Torturadora de muñecas

Jun 27 • destacamos, principales, Reflexiones • 3271 Views • No hay comentarios en Torturadora de muñecas

 

POR EVE GIL     

@tintavioleta

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    Para Ana Clavel

 

La mente del Artista es un bosque encantado, lleno de intrincados y sinuosos caminos, y quien lo habita nunca termina de conocerlo por completo. El riesgo de no retorno al mundo hostil es permanente. Don o castigo. O ambos. Unica Zürn conoció las dos caras de la moneda, y cuando llegó el momento de tomar una decisión no vaciló en ofrendar su frágil cordura al arte, que te exige también ser aire y precipicio. Sus comentaristas hacen énfasis en la siniestra alegría con que se dejó raptar por las ninfas desde la más tierna infancia, según se aprecia en su inquietante autobiografía Primavera sombría (Siruela, 2005, traducción de Ana María de la Fuente), de tal suerte que ella misma dirá: “Si alguien me hubiera dicho que habría de volverse loca para tener estas alucinaciones, en especial la última, no hubiera tenido inconveniente en enloquecer. (El hombre jazmín).

 

 

Nacida en Berlín, en el barrio residencial de Grunewald, el 6 de julio de 1916, fue hija de un rico cazador de objetos exóticos con los que convirtió su casa en un museo grotesco, y de una madre indiferente, hiper voluptuosa (opuesta a la flacucha Unica), con tendencias ninfómanas, cuyo único recuerdo que dejó en la mente de su hija fue un nada casto y repentino beso en la boca, episodio que menciona con asco, tanto en Primavera sombría como en su libro póstumo El hombre jazmín (1971). Unica tuvo que arreglárselas sola desde la más tierna infancia, cercada por hostiles caretas y muebles ondulantes o mordientes, de origen asiático y africano, causantes de los primeros terrores nocturnos que le crearon la imperiosa necesidad de construirse una realidad alterna y fantástica, particularmente a raíz de la violación de la que fue objeto a los diez años, por parte de su hermano mayor, de dieciséis, tan afectado como ella misma. Desde pequeños presenciaron circunstancias muy anómalas en el aspecto sexual, que habrían de traumatizarlos de manera distintas. El padre y la madre no tenían empacho en cohabitar con sus respectivos amantes ante los desorbitados ojos de los confundidos niños, aunque a diferencia de la madre, que era simplemente una máquina de gula y lascivia, el padre solía ser muy afectuoso y comprensivo con la niña. De él tomaría algunos rasgos para construir a su Frankenstein surreal, “el hombre Jazmín”, que sale de su armario cuando ella cuenta seis años y la convierte en su amante. Tiene también algo del primer amor imposible de Unica, quien al poco de ser violada, se enamora de un enigmático joven que acude al mismo balneario que ella y sus compañeras de colegio, y al que se atreve a visitar en su buhardilla de aspirante a actor, acarreando unas frutas, cuando se entera que está enfermo. Ese chico, por lo general hosco con las adolescentes en traje de baño que se le ofrecen sin recato, se muestra especialmente tierno y paternal con Unica, y la invita a compartir con él las golosinas. Nunca lo volverá a ver. Es un episodio de conmovedora inocencia en un mundo donde la hipersexualidad de las niñas es recreada sin rubor alguno: “Las niñas que ella conoce se introducen lápices, zanahorias y velas entre las piernas, se frotan con los ángulos de las mesas, y se revuelven inquietas en las sillas.” (p. 41)

 

 

Pero el Hombre Jazmín no solo tiene partes del padre cazador de tesoros exóticos y del joven que resulta ser tan bueno como los príncipes de los cuentos que Unica devora. Se parece todavía más al que sería el gran amor de su vida, el escultor de origen polaco, nacionalizado francés, Hans Bellmer (1902-1975), al que adivina desde sus primeros sueños húmedos donde es torturada y desmembrada como una muñeca.

