Platón y los filósofos gobernantes

Oct 16 • Reflexiones • 2425 Views • No hay comentarios en Platón y los filósofos gobernantes

 

La República es una obra dialéctica encaminada a dilucidar la forma del Estado ideal, en el que se maximizara la virtud de todos sus habitantes y se cultivara la armonía entre seres humanos

 

POR RAÚL ROJAS
Algunos de los diálogos de Platón, el filósofo ateniense del siglo IV antes de nuestra era, son lecturas obligadas en la educación superior. Quizás uno de los diálogos más célebres es La República, un extenso y variado intercambio de ideas entre Sócrates, el alter ego de Platón, y sus varios interlocutores. Todo comienza inocentemente, tratando de definir lo que entendemos por justicia, pero termina llenando diez libros de dialéctica socrática.

 

La República (Politeia) es uno de los escritos más sui generis de Platón, quien en su juventud aspiraba a dedicarse a la política. En esta obra, escrita hace 24 siglos, el filósofo se propone delinear el Estado perfecto, aquel que pudiera maximizar la virtud de todos sus habitantes. El resultado es un ejercicio en absolutismo intelectual que sólo demuestra que sería muy mala idea dejarles a los filósofos el diseño de las polis.

 

Me parece que el hilo de la argumentación en La República es más comprensible tomando primero el libro VII como referencia. Ahí, Platón (por boca de Sócrates) explica la llamada alegoría de la caverna. Los humanos, argumenta Sócrates, no perciben el contenido del mundo tal cual es, sino como seres atrapados en una cueva y que sólo pueden percibir indirectamente los objetos reales, como sombras producidas por una fogata situada a sus espaldas. Para poder apreciar el mundo real, algunos de ellos deben arriesgarse a salir de la caverna. Al principio el sol los cegará, pero poco a poco discernirán sombras y los reflejos de los objetos en el agua. Con el tiempo serán capaces de percibirlos tal y como son, e incluso al sol mismo. Esas personas que emergen de la caverna son los filósofos, que al descubrir y comprender el mundo de las formas ideales tienen la obligación de descender de nuevo a la gruta para explicarles a los ahí atrapados cómo es el mundo real y que lo que vemos en su interior es una aproximación imperfecta de lo existente. Esa es la esencia de lo que se ha llamado el idealismo platónico.

 

Ahora bien, la transición de la caverna hacia la luz del día es algo que se puede lograr adquiriendo educación, pero no simplemente aquella basada en la acumulación de aptitudes. Lo que se requiere es que los que quieren escapar de la gruta apliquen la dialéctica, ese ejercicio de diálogo y contraposición de argumentos e ideas que gradualmente va extrayendo la verdad de nuestro pensamiento racional. La República misma es un agotador ejercicio de dialéctica, encaminado a dilucidar cuál sería la forma del Estado ideal. Según Sócrates, los filósofos de los que habla y que están destinados a gobernar, deberían ser instruidos desde jóvenes en la lógica, la aritmética y la geometría, no tanto para enseñarles a calcular, sino para enseñarles a razonar. Así preparados, los mejores entre ellos se pueden embarcar en el estudio y práctica de la dialéctica durante cinco años para, alcanzados los cincuenta años de edad, poder pasar a gobernar las polis.

 

Esa es la idea cardinal que ya se menciona desde el inicio de La República: el Estado ideal es aquel regido por los filósofos, el más alto nivel de los guardianes de la sociedad. Los filósofos no sólo están al margen de la corrupción y falsos placeres del mundo de las apariencias (ya que han conocido al sol, que Platón equipara con la divinidad). Ellos que conocen el mundo real pueden regir y juzgar de la mejor manera posible, son los principales guardianes de la sociedad. No tendrán propiedades ni las necesitan, la comunidad se encargará de proporcionarles donde comer y dormir. Por eso, los gobernantes anhelados por Platón asemejan más a una congregación de ascéticos frailes que a los gobernantes que hoy tenemos, de los que no podemos presumir que conozcan la geometría, mucho menos la lógica, ni que estén al margen de toda ambición.

 

En el primer libro de La República la discusión se estanca porque, aparentemente, no es posible definir lo que es la justicia considerando al individuo aislado. La definición más extrema que discuten Sócrates y sus interlocutores consiste en identificar a la justicia con el poder. Ojo por ojo y diente por diente tampoco parece una alternativa adecuada. De ahí que Sócrates proponga considerar a la sociedad en su conjunto, para examinar así el concepto de justicia en ese contexto más amplio.

 

Si comenzamos a estructurar una sociedad, propone Sócrates, debemos tener artesanos, agricultores, comerciantes y todos los oficios necesarios para cubrir las necesidades de una gran ciudad. Sin embargo, el crecimiento de las urbes y su competencia por la tierra hace necesario poder disponer de una clase auxiliar de guardianes militares, cuya especialidad es la guerra. Mantener a ese ejército implica que la ciudad debe crecer aún más. Al mismo tiempo cada uno de esos guardianes deberá ser “filósofo, fogoso, veloz y fuerte”, es decir debe absolver muchos años de preparación especial para poder cumplir su cometido.

