Svetlana Alexievich o el peso de la historia

Oct 10 • destacamos, principales, Reflexiones • 5117 Views • No hay comentarios en Svetlana Alexievich o el peso de la historia

POR ILIANA OLMEDO

@ilianaolmedom; Autora de Itinerarios de exilio (Renacimiento, 2014)

 

“Nos hemos mezclado todos, llevamos muchas sangres mezcladas. En el pasaporte tengo a los hijos inscritos como rusos; pero nosotros no somos rusos. ¡Somos soviéticos! Aunque el país en el que yo nací ya no existe”, le explica una mujer chechena llamada Lena M. a Svetlana Alexievich y en tres frases revela la fatalidad de un tiempo extinto que al desaparecer se llevó sus promesas y sus desgracias. Ahí se encuentra la principal habilidad de esta periodista, en dejar hablar a los testigos que, desde la simpleza de la cotidianidad, explican las situaciones que viven. Sus voces revelan perspectivas que dan nuevos sentidos a la historia. La entrevistadora no interviene, sólo transcribe las palabras que escucha y el testimonio que presenta sobrecoge.

 

La Academia sueca ha sorprendido a propios y extraños al premiar a la escritora bielorrusa Svetlana Alexievich (Ucrania, 1948), no tanto porque sea una autora fuera de los circuitos comerciales sino porque se trata de una periodista cuyos libros se mueven entre la crónica, el reportaje y el ensayo. Comúnmente se dice que el premio Nobel se otorga a autores muy populares o desconocidos por completo y quizá el nombre de Alexievich no suene muy familiar para el lector en castellano, ya que sólo se ha traducido un libro a nuestra lengua, Voces de Chernóbil: crónica del futuro, publicado por la editorial Siglo XXI en 2006, con motivo del vigésimo aniversario de la explosión de la planta nuclear. Sin embargo, es una autora que cuenta con una trayectoria constante, formada por libros rigurosos, muy documentados —compuestos a partir de cientos de entrevistas— y respaldados por años de investigación, y que antes del Nobel había recibido varios galardones internacionales, entre ellos el Premio del Círculo de Críticos de Estados Unidos en marzo de 2006 y el Médicis en 2013, por mencionar algunos. No dudo que en otras regiones sea menos desconocida, pero yo llegué a su obra por uno de esos azares que se agradecen a la vida. Me topé con su libro sobre Chernóbil hace un par de años en un viaje a Buenos Aires, apilado entre los saldos de la avenida Corrientes.

 

Voces de Chernóbil reúne testimonios de distintos personajes relacionados con la catástrofe ocurrida la noche del 26 de abril de 1986. Escuchamos a las esposas de los liquidadores (los bomberos, soldados y voluntarios encargados de liquidar el desastre), a los ingenieros, a los dirigentes, a los políticos, a los sobrevivientes, personas que fueron tocadas por la tragedia y que vieron desmoronarse sus vidas de la mano del derrumbe de la Unión Soviética. Seres tocados por la historia. Alexievich es muy enfática, para ellos “Chernóbil no era una metáfora ni un símbolo, era su casa”. Lo era para la autora misma, quien plantea que el viento arrastró la radiación hacia la empobrecida Bielorrusia, no hacia Ucrania, y con ello decidió el rumbo del drama. “Durante la [Segunda] guerra murió uno de cada cuatro bielorrusos; hoy, uno de cada cinco vive en un territorio contaminado”, explica en la “Nota histórica” que precede al texto en la edición de 2006.

 

A través de monólogos en primera persona construidos a partir de entrevistas, somos testigos de uno de los episodios más siniestros del siglo XX y que de hecho catalizó la caída de la URSS. Chernóbil significa el fin de un tiempo (la guerra fría, la bipolaridad geopolítica) y del régimen soviético. La gran cuestión que surge y que Alexievich persigue en otros de sus libros, Hechizado con la muerte (1993), es cómo sobrevivir a esa herencia. Una herencia señalada por la constatación de que todo proyecto humano se pervierte y que condujo a varias personas a intentar —o consumar— el suicidio.

 

Otros de estos sucesos también han sido objeto de investigación para Alexievich y se encuentran traducidos al inglés, como Los chicos de latón (1992), elaborado con los testimonios de los soldados, técnicos, médicos y demás implicados en la guerra de Afganistán. Esa larga contienda que empezó a colapsar los cimientos del régimen. También ha ahondado en la parte más oscura e íntima de los conflictos armados al recopilar las experiencias de mujeres durante la Segunda Guerra Mundial en La guerra no tiene rostro de mujer (1988). Estos libros comparten las mismas preguntas: ¿qué hacer ante tanto dolor? ¿Cómo sobrevivir a las sacudidas de la historia? En el balance que la autora hace a veinte años de la publicación de Voces de Chernóbil, titulado “Entrevista de la autora consigo misma sobre la historia omitida y sobre por qué Chernóbil pone en tela de juicio nuestra visión del mundo”, Alexievich explica que el desastre debe entenderse como el suceso más importante del siglo pasado porque es eterno, la radiación perdurará más que cualquier vida humana. “Los radionúclidos diseminados por nuestra tierra vivirán cincuenta, cien, doscientos mil años. Y más”.

