Microrrelatos históricos

Mar 16 • destacamos, Ficciones, principales • 740 Views • No hay comentarios en Microrrelatos históricos

 

Dos relatos entrelazados por presencias indescriptibles que irrumpen en diferentes episodios de la historia de la humanidad

 

POR MAURICIO MONTIEL FIGUEIRAS

Croatoan

No sé si es verdad que la palabra irrumpió por primera vez en los anales de los sucesos inexplicables en agosto de 1590 cuando el artista británico John White, amigo personal de Sir Walter Raleigh, regresó a la colonia que se le había encargado fundar en 1587 en la isla de Roanoke, perteneciente al territorio de lo que actualmente es Carolina del Norte, y la encontró tallada en un poste de la valla protectora que circundaba el asentamiento del que se habían esfumado sin dejar mayor rastro noventa hombres, diecisiete mujeres y once niños entre los que se contaba la nieta del propio White, primera súbdita de la corona inglesa nacida en tierras americanas. Si poco antes de morir por causas aún desconocidas en octubre de 1849, mientras deambulaba por las calles de Baltimore acosado por los fantasmas brutales del delirio y vestido con ropas que no eran suyas, Edgar Allan Poe estuvo pronunciándola como un mantra junto con el nombre de un tal Reynolds para luego precipitarse en la oscuridad de la que jamás se retorna con una última exclamación: “¡Que Dios ayude a mi pobre alma!” Si previo a su misteriosa desaparición, en la que pudo haber jugado un papel protagónico la compañía Wells Fargo según se continúa especulando, Charles Earl Bowles alias Black Bart, uno de los atracadores de diligencias más extraños en la extraña historia del Salvaje Oeste debido a su afición por la poesía y a su miedo cerval a los caballos, la inscribió en una pared de su celda en la cárcel penitenciaria de San Quintín, en California, donde permaneció prisionero entre 1883 y 1888 para al cabo extraviarse entre el polvo denso de las leyendas. Si como preámbulo a su incorporación en calidad de observador al ejército de Pancho Villa en Ciudad Juárez, Chihuahua, Ambrose Bierce la talló en la cama que ya no volvería a ocupar a partir de diciembre de 1913, dos meses después de escribir desde Washington una carta de despedida dirigida a una familiar: “Adiós. Si oyes que he sido colocado contra un muro de piedra mexicano y me han fusilado hasta convertirme en harapos, comprende por favor que yo pienso que esa es una manera muy buena de salir de esta vida. Supera a la ancianidad, la enfermedad o la caída por las escaleras de la bodega. Ser un gringo en México. ¡Ah, eso sí es eutanasia!” Si fue localizada en la página final del diario de a bordo del navío comercial Carroll A. Deering, avistado sin la menor huella de su tripulación el 31 de enero de 1921 en la isla de Hatteras en Carolina del Norte, a donde siglos atrás se habían mudado los habitantes indígenas de la isla de Roanoke. Si antes de extraviarse en julio de 1937 sobre el Océano Pacífico, mientras intentaba realizar la primera travesía aérea alrededor del mundo sobre la línea ecuatorial, la aviadora Amelia Earhart la garabateó en una revista que supuestamente había leído. Lo que sé con certeza es que apareció junto a un número en el celular que mi esposo perdido durante los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York olvidó en nuestro departamento al salir rumbo a su oficina, y que desde entonces insisto en marcar al teléfono indicado sólo para toparme con un silencio ensordecedor al fondo del cual creo distinguir ráfagas de viento que soplan desde distintas épocas y distintos lugares. Sé también que mis sueños son atravesados de vez en vez por presencias que son ora una congregación de colonos que miran al mismo tiempo hacia un sitio indefinido, ora un hombre de tez cambiante que vaga por una ciudad lluviosa o asalta carruajes en medio de un desierto infinito o cabalga al lado de un ejército revolucionario por una llanura erizada de cactus, ora un grupo de marineros que observan quietos una especie de niebla que se aproxima al barco en que navegan, ora una mujer que sobrevuela aguas plateadas con los ojos puestos en el horizonte que es la madrugada en que despierto de golpe con el aliento entrecortado y la palabra a flor de labios, a punto de ser formulada por mi voz temblorosa.

