Nueva York, el año de la impotencia

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Poco después de su primer caso, Nueva York se convirtió por varias semanas en el epicentro mundial del Covid-19, en medio del fanatismo y la polarización

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POR NAIEF YEHYA

Escritor y periodista. Autor de Mundo Dron (Debate, 2021); Twitter: @nyehya

Nueva York. Durante los primeros meses del encierro no podía dejar de pensar en que estaba viviendo en la pintura El triunfo de la muerte, de Pieter Bruegel, el viejo, una obra de 1562 que pertenece desde el siglo XIX a la colección del Museo del Prado. En ella legiones de esqueletos avanzan aniquilando todo a su paso: hombres, animales y vegetación, ricos y pobres, cardenales y campesinas, cobardes y héroes. Es una obra cruel, sórdida, salvaje y caricaturesca que en marzo del 2020, con las primeras muertes por Covid-19 en Nueva York, adquiría particular actualidad. Nos reconocíamos en esa compleja danza macabra, en la vulnerabilidad y la desesperanza del sórdido renacimiento flamenco, abandonados por la ciencia, la tecnología y las instituciones a defendernos con nuestros recursos de una plaga incomprensible, a cultivar el miedo como recurso de supervivencia ante las contradicciones de las autoridades.

 

Cuando esto se escribe ha pasado un año de la llegada del Covid-19 a Nueva York y el 3 de marzo tuvo lugar el primer contagio comunitario, es decir de alguien que no viajó ni estuvo en contacto con nadie que lo hubiera hecho. En poco tiempo tuvimos los devastadores casos de contagios y muertes masivas en asilos de ancianos. El 5 de abril hasta los tigres del zoológico del Bronx contrajeron Covid-19. Las noticias que llegaban de Wuhan, Lombardía, París y Madrid sonaban estremecedoras, pero pronto los rebasamos a todos en número de muertes y disfuncionalidad. Tuvimos más infecciones y muertes tan sólo en la ciudad que en cualquier otro país del mundo. Fuimos el epicentro. El mundo nos miraba con pena y asombro. Aplaudíamos por las tardes al personal médico, como en otras ciudades, y las sirenas de las ambulancias acompañaban nuestro sueño hasta el amanecer. La ciudad fue golpeada con brutalidad por los contagios y las autoridades improvisavan y titubeaban o bien se mostraban autoritarias e inconscientes para compensar. El gobernador Andrew Cuomo aprovechó el vacío de poder dejado por el entonces presidente Trump, cuya incompetencia era tan grande como su megalomanía. Cuomo intentó poner una cara de preocupación y empatía en su intento de manejar de forma disciplinada y cuerda la mayor catástrofe de salud en un siglo, mientras Trump con su ruidosa vanidad saboteaba toda iniciativa. En sus conferencias diarias Cuomo trató de convertirse en el referente de la ecuanimidad, en un líder que respetaba la ciencia y aplicaba las recomendaciones de su equipo en sus acciones, lo cual era en sí un desafío a Trump. La desesperación y anhelo de una figura competente en medio de la devastación le valió la admiración, un tanto exagerada y con tintes de fanatismo que se tradujo en un Emmy por su labor como comunicador y en la publicación de un libro autocelebratorio a media pandemia.

 

La situación fue mejorando poco a poco mientras el resto del país se descomponía. Pero por lo menos nueve funcionarios de salud de Nueva York, incluyendo el comisionado adjunto del estado para la salud pública y los principales epidemiólogos y expertos en control de enfermedades, renunciaron desde el verano pasado, quejándose del trato irrespetuoso y negligente que les daba el gobernador. Su decisión de obligar a los asilos de ancianos a recibir a pacientes en recuperación de Covid-19 resultó catastrófica ya que provocó un número altísimo de muertes, el cual minimizó en un escandaloso 50%. Cuomo estaba en contra del cierre de restaurantes, escuelas y comercios. Después de confrontar al alcalde de Nueva York, Bill Di Blasio y contradecirlo públicamente con el afán de humillarlo, accedió al cierre. Lamentablemente lo hizo demasiado tarde, de acuerdo al Imperial College de Londres y la Universidad de Berkeley, que coincidieron al encontrar que de haber cerrado una o dos semanas antes hubiera reducido el número de muertes a la mitad. Eventualmente dejó a Di Blasio fuera de la toma de decisiones y durante semanas hizo eco a Trump para promover el uso de la hidroxicloroquina, que es totalmente inútil para tratar el covid. Asimismo, repitió la aseveración inane de Trump y otros líderes de que los números de contagios eran altos simplemente porque se hacían mucha pruebas, como si de no hacerlas los números fueran a bajar.

