Un remitente misterioso

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Inéditos en español hasta fechas recientes, los relatos que reúne El remitente misterioso, escritos por Marcel Proust durante su juventud, son un anuncio del talento narrativo que se vería plasmado en En busca del tiempo perdido. Con autorización de la editorial Lumen, reproducimos el cuento que da nombre a este volumen, una historia de amor no correspondido en el París de inicios del siglo XX. Esta versión está acompañada de una nota preliminar de los editores que da cuenta del trabajo minucioso que Proust puso en sus manuscritos, resguardados por el editor Bernard de Fallois hasta su muerte en 2018

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POR MARCEL PROUST

Pese a algunos detalles inconclusos, este relato completo, incluido durante un tiempo en la compilación y dedicado entonces al pianista Léon Delafosse (1874-1955), se parece a otros que sí fueron publicados allí: la confesión de lo inconfesable ante la cercanía de una muerte que reorganiza todas las cartas en juego, de una agonía que despoja al secreto de su peso moral.

 

Como indica el título, retomado en una ocasión a lo largo del relato, todo gira alrededor de unas cartas misteriosamente halladas en el apartamento de Françoise, la protagonista, que ella supone que proceden de un militar. Ahora bien, en ese mismo período, durante el verano de 1893, Proust emprende con unos amigos la escritura de una novela epistolar en la que desempeña el papel de una mujer de mundo que, enamorada de un suboficial, se sincera ante su confesor (papel encarnado por Daniel Halévy, mientras que Louis de La Salle asume el de un oficial). La novela colectiva no llegó a buen puerto, pero Proust, en paralelo, quizá en secreto, escribió un relato en el que el confesor de Françoise, el abad de Tresves, sólo interviene en las últimas páginas, y cuyo cuerpo principal no es epistolar.

 

Las cartas que llegan misteriosamente evocan de manera indirecta el relato de Edgar Allan Poe “La carta robada”, que Proust valoraba. Algo también de las Narraciones extraordinarias de Poe pasa a la de Proust a través de esa moribunda (Christiane) que en cierto momento le habla a su amiga Françoise de su consunción. En la misma penumbra, que está en el centro del relato, resuena el eco de la oposición nervaliana entre la realidad y el sueño (de la que se habla en una variante de “segunda vida”).

 

Este relato de juventud muestra al novelista en ciernes experimentando con fórmulas narrativas que después casi nunca adoptará. Al principio intenta verter toda la psicología de su personaje en la descripción, muy trabajada, de sus manos (pensamos en la famosa gorra de Charles Bovary). Luego prueba (torpemente) a escribir con suspense sobre esas cartas halladas en el comedor de Françoise. Nótense las frases tachadas y los añadidos interlineales, que dan muestra de la dificultad que encuentra quien conduce el relato para plantear y precisar las circunstancias narrativas necesarias. Es la misma dificultad que tendrá el autor de En busca del tiempo perdido, muchas de cuyas frases ganan en pesadez cuando, en una situación concreta que no termina de plantearse, pretenden justificar la reflexión a la que quiere llegar el narrador.

 

En En busca del tiempo perdido hay una carta que llega de una remitente misteriosa: el telegrama que el héroe de Albertine desaparecida recibe cuando está a punto de irse de Venecia, firmado por Albertine, que sin embargo ya ha muerto y cuyo nombre se confunde con el de Gilberte, que anuncia su matrimonio. Todo el viejo relato parece haberse condensado en esa única circunstancia. En el mismo libro intervendrá otro remitente misterioso, del que el héroe recibe una carta tras la aparición de su artículo en Le Figaro: “Recibí otra carta además de la de la señora Goupil, pero el nombre, Sautton, me era desconocido. Era una escritura popular, un lenguaje encantador. Me apenó no poder descubrir quién me había escrito”. Sabemos que esa circunstancia, presentada como no identificable, está inspirada en la carta que Alfred Agostinelli le envía a Proust en 1907, tras la aparición de su artículo “Impresiones del camino en automóvil”. Pero el boceto de esa circunstancia misteriosa, como vemos aquí, es mucho más antiguo en el imaginario novelesco de Proust.

 

También aparece aquí, pues las palabras tienen su historia en la evolución creadora de un escritor, por primera vez en la pluma de Proust, el “sello de autenticidad” que veremos reaparecer en el otro extremo de los escritos del novelista, al final de El tiempo recobrado, cuando el narrador dogmático de “La adoración perpetua” se pronuncie sobre las reminiscencias involuntarias: “Su primera característica era que yo no tenía la libertad de elegirlas, sino que me se me daban tal como eran. Y yo sentía que ese debía de ser su sello de autenticidad”. Prueba de que una expresión no se pierde nunca, sino que puede sobrevivir por un tiempo excepcionalmente largo si consigue fijar para siempre el concepto que el escritor forja con paciencia.

