“The Last of Us”: una soledad que brota en distopía

Feb 25 • destacamos, Miradas, Pantallas • 614 Views • No hay comentarios en “The Last of Us”: una soledad que brota en distopía

 

La adaptación del videjuego de 2013 reescribe las relaciones humanas en un mundo descarrilado; el proyecto corresponde al director y guionista Craig Mazin, quien participó en la producción de Chernóbil

 

POR DONOVAN KREMER
En 2023 el mundo aún sigue en pandemia, y los estragos miden una talla apocalíptica. Son 20 años de sobrevivir, ahondar y tratar una incurable infección que hace de sus víctimas, o huéspedes, un manojo de caníbales, y la crisis emergerá hacia la mente de los espectadores con una sola frase: ¡corran de los zombis!

 

Este parece, hasta el primer capítulo, el posible argumento de The Last of Us (Los últimos de nosotros), serie dirigida por Craig Mazin ‒que corresponde en esencia al proyecto de videoconsolas del guionista y director creativo Neil Druckman, lanzado en 2013‒. Y aunque esta adaptación se basa en un videojuego, no abusa de la idea descrita anteriormente: la de la corretiza, la sangre histriónica derramada y los monstruos apretando el paso durante la mayor parte de la trama.

 

Ambientada en el sur y noroeste de Estados Unidos, esta serie llega a la plataforma HBO Max con un recurso narrativo a su favor, que la ficción es espejo de la realidad, en tanto retratista como histórica, de modo que daría lo mismo virus que bacteria u hongo, pero el tratamiento al por qué (el origen) y cuándo nos plantea una semejanza y posibilidad, al equiparar la magnitud de una emergencia epidémica con el mundo real.

 

Contada en los primeros minutos desde un ángulo de ciencia-ficción y bajo las miradas de Sarah Miller (Nico Parker), hija de Joel (Pedro Pascal), asesinada a posteriori, y Tommy (Gabriel Luna), hermano del protagonista, desde 2003 pesa la advertencia del calentamiento global y una de sus decenas de repercusiones ambientales, a saber, que un hongo ascomiceto denominado Cordyceps ‒—parasitario en hormigas, grillos, avispas y otros insectos, el cual (¿por qué no?) es fuente alimentaria en Asia—‒ muta tras el incremento de dos grados en la temperatura de la Tierra, saltando así la cadena alimentaria e infectando a los humanos.

 

El caos, la desesperación y “los callejones del horror” se multiplican. El brote inicia en la India y se extiende por los continentes, ciudades y condados por medio de alimentos contaminados, vuelos con esporas y otros escenarios de corte sanitario. La solución aterriza como una bomba dada las nulas alternativas clínicas para tratar la enfermedad. Los gobiernos deciden enviar mísiles a ciudades infestadas. El rompimiento de años se hace necesario y, a partir de entonces, un Joel desperdigado será restituido, blanda e irreverentemente, adjetivos dispares caracterizados por la huérfana Ellie (Bella Ramsey), quien deberá ser custodiada por este mercenario hasta llegar a una base de la resistencia, porque una distopía no permite el orden de los gobiernos, aunque sí el de los sentimientos más hondos, no correspondidos de entrada.

 

El giro de la historia no es la cura que encarna Ellie, sino los personajes en los que se profundiza, como no ocurre en el videojuego, porque la serie se concibe para dotarlos de un vínculo común ante la pérdida, el desgaste, la deshumanización para aguantar lo que dé el cuerpo. De ahí que antes de reencontrarse con Bill (Nick Offerman) se nos presente el inicio y desenlace de un amor tierno entre dos figuras masculinas, un romance homosexual atizado por la soledad que alrededor contrasta. Una soledad que destrona la capacidad de relacionarse, como ocurre cuando, después de un confinamiento, se abren las puertas a una normalidad desconocida. El hombre rudo, Bill, es amansado por la gentileza y la sensibilidad, de la que no se puede escapar, pero se intenta.

 

 

La soledad, pues, como fuerza opuesta y electromagnética, atraerá a polos opuestos y no limitará la capacidad de respuesta ante la amenaza constante, próxima y fangosa. Vemos, por eso, en un diálogo entre Ellie y el pequeño sordomudo Sam (Keivonn Woodard) que el miedo a quedarse solo se superpone al de convertirse en un monstruo. La escena siguiente, Sam asimilado por el Cordyceps, demuestra que la verdadera amenaza es la supervivencia selectiva, que arroja a los personajes a convertirse en seres solitarios.

