El fantasma es una metáfora muy poderosa de la memoria

Feb 15 • Conexiones, destacamos, principales • 3543 Views • No hay comentarios en El fantasma es una metáfora muy poderosa de la memoria

/

La escritora argentina Mariana Enriquez conversa sobre Nuestra parte de noche, Premio Herralde de Novela 2019, en la que aborda la dictadura militar en Argentina con ingredientes de literatura de terror, un género que ha mostrado su pertinencia para darle un sentido crítico a las historias de violencia

/

POR OLMO BALAM

 

Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) sabe que “todos conocemos una historia de fantasmas”, pues todos sabemos algo sobre la injusticia y la violencia, de aparecidos y desapariciones. La escritora argentina ha cultivado a lo largo de su carrera el género de terror, en libros de cuentos como Los peligros de fumar en la cama (Anagrama, 2017) y Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016); novelas como Este es el mar (Literatura Random House 2017); o su ensayo La hermana menor: un retrato de Silvina Ocampo (2014).

 

 

En México acaban de publicarse sus crónicas sobre viajes a cementerios en Alguien camina sobre tu tumba (Antílope, 2019), y también ganó el Premio Herralde de Novela 2019 con Nuestra parte de noche (Anagrama), relato sobre uno de los grandes fantasmas de Argentina: la dictadura militar. En esta conversación, Enriquez habla sobre el terror, un género muchas veces subestimado pero de gran amplitud y profundidad, pues las historias de fantasmas no sólo son fascinantes y entretenidas porque causen miedo, también son relevantes por lo que dicen sobre la sociedad.

 

 

¿Hay un prejuicio contra la literatura de terror?
Para mí nunca fue un género menor. Nunca entendí el prejuicio del mundo literario hacia él. Cuando yo empecé a leer literatura de terror fue con Henry James en La otra vuelta de tuerca; leí a Shirley Jackson, los cuentos de fantasmas recopilados por E.R. James; algunos cuentos de terror de Julio Cortázar; el humor negro de Silvina Ocampo o el noventa por ciento de los cuentos de Borges que son cuentos fantásticos. O Stephen King, un escritor que mezcló el terror con el realismo. El resplandor no solamente es un libro sobre un hotel que está embrujado, es una metáfora de la violencia familiar. Eso está lejos, primero, de ser escapista y, segundo, está bien escrito. La literatura de imaginación y de género está lejos de ser una literatura trivial.

 

 

Desde afuera, como sucede en México, a la literatura argentina se la considera un vivero de literatura fantástica, de lo extraño, de lo arriesgado. ¿A qué crees que se deba esto?
Me cuesta pensarlo porque se trata del lugar de donde vengo, para mí es muy natural. Las tradiciones literarias se arman con muchas cosas, y creo que tuvimos mucha suerte de tener en su momento escritores canónicos, y luego otros como Manuel Puig o Antonio Di Benedetto, que no se reprimieron de ninguna manera. Tiene que ver con cómo era la sociedad argentina de ese momento, que tuvo una clase media muy amplia, mucho acceso al arte y al entretenimiento. Manuel Puig es el típico escritor de ese momento, sus primeras novelas trabajaban con el chisme, el melodrama y el teleteatro, los géneros más menores de todos, y fue un escritor importante y reconocido. Tenía que ver con una sociedad muy diversa en cuanto a inmigración y a política, con partidos conservadores y liberales, de izquierda. En esa diversidad era difícil armar cánones que tuvieran poder sin que hubiera un contrapeso. Robert Arlt podía escribir una novela como El juguete rabioso, que es una novela muy de la calle sobre un chico que roba, y después Los siete locos, una historia un poco influenciada por Dostoievski. Y a Borges no le gustaba Arlt, creía que escribía mal. Y después podía aparecer un escritor como Piglia que era absolutamente fan de Borges y de Arlt. Hay otras sociedades que son igual de diversas y esto no pasa en su literatura. En la literatura argentina si quieres encontrar una avenida es muy difícil porque en general todo está en pequeñas calles: hay montones de literatura de pueblos pequeños, literatura fantástica, literatura comprometida, literatura pop (César Aira, Puig), poesía gótica (Alejandra Pizarnik). Es absolutamente diversa y eso hace mucho más fácil elegir un tradición y mezclarla con bastante desprejuicio.

