El arte y lo inhumano

May 23 • Conexiones, destacamos, principales • 3367 Views • No hay comentarios en El arte y lo inhumano

 

POR JAIMEDUARDO GARCÍA 

 

En 1993 el diario The New York Times publicó una fotografía del sudafricano Kevin Carter (Johannesburgo 19601994) con la cual ganó el Pulitzer al año siguiente. Captó a un niño sudanés famélico con un buitre detrás. La opinión pública fue implacable con él; el fotógrafo no soportó la presión y se suicidó. Esta imagen sirve de punto de partida al poeta y ensayista Armando González Torres para desarrollar en su más reciente libro Salvar al buitre (Cuadrivio, 2014) el tema de la memoria, la creatividad y la lectura.

 

En su libro de aforismos transitan la poesía, la prosa, la minificción, la reflexión filosófica, en un compendio que rompe las fronteras de las definiciones literarias y que González Torres entremezcla para escribir sobre la memoria y el olvido en la infancia, el recuerdo de los barrios tristes, la literatura y la adolescencia, el libro y la escritura: “La facultad de darle significado a la palabra requiere del azoramiento del niño, de su miedo a morir, o a quedarse solo”.

 

Armando González Torres (Ciudad de México, 1964), obtuvo en 1995 el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, en 2001 el Premio Nacional de Ensayo Alfonso Reyes por Las guerras culturales de Octavio Paz y en 2008 el Premio Nacional de Ensayo José Revueltas por La pequeña tradición. Además ha publicado Eso que ilumina el mundo (2006), el libro de ensayo ¡Que se mueran los intelectuales! (2005) y los poemarios La sed de los cadáveres (1999), Teoría de la afrenta (2008), La Peste (2010) y Sobreperdonar (2011).

 

Tu libro abre con este párrafo: “El fotógrafo que no hace nada por aliviar el hambre del niño famélico, moribundo, al que ronda un buitre, incurre en la codicia estética y en la negligencia criminal, pues en busca de una imagen sublime, olvida el sufrimiento del prójimo”, ¿es una crítica a la codicia y a la negligencia que imperan en la sociedad actual?

Esa fotografía es muy impresionante porque tuvo dos efectos antagónicos. Es un testimonio que agudizó la conciencia en torno a una situación social inadmisible, inhumana, como la hambruna, pero para el fotógrafo fue una fuente de condena moral, pues se le cuestionó por qué en lugar de esperar tanto tiempo un encuadre perfecto no ayudó al niño aparentemente moribundo. Sin embargo, el niño estaba en un campamento de refugiados, no se estaba muriendo sino estaba defecando.

 

Esto me hizo pensar sobre la forma que tiene el arte de mediar con la realidad, se supone que ante una situación límite de sufrimiento la reacción humana más inmediata sería ayudar, conmoverse, establecer una empatía. Pero el fotógrafo sólo observó, mantuvo una frialdad emocional para tener una mejor visión estética. El arte en ocasiones requiere de esta frialdad, de un delicado equilibrio entre el distanciamiento emocional y la compasión entre la humanización y la deshumanización. De hecho, las grandes obras de arte tienen algo de inhumano.

 

La memoria y el olvido son dos elementos presentes en tu libro, y cito: “El exceso de recuerdos es nocivo para vivir placenteramente, para ese buen propósito solo se deben poseer suficientes ambiciones y apetitos, así como unas vagas remembranzas justificantes”, ¿privilegias el olvido sobre el recuerdo?

 

El libro habla de la memoria, de su naturaleza caprichosa, aleatoria, nebulosa, y luego se remite a ciertos barrios tristes y también a dos etapas que son fundamentales en la formación de identidad del individuo: la infancia y la adolescencia.

 

Lo que pretendí a través de la escritura fragmentaria ─la cual te permite los más diversos recursos, como afirmar y desdecirte al mismo tiempo─ fue evocar esas etapas de la vida pero más que para reconstruirlas como algo coherente, fragmentarlas y recobrar imágenes quizá más borrosas, difuminadas en el tiempo, pero más auténticas y fidedignas.

 

La memoria suele ser difusa, fragmentada, y gran parte de la literatura autobiográfica más convencional se relaciona mucho con la voluntad de coherencia. Elaboramos narrativamente nuestras vidas, nuestros recuerdos, a partir de modelos ideales o literarios, y precisamente una escritura no lineal, fragmentaria, te permite reproducir de otra manera este encuentro con el pasado.

 

Lo que traté de hacer en Salvar al buitre es que los actos de la memoria y del olvido hablen por sí solos, pues así como estamos configurados, cincelados por muchos de nuestros recuerdos, también lo estamos por nuestros olvidos o episodios que permanecen en la sombra y no son ni memoria coherente ni total desmemoria. Estamos marcados por nuestros recuerdos más fijos, así como por nuestros olvidos y reminiscencias borrosas.

 

La evocación del barrio que haces es un recuerdo crítico, dices que el miedo y la agresión artera se enseñan como “los más altos valores civiles”, ¿por qué esa visión pesimista?

 

Esta cuestión de los barrios tristes sin duda tiene auto referencias pero es una metáfora. En el libro digo que, independientemente del lugar donde cada quien haya nacido, tiene dentro de sí su barrio triste. Lo que deseo manifestar es que el barrio triste, este enfrentamiento a la miseria, a la violencia, al desapego, a la falta de solidaridad, esta vuelta a un estado de naturaleza, es algo que podemos experimentar todos, no importa el lugar de tu nacimiento. Es una especie de prueba que permite enfrentarte a ti mismo y hacer un ejercicio de introspección. Ese sentimiento de desamparo, de aislamiento, de soledad, de enajenación, te sitúa ante ti mismo y te brinda sentido de las proporciones.

