México y el Reino Unido frente al espejo: cultura, identidad y narrativa de lo nacional

Mar 14 • destacamos, principales, Reflexiones • 3482 Views • No hay comentarios en México y el Reino Unido frente al espejo: cultura, identidad y narrativa de lo nacional

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POR EDGARDO BERMEJO MORA 

 

I.
Cuando pensamos en un modelo ejemplar de política cultural en el último siglo, la del Reino Unido se presenta como una historia admirable. Difícil imaginar que la gran potencia imperial que dominó el planeta a lo largo del siglo XIX, con no pocos desplantes de violencia; el país que patentó la explotación capitalista; el país del conservadurismo victoriano, que hizo de la guerra, la esclavitud, la piratería y el saqueo las principales fuentes de su riqueza en los dos siglos anteriores; y que se involucró en las dos guerras mundiales de la primera mitad del siglo XX, sea ahora, ante los ojos del mundo, un modelo internacional en materia de políticas culturales.

 

 

Dos elementos, entre muchos otros, ayudan a explicar esta transición: la creación oportuna de instituciones culturales en los últimos cien años, que habrían de evolucionar y consolidarse a lo largo de las décadas; y la lectura oportuna de su tiempo histórico, es decir, la construcción de una narrativa diferente a la del pasado para explicar a los demás –y para explicarse a sí mismos– el papel primordial de la cultura, esto es, de lo “británico”, en la conformación de una nación y de una sociedad.

 

 

Encuentro al menos cuatro momentos clave a lo largo del siglo XX que explican el ascenso del Reino Unido ya no como la potencia imperial y expansionista que fue, sino como el país constructor de un modelo de política cultural exitosa, cuyo ejemplo ha nutrido las experiencias de otros países:

 

 

 

1.
La creación de la BBC en 1922, recién terminada la Primera Guerra Mundial, es el primero de estos momentos clave del siglo cultural británico. La BBC, como ejemplo de un medio de comunicación de propiedad pública, resume en casi ya un siglo de historia la evolución tecnológica de los medios de comunicación y el papel que desempeñan como entidades productoras de cultura, identidad y conocimiento. La BBC produce cultura desde hace un siglo y la pone en circulación por todo el mundo, así de simple y así de crucial su aportación cultural.

 

 

A la vuelta de una centuria la BBC se convirtió en una plataforma multimedia con presencia global; pasaría de la radio a la televisión, y de la televisión analógica a los contenidos digitales; incursionaría más tarde en la producción cinematográfica; en la producción de muy diversos contenidos educativos, culturales científicos y de entretenimiento; se consolidaría como una agencia de noticias con presencia en todo el globo; y como un referente mediático que ratifica la pertinencia de un medio de propiedad estatal, que puede a su vez transitar a esquemas mixtos de propiedad (pública y privada), con altos niveles de rentabilidad, y sin dejar de ser en toda esta evolución una de las grandes instituciones culturales del Reino Unido.

 

 

 

2.
La fundación del British Council en 1934, en la antesala de la Segunda Guerra Mundial, en pleno ascenso del fascismo, los nacionalismos exaltados y los totalitarismos políticos que amenazaban a la democracia en Occidente. Su creación fue la respuesta del Reino Unido para contrarrestar las amenazas que se cernían sobre el planeta con las herramientas de la cultura y la educación en un periodo de extrema emergencia.

 

 

Ya en plena guerra, y mientras Londres era intensamente bombardeada por la aviación nazi, en 1943 se abrió la oficina del British Council en México, en un contexto donde las relaciones británico-mexicanas se habían dañado sensiblemente tras la expropiación petrolera de 1934. Al término de la guerra y a partir de la década de los cincuenta, el British Council dio a su vez un giro fundamental al ser el encargado de traducir en clave de cooperación educativa y cultural los retos que enfrentó la etapa británica postcolonial. Este es el giro en las narrativas de lo nacional y de lo cultural al que me he referido líneas arriba.

 

 

El viejo imperio británico, en sus postrimerías, debía encontrar nuevos lenguajes y nuevos esquemas para establecer una relación diferente consigo misma, pero también con sus antiguas colonias y con el resto del mundo. El British Council ha sido pues un modelo paradigmático de la transición de la lógica imperial y expansionista del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, a los modelos de la cooperación internacional para el desarrollo que se impusieron tras los horrores y estropicios de dos guerras mundiales y una violenta etapa postcolonial a nivel planetario.

