Todos enfierrados, bien encapuchados y bien camuflash

Sep 20 • Conexiones, destacamos, principales • 4704 Views • No hay comentarios en Todos enfierrados, bien encapuchados y bien camuflash

 

POR JOSÉ MANUEL VALENZUELA ARCE

 

La presencia visible del llamado crimen organizado en México ha dado origen a representaciones que, desde el sentido común de los sectores populares, identifican el significado de la narcocultura, entendida como construcción colectiva de sentidos y significados de vida y de muerte. Muerte cruenta, impune y artera.

 

El narcomundo apareció envuelto en un halo de miedo, misterio y secrecía, pero sus códigos se fueron revelando y significando en la cultura popular a través de la mística, donde se popularizaron las figuras de Jesús Malverde, identificado como el santo de los narcotraficantes, y la Santa Muerte, a quien se le asoció con figuras y personajes colocados en los márgenes de la justicia, aun cuando la devoción por estas figuras es mucho más amplia y sus devotos no necesariamente se encuentran asociados a actividades criminales y casi en su totalidad profesan la religión católica.

 

Sin embargo, ha sido el corrido el que ha logrado mayor fuerza e intensidad en las recreaciones de figuras y estereotipos del narcomundo en los sectores populares. Nos encontramos actualmente ante la cuarta generación de corridos que recrean escenarios del contrabando como tema principal y frente a la cuarta expresión reconocible de narcocorridos.

 

Durante la primera mitad del siglo XX se registraron corridos que incorporaban al contrabando como tema principal (aunque ya había corridos y canciones que registraban el gusto por drogas diversas como el alcohol y la marihuana), entre estos podemos identificar El contrabando del Paso (1928), los corridos de los contrabandistas tequileros que surgieron durante la ley Volstead (1919-1933), en los que se presentaban escenarios de contrabando.

 

A lo largo del siglo, aparecieron corridos que podrían definir a la primera generación de narcocorridos. Juan Carlos Ramírez identifica dos corridos seminales grabados en los años treinta: La canción de El Pablote, reconocido como El Rey de la Morfina, de José Rosales (1934) y Morfina y cocaína de Manuel Cuéllar (1934). Podemos suponer que estos temas y personajes aparecían en los cantos populares antes de que empezaran a ser registrados en el acetato y que, seguramente, muchos de ellos vivieron en la memoria popular hasta desvanecerse con el paso del tiempo sin que hubieran convocado el interés de las casas discográficas.

 

Una segunda generación de narcocorridos se hace visible a partir de la década de los años sesenta acompañando el resurgimiento de la producción y trasiego de drogas, principalmente los derivados del opio, marihuana y cocaína. Esta producción de corridos encontró en Los Tigres del Norte a sus más afamados interpretes y Contrabando y traición (1972), de Ángel González, devino su expresión emblemática, mientras que Teodoro Bello (Jefe de jefes, Pacas de a kilo, La Reina del Sur, La Granja) y Paulino Vargas (La banda del carro rojo, Lamberto Quintero), los compositores de cabecera. Como identifiqué hace algunos años, los códigos que definen al narcomundo en las recreaciones populares de los narcocorridos, son: las drogas, la empresa y los asuntos del negocio, la exaltación hedonista del consumo, el poder, los organismos policiales y militares, el negocio del narco en Estados Unidos —país considerado la tierra de las oportunidades—, relaciones de género construidas desde la cosificación de las mujeres identificadas como trofeos y objetos escenográficos, el machismo, la valentía, la lealtad y las adscripciones regionalistas.

 

Las historias inscritas en estos narcocorridos se conformaban a partir de narrativas metaforizadas en temas relacionados con el poder y los personajes: “Los pinos me dan su sombra, / mi rancho pacas de a kilo”. Sin embargo, esto comenzó a cambiar en la medida en que la presencia del narco se volvió visible, insoslayable. De manera creciente, los narcocorridos comenzaron a incorporar lenguajes directos al mismo tiempo que se masificaba su consumo.

 

El llamado crimen organizado fue ampliando su presencia a partir de redes de corrupción, impunidad y un enorme poder sustentado en el miedo y los cañonazos de dinero, irresistibles para organismos policiales con altos niveles de descomposición. Los corridos registraron estos hechos y recrudecieron su registro mediante discursos más directos, escenas reconocibles y corridos que aupaban a figuras importantes de los grupos dominantes en la producción y trasiego de drogas. Esta tercera generación de narcocorridos fue conocida como corridos perrones y tuvieron en Los Tucanes de Tijuana a sus mejores exponentes (La piñata, Mis tres animales, La Perra, Vicente Zambada, El Chapo Guzmán, El Muletas…).

 

La cuarta generación de narcocorridos encontró en el movimiento alterado su canal de expresión. Podemos destacar que los códigos que definen a los alterados, también autoidentificados como enfermos, continúan la línea de los anteriores, pero son más radicales, extremos, explícitos. Este movimiento construyó una condición espejo con la violencia que se vivía a finales de la década pasada, y se regodeó en narrativas que aupaban la violencia, los levantones, las ejecuciones, la valentía machista, la estética buchona, la cosificación de las mujeres, la fetichización de las armas y los carros, la exaltación de los estados etilizados, alterados, ondeados y la pleitesía a los meros meros, los jefes de jefes, los chacas de chacas.

