Vagando en Tapachula

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POR DANIEL CISNEROS

Solo voy con mi pena/ sola va mi condena/
correr es mi destino/ para burlar la ley/
perdido en el corazón/ de la grande
babilón/ me dicen el clandestino/ por no
llevar papel.
Manu Chao, “Clandestino”

 

Caminamos por el parque Miguel Hidalgo, de Tapachula. Hay varios migrantes deambulando, o sentados en bancas. A las 19:15 horas empieza a llover y se concentran bajo un domo. Los niños juegan futbol o se corretean. Los adultos platican entre sí, ven pasar a la gente, escuchan el discurso de dos Testigos de Jehová, o hablan por teléfono a sus familiares y amigos que vendrán al país o que ya han avanzado más en el trayecto para, unos a otros, alertarse de cuál es la situación.

 

Muchos ya iniciaron sus trámites de regularización migratoria. Mientras esperan la próxima cita o la resolución, algunos intentan encontrar trabajo. Lo cual es difícil porque, inclusive, hay letreros donde sólo contratan a mexicanos. O si los emplean, suele ser en condiciones precarias; y, en múltiples ocasiones, hasta los despiden por solicitar permiso para acudir a Migración a ver lo de sus documentos.

 

Se aproxima Alex, un hondureño de 26 años que lleva dos meses en México y que también se vino a resguardar al domo.

 

—No he comido nada, brother —me dice—. Ando buscando para un taco. ¿Tienes una colaboración, por favor?
Le doy 20 pesos, y le pregunto:
—¿Piensas irte a Estados Unidos?
—No, brother. Aquí me quedo. No tengo familia allá, por eso no me fui con las caravanas.
—¿Los ha apoyado el gobierno mexicano?
—El único apoyo es que esperamos nos den la credencial para estar en México, brother. Pues si ves, estamos sufriendo en la calle sin comida. La renta de cualquier cuartucho cuesta más de dos mil pesos al mes, brother. Muchos no tienen recursos y duermen aquí afuera con su familia, hijos pequeños.
—¿El trámite de sus papeles cómo ha sido?
—Muy tardado, brother, ponen demasiadas trabas. Yo tengo una cita en una semana y luego a saber cuándo me vuelve a tocar turno. El proceso está lento.
—¿Mientras cómo le hacen para sobrevivir?
—Necesitamos chamba, brother, que nos den trabajo. México se va a ir para arriba. Si ahorita Tapachula está creciendo con tanto giro, remesas; y el gasto que uno hace aquí, brother: teléfono, comida, hospedaje.
—¿Qué te motivó a venirte de Honduras?
—Carnal, en Honduras quieren privatizar la salud, la educación, no hay trabajo. Yo pegaba cerámica y pintaba, pero ya no puedes ni chambear porque el transporte se paró. Si sales a manifestarte, te reprimen. O si los policías te miran a las 12 de la noche, te capturan; y si tienes suerte te ponen droga, pero si no te matan.
—¿Y cómo fue el viaje hasta aquí?
—Difícil, brother. Cruzamos el Suchiate a las 3 de la mañana. Uno se paniquea porque a esa hora no está el Ejército, pero sí los ladrones, secuestradores, extorsionadores. Iba con un paisano que encontré y con su familia. Éramos 12 contando ancianos, mujeres, niños. Al llegar a orillas del río en Ciudad Hidalgo corrimos porque nos querían robar.
—¿Los persiguieron?
—Sí, brother, eran tres carnales armados. Luego de correr, esperamos al señor de una combi que era el contacto del muchacho con el que venía y que iba a rodear los retenes. No sé cuánto cobró.