 

 

A esta mujer rubia y alta, de cara angulosa y bella y pálido sex-appeal, le tocó vivir una realidad refractaria a la narrativa convencional, al grado de inventar un lenguaje personal, acaso críptico, donde el espanto se agazapa entre líneas, como en este fragmento de su cuento “Leonel, árbitro de la suerte”: “Los telegramas de la bolsa le pegan como piedras de molino. Le aplastan el cuerpo, exprimiéndole toda la alegría. Y es que dondequiera que va ocurre algo parecido. En todas partes se le recibe con temor y el consabido grito de “¡Un telegrama!” lo persigue (….)” El horror de la Segunda Guerra, que signó la obra de los contemporáneos de Unica como Paul Celan o Heinrich Böll, entre otros, es expuesto en su caso con una pátina perturbadoramente infantil; desasosiego donde el espanto se manifiesta en su inexplorada forma bella y amable. Como en “El encantamiento”, donde la señorita Milli, una humilde costurera, se transforma en uno de sus maniquíes sin cara a raíz de una violación, experiencia con la que Unica está dolorosamente familiarizada desde los diez años y debe haber padecido otras tantas veces. Estos y otros treinta y nueve relatos componen el volumen El trapecio del destino (Siruela, 2004, traducción del alemán de Ana María de la Fuente), segunda obra traducida al español de esta autora.

 

 

Primavera sombría, donde nos habla en tercera persona de la niña que fue, revela una serie de circunstancias que nos hacen ver que la herida de la guerra es una prolongación de la que porta desde la infancia, cuando desfoga su impotencia torturando y descuartizando muñecas, con lo cual se anticipa, de cierta manera, a su destino como amante de Hans Bellmer, quien hizo de las muñecas un arte macabro y fetichista. A través de este acto simbólico repite lo que su hermano mayor y su madre han hecho con ella. Desde la escritura de este texto hermoso y horrible al mismo tiempo, se va perfilando, como un presentimiento, la adultez de la futura escritora que ya a los ocho consideró seriamente la idea de arrojarse al vacío: “¿Habrá en este mundo alguna persona que sea feliz? ¿Cuántos serán los que, en todo el mundo, estén ahora mismo pensando en arrojarse al vacío? (…) Saca del armario su pijama más bonito y se lo pone. Se mira al espejo por última vez. Imagina el golpe que su cuerpo dará en el suelo y las manchas de tierra y de sangre que habrá en el pijama (…) Le gustaría que la gente la admirase, que nunca nadie hubiera visto una niña muerta más hermosa que ella.”

 

 

De su primer matrimonio con Erich Laupenmuhlen, efectuado en tiempos de guerra, lo único que se sabe es que engendró dos hijos llamados Kathryn y Christian, que le fueron arrebatados tras un brote psicótico que dio principio a sus incursiones por el psiquiátrico. Tratando de rehacer su vida, consigue empleo como periodista, en un diario donde se le invita, además, a publicar relatos y hasta novelas por entregas. Esta actividad que le permite acceder a los círculos artísticos de Berlín donde, en 1953, conoce a Bellmer, quien la conquista narrándole anécdotas divertidas de su infancia, casi tan atormentada como la de Unica. Mientras el padre del futuro escultor, nazi convencido, soñaba con verlo convertido en ingeniero, él se solazaba jugando con muñecas para fastidiar de su progenitor cuya ideología política repudiaba, al tiempo que se dejaba envolver por una obsesión de tipo estético y sexual. El flechazo entre ellos es casi inmediato. Bellmer, que hasta entonces solo ha trabajado con muñecas esculpidas con sus propias manos, parece ver en Unica una materialización de su obra, y no pasará mucho tiempo de que la convenza de ser una especie de muñeca viviente. En 1957, al cuarto año de iniciar su relación, Unica aparece en la portada del número cuatro de la revista Le Surrealisme, même, fotografiada por Hans, desnuda y amarrada. De su rostro solo se advierten los labios, relajados y sensuales, sugiriendo una especie de resignación al dolor que debe estar sintiendo, con las amarras mordiendo sus carnes, ensañándose con sus pezones, desfigurándolos en forma grotesca. Se dice que tras aquella sesión de fotos, Unica retornó al psiquiátrico, víctima de una crisis de esquizofrenia, pero eso no le impidió continuar siendo la musa, la gran muñeca torturada, la Poupée de Bellmer. Eran, a fin de cuentas, una pareja estable cuyas patologías e ideales estéticos embonaban a la perfección.

