Mis lecturas de 2023

Dic 9 • destacamos, Lecturas, Miradas, principales • 2490 Views • No hay comentarios en Mis lecturas de 2023

 

Clásicos y comerciales

 

POR CHRISTOPHER DOMÍNGUEZ MICHAEL
—¿Te impresionó mucho Norman Mailer, cuyo centenario festejaste en Confabulario y en Letras Libres?

 

—Absolutamente. Conocía bien Los ejércitos de la noche (1967), pero la relectura me volvió deslumbrar. Su mirada política fue tan penetrante como la de Tocqueville, siendo tan distintos; y así lo comente aquí. Leí obras que no conocía como Los desnudos y los muertos (1948) y las novelas que le siguieron, que no son tan buenas. Tampoco fue, curiosamente, un gran retratista: estaba demasiado cerca de Marilyn Monroe o de Muhammad Alí, como para dejar trazos memorables. Tuvo razón Elizabeth Hardwick cuando le advirtió que se estaba emocionando, en exceso, con el uso de la grabadora… Se jactaba, como Balzac, de escribir por dinero y a veces se notaba demasiado.

 

Fue el gran ideólogo de los años 60 hasta que se tropezó con las feministas. Si ya entonces podía ser calificado con justicia como machista, me extraña que no se hayan cancelado las celebraciones del centenario. Espero que alguien rehabilite a Henry Miller, maestro de Mailer, y con Miller, a Anaïs Nin…

 

— También fue un año Céline…

 

—La rocambolesca recuperación de Londres y Guerra, las novelas perdidas, así como de La Volonté du Roi Krogold y La Légende du Roi René, así como la prontitud con que Gallimard rehízo las obras completas en La Pléiade, las ediciones de bolsillo impresas como pan caliente y las traducciones en curso al español, dieron la impresión (falsa) de un nuevo Céline. Nada de eso; pero lo recuperado, aunque no deja de ser marginal, nos permitió asomarnos otra vez a ese abismo. Yo lo hice con morbidez… Leí las nuevas biografías. El culmen del gran artista como hombre miserable… Por cierto, hay mucho Céline en el estilo de la argentina (casi franco argentina estaría yo a punto de decir) Ariana Hardwicz, autora, en Anagrama, de la Trilogía de la pasión (2022) y de Degenerado (2019)…

 

Ni me lo preguntes: mi autor del año en español fue Hardwicz, veneno puro contra la complacencia pública… Me da curiosidad saber qué sigue… Su estilo, como el del propio Céline, es propicio a la autoparodia.

 

—¿De los mexicanos? ¿Novelas?

 

—Estuvo entre mis lecturas Brenda Navarro (1982), con un par de novelas llenas de piedad, retratos de mujer entre los que prefiero Casas vacías (2019) a la más reciente (Ceniza en la boca), ambas en Sexto Piso. Ojalá escape a la tentación del victimismo, como lo hace Hardwicz sin ningún escrúpulo. Y en Jorge Comensal (1987), con Este vacío que hierve (Alfaguara, 2022) corroboré que nada más difícil que acertar con una segunda novela cuando la primera fue tan brillante como Las mutaciones. Pero Comensal tiene un universo literario que se desprende de la gran tradición mexicana… Y concuerdo que David Toscana, con El peso de vivir en la tierra (Alfaguara, 2022) se llevó la temporada; queda claro, con él, que algunos escritores mexicanos se meten donde quieren y hacen de Monterrey un barrio de San Petesburgo.

 

—¿Preferiste el ensayo?

 

—Sí. Me topé con novedades como Guillermo Santos (El siglo solitario, Rinoceronte blanco, 2021), un oaxaqueño (1989) que retoma el culto por los dioses penates del siglo pasado, de Simone Weil a W. H. Sebald, pasando por Jünger; también me entusiasmó el poeta y traductor Adalber Salas Hernández (Caracas, 1987), dedicado a disertar sobre la traducción literaria, junto a la recopilación de Gabriel Wolfson, No sé lo que soy pero sé de lo que huyo: crítica de una literatura mexicana, publicado en Querétaro, por la universidad. Y está el viejo más joven de nuestra lengua, Edgardo Cozarinsky (1939), quien volvió a Joseph Roth (en las Ediciones de la Universidad Diego Portales de Santiago de Chile), una de sus obsesiones, entre París y Buenos Aires, o el Dante de Filippo La Porta que publicó Ai Trani.