 

Antes de llegar a donde estaba Migración nos bajaba, nos decía por dónde rodear (a veces pasando monte) y nos esperaba en un punto para seguir manejando. Hubo un retén que no pudimos rodear y lo paró Migración estando nosotros dentro. Le pidieron dinero para dejarnos ir. Así fuimos avanzando y, al final, pagamos un taxi para el centro de Tapachula.
—¿El conductor de la combi era pollero?
—No, brother, solamente trabaja como chofer de combi.
—Pero llegaron a un acuerdo con él, porque no es cualquier chofer…
—Es alguien que ya conoce cómo es el bisne, brother. Sabe que no somos mexicanos y que tenemos que rodear, ¿me entiendes?

 

En 20 segundos vendrá un conocido suyo, por lo que abruptamente cortará la charla y se irá con él. Aunque antes lanzará esta alerta:

 

—Hay gente que con la bendición de Dios llega hasta la frontera del norte y quiere cruzar, pero ahí está lleno de cárteles. Carnal, nadie pasa si no paga. Y te digo porque hace tiempo ya fui arriba, brother. Lo peligroso no está aquí, sino allá donde quienes mandan son los cárteles y no el gobierno.

 

El fotorreportero Edgar López, el poeta Valerio Díaz y yo, vagamos por las calles del centro. Descubrimos un amplio espacio techado cercano a un mercado, descubierto de los costados, con ropa tendida en lazos y donde predomina la oscuridad porque sólo tiene un foco. Aquí se alojan migrantes hondureños, salvadoreños y guatemaltecos que carecen de dinero para rentar un cuarto o pagar hotel. Aunque este campamento improvisado lo componen aproximadamente 200 personas, muchas llegan más tarde debido a que están trabajando, pidiendo dinero o andan en los alrededores.

 

Varios migrantes reposan en colchonetas, cobijas o cartones. Hay familias enteras, amigos, novios, gente sola. Junto a ellos están sus pertenencias en maletas, mochilas, bolsas o cajas. Platican, escuchan música, juegan baraja, duermen, se entretienen con su celular, cocinan papas en una fogata. Por su parte: dos niños caminan bajo una sábana cual si fuesen fantasmas, y una menor descalza de cabello dorado (que, al instante, me evoca al pequeño Zezé de Mi planta de naranja lima, de José Mauro de Vasconcelos) se pasea en un triciclo.

 

Unos niños nos preguntan por un baño, pues no tienen donde asearse o hacer sus necesidades. De hecho, en rincones distantes hay basura y hedor lo mismo a orines que a excremento. Conversamos con uno de los responsables de la organización del lugar, el hondureño Luis Antonio Hernández de 41 años.

 

—Necesitamos baños móviles porque vamos de paso —nos comenta—. También bolsas plásticas y palas para recoger basura, que cuando llegamos ya estaba, y tirarla en depósitos. Hemos tratado de limpiar y queremos tener más higiene aquí. Ya fui a Protección Civil, Grupo Beta y con otras autoridades. Nadie nos quiere ayudar. ¿Cómo hacemos para alimentarnos? Requerimos apoyo.
—¿Qué otras complicaciones han padecido en este sitio? —le inquiero.

 

—Anoche casualmente no pudimos descansar porque vinieron cuatro varones diciendo que eran del Cartel Jalisco y que si nos dormíamos aquí, íbamos a ser sus víctimas. Cuando se fueron llamamos a la policía, pero acudió un momento y después desapareció.

 

Ante la inexistencia de vigilancia y a causa de las amenazas de anoche, minutos atrás un joven con actitud desconfiada y a la defensiva nos advirtió:

 

—Estamos preparados por si alguien se acerca a querernos hacer daño, nosotros nos defendemos entre todos. Tenemos cuchillos y estamos dispuestos a lo que sea porque hay niños y mujeres.

 

Transcurrido un rato y luego de identificarnos, más amigable nos confesó:

 

—Nos tratan muy mal. No es como antes. Ya no nos quieren dar trabajo. Sólo a mexicanos y a veces guatemaltecos. Y si nos dan pagan poco. Varios de aquí se van desde las 6 de la mañana hasta las 7, 8 de la noche; y les dan 100 pesos. Por eso algunos como yo recogemos latas, plástico y cartón para venderlo.