 

Porlock

La primera referencia que tuve de su labor insidiosa fue en relación con Samuel Taylor Coleridge, fundador del romanticismo inglés junto con su amigo y colega William Wordsworth, y en particular con el poema “Kubla Khan”. La anécdota es bastante conocida: en el otoño de 1797, aquejado por problemas de salud, Coleridge se refugia en una granja ubicada entre las localidades de Lynton y Porlock en la región de Exmoor en el suroeste de Inglaterra. En ese enclave apartado sólo en apariencia de la civilización, el autor experimenta un sueño visionario inducido por el opio que consumía por razones terapéuticas desde los diecinueve años durante el que se le dicta de principio a fin un texto de entre doscientos y trescientos versos inspirados por su lectura de una biografía del último gran kan del Imperio mongol y primer emperador chino de la dinastía Yuan. En cuanto la conciencia del despertar disipa la nube alucinógena, Coleridge se pone manos a la obra y comienza a transcribir el dictado nocturno en uno de esos trances que sólo la poesía es capaz de provocar; cuando apenas ha puesto sobre el papel las primeras cincuenta y cuatro líneas, sin embargo, escucha que alguien llama a la puerta de su vivienda y lo obliga a suspender el flujo escritural para atender a una persona que dice venir del pueblo cercano de Porlock con un asunto que jamás se explicitará y que pasará a convertirse en uno de los grandes enigmas de los anales literarios. Lo que tampoco se explicita, conviene anotarlo, es la edad o el género del visitante inoportuno que consigue borrar de la memoria de Coleridge el resto de “Kubla Khan”, que se publicará inconcluso o más bien mutilado hasta 1816 por intermediación de Lord Byron. Hombre o mujer, joven o adulto o anciano: la bruma de los siglos difumina la verdadera identidad de aquella persona, que se reduce a una silueta indiferenciada que extiende la mano para arrebatar la inspiración poética sin mayores miramientos. Fue a partir del relato de Coleridge que empecé a rastrear las diversas señales de la conspiración secreta que desde tiempos inmemoriales se empeña en tramar la que a falta de un mejor nombre he decidido llamar la gente de Porlock, una estirpe integrada por seres imprecisos cuya única razón de existir es la interrupción, la creación de paréntesis inesperados que nos llevan a perder sin posibilidad de recuperarlo el hilo de lo que decíamos o hacíamos o queríamos decir o hacer antes de ser interceptados por esos intrusos cuyo rostro, elucubro, es la primera imagen que viene a la mente cuando alguien menciona la palabra rostro. Más allá de su aparición fugaz y casi cifrada en ciertos textos de Arthur Conan Doyle y Vladimir Nabokov, la gente de Porlock ha hecho acto de presencia inadvertida en momentos clave de la historia: fueron ellos los que desviaron a Eva de su ruta original para enfilarla hacia el fruto prohibido, ellos los que descarrilaron el tren de ideas que habría evitado que Julio César llegara al teatro de Pompeyo para recibir más de veinte puñaladas, ellos los que lograron que Napoleón Bonaparte apartara la atención de la cistitis que padecía para dirigirse a la derrota de Waterloo, ellos los que frenaron a Adolf Hitler cuando se hallaba a punto de terminar el cuadro que habría definido su carrera como pintor, ellos los que entretuvieron al guardia que se encaminaba a la estancia donde Lee Harvey Oswald se alistaba para disparar contra John F. Kennedy. Son ellos los que desde que me embarqué en mi investigación sobre su origen y evolución pueblan el fondo de mis sueños no inducidos por el opio con un desfile de rasgos nebulosos en los que a veces me parece identificar mis propios rasgos, ellos los que seguramente han enviado el mensaje de WhatsApp que acaba de zumbar en mi teléfono celular y que para cerciorarme de que estoy en lo correcto debo consultar antes de proseguir con /

 

 

FOTO: John White realizó numerosos cuadros y bocetos de los nativos de la isla de Roanoke.// Hombre picto, litografía. John White.

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