Territorio literario, el lenguaje de la violencia en Élmer Mendoza 

Jul 3 • destacamos, principales, Reflexiones • 1605 Views • No hay comentarios en Territorio literario, el lenguaje de la violencia en Élmer Mendoza 

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La nueva entrega de la saga protagonizada por “El Zurdo” Mendieta evidencia la maestría de Mendoza para reunir el lenguaje de la calle con la alta literatura

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POR VICENTE ALFONSO
Publicada por Alfaguara, Ella entró por la ventana del baño es la sexta entrega de la saga protagonizada por Édgar “El Zurdo” Mendieta. En este nuevo título, El Zurdo se enfrenta al rival “más fuerte, poderoso e impío” con quien se haya cruzado: Sebastián Salcido, alias “El Siciliano”, es líder de un despiadado grupo de exmilitares dedicados al tráfico de drogas. Tras pasar 20 años en prisión, Salcido ha recuperado su libertad y busca vengarse de quienes le arrestaron, comenzando por el excomandante Gerardo Manrique, a quien asesina con extrema violencia. Por si fuera poco, Salcido lanza amenazas de muerte contra el comandante Briseño, el propio Zurdo y otros elementos de la policía. El encargado de investigar el asesinato es, por supuesto, Mendieta. Lo más extraño es que ninguna oficina conserva entre sus expedientes los antecedentes de Salcido, así que las pesquisas tendrán que comenzar desde cero. En contrapunto con esa encomienda marcada por la muerte, surge otra misión marcada por el deseo: Ricardo Favela, octogenario a quien los médicos le pronostican una semana de vida, desea localizar a una enigmática pelirroja con quien 22 años atrás vivió un intenso romance. El problema es que Favela jamás supo el nombre de la muchacha que irrumpió en su vida de manera inolvidable, pues se infiltró en su casa por la ventana del baño.

 

Los lectores asiduos a la literatura de Mendoza sabemos que las suyas son novelas que suenan: de Billy Joel a Pedro Vargas, de Santana a Los Tigres del Norte, sus ficciones incluyen banda sonora. En este caso una canción de The Beatles — “She came in through the bathroom window”— parece ser el detonador del libro entero. Pero las novelas de Élmer suenan también por otra razón: son obras forjadas bajo el método que Flaubert llamaba “la palabra exacta”. El autor de La educación sentimental sometía cada frase a la prueba del oído: si al ser leída en voz alta la frase sonaba bien, el texto funcionaba. Lo misma prueba puede hacerse con cualquier página de Élmer: su prosa, ágil y eufónica, demuestra que el habla de la calle no está reñida con la alta literatura. Del lenguaje cotidiano Mendoza rescata adjetivaciones novedosas, giros inteligentes, localismos. Mención aparte merece su habilidad para construir conversaciones: a pesar de que éstas aparecen como oraciones sólo separadas por punto y seguido, los lectores comprendemos sin problemas qué dice cada quien. ¿Por qué? Porque escuchamos voces distintas que fluyen con diferente ritmo, diferente sintaxis, distinto aliento.

 

Por su estructura, que alterna dos historias paralelas, Ella entró por la ventana del baño recuerda clásicos como Las palmeras salvajes. Como se sabe, en la novela de Faulkner las líneas alternadas jamás llegan a tocarse, pero el contrapunto hace que las historias se refuercen entre sí. De la misma manera el maestro de la Col Pop narra por un lado los afanes de Mendieta para frenar al Siciliano y por otro los tórridos encuentros entre Favela y su misteriosa amante. ¿Llegan las dos historias a juntarse o sólo tienen al Zurdo como punto en común? Eso toca descubrirlo a cada quien. Lo indudable es que Mendoza es un maestro en la dosificación de información y que Ella entró por la ventana del baño contiene valiosas lecciones de carpintería narrativa, pues lleva al lector a involucrarse con la historia y a construir hipótesis en un trepidante escenario que cambia minuto a minuto.

 

No debe ser fácil sostener la interacción de personajes a lo largo de seis títulos. Si Mendoza lo logra es porque ha sabido hacerlos crecer, enfrentarlos a conflictos éticos y hasta contradecirse. Presencias fundamentales en esta saga son dos mujeres: Samantha Valdés y Gris Toledo. La primera, lideresa del Cártel del Pacífico, salva una vez más al Zurdo obligándolo a resguardarse cuando una turba de sicarios le pisa los talones, y haciéndole ver sus problemas desde una perspectiva distinta. (Si Samantha Valdés lleva con éxito el timón del cártel es porque no se engancha en discusiones estériles: “lo nuestro es un negocio, no una industria del crimen”, advierte en Nombre de perro). Gris Toledo, por su parte, disfruta de una licencia por maternidad. Sin embargo, rastrea pistas y hurga en archivos sin descuidar al bebé. En paralelo, el Zurdo intenta estrechar el contacto con Jason, su hijo, quien está estudiando en Los Ángeles y acaba de resolver su primer caso. Así, la novela contiene reflexiones en torno a los retos que implica compaginar la paternidad con la vida laboral.

 

El maestro ha contado que en 1999 la publicación de su primera novela, Un asesino solitario, le cambió la vida. “¿Qué crees que has hecho?” le preguntó el editor la mañana que firmaron el contrato. Él estaba seguro de haber puesto sobre la mesa una novela de lenguaje, y así lo dijo. “Nada”, respondió el editor, “has hecho una novela de violencia, y aunque la novedad es la fuerza del lenguaje de la calle, eso quizá lo reconozcan después”. Es hora de decirlo: al prejuicio que dicta que los narradores de historias violentas ven en las palabras un mal necesario, se opone el hecho de que la Ilíada, uno de los cimientos de la civilización occidental, nos recuerda desde su primera línea que para transmitir en toda su fuerza la cólera de Aquiles ésta no sólo debe ser contada sino cantada. 27 siglos antes de Flaubert, los antiguos griegos ya sabían que la palabra exacta es aquella que conjuga fondo y forma. Producto de esa combinación surgen obras de la más alta factura literaria, como las de Élmer Mendoza: su narrativa reconcilia a James Joyce con Dashiell Hammett, a Fernando del Paso con Rafael Bernal. Allí estriba una de las razones por las que ha conseguido tanto el reconocimiento de los lectores como el aplauso de la crítica. Hoy no hay quien dude de que Mendoza ha construido, como William Faulkner y como García Márquez, no sólo un fascinante territorio literario, sino una literatura en sí misma.

 

FOTO: Portada del libro  Ella entró por la ventana del baño de Élmer Mendoza / Crédito de foto: Alfaguara

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