 

Chernóbil representa el miedo a un desastre nuclear, venido de los años sesenta, que toma cuerpo ese 26 de abril cuando se funde el reactor número cuatro, y que se convierte en el sinónimo de una amenaza constante e invisible. La radiación resultante es intangible, como el miedo, y marca a las personas que presenciaron o resintieron indirectamente la explosión, ya que los convirtió en una generación determinada por enfermedad y el temor. “Tengo miedo de la lluvia”, explica el historiador Aleksandr Rivalski en uno de los monólogos que componen el libro de Alexievich, “Ya ve: se lo debo a Chernóbil. Me da miedo la nieve. Los bosques. Temo a las nubes. Los vientos. ¡Así es! ¿De dónde sopla? ¿Qué trae? No se trata de una abstracción, de una conclusión racional, sino es una sensación personal. Chernóbil. Está en mi casa. En el ser que más quiero, en mi hijo, que nació en la primavera del 86. Está enfermo”. La explosión de la planta nuclear también trajo consigo el fin de la esperanza, como explica Alexievich, “El átomo militar era Hiroshima y Nagasaki; en cambio, el átomo para la paz era la bombilla eléctrica en cada hogar”.

 

Alexievich recupera las historias omitidas, esas voces silenciadas ya sea por el sistema o por el pudor, y presenta un mosaico inmejorable acerca de los sucesos mínimos que componen el pasado. Trama un tejido polifónico para reconstruir un momento histórico. “Escribo y recojo la cotidianidad de los sentimientos, los pensamientos y las palabras. Intento captar la vida cotidiana del alma. La vida de lo ordinario en unas gentes corrientes”, declara Alexievich. Su método, en la línea de los mejores periodistas, muestra a esas personas a quienes les cae encima de pronto el peso de la historia. Sus exploraciones demuestran que la realidad en sí misma es más contundente que cualquier ficción. “Ahora, en lugar de las frases habituales de consuelo, el médico le dice a una mujer acerca de su marido moribundo: ‘¡No se acerque a él! ¡No puede besarlo! ¡Prohibido acariciarlo! Su marido ya no es un ser querido, sino un elemento a desactivar’. ¡Ante esto, hasta Shakespeare se queda mudo! Como el gran Dante.”

 

Al leer a Alexievich resulta inevitable pensar en los cronistas que se han atrevido a mostrar el aspecto humano de las desgracias de la historia, como hicieran, por ejemplo, John Hersey sobre la bomba arrojada en Hiroshima o Ryszard Kapuscinski sobre la masacre racial en Ruanda y, en un territorio más cercano, a Elena Poniatowska en La noche de Tlatelolco. Y ciertamente entre la autora bielorrusa y la mexicana hay más de una coincidencia, ambas parecen inofensivas e incluso ingenuas y con la voz casi en un susurro consiguen las confesiones más honestas y los secretos más extraordinarios de sus entrevistados.

 

En una entrevista reciente Poniatowska afirmó que el periodismo exige humildad y es justamente esta cualidad la que define el acercamiento que Alexievich hace de los temas que aborda. Acaso esta sea la única manera en la que se puede tratar episodios de tales dimensiones. De ahí que haya ha declarado: “Un destino construye la vida de un hombre, la historia está formada por la vida de todos nosotros. Yo quiero contar la historia de manera que no se pierdan los destinos de los hombres… ni de un solo hombre”. El individuo como centro y eje de la historia.

 

El Nobel reconoce la trascendencia de una obra para la memoria de un pueblo. Por eso celebro (y aplaudo) el premio dado a Alexievich, porque a través de los muchos testimonios que integran sus textos nos presenta el rostro desnudo de lo que fue la Unión Soviética y todo lo que el proyecto representaba, todo lo que su fracaso representa ahora. Después de leer sus libros comprendemos un poco más no sólo de la evolución que ha seguido nuestro mundo sino de nuestra propia naturaleza, tan humanamente falible.

 

 

 

*FOTO: “Ahora, en lugar de las frases habituales de consuelo, el médico le dice a una mujer acerca de su marido moribundo: ‘¡No se acerque a él! ¡No puede besarlo! ¡Prohibido acariciarlo! Su marido ya no es un ser querido, sino un elemento a desactivar’”, escribió Svetlana Alexievich en Voces de Chernóbil: crónica del futuro. En la imagen, interior de un jardín de niños abandonado en la ciudad de Pripyat. La ciudad de 47 mil habitantes fue evacuada el 26 de abril de 1986, días después de la explosión de uno de los reactores de la planta nuclear de Chernóbil/EFE.

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