¿Maestro?

Dic 23 • destacamos, Miradas, Música • 1879 Views • No hay comentarios en ¿Maestro?

 

Dirigida y protagonizada por Bradly Cooper, la cinta Maestro retrata la relación entre el compositor Leonard Bernstein y su esposa, Felicia Montealegre

 

POR LÁZARO AZAR
¡Cómo ha cambiado el tono con que nuestros vecinos del norte retratan a sus íconos musicales! Disto de tener los conocimientos cinematográficos de mi queridísimo Joaquín Rodríguez Langridge, cuyas charlas sigo añorando a más de diez años de su partida, pero, como melómano, me es inevitable callar mi opinión respecto una de las películas más esperadas del año: Maestro, la biopic sobre Leonard Bernstein estrenada mundialmente a través de Netflix este 20 de diciembre.

 

Lejos estamos de la mirada romántica y melodramática que, en 1956, plasmó George Sidney en The Eddy Duchin Story. De hecho, basta ver el retrato que Steven Soderbergh presentó hace diez años de Liberace, otro pianista igualmente querido por las masas en Behind the Candelabra, para corroborar que ya no hay tabús para retratar aquellas facetas que las buenas conciencias no dudan en adjetivar como “sórdidas”, si bien, ahora, este filme estrenado en el Festival de Venecia centra su trama, y de manera muy sesgada, en una única faceta de uno de los artistas más completos de nuestra era: su relación con Felicia Montealegre, su esposa.

 

A la par de las múltiples nominaciones que ha merecido Maestro, me llama la atención que, hasta el momento, las pocas críticas adversas que se consignan en la red sean aquellas que lamentan que la película no termine con la muerte de su protagonista, y las que recaen en uno de los rubros por los que esta película ya ganó, incluso, un premio: por su Maquillaje (para Kazu Hiro en el Middleburg Film Festival). La tachan de “caricatura antisemita” por la prótesis nasal que, para lograr un admirable parecido con el personaje central, emplea un multifacético Bradley Cooper que aquí dirige, coescribe, produce y protagoniza esta película que, en su producción, involucra nombres tan venerados como Steven Spielberg y Martin Scorsese.

 

En estos tiempos que tan presente se ha hecho la lucha por visibilizar los derechos que por años nos han sido restringidos a las mujeres y a los jotos —y perdón, pero, en mis tiempos, así nos llamaban— han llegado a la pantalla tres películas que retratan el quehacer de una profesión que, hasta hace muy poco, parecía estar limitada a los hombres: la dirección de orquesta. En menos de un lustro hemos visto como, en 2018, Maria Peters desempolvó en Antonia: una Sinfonía, la historia de Antonia Brico, la primera mujer en dirigir las filarmónicas de Berlín y Nueva York, y el año pasado, Todd Field encomendó a Cate Blanchet dar vida a otra directora en Tár, una historia ficticia. Si algo fue notable, es el respeto con que se abordó la parte musical en ambos filmes. Nunca fue cuestionada la gestualidad de las protagonistas al pararse ante una orquesta, y el desempeño de Blanchet hasta fue alabado por profesionales muy respetados.

 

Lamentablemente, no puedo decir lo mismo de Maestro, ni mucho menos de Bradley Cooper. Esta historia se limita a retratar a esa loca desenfrenada que también fue Lenny, a quien, durante uno de los diálogos más fuertes de la película, su (no muy) resignada esposa, le advierte que, si no tiene cuidado “va a morir como una reina vieja y sola”. Y muy sufrida, pero bien que Felicia disfrutó las mieles de ser reconocida socialmente como Mrs. Bernstein, porque, de la prometedora actriz que aquí se habla, pocos se acuerdan, a diferencia de los desbordantes talentos que, como pianista, director de orquesta, compositor, pedagogo, comunicador y reformador hicieron de Bernstein uno de los referentes más importantes de la cultura norteamericana de la segunda mitad del siglo XX… a pesar de que, como recordó Norman Lebrecht, “en 1953, el Departamento de Estado le denegó la renovación de su pasaporte por las acusaciones del FBI de simpatizar con el comunismo”.

 

Pareciera que Trump y sus secuaces conspiraron para borrar su faceta política y tantos méritos artísticos, para destacar, solamente, la doble vida —conocida y pactada con Felicia— a la que Bernstein se vió orillado para “brillar” ante esa sociedad neoyorquina que algo ha avanzado. Que si era bisexual u homosexual de clóset, es lo de menos. Cuando fue titular de la Filarmónica de Nueva York, de 1958 a 1969, era impensable ser abiertamente gay como ahora se precia de serlo el actual Director Musical de la Metropolitan Opera House, Yannick Nezét-Seguín, quien comparte con Bernstein su falta de inhibición y no mucho más. Por mucho que ponderen los medios la “climática” escena de más de cinco minutos en la que fungió como asesor musical de Cooper para dirigir realmente el final de la Sinfonía Resurrección de Mahler, si hay algo verdaderamente penoso en esta película, es esa escena.

 

Lástima, porque según declaró Nezét-Seguín, se sentía particularmente comprometido con lograr que ese momento fuera creíble. A diferencia de Karajan, su mesurado coetáneo, al subir al podio, Bernstein podía ser poco ortodoxo y desbordado, pero bastaba verlo dirigir cualquier cosa para percibir que todo su ser era y vibraba con la música. Te desarmaba con su autenticidad, y eso, aquí no se logró. Nezét-Seguín dice que intentó “conseguir una interpretación de la pieza que estuviera en el estilo de Lenny, que es expansivo, emocional, siempre casi demasiado lento, casi demasiado grande… tan poderoso y conmovedor. Quería reproducir no solo lo que él hacía, sino incluso realzarlo (…), que fuera una versión aumentada de la de Lenny”, y ahí, es donde torció la puerca el rabo: lo que hace Cooper ante la Orquesta Sinfónica de Londres, es un grotesco remedo. ¡Esa sí es una caricatura y no la prótesis!, porque aquella no se nota, y esto, vaya que se ve falso.

 

Basta ver las imágenes de archivo que, al final de la película, consignan la última actuación de este inconmensurable artista, el 19 de agosto de 1990 con la Orquesta Sinfónica de Boston, para percibir cuán distante está Cooper de la esencia de ese Maestro al que fue incapaz de retratar en la más documentada de sus facetas.

 

Al igual que para José Echenique, a quien me permito refrasear para concluir, mi escena favorita fue el ballet de los marineros de On the Town. Ojalá hubiera habido más de eso: de su debut en La Scala con María Callas, los programas de TV en los 60 con los que inició a miles de personas en el gusto por la música, de West Side Story, sus éxitos frente a la Filarmónica de Viena o su relación con Stephen Sondheim, a quien se menciona una sola vez en la película, porque, aunque ésta no se hizo para gente interesada en Mahler o en Broadway sino pensando en la taquilla, ése era realmente Lenny.

 

 

 

FOTO: La cinta biográfica de Leonard Bernstein está nominada en los Globos de Oro. /Especial

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