 

Ahora dialogamos brevemente con un hondureño de 57 años, Luis Alonso López, quien viaja solo. Dejó a su familia en su país, en el cual trabajaba como carpintero y donde pandilleros de La Mara lo orillaron a migrar.

 

—Me cobraban extorsión en mi negocio de carpintería que estaba en Ceiba, una cuota semanal de 700 lempiras (alrededor de 500 pesos mexicanos) —nos dice—. Cuando no lo tenía pedía prestado aquí y allá, porque si no daba me amenazaban con que iban a matar a mis hijos, esposa y a mí. Pero ya no pude pagar, la verdad. Al venirme tuve que cambiar a mi familia a otro lugar.
—¿Y en este espacio en que se quedan han llegado redadas? —le consulto.

 

—Sí, una vez vino Migración. Se llevó como a 4 personas.

 

Nos retiramos. Antes de ir a nuestro último objetivo de hoy, hacemos una parada en el hotel donde nos hospedamos. Salimos de nueva cuenta a las 22:30 horas. El pavimento está mojado. Al igual que nosotros, migrantes caminan por las calles. Hay antros y burdeles abiertos. Cruzamos el parque Miguel Hidalgo.

 

Observamos a lo lejos a dos transexuales hondureñas, Fanny y Kenya, que muy pronto se animarán a ofrecer su trabajo sexual aquí. En 4 días platicaremos. Entretanto avanzamos por una avenida en la que se aprecian sexoservidoras mexicanas y, aunque es complicado diferenciarlas, centroamericanas.

 

—¿Cuánto por el servicio? —indago con dos de ellas que son de Honduras.
—350 pesos —señala una de ellas.
—¿Qué incluye?
—De todo: oral, vaginal.

 

Intento averiguar sobre su situación migratoria y demás, pero evitan responder. Abordamos un taxi y nos dirigimos rumbo al burdel más famoso del centro de Tapachula, en el cual, nos han asegurado un par de taxistas, hay mujeres extranjeras muy bellas. Al bajar del transporte atravesamos un estacionamiento y, en la entrada, aparece la escultura de una sirena y un marinero con su timón.

 

Nos recibe un cubano de piel oscura, alto y barba espesa. Yo, a diferencia de Edgar que resguardó su equipo en el hotel, llevo una mochila con cámara fotográfica, grabadora de voz, micrófono y libreta de anotaciones. El hombre nos revisa a nosotros pero no mi mochila que, sin embargo, me pide dejarle para permitirme ingresar:

 

—No hay problema, aquí no se pierde nada —me asegura.

 

Se la doy y la coloca en un locker al aire libre de madera que no tiene puertas ni protección alguna. Rezo porque no se extravíe mi material para esta crónica. Al menos logro traer conmigo una hoja y pluma. Ya adentro una hermosa cubana delgada, rubia y de short negro nos conduce a nuestra mesa mientras suena “Criminal”, de Natti Natasha y Ozuna:

 

 

Tú me miras como que te pongo mal.
De lejos yo puedo observar
lo que tu mente puede pensar.
Tú me dices que yo me dejo llevar.
Será porque tienes un flow
demasiado de cri-criminal, baby.

 

En el centro del lugar, decorado a semejanza de un barco y cuya iluminación es tenue, se aprecia una elevada tarima circular de baile con un tubo y dos aros de gimnasta sostenidos de cadenas. En las paredes hay dibujos y esculturas como, digamos, de tres marineros: uno agarrando su timón, otro de calavera ostentando un loro en el hombro y un último tras un cañón. Igual se ve la figura de una sexy dama, y el nombre del burdel en grandes letras: Marinero; cuyo dueño es Antonio Armas Hernández, presidente de la Asociación de Establecimientos de Entretenimiento de Tapachula.