 

Sírvanse, pues, las intersecciones de las carreteras, los edificios desmantelados, los caminos de terracería, los paisajes vivos y rodeados de un halo de ininterrumpida desolación que recorren Ellie y Joel para desanudar la dureza del mercenario, cerrado y tosco, cuanto más porque lleva grabado el rencor por la muerte de su hija Sarah, en el intento de escapar de la epidemia, y la de su solícita pareja de contrabando, Tess (Anna Torv), y con quien satisface el apetito de la carne, amortiguando su carácter. El hombre irascible, metido en su armadura del alter ego, ofrece el ejemplo de que una compañía descreída, ingenua, desafiante e infantil es capaz de sacar de la guarida al animal herido.

 

De este animal se nos proyecta la carencia, el lenguaje de los insensibles y los actos que van oscureciendo su sangre: desde la secuencia en la que arroja a una niña a las llamas que purgan a los infectados o cuando su psique se ve comprometida a la valoración tan sólo seguirle la mirada, acarrea el ceño de desconfianza, la crueldad que puede ejercer si se ve cercado; pero como animal, también alberga el sentido de protección que halla justificación en mantener con vida a Ellie, un sentido propio de animal, confuso a ratos pero que al final dicta obediencia, leal y firme: ¿un salto de fe o un instinto gregario?

 

¿Confirma el título nuestras sospechas de una cruenta historia donde no hay victoria, ni vencidos, ni héroes, ni antihéroes, sólo la continuación de relatos intrincados pero con una sola, posible, evidente salida? The Last of Us sería la excusa dominical para reservar la asociación del suspenso a las persecuciones horripilantes, cuentos de horror de la rama blanca, pasajes en donde vemos caminar a los muertos vivientes, calles infestadas del repique zombi; “la misma puerca, nomás revolcada”.

 

Sin embargo, la serie opta por equilibrar la exposición zombi a la circunferencia del relato, aun con una apuesta resaltante, pues la principal atracción se debe a la configuración de los enfermos, así como sus etapas de infección —inicial y avanzada, y la manifestación del contagio corresponde a un tiempo creíble: horas, días o semanas para presentar síntomas, que empatan a medida que el trayecto presenta nuevas dificultades—. Los hay medio invadidos del cuerpo, con escamas, los que emiten un chasquido y parecen tener una coliflor incrustada en medio de la cara, una aberración ciclópea, o los obesos fungí. Pero aun con buena producción y efectos especiales, la honestidad demanda reconocer que la puesta por sí misma está gastada. Pero acierta en despegarse de la fórmula donde los protagonistas saltan de refugio en refugio y lo único que desean ¡maldición! es que los dejen estar, ser, mantener sus huertos y alimentar la granja improvisada: un adivinado desenlace perentorio del que no pudieron escapar las variadas direcciones de The Walking Dead para descubrir que todo era imaginería de un hombre, un sueño mayormente equilibrado por la venganza y la enajenación de las actitudes humanas y los pocos y asfixiantes espacios de convivencia.

 

 

Destaca en dos aristas en un terreno donde gana adeptos, pero a esa cancha llegaré más adelante. La primera es de carácter introspectivo melancólico. ¿Por qué Joel no comprende una mejor vida y sueña con Sarah? En el reencuentro, es Tommy con quien descarga la frustración de no haberla salvado, la añoranza del hubiera, la culpa lapidaria, mientras el hermano revela la llegada de un hijo con María (Rutina Wesley), capítulo donde se producen tres choques verbales: entre los hermanos, con el nacimiento de una verdad reprimida, negada por el mercenario; la segunda oportunidad, la confesión de la no-existencia-existencia de Sarah, y la finitud de Ellie hacia Joel.

 

La segunda es que se mueve de manera orgánica, no hay excesos de vicios ni acumulación de desechos morales, sino el cruce de psicopatologías y virtudes declinadas a externarse, y que invariablemente aparecen como atisbos o se alejan y contrastan con la belleza natural, los paisajes montañosos, descansando bajo la nieve, abismales como la altura de los pinos, acompasados a los cuerpos inmersos en un acorde suave del argentino premiado a los Oscar, Gustavo Santaolalla (por mejor banda sonora Brokeback Mountain, 2005, y Babel, 2006), permitiendo así al director Craig Mazin que los personajes no sean presas, vacías y pálidas, de un descarrilamiento social enfermizo, por el contrario, tantea la vitalidad de las relaciones, “no a pesar de, sino con sencillez, como hombres que sonríen por un muerto” (Chesterton), es decir, un drama que se cuela como horror, donde la finitud de un padre en la orfandad recobra el vínculo más humano: el afecto, “el amor hijo de la necesidad” (Platón) que encuentra propósito en la adopción sin trámite.

 

The Last of Us se estrena con una excusa perfecta, una ficción para nada alejada del mundo postpandémico que hoy procuramos habitar, donde las relaciones humanas se ven fracturadas y la soledad se impone como mecanismo de defensa.

 

 

FOTO: The Last of Us se estrenó el 15 de enero de 2023 por HBO Max. /Especial

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