 

La incompetencia y arrogancia de Cuomo dieron un argumento a Trump para decir que sus enemigos estaban respondiendo a la pandemia tan mal como él. Cuomo pertenece al ala moderada liberal del partido demócrata, representada por Clinton y Obama, quienes han sido cómplices en los recortes presupuestales a la salud y las instituciones de seguridad social a los que se debe en parte la pésima respuesta a la crisis. Cuomo insertó discretamente en el presupuesto estatal, para complacer a los cabilderos de la industria médica, una exención a los asilos de ancianos, hospitales y otras dependencias de salud que los hace inmunes legalmente a las demandas por muertes y daños debido a su descuido de los residentes y pacientes durante la pandemia. También ignoró décadas de planeación de los funcionaros del estado para la implementación de los planes de vacunación (creados a raíz de los ataques del 11 de septiembre). En cambió adoptó las recomendaciones de los cabilderos que deseaban favorecer al sistema privado de hospitales. En vez de una iniciativa de salud pública apostó por dejar a los neoyorquinos a merced de servicios con fines de lucro. Hasta ahora la distribución de la vacuna (que ha mejorado en últimas fechas) sigue favoreciendo desproporcionadamente a la población blanca, aunque los negros y latinos se encuentran en mucho mayor riesgo de contagio y están muriendo a una tasa muy superior. Cuomo impuso multas de hasta de un millón de dólares en caso de que se vacunara a quien no le tocara su turno. Esto suena justo pero se tradujo en un enorme desperdicio de vacunas, ya que cuando las personas no se presentan a sus citas esas dosis son desechadas. Su más reciente decisión de abrir restaurantes, eventos deportivos y permitir celebraciones viene en un momento en que las hospitalizaciones se encuentra en un 60% más altas que en el cierre de diciembre.

 

El 2020 fue el año de la caída libre en la distopia, no únicamente por la pandemia y sus consecuencias directas en la economía, el desempleo y la salud mental sino por una descomposición general del orden. En abril comenzaron las manifestaciones antimascarillas y anticonfinamiento como actos de desobediencia civil en comercios, dependencias gubernamentales y espacios públicos, que eran cuidadosamente grabadas para difundirse en redes. Los desafíos a las reglas fueron ganando las calles en distintas partes del mundo y en Estados Unidos comenzaron a ser organizados por grupos de extrema derecha armados, alentados por el propio presidente, quien aprovechó para usarlos políticamente para hostigar a los gobiernos estatales demócratas de Michigan, Minnesota y Virginia. Hombres con rifles de asalto entraron a alcaldías a intimidar legisladores y luego se supo que planeaban secuestrar a la gobernadora Gretchen Whitmer de Michigan y al de Virginia, Ralph Northam. La rebelión de los ignorantes y fascistas que exigían su libertad fue ganando adeptos y generando eventos de súper contagios.

 

Cuando la tensión de la amenaza derechista subía, el 25 de mayo un policía en Minneapolis asesinó a George Floyd al asfixiarlo presionando su cuello con una rodilla durante ocho minutos y 46 segundos. Ese crimen de un hombre negro en manos de la policía, sumado al asesinato de Breonna Taylor, en su casa en Louisville, y docenas de ejecuciones semejantes más fueron la gota que desbordó el vaso y desató las enormes manifestaciones y revueltas de Black Lives Matter en todo el país y otros lugares del mundo en contra de la brutalidad policiaca y del racismo sistémico. Lamentablemente con la llegada del otoño las manifestaciones perdieron fuerza e importancia sin haber realmente ganado mucho. La proximidad de las elecciones presidenciales del 2 de noviembre determinó nuevas prioridades.