 

Relato de enigma, la fábula se instala en la atmósfera de la novela mundana para poner en escena la homosexualidad, en este caso a través de Gomorra. Están en juego el amor no correspondido, el fuerte sentimiento de culpa, la relación entre secreto y confesión, el peso del juicio social, la relación entre moral y religión (católica).

 

Como la remitente debe disfrazarse de remitente varón —Proust traspone lo que sabe de la homosexualidad al drama secreto de una mujer—, las ambigüedades que se generan son complejas. Se notrá, por otro lado, la continua confusión de nombres en que incurre la pluma del autor: Françoise y Christiane se invierten una y otra vez, lo que provoca tachaduras frecuentes y hasta olvidos. El secreto del enigma se devela involuntariamente —lapsus calami de Proust— por la concordancia de un participio (“vista”)* y delata bastante pronto al remitente misterioso. A tal punto que incluso el secreto y la confesión aparecen invertidos: es la que está poseída por un secreto inconfesable la que lo confiesa en sus cartas; y la que lo recibe, que no tiene nada que ocultar, es la que está atormentada por el secreto.

 

Cierta parodia de los oradores y predicadores clásicos circula por las evocaciones de la piedad católica. El sacerdote interviene, como en Las amistades peligrosas, en el paroxismo del drama. La fragancia de la novela edificante se evapora por efecto de un doble cuestionamiento de los preceptos morales, que aparece para terminar desajustado con respecto al drama y preserva la carga de una culpa ineludible. Pero el sacrificio sublime que predica el confesor, y que Christine de hecho consumará, conserva toda su profundidad.

 

Frente a los requerimientos de Dios, los preceptos del médico funcionan aquí como una coartada para forzar y develar el secreto. La tesis defendida es que cierto grado de sufrimiento, con sus consecuencias, requeriría la transgresión de las reglas de la moral. Se advertirá que el recordatorio del médico del estado de consunción de Christiane, estado que no responde a ninguna lesión orgánica, remite de manera extraña a los Estudios sobre la histeria de Freud (1905), llevados a cabo en La Salpêtrière junto a Charcot (con quien colaboraba Adrien Proust), según los cuales la catatonia de las histéricas no responde a deficiencia alguna, sino que, por el contrario, es el resultado de la neutralización de un conflicto entre fuerzas opuestas excepcionalmente intensas. Aunque Proust, según parece, tardó mucho en conocer las teorías de Freud, su intuición ya lo coloca en el centro de ellas desde sus primeros escritos.

 

 

El remitente misterioso
“Querida mía: te prohíbo que vuelvas caminando, prepararé el coche, hace demasiado frío, podrías enfermar.” Esto había dicho hacía un rato Françoise de Lucques al despedir a su amiga Christiane, y ahora que se había ido se arrepentía de esa frase torpe, que habría sido muy insignificante de habérsela dirigido a otra persona, pero que podía preocupar a la enferma sobre su estado. Sentada junto al fuego donde se calentaba alternativamente los pies y las manos, no dejaba de hacerse la pregunta que la torturaba: ¿podrían curar a Christiane de esa languidez enfermiza? Aún no habían llevado las lámparas. Ella estaba a oscuras. Pero ahora, como volvía a calentarse las manos, el fuego iluminaba su gracia y su alma. En su resignada belleza de tristes exiliadas en ese mundo vulgar, las emociones podían leerse con la misma claridad que en una mirada expresiva. Habitualmente distraídas, se extendían con una suave languidez. Pero esa noche, a riesgo de dañar el tallo delicado que las sostenía de forma tan noble, se desplegaban dolorosamente, como flores atormentadas. Y pronto unas lágrimas caídas de sus ojos en la oscuridad aparecieron una por una en el momento en que tocaban las manos que, extendidas contra las llamas, estaban a plena luz. Entra un criado, había llegado correo, una sola carta y con una caligrafía compleja que Françoise no conocía. (Aunque su marido quería a Christiane tanto como ella y consolaba con ternura a Françoise cuando la notaba apesadumbrada, no quería entristecerlo inútilmente con la visión de sus lágrimas si él volvía de improviso, y prefería tener tiempo de enjugarse las lágrimas en la oscuridad.) De modo que pidió que llevaran las lámparas solo al cabo de cinco minutos y acercó la carta al fuego para iluminarla. El fuego arrojaba llamas suficientes para que, al inclinarse para iluminarla, Françoise pudiera distinguir las letras, y esto fue lo que leyó.