 

—Escribiste sobre Freud, Roudinesco, Derrida (30 años de los Espectros de Marx), Deleuze & Guatarri.

 

—Esos ensayos vienen de mis conferencias mensuales en El Colegio Nacional, una revisión libre de la crítica literaria a lo largo del tiempo… Pude releer la Gramatología o El Anti Edipo con ojos nuevos, buscando no sólo entender sino divertirme, liberándome (creo, espero) de las tácticas y de las estrategias de la guerra de escuelas en la cual uno debe educarse, militar y militante. También fui de excursionista a la crítica de arte (que en un sentido no deja de ser crítica literaria porque Clement Greenberg y Harold Rosemberg, los intelectuales de Nueva York practicantes del género, criticaban escribiendo, no pintando). Llegué a ellos tras leer la emocionante novela del español Juan Tallón (Obra maestra, Anagrama, 2022) sobre Richard Serra y la desaparición de su escultura monumental.

 

— ¿Conmemoraciones?

 

—Son inevitables y yo las agradezco. Son un azar necesario. Los 50 años de la muerte de Pablo Picasso me hicieron volver a mi amado Max Jacob. Cuando lo atraparon los nazis (para dejarlo morir poco después), fue Picasso quien dijo que se escaparía desplegando sus alas de ángel. Intenté, sin mucho éxito, ponerme al día con lo que Pascal significa en el siglo XXI. No olvidé a los críticos Emir Rodríguez Monegal, cuyo centenario fue en 2021 y a Héctor A. Murena, que lo cumplió en 2023. Fue un año pasado por el Río de la Plata, ojalá el 2024 también lo sea.

 

—¿El peor libro del año?

 

—Esa costumbre de mi añorado amigo y colega Sergio González Rodríguez, creo que debemos dejársela a él, donde quiera que se encuentre. Pero este año, con su venia, haré una excepción porque la novela del habitualmente solvente Colm Tóibín sobre Thomas Mann (El mago, Lumen, 2022) es pésima y así lo escribí. E hice un viaje levantino y me llevé, como es obvio, las memorias de Paul Bowles. Intolerables. Un name dropper con mal del vértigo: no podía dejar de viajar. En los años 30 se las arreglaba para estar en Tánger un día y el otro en Guatemala City, pasando por Manhattan. Quizás me queje de él próximamente en Confabulario porque era lo contrario de un buen viajero. Le daba igual estar donde fuese.

 

— ¿El mejor libro del año?

 

—Como todos los años, me inclino por la Narración de Arthur Gordon Pym (1838), de Edgar Allan Poe.

 

— Después de esa respuesta tan petulante, para no usar un mexicanismo, ¿de quién de nuestros muertos te quieres acordar?

 

—De mi querido Jorge Edwards quien en una noche austral de 2012 me encerró en una novela de Pepe Donoso… del poeta Antonio Deltoro (1947-2023), vecino y tertuliano fundador de los viernes de La Guadalupana; de Luisa Josefina Hernández (1928-2023), a quien no tuve el gusto de conocer personalmente, pero releí: como novelista y dramaturga tiene todavía mucho que enseñar… Tenía, además, el genio de los títulos: Nostalgia de Troya, Apocalipsis cum figuris, La cólera secreta… No he leído lo suficientemente bien a Martin Amis y su muerte acaso me sirva de acicate. Me lo topé una vez y fue muy insolente con un gran escritor mexicano que se le acerco afablemente, lo cual me predispuso en su contra.

 

— ¿Qué vas a leer en las vacaciones invernales?

 

—Creo que a Cicerón. Ayer vino un mensajero con una nueva edición de Momentos estelares de la humanidad (Planeta), de Stefan Zweig. Lo abrí con resignación, porque ya tengo muchos libros de él, porque sé que gracias al finado y llorado Jaume Vallcorba está plenamente rehabilitado en el reino de los justos y de los exquisitos… y me desvelé leyendo su estremecedora crónica de la muerte de Cicerón. Es de mala suerte menospreciar a Zweig.

 

 

 

FOTO: El escritor y crítico literario Jorge Edwards (1931-2023). /El Mercurio-GDA

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