 

El apartado “Cosquillas” es una simbiosis de literatura y niñez, ¿qué es la niñez para ti?¿es el material que nutre al escritor adulto?

La niñez es la gran reserva de creatividad que tienen los artistas. Conservar ciertos rasgos de la infancia como el arrojo, la capacidad casi animista de comulgar con la naturaleza y el amor por el juego, están profundamente emparentados con el acto creativo y le otorgan autenticidad al trabajo de un creador adulto. Los grandes creadores han sido niños que han sabido mantenerse indemnes ante un medio ambiente hostil a estas cualidades.

 

Es un capítulo, como todos, con una valoración profundamente ambivalente de su objeto. Hay una evocación desolada de ciertos aspectos de la niñez como el miedo, la soledad, el desamparo, pero al mismo tiempo hay una exaltación de las cualidades de la niñez que mencioné, los cuales, conservados, son la marca distintiva de un gran creador.

 

El lenguaje y la escritura son elementos presentes en Salvar al buitre. Es una preocupación manifestada en toda la obra de Armando González Torres. Este libro nació en Twitter. El poeta dice que escribía aforismos en esa red social, retomó muchos de ellos, ya reposados los maduró. Al referirse al lenguaje comenta:

 

El lenguaje es una preocupación que ha estado realmente en todos mis libros, desde el primero, pero en éste es muy patente. Más allá del elemento anecdótico que puede aparecer o de ese tono que muchos han advertido de desolación, el cual no comparto, pues es uno de mis libros más felices. Lo que está más presente en Salvar al buitre es la interrogante por el acto creativo, ya no sólo por el de la escritura sino por los determinantes de este proceso de la creación, sobre todo en la última parte, pero también en ‘Cosquillas’ y ‘Literatura y adolescencia’, pues es un elogio de la creatividad y de la lectura, también es una inmersión en los mecanismos de la escritura.

 

Lo que va distinguiendo nuestro proyecto de vida, el desenvolvimiento de nuestros actos, es la forma cómo a través del arte, de la lectura, de esta inoculación de lo creativo nos vamos alejando de las meras necesidades instintivas o de las prescripciones sociales en torno de lo que debe ser y no ser. En la medida en que te inoculas de los actos gratuitos como el arte, como la lectura, eres capaz de establecer tus matices y tus diferencias con esta programación biológica y social a la cual estamos sujetos.

 

Dedicas un aparatado a la literatura y la adolescencia, ¿influye ésta en esa etapa de la vida?

 

Creo que para algunos individuos la literatura durante la adolescencia es el gran aliado, es una etapa de lucha en la cual uno la emprende contra todo, tus grandes amigos son los libros. Depende mucho del azar como de la voluntad esas compañías que tú eliges en ese periodo, las cuales llegan a ser determinantes. Muchas veces abandonamos esos modelos, o nos apegamos en demasía a ellos; quizá la clave está en mantener un balance ante estas fuentes de identidad, absolutamente subversivas en el sentido social, que contribuyen a este proceso tan difícil y complejo como es la individualización en una sociedad de masas.

 

Tú dices que “un buen lector acude al libro para sabotear el sentido que el autor trata de imprimirle”, ¿eso buscas en tus lectores?

Sí, por supuesto. Es lo prodigioso del acto de la lectura, por eso la lectura pedagógica, doctrinaria, que pretende crear discípulos y feligreses antes que interlocutores siempre fracasa, porque impiden la posibilidad de que la interpretación del lector te rebase o te rebata. A mí es lo que me parece fundamental de este acto y lo que le proporciona su mayor valor humano.

 

Tus “cicatrices indelebles”, como dices, son Flaubert, Hamsug, Strindberg, Poe, Nerval, Baudelaire, que los mencionas en tu libro, ¿son las influencias literarias que marcaron tu camino literario y poético?

 

Sí, pero son más, no son sólo influencias literarias, pues un lector que se expone, uno omnívoro, que acude a las más distintas disciplinas ─del cual muchos desconfían─ lleno de furor y desordenado es para mí el mejor lector, porque es capaz de conectar variados campos de conocimiento, vincular diferentes formas de intuición, conectar la reflexión con la creatividad. Un escritor que sólo tiene influencias literarias, que es muy respetable, me parece un tanto pobre, sobre todo si pensamos que mucha de la mejor prosa, por ejemplo, del siglo XIX alemán no está solamente en sus escritores sino en filósofos como Schopenhauer o Nietzsche. Es muy importante abrirse al abanico más amplio de influencias, en la bitácora de un lector auténtico están muchísimas huellas, no sólo las de una disciplina.

 

En tu poesía hay muchos elementos filosóficos.

Sí, es lo que trato precisamente de hacer con esta escritura fragmentaria donde confluyen la poesía, la prosa, la minificción, la reflexión filosófica, pues pretendo mezclar distintas formas de expresión, de intelección, no sólo diferentes recursos literarios sino divergentes recursos cognitivos.

Salvar al buitre es un homenaje al libro y a la lectura: “Los libros más fecundos se leen en la oscuridad: sus lectores están agazapados y acechados por insultos… Encuentra un breve libro que te revele grandes y severas leyes y, al mismo tiempo, te libere… Un buen libro no expresa lo que el lector piensa, sino lo que no se atreve a pensar”.

*FOTO: El poeta y ensayista mexicano Armando González Torres partió de la fotografía del australiano Kevin Carter para el título de su libro de aforismos Salvar al buitre/ Especial

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