José y Saramago

Nov 28 • destacamos, principales, Reflexiones • 743 Views • No hay comentarios en José y Saramago

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El escritor luso recuerda sus primeras impresiones tras la muerte del Premio Nobel, quien también fue su maestro literario

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POR JOSÉ LUÍS PEIXOTO

Autor de Regreso a casa (Cuadrivio 2020)
Hace tres meses, en Delhi, conocí a la traductora de los libros de José Saramago al hindi. Antes, conocí traductores de sus libros al búlgaro, alemán, holandés, italiano, croata, húngaro, rumano, finlandés, etc. A partir de cierto momento, dejó de ser inusual para mí llegar a un país y que antes o después de presentarme a alguien me susurraran: es el traductor de José Saramago. Entre los traductores, entre aquellos que atraviesan fronteras con la delicadeza de las palabras, traducir la obra de José Saramago es un estatuto. No vale la pena explicar aquí y ahora, a detalle, las razones de ese privilegio. No soy la persona indicada para esa tarea, no quiero serlo.

 

José Saramago me dijo muchas veces: José, tienes que pensar en tu obra. José era yo. Aquello que recuerdo con mayor nitidez en ese instante son las conversaciones que llegamos a tener, esa voz que me enseñaba, que me incentivaba a no alejarme de lo esencial: la vida, la vida. Escuchaba.

 

No sé hace cuántos años fue, pero sé que fue un primero de mayo. Estaba participando en la Feria del Libro de Buenos Aires y mientras me dirigía hacia la sesión con José Saramago, no me imaginaba con lo que me iba a encontrar. Millares de lectores, decenas de periodistas. Esas imágenes me pasan ahora por la mente. Siento lástima de que en Portugal, la mayoría de las personas no las conozcan. Sentirían orgullo, estoy seguro.

 

Me llaman de los periódicos y me piden un comentario sobre la muerte de José Saramago. Cuando cuelgo, dudo de los adjetivos que escogí, de las palabras que pude decir en segundos. José, tienes que pensar en tu obra. La obra es tan opuesta a todo esto. Yo, José, no sé qué pensar.

 

Estoy en Londres. Recibí la noticia hace poco más de una hora, sin adjetivos, por un mensaje de celular. Estaba al lado del Támesis y me detuve en la acera, mirando hacia una frase simple. Aquel clima: sin lluvia, sin sol, sólo un cielo opaco de nubes indistintas, una masa compacta de blanco.

 

Pilar del Rio sonreía siempre, le llamaba José. Él le sonreía también. Antes de conocerlo, imaginaba toda especie de cosas sobre él. Había leído sus libros y me había autografiado uno de ellos en Coímbra, luego de esperar en la fila desde la que observé cada uno de sus gestos y en la que, durante segundos, le dije mi nombre. Años más tarde, cuando lo conocí, entendí que era una persona y que esa realidad tan simple, que siempre había estado a mi alcance, era grandiosa. Recuerdo muy bien su sonrisa.

 

Estoy en Londres. Después de recibir la noticia, regresé a mi cuarto de hotel. Escribo estas líneas y entre párrafos, me dirijo a la ventana y observo la Russell Square por instantes, los autobuses, las personas que pasan. Regreso a la computadora, en internet, una amiga del Facebook cita a Saramago: “Todos sabemos que cada día que nace es el primero para unos y será el último para otros, y que, para la mayoría, es sólo un día más”.

 

Recibo un correo electrónico del Jornal de Letras con links hacia diversos textos antiguos sobre José Saramago. Hay uno que me llama la atención, se llama “Todas las palabras”. Pienso en la banalidad de ese juego de palabras con el título de la novela de José Saramago. Qué título tan insípido, pienso. Decido leer el texto y veo que lo escribí yo en 2005.

 

Es la muerte, esa palabra, que me confunde. Pasó poco más de una hora desde que recibí la noticia. José Saramago era una gran cantidad de cosas, pero hay una cantidad aún mayor que las otras que continúa y continuará siendo. En todo el mundo continúan sus traductores y continúan sus lectores, continúan las inquietudes, las respuestas y los silencios, también necesarios, que construyó dentro de ellos. En un rincón de Europa, junto al océano, continúa su país.

 

Tenemos nuestro país, pequeño y grande, y tenemos, esparcidas por siglos, figuras con la fuerza suficiente para levantar un espejo que nos refleja como portugueses y como seres humanos. Este día, 18 de junio de 2010, quedará asociado al tiempo de uno de esos enormes. Comenzaremos hoy intentando entender el tamaño de lo que perdimos. Esperemos ser capaces de no alejarnos de lo esencial: la vida, la vida. La vida, José.

 

FOTO: El escritor portugués José Saramago, Premio Nobel de Literatura 1998. /Archivo EL UNIVERSAL

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