 

 

¿Consideras que hacía falta que el género de terror se moviera a las periferias de las grandes ciudades?
Me gusta trabajar con un registro que sea reconocible. El registro de la ciudad que yo tengo es el de una ciudad más pequeña, menos palaciega, con un cotidiano que ya no tiene que ver con el de los habitantes de esas mansiones que aparecen en los libros de Borges, o en las que Bioy Casares sí llegó a vivir. Yo no puedo escribir terror en un castillo. Me puedo divertir leyéndolo, pero si entro al género no va a ser para repetir ciertos lugares comunes. En la literatura argentina que está escribiendo la gente de mi edad se escribe mucho en esos ambientes suburbanos. Pienso en Samanta Schweblin, Luciano Lamberti, Fernanda García Lao. Y sobre esa especie de tradición literaria de los pueblos han escrito muchos como Hernán Ronsino, Juan José Saer o Daniel Moyano.

 

 

Hay muchos fantasmas en tus libros: espectros, rituales vudú, brujos, aparecidos, la ouija. Esta diversidad parece corresponderse con la de las violencias que se ejercen en la Argentina contemporánea –y podría decirse que también en otros lugares de Latinoamérica– con sus desaparecidos, los narcos, los feminicidios. ¿Cómo se vinculan estas manifestaciones de la violencia?
El tema de los desaparecidos lo tomo directamente de la dictadura. Tiene que ver con la manera en que se implementó una economía neoliberal de la deuda y la inflación, una enorme violencia económica sobre la sociedad. A partir de la dictadura, Argentina entra en crisis cada diez años como si fuera un trauma. La imposibilidad de salir de ese trauma acentúa la desigualdad y la violencia institucional que son el mayor horror en mis cuentos. La dictadura coincidió con mi infancia, hay algo del miedo de esa época, de la sensación de vivir con este sistema represivo y sus características, porque fue sangrienta pero de puertas adentro: fusilamientos públicos, persecuciones, secuestros y desapariciones de cuerpos, una cosa literalmente fantasmal. Crecer con eso, aunque yo no sabía qué era exactamente lo que pasaba, es una sensación a la que puedo recurrir muy fácilmente para escribir terror.

 

 

En Ghostly matters, el antrópologa Avery F. Gordon dice que la aparición de fantasmas informa acerca de algo oculto pero que está vivo y muy presente. ¿Te has aproximado al terror y a lo sobrenatural de una manera semejante?
Cuando un fantasma anuncia su presencia habla sobre lo que le pasó, reclama justicia. Todas las historias de fantasmas son “me quitaron a mi hijo”, “me mataron injustamente”, gente que busca justicia sabiendo que no la va a conseguir. Eso hace que sean “implacables”, en el sentido de que no hay manera de darles lo que necesitan, lo que requieren. Es la memoria de algo injusto e irreparable que ocurrió, y también es un trauma. El fantasma, cada vez que aparece, cuenta lo mismo, vuelve y no puede desprenderse de ese trauma que es una especie de cicatriz. El fantasma es una metáfora muy poderosa de la memoria, de la historia y de la injusticia, y además es popular, entretiene y da miedo. Todos conocemos una historia de fantasmas. Por eso reniego con lo de los géneros “menores”. Si nos ponemos a pensar de esta manera más “racional” sobre lo que está diciendo un fantasma cuando aparece, dice algo sobre la sociedad.

 

 

En tus relatos parece que los personajes no tienen salvación. ¿Por qué casi nunca hay una reivindicación para tus protagonistas?
Yo quiero que eso pase, no quiero que se salven, la verdad. Tampoco quiero que un cuento termine de una manera cerrada o tranquilizadora. La literatura no está para tranquilizar. Los finales donde un personaje se salva o donde te explico el misterio, son una manera de tranquilizar al lector y decirle, desde esa verdad que es la ficción, que el universo ha vuelto a su lugar. Y la verdad es que no todo está solucionado. A mí no me gusta reproducir ese conservadurismo en mi literatura, prefiero que sea inquietante y que el lector tenga que convivir con ese destino de crueldad, porque me parece que es el destino más real. Y la ficción, aunque sea de género, trabaja con la verdad, con lo que honestamente crees, y yo creo honestamente que no hay finales felices ni salvaciones individuales. Mis personajes en general no se salvan, pero tampoco les pasan cosas tan terribles. Quedan, más bien, profundamente marcados por lo que pasó.