 

El movimiento alterado surgió a partir de la compañía La Disco Music & Twiins Enterprises, fundada en 1991 por Los Cuates Valenzuela Rivera, Omar y Alfonso. Se encuentra formado por intérpretes como El Komander, Los Buitres, Noel Torres, El RM (Rogelio Martínez), Óscar García, Larry Hernández, Los Cuates Valenzuela, Los Buchones de Culiacán, Los Bukanas de Culiacán, Los Primos y Erik Estrada. Los títulos de las canciones denotan los temas de los corridos, y entre ellas destacan: Cien balazos al blindaje, Balas expansivas, El Chino Ántrax, Cuernito Armani, La fiesta del cártel, Descargas de R, Mayo Zambada, Les dicen buchonas, Matando y cortando cuellos, Loco y ondeado, Soy un sicario, Alterados y ondeados. Desde las primeras canciones y videos con que se dio a conocer a este movimiento se aprecia la conformación de un discurso en el que los artistas se muestran implicados en sus consideraciones y lealtades, así como en el uso de discursos con violencia explícita, del modo en que se aprecia en el corrido Sanguinarios del M1, donde se destaca:

 

Con cuerno de chivo y bazuca en la nuca
Volando cabezas al que se atraviesa
Somos sanguinarios locos bien ondeados
Nos gusta matar.

Pa’ dar levantones somos los mejores
Siempre en caravana toda mi plebada
Bien empecherados y blindados y listos
Para ejecutar.

[…]

La gente se asusta y nunca se pregunta
Si ven los comandos cuando van pasando.
Todos enfierrados bien encapuchados
Y bien camuflash.

 

En la medida en que el narco desplegó su poder destructivo (asociado a las fallidas o cómplices estrategias de gobierno), los corridos también radicalizaron sus formas expresivas. Ahora podían prescindir de eufemismos y edulcorantes y definir sus lealtades a los grandes personajes del crimen organizado. Las mutaciones de los narcocorridos se corresponden con los grandes cambios sociales asociados a la visibilidad del crimen organizado, la corrupción y complicidad de agentes de las instituciones de procuración de justicia, los yerros de las estrategias de Estado y la implantación del miedo derivativo que obligó a amplios sectores a sentir las condiciones de riesgo y reconocer su situación vulnerable.

 

El miedo se implantó en amplias capas sociales a través de la violencia y la muerte. Muchas ciudades quedaron atrapadas en las redes del miedo tejidas por el narco y se convirtieron en sitios de expresión del retorno de los cuerpos supliciados y expuestos como expresión límite de escarnio. En Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt desarrolló el concepto de banalidad del mal para referirse a “gente normal” que naturaliza sus actos criminales sin cuestionarlos y que incluso llega a pensar que realiza lo correcto. Podemos extrapolar esta idea para reflexionar sobre la banalidad del mal y su participación en la precarización de la vida a partir de los hechos de violencia y muerte acelerados desde diciembre de 2006.

 

Presumir que lo que hemos vivido deriva de los narcocorridos resulta pueril. Los corridos han registrado estampas y escenas de lo que estamos viviendo en los últimos años. Los narcocorridos se inscriben en razones amplias que incluyen aspectos económicos, sociales y culturales. El error es seguir pensando en el narcomundo como en “un mundo raro”. Los narcocorridos se radicalizaron y expresan lo que está ocurriendo en términos sociales.
Sectores cada vez más amplios consumen narcocorridos y asisten a las plazas donde se realizan conciertos masivos de Los Tigres del Norte, Los Tucanes de Tijuana o los representantes del movimiento alterado: El Komander, Los Dos Primos, Los Bukanas de Culiacán, Los Buchones de Culiacán. Sin embargo, escuchar narcocorridos no los somete a un proceso de conversión súbita ni los implica en los asuntos del narcotráfico.

 

El narco permea al tejido social, incluidas las instituciones, y deja una larga estela de muerte que no se puede combatir mediante prohibiciones. La mayoría de la gente que escucha narcocorridos no está involucrada en actividades criminales ni lo harán por el simple hecho de escuchar los corridos; sin embargo, el arraigo social del crimen organizado parece ofrecer muchas lecciones, pero destacan las simpatías explícitas hacia actividades y personajes del narcomundo que incluyen la exaltación de la violencia.

 

Hace algunos años, viajando por el norte de Argentina, me vi obligado a transportarme en taxi a la ciudad de Salta para tomar un avión a Buenos Aires. En el trayecto, el taxista me comentó que había sido torturador de la dictadura. Al cuestionarle sobre los problemas o remordimientos que eso le debería generar, me respondió que no tenía ningún remordimiento; por el contrario, se sentía orgulloso de haber realizado lo correcto, pues ellos eran los buenos, aunque sí a veces recordaba a los muchachos y lo feo que gritaban y se retorcían. La banalidad del mal se implantó en amplios sectores de nuestras sociedades con estrategias y argumentos que naturalizaron la muerte desde los ámbitos legales y paralegales, institucionales y proscritos con un saldo de más de cien mil muertos y desaparecidos. Es tiempo de detener el paso avasallante de la muerte cobijada en la banalidad del mal. Es tiempo de cuestionar a quienes desde los ámbitos criminales o institucionales se han arrogado la capacidad de decidir sobre la vida y la muerte.

 

* Profesor-investigador del Departamento de Estudios Culturales del Colegio de la Frontera Norte

 

* Fotografía: Los Tucanes de Tijuana, representantes de la tercera generación de intérpretes de narcocorridos / ARCHIVO EL UNIVERSAL.

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