 

 

A poco más de ocho décadas de haberse creado, el British Council es probablemente la organización cultural y educativa más grande del planeta, con representación en 120 países y una gigantesca operación global que, sorprendentemente, sólo recibe el 25 por ciento de su presupuesto mundial del erario británico.

 

 

Es una organización mayoritariamente autosustentable, que ha encontrado en el idioma inglés una herramienta extraordinaria para generar recursos, a través de la enseñanza de la lengua, los exámenes de acreditación y un muy variado portafolio de servicios y esquemas de colaboración en los que participan la comunidad creativa y las instituciones culturales de Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda del Norte, en diálogo con el resto del mundo.

 

 

 

3.
Cuando la BBC organizó en 1967 la primera transmisión satelital en vivo, que conectó en una misma señal a buena parte del planeta, con 400 millones de televidentes en 31 países –entre ellos México–, y cuyo segmento estelar lo protagonizaron los Beatles cantando “All you need is love, el Reino Unido y sus política culturales ratificaron en ese momento histórico al menos tres atributos innegables: su liderazgo mundial en materia de telecomunicaciones; su capacidad para propiciar un nuevo diálogo intercultural en plena Guerra Fría; y su enorme poderío como creador y protagonista de la nueva cultura icónica mundial, con los Beatles a la cabeza.

 

 

El Reino Unido ha sido una fábrica incesante de productos y manifestaciones icónicas para el paisaje cultural del siglo XX. En diversos momentos, como en aquel 25 de junio de 1967, sus políticas culturales han entendido esa riqueza, la han fomentado, multiplicado y proyectado al mundo entero. De nuevo aquí una narrativa diferente, compleja, cosmopolita e innovadora, con la cual mirarse al espejo de la cultura contemporánea, y al mismo tiempo proyectar dicho reflejo al resto del planeta, ha sido un elemento clave del modelo cultural británico.

 

 

Frente al flematismo victoriano de la era imperial, la carismática aparición por cadena global de cuatro jóvenes de Liverpool entonando un himno al amor y a la paz, hasta convertir a su canción en el anatema de toda una generación.

 

 

 

4.
Ya por cerrar el siglo XX, en 1998, el Reino Unido dio a conocer el mapa de sus industrias creativas, el primero de su tipo en toda la historia. Se trataba del primer estudio en el mundo que arrojaba información puntual sobre el aporte de la cultura al desarrollo económico del país: 8 por ciento del PIB británico en aquel año.
NESTA, la organización encargada del estudio –creada ese año con dinero público proveniente de la Lotería Nacional–, sentaría las bases de una nueva manera de entender a la cultura y a las políticas culturales en el mundo entero.
De nuevo se presentaba aquí un cambio fundamental de paradigma: tras los años dolorosos de la transición postindustrial en la era de Tatcher, la economía del Reino Unido tenía que reconvertirse por completo y es en ése momento que la economía de la cultura, a lo que entonces se le llamaron “industrias culturales” y hoy reconocemos como el “ecosistema de la economía creativa”, pusieron al Reino Unido y a su producción cultural en la ruta de la creatividad, la innovación y la revolución digital del siglo XXI.

 

 

De manera paralela a estos momentos clave asistimos a su vez a dos procesos de transición en la manera en que se reconfiguró la narrativa británica de su identidad y de su producción cultural que resultaron fundamentales: pasar de ser la gran potencia hegemónica e imperial del siglo XIX, como ya dijimos, para integrarse a los procesos postcoloniales con un nuevo discurso de cooperación cultural internacional; y la reconversión de su modelo de economía industrial, en las últimas tres décadas del siglo XX, para lo cual el reconocimiento y fomento de sus industrias creativas, el estudio de la aportación de la cultura y las artes al crecimiento británico, y el poder de la innovación y el uso de las tecnologías digitales en la conformación de un ecosistema de creatividad cultural, han sido uno de sus principales motores hasta nuestros días.

 

 

 

II.
Aquel momento estelar de junio de 1967 nos permite regresar al caso mexicano. En aquella transmisión histórica, en la que, como ya señalamos, el Reino Unido se presentó a los televidentes del mundo con una actuación en vivo de los Beatles, México a su vez participó con un segmento de 5 minutos producido por Telesistemas Mexicanos (hoy Televisa), y presentado por el legendario conductor León Michel.

