La “trampa malthusiana”

Mar 27 • Reflexiones • 561 Views • No hay comentarios en La “trampa malthusiana”

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Publicado en 1789, Ensayo sobre el Principio de la Población, de Thomas Malthus, suscitó una polémica aún vigente sobre las brechas de sociales y la distribución de la riqueza

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POR RAÚL ROJAS

Cuando el reverendo Thomas Malthus (1766-1834) publicó su Ensayo sobre el Principio de la Población se convirtió de inmediato en el más destacado antagonista de los socialistas y teóricos de la renovación social. El “malthusianismo” se convirtió en un término peyorativo, utilizado hasta la actualidad. Y es que para Malthus la desigualdad de clases estaría basada en leyes naturales inevitables y no sería simplemente un producto de la organización social. Por eso todos los esquemas destinados a elevar las condiciones de vida de los necesitados estarían destinados a fallar. La razón de este fracaso sería el “principio de la población”.

 

El Ensayo fue publicado en 1798 y el texto fue concebido como refutación de las teorías sociales de William Godwin, quien pensaba que la educación era la clave para acabar con la miseria y las diferencias sociales. El Ensayo no es muy largo y de hecho es muy repetitivo. Cada capítulo machaca una y otra vez la tesis fundamental, utilizando diferentes ejemplos y rebatiendo a nuevos autores. Para Malthus “debido a leyes fijas e inalterables, la mayor parte de la humanidad estará sujeta siempre a las malas tentaciones que surgen de la necesidad”. Malthus critica a Godwin quien piensa que “los vicios y debilidad moral no son invencibles”. Se ha acusado a Malthus de haber sólo repetido las ideas conservadoras de Joseph Townsend, quien doce años antes del Ensayo publicó una crítica de la legislación destinada a proteger a los más pobres, ya que según Townsend “sólo el hambre los hace trabajar”. Malthus, por su parte, afirma que su principal interés es demostrar que las “clases bajas de cualquier país nunca se librarán de necesidades y trabajo como para poder lograr algún progreso intelectual”.

 

Lo que Malthus llama el “principio de la población” es sencillo de formular. Consiste en dos ideas: uno, que la sociedad siempre necesitará alimentos, y dos, que la “pasión entre los sexos” se mantendrá constante en el futuro. Eso implica, según Malthus, que la producción agrícola en un país cualquiera sólo puede crecer en proporción aritmética (1, 2, 3, 4, etc.), mientras que la población crece de manera geométrica (1, 4, 9, 16, etc.), o exponencial, como diríamos actualmente. Una mayor producción de alimentos requiere de más tierras y su incremento sólo puede ser paulatino y extensivo, como en las colonias, pero al final de cuentas el aumento de la productividad agrícola está limitado por factores naturales. El crecimiento de las familias, por el contrario, es algo que sucede de inmediato cuando aquellas mejoran su situación social. Por eso, en una sociedad igualitaria habría una explosión de la población que rápidamente llevaría a tener menos recursos disponibles, por cabeza. Es lo que sucede con las clases pobres, piensa Malthus, que convierten un aumento en el ingreso en expansión de sus familias, para a la larga retornar a su situación de miseria. Todo esto ya viene planteado desde el primer capítulo y con eso el lector ya sabe de qué se trata toda la obra. Es un desperdicio de páginas; tan es así que Malthus publicó en 1830 un resumen de 50 páginas que contiene lo esencial del Ensayo –y más.

 

Malthus publicó su libro, el primero que lo hizo famoso, cuando la Revolución Industrial llevó a la cuestión social al centro del debate político. El desarrollo de la producción y la introducción de maquinaria estaban devaluando rápidamente la destreza de los artesanos especializados, que ahora eran requeridos en menor número. Trabajadores descalificados podían fungir como mera extensión y complemento de la maquinaria. Así, el nivel general de salarios podía reducirse mientras que paralelamente surgía un ejército de desempleados. A veces se rebelaban y trataban de destruir máquinas. Sería casi hasta fines del siglo XIX que en Europa se reconocería el derecho de los trabajadores a organizarse y luchar por mejorar sus condiciones de trabajo. Fue cuando se comenzó a sentar las bases de los sistemas europeos de asistencia social. Pero en la época en la que Malthus escribe, lo que se expande es el llamado “capitalismo manchesteriano”, desbocado y con pocos instrumentos de control. De ahí la preocupación de pensadores como Godwin y Condorcet por la situación de las clases trabajadoras.

 

Los socialistas del siglo XIX rebatían a Malthus de dos maneras. Por un lado, argumentaban que el gran desarrollo de la técnica podría aumentar la producción de alimentos a los niveles requeridos por una mayor igualdad social. Por otro lado, Godwin y varios de los llamados socialistas utópicos pensaban que la “pasión entre los sexos” disminuiría paulatinamente en una sociedad más igualitaria y educada. En su Ensayo Malthus contradice ambos planteamientos, sin realmente aportar números o estadísticas, sino más bien “sentido común”.

 

A la distancia de más de dos siglos podemos examinar lo que ocurrió en Europa después de Malthus y comparar con sus postulados.