 

Podría ser que no todos los habitantes de esta polis estuvieran de acuerdo con semejante división del trabajo y por eso Sócrates propone una “noble mentira”, la que se ha llamado después el “mito de los metales”. Según el mito, los humanos han sido creados en las entrañas de la tierra “moldeándose y creciendo allá dentro de sus cuerpos”. Pero al formar los cuerpos los dioses integraron oro en aquellos destinados a mandar, plata en sus auxiliares (los guerreros) y bronce en artesanos y agricultores. Es decir, la división de clases se puede explicar por un designio divino y los magistrados tienen que cuidar de que cada uno respete su lugar en la sociedad. El ascenso social sería posible si, de vez en cuando, de los artesanos nace un niño que contenga oro. El descenso social es también factible, si guardianes de oro procrean hijos con fragmentos de plata o de bronce. Con esa “noble mentira” nadie protestaría por su ubicación particular en el sistema de tres castas, ya que ha sido un designio de los dioses. No está permitido que los miembros de cada clase se mezclen entre sí, ya que, según el oráculo, cuando un hombre de bronce o de plata presida el Estado, éste “será destruido”.

 

De esa manera nos aproximamos poco a poco al concepto de la justicia. Ésta sería el producto de la virtud de los humanos, virtud que en este contexto social consiste en que cada clase social cumpla el papel que se le ha asignado. Si cada uno cumple con su deber social, estará actuando de manera justa. Cada “una de las tres clases” hace “aquello que le es propio”. La justicia perfecta es entonces la armonía entre las clases. Pero resulta que en el alma de los habitantes de la polis residen “las mismas clases y en el mismo número”. Es decir, en sus almas está presente la razón, la altura de espíritu, y los apetitos. Si cada uno de estos atributos cumple su cometido, es decir, la razón guiando el actuar de una persona, la fogosidad y valor protegiéndola, y el trabajo ocupándose de satisfacer los apetitos, esa persona estará actuando de manera justa. Otra vez: estará cumpliendo su deber como parte orgánica de la sociedad.

 

Si esta idea del deber social parece autoritaria es porque lo es. La “noble mentira” de los tres metales predetermina la casta de cada persona en esta república. Esto es aún más claro cuando Platón pasa a examinar las posibles formas de gobierno y cómo pueden degenerar a lo largo del tiempo. De lo ya dicho se desprende que el mejor Estado es aquel gobernado por una aristocracia, que lo es de la razón y del pensamiento. Está constituida por aquellos que han logrado abandonar la caverna mental. Un Estado así, sin embargo, podría degenerar en una “timocracia”, que sería una república cuyos gobernantes persiguen ya ambiciones propias, al contrario de la aristocracia de los filósofos. Eso sucede porque la clase dirigente se escinde. Entonces lo férreo y broncíneo aspira a la crematística y la posesión de tierras. Lo áureo y argénteo intenta todavía “llevar las almas hacia la virtud”. Pero también la timocracia puede degenerar, ya que sus gobernantes han comenzado a codiciar la riqueza. Se puede convertir en una oligarquía, en la cual ya sólo los ricos toman todas las decisiones de Estado marginalizando a los pobres. La desigualdad de riqueza puede llevar al crecimiento de clases que conspiran las unas contra las otras. Los pobres eventualmente se hacen del poder por las armas, para imponer un sistema en el que cada quien “hace lo que a uno se le antoje”. La democracia es un “régimen placentero, anárquico y vario que conferirá una especie de igualdad tanto a los que son iguales como a los que no lo son”. Pero llegada ahí, la democracia degenera en tiranía. La “demasiada libertad” termina en un “exceso de esclavitud”. Aparecerá un político popular que le prometerá a los pobres todo lo que quieren escuchar, pero que al final de cuentas concentrará todo el poder en sus manos. Y el pueblo, “en lugar de aquella grande y destemplada libertad viene a dar en la más dura y amarga esclavitud: la esclavitud bajo esclavos”.

 

Para evitar esta degeneración de la república aristocrática, Platón propone invertir mucho tiempo y esfuerzo en la educación de los guardianes, los garantes del Estado aristocrático. En La República, Sócrates detalla minuciosamente las disciplinas que tienen que enseñarse en las escuelas, desde la gimnasia, para fortalecer al cuerpo, hasta la música y otras ya mencionadas: lógica, aritmética, geometría y dialéctica. Aquellos destinados a ser los gobernantes van pasando por las diferentes disciplinas y van auxiliando al gobierno a distintos niveles, hasta que están listos para asumir su papel dirigente.

 

La vida de los guardianes filósofos estaría completamente reglamentada. Deberían vivir en común, ocupados sobre todo en su formación y tareas. Las parejas serían seleccionadas por el grupo dirigente durante festivales anuales, para de esa manera mejorar las facultades físicas y mentales de ese grupo (hoy llamamos a esto eugénica, es decir, la selección genética para mejorar razas). Para que nadie se queje del proceso de selección se les hará creer (otra mentira piadosa) que fue obra del azar, a través de una lotería. Los niños no conocerían a sus padres y madres biológicos. La clase dirigente se haría cargo de ellos en común, convirtiéndose en una especie de colectivo de progenitores.

