Lo blanco, lo luminoso: el invierno

Abr 11 • Lecturas, Miradas • 1582 Views • No hay comentarios en Lo blanco, lo luminoso: el invierno

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Pedro Serrano, poeta y traductor, hace un estudio del tiempo, del silencio y las pasiones ataviadas a través de los versos de Lo que falta, su libro más reciente

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POR BRENDA RÍOS
Hacer un viaje, contemplar, caminar el bosque, ver el lago de hielo. Hablar con uno mismo. Callar con uno mismo, de vez en cuando tomar algunas fotos con el celular: ciertos detalles, alguna hoja o piedra, el musgo, la nieve, sobre todo eso, la nieve. La extrema claridad que ofusca. No se puede ser inmune al frío, a lo que toca, la escarcha y esa luz tan particular del invierno. Una luz que es distinta de la del verano, de cualquier otra. La luz de invierno en los países de nieve es una luz hecha de una timidez y una casi humildad frente a la luz de verano que todo lo quiere, todo lo pretende y ciega: cansa: Una nieve en sequía / falta de aire, /pura respiración.

 

De esta luz y de varios viajes a Banff, una zona en las Montañas Rocosas de Canadá, Pedro Serrano hizo un poemario ilustrado con sus propias fotografías. No le importó la calidad de esas fotos, dijo. Sólo quería que ellas formaran parte de un “todo” donde, además, los poemas fueron reproducidos en su propia letra: una foto de su letra. El reto es la lectura. La letra, ese rasgo tan personal e íntimo. Leer esas cartas hechas a mano, tan personales, con tachaduras, rasgos particulares, el cierto modo de escribir la t o la í o la h, si la letra es pequeña o grande; si se inclina hacia arriba, abajo. Se nota la escuela elemental, las primeras clases a mano alzada, las planas enteras. La letra de cada uno forma parte del cuerpo y de su historia personal, uno intuye cómo respira, cómo hace pausas, cómo se va de corrido en una galopada de ideas y de formas: se nota la prisa o el tiempo congelado. Así también, la caligrafía es parte de un periodo en la enseñanza escolar de un país, de un método, de un grupo de personas que crecieron escribiendo igual. La belleza de la letra es que contiene tiempo, forma y huella íntima.

 

 

Porque así es.
La nieve lo cubre todo,
lo desaparece,
lo calienta en su alma mortífera,
articulada,
en su red de moléculas tensa,
en el goterío de cristal
que desaparece

 

 

El paisaje, el clima, la voz del que mira y nombra son los puntos centrales del libro, pero también en ese viaje el poeta trata va y vuelve al mismo sitio y lo mira distinto. Él ya es otro aun si el lugar no cambie. Lo que cambia es la estación, lo que hace del agua agua y la luz la luz. Su particularidad parte de su misma naturaleza genérica: la especie de árbol, piedra, lago, aves, cielo, horarios del día. Y el mismo viajero que lleva adentro un país y un padre definido por el momento en que se enuncia: el padre que existe en uno cuando respiramos. Tenemos en el cuerpo otros cuerpos. De eso se trata esto: en la soledad invernal, aparentemente dura y cruel, podemos hallar ese mismo viaje hacia lo exterior del corazón, afirma Serrano.

 

Cuaderno de viaje, diario íntimo, cartas a sí mismo, crónicas o notas tomadas al instante en que se está frente a las cosas, Lo que falta es un ejercicio de buscar la totalidad en lo menos posible, en la mayor brevedad, en el ejercicio mínimo, casi haikú, casi nada, una palabra tan sólo, sola, en medio de un agua inmensa. El poeta camina con cuidado y con todo el tiempo del mundo, se sostiene, se suspende y observa. Apunta. Describe y llega a una que otra analogía o fábula de un mundo minúsculo conformado de cielo, agua, hielo:

 

 

En la planicie en el polvo
el viento brilla,
pasa rozando precipicios y olas,
arrastra marino
lo que el mar no le toca.
Una osteoporosis mineral es lo que ejecuta
y alcanza el gris
el sueño peñaloso
De allí se eleva
como una espuma embocada
Mal atesta. De allí se eleva.

 

 

La caligrafía es la huella de alguien que regresa a lo primitivo en la era digital, y, a la vez, las fotos tomadas con un celular son el otro testimonio: un hombre a mitad de varios tiempos, la intimidad de la escritura en papel, a mano (lo que implica el doble ejercicio de lectura: a veces la s no se completa y uno duda de que esa palabra sea justo ésa; el poeta exige algo de nosotros, exige que veamos sus palabras hasta que nos quede claro qué palabra es. Eso hace que tardemos mucho más que una simple lectura de corrido en letra impresa común y corriente. He ahí el riesgo de quien escribe: un lector perezoso puede irse, buscar algo que requiera menos esfuerzo, menos tiempo; y en la era digital y en medio de escrituras que parten de lo inmediato es un enorme logro: hacer que el lector siga ahí, en esas imágenes, en esos ejercicios de traducir la letra misteriosa, imprecisa). La letra es, pues, el gesto. La desnudez del que enuncia. Su carácter íntimo, de cabecera.

 

La caligrafía revela una vida marcada en el peso de la mano, en la extensión del cuerpo. Y uno ejerce un oficio de arqueólogo, de ver las sombras, palabras que podrían ser otras y fallan por un detalle mínimo. La criptografía de lo mínimo, de lo que está también ahí, lo que se oculta en lo que sí es evidente y no deja lugar a la duda.

 

En Lo que falta se tiene, irónicamente, un sentido de tiempo presente, una temperatura y una escenografía que se repite, el mismo paisaje, el mismo tono. Pero lejos de ser un escenario monótono, ese tono por sí sólo, blanco y frío, ofrece una tranquilidad que le pertenece por partida doble al escenario natural y al poeta. La sabiduría del paisaje, la estabilidad del agua, la claridad del día, el frío, los esquís que hacen recordar al padre. En el paisaje invernal hay otro tipo de fuego: el de la memoria encendida. La alianza entre la palabra y el recuerdo: la infancia, lo que ya no está. De pronto el libro es demasiado “blanco”, hay en él una sensación de algo que no se acaba de definir, no es un ánimo en sí, sino una claridad que abruma. Un paisaje lunar. Un hombre camina en la nieve como si fuera el primer hombre. Sus pasos, como su propia letra, son únicos. Y las huellas dejan marcas. Las palabras, también.

 

FOTO: Lo que falta, Pedro Serrano; Trilce Ediciones, México, 2019, 164 pp.

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