 

Uno de los efectos más notables de la Revolución Industrial, y quizás el más importante, es haber prácticamente duplicado la esperanza de vida de la población. Hasta 1800, la esperanza de vida (al nacer) era de unos 40 años en Europa. En los cien años posteriores a Malthus aumentó hasta 55 años y es de más de 80 años actualmente. El factor más importante fue la gran reducción en la mortalidad infantil y el desarrollo de los sistemas de salud, con antibióticos y vacunas.

 

Para Malthus la mortalidad infantil, las epidemias y otras calamidades son las que impiden que la población aumente continuamente. Cualquier mejora en el ingreso sólo puede ser de corto plazo porque después de una generación, o menos, las familias volverán a vivir hacinadas y retornarán las epidemias y la mortalidad excesiva, en un movimiento cíclico. Es lo que posteriormente ha sido llamada la “trampa malthusiana”. Pero lo que sucedió después de la publicación del Ensayo es diferente. En Gran Bretaña descendió la mortalidad de la población paulatinamente, del 2.7% anual en 1810, hasta 1.7% en 1900. Mientras tanto, los nacimientos anuales se mantuvieron en una tasa del 3.5% anual hasta 1880, para comenzar a descender rápidamente hasta el 1.5% anual en 1938. Es decir, en el siglo XIX crece efectivamente la población, como Malthus esperaba, pero a partir del siglo XX se llega a una situación incluso de descenso neto de la población en los países europeos. Es lo que se ha llamado la “transición demográfica”. ¿Qué pasó?

 

Ocurrieron dos cosas: por un lado, resultó que Godwin tenía razón en el sentido de que mayor educación y prosperidad llevan a las personas a tratar de planificar el tamaño de sus familias. Por otro lado, a partir de fines del siglo XIX se comienzan a difundir métodos de control natal que anteriormente sólo estaban disponibles para aquellos con mayores recursos, hasta culminar con la píldora anticonceptiva hacia mediados del siglo XX. La educación y mayores oportunidades limitan los nacimientos ya que los niños dejan de ser un par de brazos que se necesita lanzar al mercado para mejorar el ingreso familiar. En muchos países europeos el verdadero problema hoy es que el crecimiento de la población es negativo, lo que se trata de contrarrestar con leyes favorables a la inmigración. Además, según el Banco Mundial, el porcentaje de la población mundial viviendo en pobreza extrema, pasó de 80% en 1820 a menos de 20% en el año 2000. Obviamente no todos los países han salido de la “trampa malthusiana”, hay muchas diferencias regionales, pero la tendencia es clara. Además, la producción agrícola resulto más elástica de lo que Malthus pensaba. En los últimos cincuenta años del siglo XX los Estados Unidos duplicaron su producción agrícola utilizando una superficie 25% menor. El problema actual, más que insuficiente producción, es el consumo excesivo de recursos naturales en los países industrializados y en algunos en vías de industrialización, con el consecuente cambio climático.

 

Hubo alguien, sin embargo, que pudo sacar provecho del principio de la población, así como lo formuló Malthus. Ese alguien fue Charles Darwin, el teórico de la evolución de las especies, quien en su autobiografía escribió que al leer el Ensayo “estaba bien preparado para apreciar la lucha por la existencia que ya había atestiguado durante mis observaciones de plantas y animales. De inmediato me percaté de que bajo estas circunstancias las variaciones favorables tenderían a ser preservadas y las desfavorables a ser destruidas”. Esas “circunstancias” se refieren al intento de cada especie por procrear tantos descendientes como sea posible. Sobreviven los más aptos y transmiten sus características a su descendencia.

 

En suma, 220 años después de Malthus es claro que el dilema infranqueable que planteaba entre el crecimiento aritmético de la producción y exponencial de la población ya no es tal. La humanidad ha aprendido a regular su crecimiento, no en todos los países y quizás aún no en el grado necesario, pero la conclusión de que la desigualdad humana es el resultado de leyes naturales indiscutibles es insostenible.

 

Y si ya con todo lo dicho Thomas Malthus no es aún poco simpático, basta leer el último capítulo del Ensayo para cambiar de opinión. Como Malthus era clérigo, trata de responder a la paradoja que consiste en que Dios haya creado un mundo donde la maldad coexiste con la virtud. Pero resulta que, según Malthus, “la maldad moral es absolutamente necesaria para la producción de la excelencia moral”. Aquellas mentes que sólo han vivido la bondad no pueden desarrollarse completamente, necesitan experimentar el contraste. El amor y la virtud necesitan que exista lo opuesto. “La perfección uniforme no tiene el poder de despertarnos”. Así que todo forma parte del plan del Creador, ya que sólo siendo testigos presenciales del mal podemos llegar a ser virtuosos. Con lo que de paso queda resuelta la paradoja de la existencia de miseria, pobreza y carencias en un mundo diseñado por Dios. Todo eso es necesario para que la virtud florezca, de los unos en la indigencia y de los otros en la prosperidad.

 

FOTO:  Aspecto de peatones en uno de los cruces principales de San Salvador, El Salvador./ Alexander Peña/ Xinhua

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