 

Si al lector le parece pavorosa esta avalancha de propuestas, no está solo. Además de la eugénica, Platón propone la eutanasia para los “seres inferiores” y lisiados que pudieran nacer, llevándolos a un “lugar secreto y oculto”. La edad de procrear permitida sería de los 20 a los 40 años para las mujeres, y de los 30 a los 55 para los hombres. Los padres de cualquier niño nacido fuera de estas estrictas reglas tendrían que “disponer” de él.

 

La libertad de expresión no existe en esta polis de catálogo, para no contaminar las almas. En varias partes de La República Platón lanza diatribas contra los poetas y artistas que confunden al pueblo y propone sin ambages la censura como solución para acallarlos. Sólo el arte que puede cultivar la virtud del pueblo tendrá cabida en el Estado ideal.

 

Sin embargo, La República ha fascinado por siglos a los filósofos de todos los colores. Hay mucha tela de donde cortar. Tenemos la discusión sobre los aspectos cognitivos, que hace una distinción entre el mundo de las formas ideales y el mundo de la realización imperfecta, que es el que podemos percibir. Tenemos toda la discusión sobre el significado de la justicia, resuelto en favor de una concepción del deber social (aunque inmersa en un sistema de castas). Encontramos una descripción de diferentes formas de gobierno, mismas que se han dado realmente a lo largo de la historia (excepto la avocada por Platón, la de la aristocracia del pensamiento).

 

Véase lo imperfecto de las primeras democracias, incluida la ateniense, donde pocos decidían y muchos poseían esclavos. La declaración de independencia de los Estados Unidos de 1776 proclama que “todos los hombres son creados iguales”, pero la esclavitud era legal en el sur del país hasta su abolición por Abraham Lincoln en 1862. La Revolución Francesa produjo la Declaración de los Derechos del Hombre, que, sin embargo, no reconocía a las mujeres como ciudadanos. Es más, ni siquiera todos los hombres podían serlo, sólo aquellos que tenían un mínimo de propiedades. La mitad del género humano, las mujeres, obtuvo el derecho al voto hasta el siglo XX. En México eso sucedió apenas en 1953, hace menos de 70 años. En los 24 siglos transcurridos desde La República han existido verdaderas democracias universales solamente durante algo así como un siglo.

 

La construcción social de La República es innegablemente despótica, aunque sobre eso se han dado muchos debates. En el gobierno aristocrático platónico un conjunto de iluminados (una especie de Politburó) gobierna con el auxilio de una casta militar sobre los hombres de bronce. Supuestamente esta representaría a la razón dominando y controlando a los apetitos.

 

En su conjunto, me parece que La República está permeada por una concepción pesimista del género humano. Platón piensa que sin el control de la razón (secundada por la fuerza) el Estado evolucionará hacia la tiranía. Es ésta una concepción muy distinta a la de, por ejemplo, Robert Owen, quien creía que todos los humanos somos buenos por naturaleza, al nacer, y es sólo la sociedad la que nos embrutece. Esa era la apuesta de los socialistas utópicos del siglo XIX: educación para todos y trabajo limpio y remunerativo lograría regenerar al cuerpo social, que además sería democrático. Owen confía en el individuo para instaurar el mejor Estado, Platón confía en el Estado para moldear al individuo.

 

En cierto modo es asombroso que ya han transcurrido tantos siglos desde la obra de Platón y obviamente el mundo sigue aun sufriendo todas las formas de gobierno descritas por el filósofo, y otras que no previó, pero no se ha materializado la república ideal por él favorecida, una construcción de la razón que, sin embargo, nos recuerda más bien la biología de los insectos sociales.

 

El único ejemplo de una república platónica que me viene a la mente es la ópera La Flauta Mágica de Mozart, donde Sarastro, como representante del principio de la luz, gobierna un miniestado desde su Templo de la Sabiduría, rodeado de sus monjes (todos hombres). Combate a la Reina de la Noche (rodeada de mujeres) y la logra vencer. El príncipe Tamino y Pamina, la hija raptada de la Reina de la Noche, tienen que pasar por difíciles pruebas para ser aceptados en el exclusivo círculo de Sarastro y así obtener su venia para casarse. En una escenificación que me tocó presenciar en la Ópera de Berlín, Sarastro concluye cantando un aria, sentado como déspota maoísta en medio del escenario y con el pueblo trajinando en campos de arroz para alimentar a él y sus “justos”, mientras las damas de la reina acechan a Sarastro, armadas y vestidas de negro, como guerrilleras dispuestas a detonar a la república ideal de los filósofos.

 

FOTO: Platón y su discípulo Aristóteles, detalle de La escuela de Atenas, del pintor renacentista Raffael, ubicada en el Palacio Apostólico de la Ciudad del Vaticano/ Crédito: Especial

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