Melchor o el paraíso infernal

Feb 27 • destacamos, principales, Reflexiones • 2556 Views • No hay comentarios en Melchor o el paraíso infernal

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Clásicos y comerciales

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POR CHRISTOPHER DOMÍNGUEZ MICHAEL
Si cabía algún temor, ante el éxito internacional de Temporada de huracanes (2017) con sus de premios y traducciones, como causa de temor o temblor en Fernanda Melchor (1982), éste ha quedado descartado, porque la narradora veracruzana nos entrega, con Páradais (PRH, 2021), una novela acaso superior a la anterior. Si Temporada de huracanes, gracias a su solución antropológica –la brujería como baremo del Mal– todavía podía leerse como una muestra más de la por fuerza atosigante saga de la narco-literatura, en Páradais se confirma –íntegra y resonante– una voz con un pleno dominio de su arte de contar y una capacidad léxica aún más decantada a la que ya era notoria en Temporada de huracanes.

 

No leemos en Páradais una modernización salvaje o posmoderna de La picardía mexicana, ni mucho menos la creencia, originada en la mala crónica periodística, que a mayor número y grosor de las majaderías derivadas de la fornicación en todas sus formas y variedades, mayor violencia criminal a exhibirse para escándalo mayúsculo del público fariseo.

 

Otros críticos ya subrayaron, en Páradais, la variedad de los mexicanismos, algunos bien vivos en el habla de los adolescentes; otros, anacronismos oportunamente rehabilitados o supuestos regionalismos muy acertados, además de las líneas en las cuales Melchor parecería estar homenajeando, culterana, a Juan Rulfo (“apaciguar”, con un trago de alcohol, leemos, “el remolino de cosas negras, etéreas pero afiladas, que revoloteaban en su mente como polillas en torno a una luz solitaria”).

 

No falla, para delatar a un mal prosista, el examen de su idioma tras haber ganado alguna forma de relevancia más allá de su país: la fama trae consigo la tentación –a veces inducida por los editores– a estandarizar el lenguaje del escritor, para facilitarle el trabajo a los traductores (que van a batallar con esta novela de Melchor) o a los lectores de nuestra lengua en otra latitud. Esa posibilidad no se le pasó por la mente a Melchor (ni a Daniel Sada, il miglior fabbro de la narrativa mexicana del cambio de siglo) y el español en Páradais es ciertamente aterrador por la realidad a la que nos conduce, pero es idiosincrático, riquísimo. Es probable que desde José Agustín no apareciese un oído tan apto para captar la oralidad como el de Melchor. Y quizás, desde El vampiro de la Colonia Roma (1978), no leía yo una novela “tan gruesa”, en el sentido sonoro y emocional de la expresión, tan propio de aquella década que culminó con la novela del recién fallecido Luis Zapata.

 

Páradais es un estudio de la adolescencia, más cercano al espíritu de A sangre fría (1965), de Truman Capote que al de Las batallas en el desierto (1981), de José Emilio Pacheco, a quien Melchor honra en el epígrafe. Si bien, el amor imposible del obeso Franco Andrade por la extrovertida señora Marián, la adinerada y vecina ama de casa, desata la narración, con la excitación sexual culminando en el crimen y arrastrando en el camino al desamparado Polo, Páradais no se limita al contraste moral entre el destino desigual del “niño rico” y del “niño pobre”, como en la parábola educativa de Pacheco. Situada en un fraccionamiento de clase media alta cercano a Boca del Río, Veracruz, la novela de Melchor no es, como han creído algunos doctos en teorías universitarias pero no muy duchos en narrativa mexicana, una señal de alerta sobre la cruenta injusticia nacional, rutina inevitable desde Mariano Azuela, quien inauguró el siglo pasado con una novela titulada, nada menos, que Los de abajo (1915) para no irse más para atrás, hasta Federico Gamboa, con sus mujeres caídas y sus penurias de la gleba.

 

Pero no creo que la tradición nacional sea lo esencial en Melchor, justamente porque la domina a la perfección, como es lógico dados los poderes de su prosa y por ello pensé en Capote, aunque los asesinos de los Clutter disten de ser unos adolescentes como lo son quienes protagonizan esta tercera novela de Melchor. Destaca, como en A sangre fría y en la sucesión de novelas criminales que desató en Oriente y Occidente, esa destrucción de un entorno idílico –puritano y artificial como suele ser todo jardín bucólico– por aquellos que se sienten expulsados del paraíso. Paraíso, en este caso, más fluvial que marítimo que a Patricia Córdova, en Nexos, le recuerda al José Revueltas de El luto humano (1943), con su inundada postración.

 

Destrucción que no tiene otro desenlace que una sangrienta e inútil, costosa y patética, pesadilla encarnada porque los adolescentes ebrios en Páradais hacen todo menos ejercitar la sangre fría, como si el género, ya clásico gracias a Capote, resultase inútil para controlar la errática improvisación de esas creaturas, unidas por el odio. Uno de ellos, en esta novela, es el muchacho ocioso y echado a perder por el dinero, incapaz de sofrenar su punzante sexopatía, quien planea una violación; el otro, apesadumbrado por el resentimiento social, sueña con robar, ansioso de hacerse valer frente a su primo Milton y salir de la pobreza enganchándose con los narcos de la localidad, ya dueños de toda la economía del crimen.

 

Es de notarse, en Páradais, el comedimiento de Melchor al colocar, en el momento adecuado y con la debida extensión, el episodio narco de su novela. Una maldita estrella en un firmamento fijo y un elemento ya inmutable en el mundo de los jóvenes suburbanos, el narcotráfico dejó de ser el “acontecimiento” que fue, llamado a ser, por brutal, pasajero. El llamado, en Colombia, sicariato, es una dimensión existencial y una oportunidad de trabajo, lo cual hace a Páradais más perdurable que tantas de nuestras novelas narcas, fenoménicas en su servidumbre periodística, de la década pasada.

 

A los crímenes cometidos por el par de adolescentes en el fraccionamiento, durante unas horas, no les dedica Melchor otra cosa que un somero recuento, como si fueran las líneas narrativas de un guion a filmarse algún día, del cual la autora tiene la libertad de desentenderse, porque a ella le importa menos la expulsión que el paraíso, más los retratos de los adolescentes que su previsible desenlace, concentrada como está en la atmósfera de una novela a la cual cabe exaltar como una exacta hazaña del lenguaje. Que Polo regrese a la escena del crimen para, presumiblemente, entregarse, es un buen final, pero en esas últimas páginas ya casi todo está dicho, contra lo que exige la retórica de las novelas policíacas, porque a Fernanda Melchor, me parece, le interesa más el Mal que sus crímenes.

 

Destruir el paraíso no garantiza redención alguna y más bien comprueba –como lo hizo la vieja crítica anglosajona al hablar de D.H. Lawrence, Aldous Huxley, Graham Greene, Katherine Anne Porter o Malcolm Lowry escribiendo sobre estas tierras– que el “paraíso infernal” del cual nunca se escapa es un oxímoron apropiado para referirse a México, cuya literatura ya registra a Páradais entre sus novelas contemporáneas más perturbadoras.

 

FOTO: Fernanda Melchor: Páradais, Literatura Random House, 2021, 160 pp./ Especial

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