 

 

Señora:
Hace mucho tiempo que la amo, pero no puedo ni decírselo ni no decírselo. Perdóneme. Vagamente, todo lo que me han dicho acerca de su vida intelectual, de la distinción única de su alma, me convenció de que solo en usted encontraré la dulzura tras una vida amarga, la paz tras una vida aventurada, el camino hacia la luz tras una vida de incertidumbre y oscuridad. Y usted ha sido, sin saberlo, mi compañía espiritual. Pero eso ya no es suficiente. Es su cuerpo lo que quiero, y al no poder tenerlo, en mi desesperación y mi frenesí, escribo esta carta para calmarme, como se arruga un papel mientras se espera, como se escribe un nombre en la corteza de un árbol, como se grita un nombre al viento o en el mar. Para explorar con mi boca la comisura de sus labios daría mi vida. La idea de que tal cosa podría ser posible y de que es imposible me abrasa de igual modo. Cuando reciba de mí estas cartas, sabrá usted que en este momento me enloquece este deseo. Es usted muy buena, apiádese de mí, me muero por no poseerla.

 

 

Françoise  acababa de terminar esta carta cuando el criado entró con las lámparas, decretando la realidad, por así decirlo, de la carta que ella había leído como en un sueño, a la luz movediza e incierta de las llamas. Ahora, la luz suave pero firme y franca de las lámparas hacía salir, de la penumbra intermedia entre los hechos de este mundo y los sueños del otro, nuestro mundo interior, le daba como el sello de autenticidad de la materia y de la vida. En un primer momento, Françoise quiso mostrar la carta a su marido. Pero pensó que era más generoso ahorrarle esa preocupación y que a ese desconocido al que nada podía darle le debía al menos el silencio mientras esperaba el olvido. Pero a la mañana siguiente recibió una carta con la misma caligrafía retorcida y estas palabras: “Esta noche a las nueve estaré en su casa. Al menos, quiero verla”. Entonces Françoise sintió miedo. Christiane tenía que marcharse al día siguiente a pasar quince días en el campo, cuyo aire energizante podría hacerle bien. Escribió a Christiane rogándole que fuera a cenar con ella, aprovechando que su marido justamente salía esa noche. Pidió a los criados que no dejaran entrar a nadie e hizo cerrar bien todos los postigos. No le cuenta nada a Christiane, pero a las nueve le dijo que tenía jaqueca, y le rogó que fuera a la sala, hasta la puerta que presidía la entrada a su habitación, y que no dejara entrar a nadie. Se arrodilló en su habitación y rezó. A las nueve y cuarto, sintiéndose desfallecer, fue al comedor a buscar un poco de ron. En la mesa había un gran papel blanco con estas palabras en letras de imprenta: “¿Por qué no quiere usted verme? Yo la amaría tanto… Algún día echará de menos las horas que le habría hecho pasar. Se lo suplico. Déjeme verla, pero si me lo ordena, me iré inmediatamente”. Françoise se horrorizó. Pensó en decir a los criados que acudieran armados. La idea la avergonzó, y pensando que por el poder que ejercía sobre el desconocido no había autoridad más eficaz que la suya, escribió al pie del papel: “Váyase inmediatamente, se lo ordeno”. Y se precipitó a su habitación, se arrojó sobre su reclinatorio y sin pensar en nada más rezó con fervor a la Santa Virgen. Al cabo de una media hora fue a buscar a Christiane, que leía en la sala según su petición. Quería beber algo, y le pidió que la acompañara al comedor. Entró temblando, sostenida por Christiane, [y] casi desfallece al abrir la puerta, luego avanzó a paso lento, casi moribunda. A cada paso que daba parecía no tener fuerzas para dar uno más, como si fuera a desfallecer allí mismo. De pronto tuvo que sofocar un grito. Sobre la mesa, un nuevo papel, en el que leyó: “He obedecido. Ya no regresaré. No volverá usted a verme jamás”.  Por suerte, Christiane, pendiente del malestar de su amiga, no había podido verlo, y Françoise tuvo tiempo de cogerlo deprisa, aunque con aire indiferente, y metérselo en el bolsillo. “Debes volver a casa temprano —dijo al poco a Christiane—,  pues viajas mañana por la mañana. Adiós, querida mía. Es posible que no pueda ir a verte mañana por la mañana; si no me ves, es porque habré dormido hasta tarde para curarme la jaqueca.” (El médico había prohibido las despedidas para evitar a Christiane las emociones demasiado fuertes.) Pero Christiane, consciente de su estado, entendía perfectamente por qué Françoise no se atrevía a ir [y por qué] le habían prohibido las despedidas, y lloraba diciéndole adiós a Françoise, que resistió su tristeza hasta el final y se mantuvo serena para tranquilizar a Christiane, Françoise no durmió. Las palabras del último mensaje del desconocido: “No volverá usted a verme jamás” la inquietaban más que cualquier otra cosa. Decía “volver a verme”, de modo que la [sic] había visto. Mandó examinar las ventanas: ni un postigo se había movido. No había entrado por allí. Había, pues, sobornado al portero de la mansión. Quiso despedirlo, pero, insegura, esperó.

