Peter Strickland: los sonidos del miedo

Jun 7 • Miradas, Pantallas • 2746 Views • No hay comentarios en Peter Strickland: los sonidos del miedo

 

MAURICIO MONTIEL FIGUEIRAS

 

Aunque sus primeras señales están en algunas películas que el prolífico Mario Bava dirigió en los años sesenta —La muchacha que sabía demasiado, Las tres caras del miedo y Seis mujeres para el asesino, por poner tres ejemplos—, lo cierto es que el cine giallo no ganó su macabro esplendor sino hasta la década de los setenta.

 

Bautizado así en honor al pulp italiano de los treinta y sus novelas policiacas con portadas de un amarillo chillón —giallosignifica amarillo—, este subgénero del horror y el suspenso fue la semilla principal del slasher, el filón dedicado a los multihomicidas de adolescentes que tantos adeptos tendría en Estados Unidos. Pese a contar con diversos representantes entre los que destacan Bava, Lucio Fulci y Sergio Martino, el cine giallo llegó a su cima gracias a la ferocidad inigualable de Dario Argento, que afianzó y potenció al máximo los tres rasgos esenciales del subgénero: mayor atención en la perpetración del asesinato que en el hallazgo del asesino, extensas secuencias montadas como coreografías de la brutalidad y expresionismo visual y sonoro.

 

Quizá el filme giallo por excelencia es Rojo profundo (1975), donde Argento fusiona con pericia dos vetas narrativas —el relato policiaco y la historia sobrenatural— que rinden nuevos frutos en Suspiria (1977), catalogada como una de las 25 mejores cintas de terror de la historia por la Asociación de Críticos de Cine de Chicago. Ubicada en una siniestra academia de ballet que resulta ser regida por un clan de brujas, Suspiriaha influido en directores de muy variadas nacionalidades y generaciones y es evidentemente homenajeada a través de El vórtice ecuestre, la película que echa a andar la puesta en abismo de Berberian Sound Studio (2012), el extraordinario segundo largometraje del británico Peter Strickland (1973).

 

Pocas veces el cine dentro del cine había perturbado tanto. En manos de Strickland, quien ya revelara su destreza para crear atmósferas enrarecidas con Katalin Varga (2009) —su estrujante debut sobre la violación y la venganza ambientado en los montes Cárpatos—, el mecanismo de matrioshka adquiere un filo en deuda con Franz Kafka y David Lynch que se hunde de manera lenta pero inexorable en las fracturas de la psique.

 

La mente rota es la de Gilderoy (el espléndido Toby Jones), un retraído y edípico ingeniero de sonido que en los años setenta llega de Inglaterra a Italia para trabajar en la posproducción del nuevo filme giallo de Giancarlo Santini (Antonio Mancino), que lleva el enigmático título de El vórtice ecuestre.

 

Víctima no sólo de absurdos trámites burocráticos sino de los caprichos de actrices de ínfimo nivel, Gilderoy enfrenta el reto más difícil de su carrera: salir de la zona de confort llena de documentales bucólicos en la que se había movido para entrar sin mucha luz —sombras y claroscuros son elementos clave para Strickland— en el terreno desconocido del cine de horror. El desplazamiento físico deviene así un viaje anímico a un corazón de las tinieblas que irá cerrándose en torno de Gilderoy conforme aumentan las presiones para concluir la cinta de Santini.

 

La maestría de Berberian Sound Studio radica en primera instancia en su empleo del sonido para quebrantar la realidad y construir un mundo viciado y discordante en el que nada es lo que parece ser y donde el uso obsesivo del close up, para acudir a la noción de James Monaco, provoca una desorientación y una claustrofobia permanentes. “¿Crees en Dios?”, dice en algún momento el director/inquisidor Santini, a lo que Gilderoy responde: “Preferiría no ponerme técnico”.

 

En este breve intercambio se cifra tanto la forma argumental de El vórtice ecuestre, de cuya trama de brujas torturadas que vuelven a la vida nos enteramos sólo por los parlamentos grabados por distintas actrices, como el fondo de desasosiego existencial sobre el que se sustenta Berberian Sound Studio.

 

Al generar terror sin presentar escenas terroríficas salvo hacia el final, al exhibir la dislocación de la personalidad del protagonista mediante el doblaje del inglés al italiano, Peter Strickland demuestra que el miedo tiene sonidos que normalmente ignoramos.

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