 

 

Cinco minutos que resumían con elocuencia la manera en que México construyó su narrativa identitaria en el siglo XX; la de un país moderno, pacífico, amigable, en crecimiento, con una profunda tradición histórica y un paisaje cultural sostenido, en lo esencial, por el folklor y lo vernáculo: el charro cantor, el sarape y el caballo. Es decir, un discurso al que solíamos llamar “nacionalismo revolucionario”.

 

 

No es casual que la transmisión arrancara con una masiva coreografía del ballet de Amalia Hernández danzando al “son de la Negra” en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, espacio ideal donde se muestran “las tres síntesis históricas de México”; entre las ruinas prehispánicas, el convento novohispano, y los modernos conjuntos arquitectónicos de la SRE y la unidad habitacional diseñada por el arquitecto Mario Pani. ¿Quién iba a decir que un año después aquella plaza se mancharía de sangre?

 

 

Corte a: un charro de sombrero y a caballo entonando, frente las trajineras de Xochimilco, “Allá en el rancho grande”. Corte a: una china poblana, en el camellón de avenida Reforma, frente al monumento a la Independencia, cantado “Como México no hay dos”. Corte a: imágenes del periférico capitalino León Michel –recién terminado–, de la Torre Latinoamericana, del estadio Azteca y del estadio olímpico de CU. Escenas diversas de una Ciudad de México dinámica, moderna y en crecimiento, que se prepara para albergar a los Juegos Olímpicos.

 

 

Entre secuencia y secuencia, se repiten las tomas de hombres y mujeres vestidos con trajes “típicos”, que observan sorprendidos y orgullosos las modernísimas máquinas de los estudios de Telesistemas Mexicanos, como diciendo: “¡qué modernos y qué mexicanos somos!”.

 

 

Sostengo por lo tanto que esta narrativa de lo mexicano casi no se ha movido de lugar en las últimas cinco décadas, y que dicho discurso permanecía casi intacto cuando en 2010 celebramos, con iconos, coreografías y discursos similares, el bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución Mexicana, como tampoco se advierte un cambio notable en el gobierno que se arropa en la “cuarta transformación de la vida pública de México”.

 

 

Pero la realidad es que el país cambió y mucho desde 1967 hasta la fecha y que la conformación de la identidad nacional, las instituciones y las comunidades culturales que la sostienen, reproducen y ponen a circular también cambiaron. Y sostengo al mismo tiempo que de algún modo no hemos logrado construir plenamente una nueva, diferente y más compleja narrativa para explicarnos culturalmente a nosotros mismos y para mostrarnos ante el mundo.

 

 

No obstante, la evidencia de dicha transformación está a la mano. En las últimas cinco décadas México ha vivido un proceso de transformaciones contantes en todos los ámbitos de su vida pública, y en todos ellos la cultura se ha mantenido como un aspecto central.

 

 

Lo es para explicar nuestra identidad nacional en su conformación primigenia y plural, que vincula lo particular y lo universal, lo ancestral y lo contemporáneo. Lo es también para explicar nuestra identidad cosmopolita, con la creación constante de vínculos de cooperación con el resto del mundo, y el enorme peso que tienen para entender la identidad del país las decenas de millones de mexicanos que viven en los Estados Unidos, y la diáspora cultural mexicana establecida a lo largo y ancho del planeta.

 

 

La cultura mexicana, en esta media centuria de transición, demostró a su vez su sólida y creciente contribución a la economía, al desarrollo del país y al bienestar de la población; su papel central como vehículo democratizador con alto impacto social, que integra a las políticas culturales en un ámbito más amplio, como promotoras y defensoras de la diversidad, la multiculturalidad, los derechos humanos, la equidad de género, los derechos de los pueblos originarios, la defensa del medio ambiente, el desarrollo comunitario y la paz.

 

 

En esta media centuria hemos visto también la creciente profesionalización de nuestras comunidades creativas; el cada vez más intensivo uso de las nuevas tecnologías para la producción cultural, y el acceso cada vez más amplio a los bienes y servicios culturales por parte de la población (aunque el rezago en este capítulo sigue siendo enorme).