 

 

Bajo la robusta sombra del escultor, aferrada a la enorme mano de su hombre jazmín, Unica concreta un precioso primer libro titulado Hewentexte, o “Textos de la hechicera”, compuesto por cien anagramas y diez dibujos de la propia Unica. Lejos de inhibir sus impulsos artísticos, Bellmer le impulsa escribir y dibujar, básicamente retratos dentro de la misma corriente surrealista, faceta en la que la autora hace gala de una mórbida imaginación que tan codiciada la ha vuelto entre los coleccionistas de arte. Llega a ser admirada, incluso reverenciada por Man Ray, Max Ernst, Jean Arp y Henry Michaux, quien a través de sus escritos teóricos, que ella prácticamente devora, incita la escritura de El hombre jazmín, con la abismal diferencia de que Unica no lo escribe bajo los efectos de la mezcalina, a la que es adicto Michaux. De alguna manera, desde su posición pasiva ante los caprichos de su Pigmalión, Unica se reconcilia con las pesadillas y fijaciones de la infancia y se reapropia de su imaginación aterradora.

 

 

Los cuentos reunidos en El trapecio del destino poseen una unidad casi novelesca. Hay personajes recurrentes, como Sibby, una niña encantadora, “patas de cigüeña y calcetines caídos”, fatal y secretamente enamorada del único ser que no la soporta; Tom y Betty, un matrimonio adolescente que habita el ojo del huracán de un bosque alucinante; León y Madamaken, una pareja madura que protagoniza situaciones hilarantes, así como equilibristas sonámbulas, peces con características humanas; niñas enamoradas de adultos (como le ocurrió a la propia Unica) y hasta la insospechada aparición de la Virgen de Guadalupe, “muy milagrosa”, en el cuento “El hombre que vino con la luna”. Más que fantásticos, los cuentos de Unica Zürn siguen la lógica de los sueños y/o presentan una realidad paralela, a través de cierto metalenguaje onírico. El resultado es una poesía poco frecuentada por este género:

Parece que las niñas y los niños no tienen en la mente nada más que la escuela, la casa, quizá un poco de remordimiento, o de satisfacción, por una travesura y quien sabe si hasta algún que otro cariñoso recuerdo para el bonito Niño Jesús rubio y azul colgado en la pared de la clase (…) La realidad es muy distinta, y gracias a Dios los mayores ni sospechan lo que los niños tienen en la cabeza, porque no harían más que sermonear, ¡y sería una lata! (….)

 

 

“Sibby Patzke es una hechicera”

 

 

Cecilia Dreymüller afirma que estos cuentos, seleccionados de entre un centenar que Unica alcanzó a publicar en diversos periódicos, conforman un mosaico autobiográfico, fácil de contrastar con Primavera sombría. Tom y Betty, por ejemplo, no son sino una versión imberbe de la pareja Bellmer-Zürn, que padeció toda clase de carencias. “¿Por qué, piensa Minu, por qué no hay nada que libere a los artistas de la cruz de la pobreza? ¿Por qué mi marido, que parece un príncipe, ha de vegetar como un Francois Villon, agobiado por las deudas como un Balzac y alimentar la inspiración a fuerza de café sin azúcar?” (“Idilio en la Rue Mouttertard”). De hecho, Ruth Henry, amiga y traductora al francés de Unica, asegura que esta no escribió nada que no hubiera vivido.

 

 

Tras la más prolongada de aquellas estancias clínicas, donde se le diagnostica esquizofrenia y, se dice, se fabricó un gran muñeco sirviéndose de su propio colchón para desfogar su odio contra los médicos que insistían en tratarla como una máquina descompuesta, Unica retorna, tomada de la gran mano protectora de Bellmer, al hogar que comparten desde hacía casi veinte años. Era el 9 de octubre de 1970, mismo año, misma ciudad en que Paul Celan habría de arrojarse al Sena. En medio de una engañosa atmósfera de tranquilidad, mientras Bellmer preparaba una comida de bienvenida a la recién llegada, esta se arroja por la ventana de la sala, sin tomarle importancia, como en la infancia, al hecho de ser el cadáver más hermoso. Y la muñeca queda irremediablemente rota contra el pavimento, soñando para siempre que vuela a los brazos de su Hombre Jazmín.

 

*FOTO: Este grabado de Hans Bellmer titulado Sade, fechado en 1968 , forma parte de una serie en donde predominan los motivos eróticos. /Especial

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