 

Está repleto de parroquianos y atractivas mujeres que, en su mayoría, poseen cuerpos atléticos y torneados. Hay para todos los gustos: morenas, negras, rubias, apiñonadas, una pelirroja; lo mismo que altas o bajas, voluptuosas o delgadas, de sombrero vaquero o cabello suelto, de tanga o cachetero, de short, vestido o pantalón. Pero, eso sí, jóvenes y, casi en su totalidad, cubanas.

 

Se distinguen clientes de diversas edades. Varias chicas los acompañan en sus mesas y, otras, aguardan a que les inviten un trago, un privado o una salida. Un mesero, como de 20 años, las rota con los asistentes, quienes son lugareños o turistas, para incentivarlos. No se advierten parroquianos migrantes, pese a que las mujeres que animan el sitio sí lo son. Y tiene sentido, pues los precios son elevados.

 

Cerca de una pared un señor besa a una negra que está acomodada en sus piernas, atrás de nosotros uno más le acaricia las nalgas a una provocativa morena, y a lo lejos un sonriente joven de camisa a cuadros sale satisfecho de un privado junto a una despampanante rubia de sombrero vaquero y tanga beige que, ahora, se sienta a esperar nuevo cliente.

 

Una a la vez ascienden a la plataforma de baile y, al ritmo de música sensual, desprenden lenta, muy lentamente, su ropa. Caminan seductoras, se arrastran sobre la tarima, giran, abren las piernas, se agachan, simulan tener sexo. No es suficiente. Se enredan en el tubo, se ponen de cabeza, extienden los brazos agarrándose sólo con las extremidades, se deslizan hasta la base. Aún no basta. Suben a las mesas más próximas, disparan miradas insinuantes, acarician a los clientes, les restriegan el cuerpo.

 

“Valió la pena el esfuerzo”, tal vez piensa una exuberante morena de cabello rizado, quien baja cubriéndose un poco con la ropa que lleva en la mano, al haber conseguido que los sujetos de una mesa colocaran billetes en su tanga.

 

Oprimamos el botón de pausa:

 

En Chiapas, sobre todo en Tapachula, hay migrantes, incluyendo menores, que ejercen el sexoservicio en la calle, burdeles, casas clandestinas. Así se sostienen, solventan sus gastos mientras tramitan sus documentos o reúnen dinero para continuar su viaje. Por eso es frecuente que sean víctimas de explotación sexual, o caigan en redes de trata de personas. Existen quienes les enganchan con falsas ofertas de trabajo y, al final, no sólo les obligan a prostituirse sino a delinquir cuidando secuestrados, vendiendo o transportando droga…

 

¿Y las pruebas? He aquí algunos reportes periodísticos sobre la entidad:

 

Hace 10 años: “Chiapas: Leticia, de 14 años, sobrevive en la explotación sexual” (Cimacnoticias, 24 de junio), “Prostitución forzada, otra cara del yugo a migrantes” (El Universal, 2 de diciembre). Hace 8: “Clausuran bares en Chiapas donde se prostituía a centroamericanas” (Notimex, 21 de marzo). Hace 6: “Antros de Chiapas, refugios de prostitución” (Vanguardia, 3 de enero). Hace 5: “Niños migrantes, víctimas de trata” (Excélsior, 7 de julio). Hace dos: “Migración y prostitución en Chiapas, de la necesidad al placer” (Excélsior, 17 de febrero). Del año pasado: “Migrantes que llegan a Chiapas se prostituyen hasta por tacos y cervezas” (El Sol de México, 24 de julio).

 

Más noticias aparecerán este año: “El 90% de prostitutas en Tapachula son hondureñas” (La Prensa, 26 de julio). “Aumenta trata de personas inmigrantes en Chiapas” (El Heraldo de México, 30 de julio). “Aumenta presencia de mujeres migrantes en bares y cantinas” (Diario del Sur, 8 de octubre). “Mujeres migrantes son víctimas de trata de personas” (El Heraldo de Chiapas, 10 de octubre). “Tapachula y Tuxtla, rincones sórdidos de la exploración sexual” (12 de octubre).