 

 

En los últimos 50 años hemos visto crecer y diversificarse a nuestra infraestructura cultural, como también se han diversificado las fuentes para su financiamiento, hemos diseñado sólidas políticas públicas en defensa y fortalecimiento de nuestros patrimonios culturales históricos, materiales e inmateriales, hemos elevado a la cultura como un derecho constitucional y hemos recién aprobado la ley que reglamenta este derecho.

 

 

México es ejemplo de buenas prácticas en diversos ámbitos de las políticas de salvaguardia del patrimonio universal de la humanidad, como lo demuestran los 34 sitios mexicanos inscritos en la lista del Patrimonio Cultural, y las 7 expresiones con el mismo reconocimiento en la lista del Patrimonio intangible de la Unesco. El sexto con más inscripciones a nivel mundial, por debajo de Italia, España, China, Francia y Alemania.

 

 

Diversas medidas de fomento y apoyo a la comunidad creativa; incentivos fiscales para la producción artística en todos sus géneros en las últimas tres décadas; políticas para contrarrestar la histórica tendencia al centralismo en la cultura; el reconocimiento de la cultura comunitaria como parte esencial de nuestro ethos cultural; y la defensa de la diversidad, las lenguas indígenas, y los derechos culturales de los pueblos originarios, son todas estas acciones que reflejan el entarimado complejo y sólido de nuestras políticas culturales.

 

 

Nos tardamos más de una década en seguir el ejemplo británico en materia de medición del impacto de la economía en la cultura, pero finalmente en 2012 se creó la Cuenta Satélite de la Cultura en México a cargo del INEGI y en colaboración con el CONACULTA/SC, con el propósito de identificar el aporte económico del sector de la cultura en la economía, mediante la medición de los flujos generados por las actividades económicas asociadas con las prácticas culturales.

 

 

Los resultados de dicha cuenta satélite, presentados en 2012, 2014 y 2017, han arrojado luces sobre el impacto creciente del sector cultural en el desarrollo económico del país, siendo el dato más reciente el de 2017 que indicaba una contribución del sector cultural con el 3.2 por ciento del PIB, siendo México, junto con Colombia, Brasil y Argentina, los países de América Latina con mayor impacto de la cultura en sus economías.

 

 

Aún antes de 2012 México había realizado diversos esfuerzos por crear indicadores estadísticos para soportar el estudio del sector cultural y orientar a las políticas públicas en esta materia, como fue el caso del Atlas de Infraestructura Cultural de 2003, la Encuesta Nacional de Lectura 2006, la Encuesta Nacional de Hábitos, Prácticas y Consumo Culturales 2010 y el Atlas de Infraestructura y patrimonio cultural de 2010.

 

 

Junto con estas iniciativas, el sector académico mexicano ha contribuido también en las últimas cuatro décadas de manera muy notable en el estudio y valoración de las políticas culturales y del sector cultural del país.

 

 

Desde principios del siglo XXI se crearon en diversas universidades del país programas de licenciatura y posgrado para la formación de gestores culturales, mientras que los estudios de los fenómenos culturales en sus diversas dimensiones se han incorporado a la currícula de un amplio espectro de programas académicos, desde la antropología, la sociología y el derecho, hasta las relaciones internacionales y la economía. Los centros académicos públicos y privados especializados en el estudio del sector cultural, y la producción académica que se genera en ellos, permiten identificar a México como un país puntero en la generación de conocimiento sobre políticas culturales y gestión cultural.

 

 

En conclusión. Tenemos, como los británicos, una historia secular notable en materia de instituciones culturales, del mismo modo que nuestras políticas culturales, y nuestra producción cultural misma, han transitado con el siglo y se han renovado, se han vuelto más complejas y diversas.

 

 

No ha ocurrido lo mismo con nuestra narrativa profunda, con la manera en que nos explicamos culturalmente y perfilamos y concebimos el rostro cultural de México en el siglo XXI. Si tuviéramos que rehacer hoy aquella transmisión histórica de 1967 ¿Qué presentaríamos? En la actualización de esos cinco minutos mexicanos anida la respuesta a nuestros retos culturales del presente.

 

FOTO: Oficinas de la British Broadcasting Corporation (BBC) en Londres./ Reuters

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