy sola y desconsolada. Pero antes de tenderme una tolla limpia y seca y salir por la puerta me dijo que le gustaría tomar té conmigo en su casa. Eso fue todo esa vez.

 

Cerca de una hora en la que el sol comenzaba a sentirse afuera, Carl me buscó y su mirada de asombro me dejó ver realmente lo que había pasado conmigo.

 

¿Pero sólo era sexo? Al sentir las manos de Carl en mi cuerpo, la fuerza con que me abrazó y la delicadeza al ponerme la ropa una vez que estuvimos en el vestidor supe que sólo había tenido sexo. Aunque mi mente trató de concentrarse en esa otra posibilidad —la buscada, la que había sentido aquella vez con Carl en su casa— me di cuenta que no había sucedido nada. Estaba insatisfecha, cansada, sí, pero insatisfecha. Ni siquiera la última revelación de alguien que se había interesado genuinamente por mí como Lynda Combs me daba ánimos. Comencé a preocuparme por mi vida. “¿Puedo saber si alguien lo hizo, Carl, si alguien realmente me infectó?”, le pregunté, me dio una mirada reprobatoria y ofendida, pero continué sabiendo que no era una buena conversación para una mañana soleada, casi perfecta, a excepción del dolor insoportable en todo mi cuerpo. Carl no contestó. El vigor que había mostrado al rescatarme en la fiesta ahora se perdía en una mueca, no sé si de hartazgo o vacilación ante haber aceptado seguir siendo mi protector. En varios momentos estuve segura de que detendría el auto y me pediría, siempre con sus maneras atentas, que bajara del coche. “Por Dios, podrías decir algo. Ahora podría tener el virus dentro al igual que tú”, pero su silencio era inmutable. Empecé a sentir una vergüenza profunda. Como esa sensación cuando estás en un restaurante, detrás de un ventanal enorme, y hay un mendigo de pie ahí, viendo cómo te llevas un trozo de carne a la boca. Contrarresté el sentimiento como lo hacía cuando vivía en casa de mis padres. Fingí enojo, traté de hacer ver que el culpable podría ser todo el mundo excepto yo. Incluso bromeé con que ante tanto cuerpo bello uno estaba incapacitado para distinguir la enfermedad de la salud. ¿Qué era el sida, entonces? “Tenía un amigo que estaba seguro de que el sida no existía. Pasó toda la adolescencia contraviniendo las indicaciones en los empaques de condones, o en las clínicas de salud. Mujeres, hombres, orgías, anal, vaginal, tríos, cambios de parejas, desconocidos, conocidas, de todo. Y para demostrarlo iba a hacerse la prueba una y otra vez. Nada. ¿Me escuchas? Nada. Para él el condón era una forma de control. Y estaba seguro de que el sida era una mentira, claro, no negaba la evidencia, ahí estaba la gente muriendo, pero debía ser por otra cosa, decía.” Lo sé. Lo que venía a continuación era un largo reproche de qué derecho tenía yo a meterme con esos temas, qué derecho tenía yo de hablar así. La manera en que Carl sujetaba el volante me lo decía, esa manera en que los pliegues de los dedos se constriñen juntando fuerzas para un ataque. Pero no llegó. Seguimos, ahora los dos en silencio, hasta que llegamos a su casa. Luego, sus atenciones siguieron, me llevó a la ducha y me dejó sola luego de cerciorarse de que había toallas limpias.

 

 

Fragmento de la novela Los predilectos, de Jaime Mesa, de próxima publicación por Alfaguara. Texto incluido sólo en la edición digital de Confabulario

 

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