 

Reactivemos el play:

 

Por 280 pesos, el mesero nos trae una cubeta con 10 cervezas Victoria. Al poco rato, nos acerca a dos lindas cubanas: Rachel de 22 años, y Miriam de 23. La primera de piel blanca, ojos verdes y falda corta; y la segunda negra, alta, de pegadísimo short de mezclilla y sombrero vaquero, que, como ya habrá notado apreciable lector, curiosamente muchas usan. Le invitamos una cerveza a Miriam (que nos cobran a 220 pesos) para conversar y, su compañera, se retira.

 

—¿Haces salidas? —le pregunto a Miriam, quien aún no tiene hijos, al tiempo que advierto sus dos tatuajes: uno en el costado del abdomen con el nombre de su mamá, y otro en el brazo con el de su papá.
—Otras sí hacen, yo no —asevera—. No me gusta y me da miedo.
—¿Privados?
—Sí, compran una cubeta de 10 cervezas que cuesta 2200 más 750 pesos que dan por entrar al privado; y adentro hacemos de todo.
—¿Sexo?
—Sí, de todo.
—¿Tienes mucho trabajando aquí?
—2 meses, cuando llegué a Chiapas unas amigas me trajeron.
—¿De qué edades admiten a las chicas?
—De 18 para arriba.
—¿A qué te dedicabas en Cuba?
—Estudiaba la carrera en historia. Me tuve que venir por la situación política y económica de mi país.
—¿Y fue difícil llegar a México?
—Muy complicado. Tuve que irme a Nicaragua, Honduras, Guatemala y más lugares. Me hice 2 meses en llegar.
—¿Qué fue lo más complicado?
—Le tenía miedo a los asaltos. Tuvimos que rodear los retenes en muchos lados y una persona me pasó hasta aquí por 2 mil dólares.
—¿Qué transporte usaste? –le inquiere otro de nuestro acompañantes, el poeta Valerio Díaz.
—De todo: caballo, camioneta, camión donde veníamos 50 personas.
—¿Y qué esperas encontrar aquí? –le pregunto.
—Ya tengo mi tarjeta temporal y estoy tramitando otro papel para seguir avanzando. Deseo irme a Estados Unidos porque esto es momentáneo, no me gusta.
—¿Te agradaría continuar estudiando allá?
—Primero quiero trabajar, me gustaría atender alguna tienda de ropa.

 

Le explico que estamos recopilando historias sobre migración y que me encantaría escribir la suya. Se muestra interesada. Anota mi número celular en un papel, pero una mujer que vigila el establecimiento se arrima y le pregunta:

 

—¿Todo bien?
—Sí —contesta.

 

Miriam apresura su cerveza y se aleja. La mujer le dice algo al oído. No me llamará, seguramente la reprendieron y le quitaron mi número. El animador del sitio invita a 12 chicas, entre ellas Miriam, a subir a bailar “Con calma”, de Daddy Yankee y Snow:

 

 

Con calma, yo quiero ver como ella lo menea.
Mueve ese poom-poom, girl.
Tiene adrenalina, en medio de la pista,
vente hazme lo que sea.
I like your poom-poom, girl.

 

 

No hay duda: son el anzuelo ideal para pescar más clientes, quienes aplauden y pegan sus pupilas en las damas.

 

—Recuerden que, por su seguridad y la del lugar, no se permite tomar fotos ni videos —advierte el animador.

 

Terminamos nuestras cervezas y Edgar da la última bocanada a su cigarro. Nos vamos. Si bien atrás se queda la algarabía, en mi mente permanecen ancladas varias interrogantes. En fin, hora de dormir.

 

…Ah, y por si se lo preguntaba, estimado lector, mi mochila está intacta y el viaje puede continuar…

 

FOTO:

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