 

 

En tu libro sobre Silvina Ocampo hablas sobre cómo a ella le encantaba retratar historias sobre la infancia. ¿Cómo ha sido retratar y escribir desde el punto de vista de los niños?
La mirada edulcorada sobre la infancia me resulta boba, irritante. Los niños son un clásico cuando uno escribe terror, y tiene que ver con el contraste entre el momento más inocente del ser humano y el de su corrupción. Eso da miedo porque el fantasma de un niño o una niña lo que dice es “me mataron”, “me violaron”, “sufrí”. Eso es una tradición incluso del cuento de hadas, de los niños que se pierden en el bosque y la bruja los engorda para comérselos. O este cuento de Hans Christian Andersen sobre una niña que vende cerillas en la calle y muere de frío, un cuento de más de 200 años. Hay algo en el tratamiento de Dickens sobre los niños que es totalmente impiadoso con su sufrimiento, que hablaba de la hipocresía del mundo victoriano y su discurso de la infancia con sus pinturas de niños-reyes al mismo tiempo que los niños trabajaban en minas y fábricas en condiciones espantosas. Y eso sigue pasando, decimos que es insoportable pero luego no actuamos como si no fuese insoportable. Y seguimos hablando…

 

 

Los cuentos de hadas podrían leerse como cuentos de terror. ¿Crees que tus cuentos podrían leerse como cuentos de hadas?
El cuento de hadas es un abuelo del cuento de terror. No sólo es lo fantástico o el momento de miedo. Es también ese porcentaje muy alto de crueldad y de perversión. ¿Qué hace Caperucita con ese lobo en la cama? Cuando los hermanos Grimm recogieron ese cuento ya tenía siglos. Que esa tradición haya acabado en el género de los cuentos infantiles es un misterio de la sensibilidad humana.

 

 

Muchos de tus personajes son mujeres a las que les suceden cosas terribles. Pero tú no la relatas sólo como víctimas. ¿Cómo es retratar así la violencia contra las mujeres sin?
No me gusta el discurso de la victimización, porque es quitarle a la mujer su poder de reparación, de reconstituirse. Es sumamente machista pensar que una mujer no se puede cuidar, que si fue dañada no se puede recuperar. Que te congelen en eso horrible es decir que estás acabada, que no tienes el poder y el temperamento para reponerte y resignificar la violencia que sufriste. En ese sentido, revictimizar iría en contra de lo que pienso. Un cuento como “Las cosas que perdimos en el fuego” habla sobre eso, donde el empoderamiento llega hasta algo muy radical que es prenderse fuego a una misma para apropiarse de esa violencia y en ese acto salir como un ser nuevo. Muchas de las mujeres de mis cuentos ponen el cuerpo permanentemente, como la que está enamorada de una calavera y quiere estar tan flaca como una ella. En general son mujeres que si no son felices tienen su poder, hay unas que están solas pero son impredecibles, hacen cosas diferentes con las violencias a las que son sometidas.

 

 

Decías que no hay salvación individual pero ¿hay salvación colectiva?
Espero que sí, quizá en términos sociales. La salvación individual es horrible, es el mandato más obediente al capitalismo que se nos propone: la meritocracia. Pero espero que haya una alternativa que no signifique demonizar o matar al que piensa diferente. Ahora en Sudamérica no es el mejor momento para pensar en salvaciones colectivas, es un momento extremadamente individualista, desconfiado del otro, racista, quizá como nunca. Habría que pensar por qué nuestras sociedades se han derechizado, por qué se llegó a una tolerancia de la violencia que nos violentó a nosotros mismos. Confío en que haya una salvación colectiva, pero creo que es un optimismo un poco juvenil de mi parte.

 

FOTO: La obra de Mariana Enriquez también ha explorado la vida de la escritora Silvina Ocampo./ Mariana Roveda/La Nación

« »