Tres poemas inéditos de Alaíde Foppa

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La escritora e investigadora Diana del Ángel descubrió una serie de poemas inéditos de la escritora guatemalteca Alaíde Foppa, de quien a mediados de diciembre de 2020 se conmemoraron 40 años de su desaparición

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POR ALAÍDE FOPPA

Ella y sus recuerdos
Ella,
una niña apenas,
llevaba sus largas memorias
como una historia ajena,
y sus largos cabellos de plata
como vegetación extraña
en un mundo lunar nacida.
¿Le correspondía
esa cadena de tristes sorpresas?
Ella
su paso leve,
sus grandes ojos,
su pequeña mano flaca,
era sólo una niña asustada.
Hasta esperaba un premio
por ser una niña buena,
mientras naufragaba
en los largos recuerdos.

 

 

Pálido fantasma de sí misma
surgía del naufragio
como una creatura intemporal.
Grácil convaleciente
se atrevía
a dar algunos pasos,
a llevar su mirada húmeda
sobre un mundo vago y tierno,
y otra vez el miedo.
Como una niña que despierta en la noche,
esperaba la mano grande,
dulcemente pesada,
que se posara
sobre su corazón enloquecido.

 

 

El día la libraba
de ese huésped terrible,
y volvía a soñar.
Era una niña apenas
que salía de una oscura cueva.
La claridad la deslumbraba,
pero veía en un mañana incierto
la imagen de una joven
leve danzante,
los delgados cabellos
movidos por el viento,
que iría dichosa
hacia la dulce muerte.

 

 

Ella y la dicha
Acaso es la flor
que se deshoja en su mano,
el pájaro que huye
por la ventana abierta,
el viento
que de repente hincha sus velas,
pero que es viento
y pasa y vuela.
Ay, la Dicha
es para ella
el resplandor fugitivo
de una mañana de sol,
de una hora,
de un arco iris
trémulo y evanescente
que se tiende
sobre un deslumbrado abismo…
La Dicha es lo que no se tiene,
y es tan perfecta
tan rica y espléndida
su imagen,
que empobrece
las pequeñas alegrías
de todos los días:
los frutos de su huerto
donde no crecen
naranjas de oro,
las rosas
de su modesto jardín,
que pronto se marchitan,
el timbre claro de las voces
que están cerca a veces,
y hasta la risa
que se apaga en sus labios
borrada
por un soplo invisible.

 

Ella y el olvido
Vivía envuelta
en una leve distancia
que le impedía
estar del todo presente.
Por eso olvidaba tantas cosas:
la llave
de su casa, que se volvía
una casa ajena
una puerta cerrada
ante su vana espera;
el guante,
que dejaba su mano
fría, desamparada,
y el otro guante
en una extraña soledad
de adiós sin respuesta;
sus pulseras,
demasiado pesadas…
Y al verse los brazos desnudos
sentía lástima
de su pobreza
y empezaba a buscar
con un ciego tanteo
ese poco de oro extraviado
entre papeles juguetes
inútiles recetas de cocina
cartas de amigos.
Tampoco encontraba
el pañuelo
para secar sus lágrimas.
Quién sabe
por qué calles polvosas
iba su pañuelo de encaje
por inclementes pasos pisoteado.
Olvidaba sus sueños:
al abrir los ojos,
aunque una dicha rara
la cubriese,
se le escapaba el mensaje:
en vano buscaba
los trozos perdidos
de ese rompecabezas
del que sólo quedaban,
desligados,
un árbol,
una calle que lleva al mar,
el rostro de un desconocido,
unas palabras
sin sentido.

 

 

¿Y qué es el olvido?
Lo confundió mucho tiempo
con la felicidad,
que sólo era olvido del dolor
por un momento,
y en su afán de olvidarse,
se le iban de la mano
las horas mejores,
se le volvían humo
las más cercanas presencias,
se le caían
las flores recién cortadas.
Hasta creyó olvidar su sombra
alguna vez,
prendida quién sabe dónde
en un encuentro lejano
en un remoto recuerdo
que el olvido
-¿su cómplice o su amigo?-
quiso borrar para siempre.
Y así vivía,
buscando la sombra
que no la seguía,
la carta perdida,
el destello
de la felicidad soñada.

 

FOTO: Alaíde Foppa en un retrato de los años 50./ Especial

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