Nada en este mundo es justo

Nov 8 • destacamos, Miradas, Pantallas, principales • 3353 Views • No hay comentarios en Nada en este mundo es justo

 

POR GENEY BELTRÁN FÉLIX

 

Dentro de la 57 Muestra Internacional de Cine, que arrancó el viernes pasado en la Cineteca Nacional, se presenta Conducta, del cineasta cubano Ernesto Daranas (1961). El filme se centra en la historia de Chala, un alumno de sexto grado de primaria que cuida y entrena perros de pelea en un barrio de La Habana. A sus once años, él es el apoyo y sustento de su madre drogadicta, quien lo maltrata y descuida. Sin embargo, la principal figura de referencia para Chala es su maestra Carmela, una veterana de las aulas que entiende la enseñanza como algo más que sólo transmitir las nociones elementales del conocimiento. Cuando Carmela es hospitalizada a razón de un infarto, la vida se complica para el niño: la sustituta no le tiene paciencia y acepta que el chico sea enviado a una “escuela de conducta”, un internado en que habrán de reformarlo.

 

En términos dramáticos, la película descansa, por un lado, en la picardía y la expresividad de su joven protagonista, interpretado por Armando Valdés Freire y, por otro, en el recio personaje de Carmela (Alina Rodríguez), quien siempre tiene la respuesta puntual, a menudo impaciente y no pocas veces aforística, que documenta su entregada vocación por la infancia pero, en igual medida, su testarudez: todo y casi todos van cambiando en torno suyo, y sólo Carmela —intuyéndose dueña del monopolio de la virtud ciudadana en una sociedad dominada a partes iguales por una inflexible máquina burocrática y por la falta de compromiso humano— es permanentemente dura con medio mundo, empezando por sus colegas y superiores. Este carácter invariado de Carmela debilita una historia que por lo demás es llevada con buen pulso narrativo, gracias a una cámara inquieta, vivaz, fijada en los detalles de la ruina urbana —edificios, autos, trenes cuasi abandonados— y en los rasgos de la belleza adolescente y los prodigios de la luz tropical.

 

Pero una de las piezas mayores de esta Muestra es Leviatán, del director ruso Andrey Zviáguintsev (1964), que este martes empieza sus presentaciones en la Cineteca. Zviáguintsev es implacable, como lo recordará quien vio su angustiante Elena (2011). La historia transcurre en una pequeña ciudad a orillas del lado de Barents, en el norte de Rusia, pero bien podría suceder en Guerrero o en Michoacán. El protagonista es Kolya (Alekséi Serebryakov), un hombre de arriba de cuarenta años, padre de un adolescente rebelde, casado en segundas nupcias con Lilia (Elena Liadova), mujer de facciones juveniles y sensuales pero que traslucen cansancio y encierro ante la situación que enfrenta su marido: el alcalde, Vadim Cheleviat (Roman Madianov), se ha propuesto despojarlo de su envidiable propiedad a través de una tramposa expropiación, y esto con el contubernio del aparato judicial.

 

La película es un contundente alegato político contra la corrupción gubernamental en Rusia —que incluye a jueces, fiscales, policías y lo que se acumule—, así como contra los nexos entre la clase política y la Iglesia Ortodoxa. Al mismo tiempo, el cineasta no pierde la oportunidad de entrelazar en su historia reflexiones sobre la justicia y el sufrimiento humano. Cuando Kolya cree que ha tocado el fondo de la desesperación, luego de la muerte de su mujer, discute con un sacerdote, quien, citando la Biblia, recuerda que “Nada en este mundo es justo” y compara tácitamente la situación de Kolya con la de Job. Cierto: la debacle de su vida y de su familia ha tenido como punto de despegue el agravio del alcalde. Sin embargo, el guion, coautoría del director y Oleg Neguin, no omite las taras de carácter de Kolya, como su agresividad y su alcoholismo, y las consecuencias que, independientemente del expolio del que es víctima, habrían tenido en su relación con Lilia y con su hijo.

 

¿Quién es el Leviatán del título? Si, como dice una alta autoridad eclesiástica, confortando la intranquilidad del alcalde, “todo poder viene de Dios”, los excesos del poder terrenal habrían de ser vistos como el equivalente moderno del Dios colérico y vengativo del Antiguo Testamento, alguien para quien, como vocifera el alcalde, borracho, al visitar a Kolya para insultarlo, los seres humanos son gusanos. Así, no hay salida para el simple mortal: Kolya sufre todos los vejámenes posibles, incluso a manos de su abogado y su esposa, y su fuerza es nula para contrarrestarlos. En este tenor, la cámara es no menos implacable: registra los inhóspitos escenarios, con viejos barcos varados y huesos de grandes animales que algo dirían de la Gran Madre Rusia, con la misma distancia que la paliza que se le da al abogado al borde de un basurero o —con un close-up de casi clínica penetración— el llanto del protagonista en la oficina del fiscal, al escuchar la cantidad de indicios que lo enviarán a la cárcel. El resultado es una extraordinaria película pesimista de ribetes trágicos, no exenta por lo demás de guiños satíricos, como en la escena final, durante el largo e hipócrita sermón en una misa, cuando en los rasgos del pequeño hijo del alcalde —ojos pequeños y hundidos, frente amplia, piel pálida— se advierte un siniestro parecido con los de… Vladimir Putín.

 

* Fotografía:  La película Leviatán se presenta en la 57 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional / Especial

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