 

Después de semanas de conteos de votos y la histérica descalificación del proceso por parte de Trump se confirmó el triunfo de Joe Biden. Sin embargo, como sabemos, el presidente no reconoció la derrota y pasó meses atizando el fuego del descontento y la inestabilidad social hasta que el 6 de enero, el día en que el Congreso debía certificar la votación, tuvo lugar la torpe y mortal toma del Capitolio. Trump incitó a sus seguidores a “pelear como el diablo porque de lo contrario se quedarían sin país”. La desquiciada revuelta e invasión del Congreso por una multitud enfebrecida que parecía más obsesionada con conquistar followers y likes en redes sociales que por defender la democracia, fue el vórtice del caos de un año de desconcierto. Armados con bates, palos de hockey, asta banderas, tasers y escudos arrebatados a la policía, la turba penetró al edificio, gritaron consignas, leyeron tuits de Trump en sus megáfonos, arrancaron decoraciones, usurparon oficinas y robaron correspondencia, papelería y objetos diversos. Una joven se llevó una laptop y trató de vendérsela a los servicios de inteligencia rusos vía redes sociales. Buscaban “pruebas” que incriminaran a los congresistas en la conspiración antitrump, pero claramente no tenían idea de lo que estaban haciendo. Excitados y luego aburridos se tomaban selfies y posteaban fotos y videos en Parler y Twitter sin entender que estaban documentando un crimen federal. Si algún espía extranjero se hubiera colado entre la masa hubiera sido una gran oportunidad para cosechar información valiosa.

 

No cabe duda de que los ciudadanos estadounidenses salieron a votar para castigar a Trump por su mal manejo de la pandemia. Resulta estremecedor constatar que las probabilidades de que Biden hubiera triunfado si no hubiera tenido lugar la pandemia eran casi inexistentes. Biden obtuvo 306 votos electorales contra 232 de Trump, quien triunfó con ese mismo número en 2016. Trump terminó resignándose a dejar la Casa Blanca pero sabe que cuenta con millones de seguidores, miles de ellos fanáticos dispuestos a ir hasta las últimas consecuencias para seguir a su líder, además de que en gran medida el partido republicano es ahora su partido.

 

Si algo caracteriza el estado en que hemos vivido durante un año es la impotencia, la incapacidad de controlar las circunstancias biológicas, políticas, económicas y sociales que nos afectan. El encierro como estrategia de supervivencia es efectivo pero difícilmente se puede sentir satisfacción en la pasividad y la espera. Nada se podía hacer más que distanciarse y cubrirse la cara. Quedamos recluidos en la soledad doméstica y a la vez expuestos como nunca antes a la saturación obscena de los algoritmos de las redes sociales y envueltos en el estrépito de la convivencia sin límite a través de la rigurosa cuadrícula de las pantallas de zoom y demás plataformas.

 

La derrota de un líder estrafalario y nefasto como Trump así como el hecho de que se hayan desarrollado varias vacunas exitosas en el asombroso período de menos de un año muestran que no todo ha sido impotencia en este año. Sin embrago, después de meses de activismo a favor de la justicia racial, queda una sensación de fracaso e inutilidad. En cambio el activismo militante de la derecha conspiratoria se expande. A pesar del absoluto fiasco que fue la invasión del Capitolio y del colapso de la megateoría conspiratoria QAnon (que planteaba que Trump no dejaría el poder y que los demócratas serían arrestados por ser caníbales y pedófilos), la derecha nacionalista blanca celebrará el 6 de enero como el día de su más estruendoso triunfo.

 

Cinco personas murieron en el ataque al Capitolio; pudieron ser más. La masa frenética subiendo las escaleras, rompiendo puertas y ventanas, corriendo furiosos por los pasillos es la materialización contemporánea del ejército de esqueletos de la pintura de Pieter Bruegel, la horda desenfrenada que desea castigar la arrogancia de las instituciones. Esas imágenes se reflejan, a 460 años de distancia, de una danza de la muerte a un carnaval pseudopolítico grotesco y de la peste negra al Covid-19. Esqueletos y “patriotas deplorables” comparten un impulso apocalíptico, una vitalidad furiosa, indolente y cínica que tan sólo puede dar la impotencia.

 

FOTO: Un trabajador de los servicios de salud (vestido con traje PPE) cruza una calle en el distrito de Queens, Nueva York, en mayo de 2020.

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