 

A la mañana siguiente, el médico de Christiane, a quien Françoise había pedido que le diera noticias de Christiane tan pronto ella se hubiera ido, acudió a verla. No le ocultó que el estado de su amiga, sin estar irremediablemente comprometido, podía volverse de pronto desesperado, y que no veía qué tratamiento específico podía prescribirle.

 

—Ah, qué lástima que no se haya casado —dijo—. Sólo una vida nueva como esa podría ejercer una influencia saludable sobre su estado de languidez. Solo placeres nuevos como esos podrían modificar un estado tan profundo.

 

—¡Casarse! —exclamó Françoise—. Pero ¿quién querría casarse con ella, estando tan enferma?

 

—Que se busque un amante —dijo el doctor—. Se casará con él si la cura.

 

—¡No diga cosas tan horribles, doctor! —exclamó Françoise.

 

—No digo cosas horribles —contestó tristemente el médico—. Cuando una mujer está en semejante estado y es virgen, sólo una vida completamente diferente puede salvarla. En momentos extremos como este, no creo que debamos preocuparnos por las conveniencias y vacilar. Pero volveré a verla mañana, hoy tengo mucha prisa, y hablaremos otra vez del asunto.

 

Una vez que estuvo sola, Françoise pensó unos instantes en las palabras del médico, pero enseguida, involuntariamente, volvió a pensar en el remitente misterioso que tan diestro y audaz, tan valiente se había mostrado a la hora de verla, y tan humilde y dócil para renunciar a la hora de obedecerle. La embriagaba pensar en la osadía extraordinaria que le había hecho falta para probar esa maniobra por amor hacia ella. Varias veces se había preguntado quién sería y ahora se imaginaba que era un militar. Siempre le habían gustado, y antiguos ardores, llamas que su virtud se había negado a alimentar pero que habían abrasado sus sueños y deslizado extraños reflejos en sus ojos castos, volvían a encenderse. Antaño, a menudo había deseado ser amada por uno de esos soldados cuyo cinturón cuesta desabrochar, dragones que por las noches, en los rincones de las calles, arrastran sus sables tras ellos girando la cabeza, y cuando se los abraza demasiado sobre un canapé pueden pincharte las piernas con sus grandes espuelas, y que esconden todos, bajo una tela demasiado rústica para poder sentirlo palpitar fácilmente, un corazón despreocupado, aventurero y dulce.

 

Pronto, como un viento húmedo de lluvia deshoja, desprende, dispersa, pudre las flores más perfumadas, la tristeza de sentir que había perdido a su amiga ahogó bajo un chaparrón de lágrimas todos esos pensamientos voluptuosos. El rostro de nuestras almas cambia con tanta frecuencia como el rostro del cielo. Nuestras pobres vidas flotan desamparadas entre las corrientes de la voluptuosidad, donde no se atreven a quedarse, y el puerto de la virtud, que no tienen fuerzas para alcanzar.

 

Llegó un mensaje. Christiane había empeorado. Françoise partió, llegó a Cannes a la mañana siguiente. El médico no permitió que Françoise la viera en la villa que Christiane había alquilado. Por el momento estaba demasiado débil.

 

—Señora —dijo por fin el médico—, no quisiera revelarle nada de la vida de su amiga, de la que por otro lado lo ignoro todo. Pero creo que debo contarle un hecho que quizá le permita adivinar a usted, que la conoce mejor que yo, el secreto doloroso que parece abrumar sus últimas horas, y proporcionarle así sosiego, quién sabe si remedio, quizá. Pide una y otra vez una pequeña caja, ordena que salga todo el mundo y mantiene con ella largos diálogos que acaban siempre en una suerte de crisis nerviosa. La caja está allí, y no me he atrevido a abrirla. Pero dado el estado de extrema debilidad de la enferma, que en cualquier momento puede volverse de una gravedad severa e inmediata, creo que quizá tenga usted el deber de ver qué hay dentro. Así podríamos saber si es morfina. No tiene pinchazos en el cuerpo, pero podría estar bebiéndola. No podemos negarnos a darle esa caja; es tal su emoción cuando se la niegan que se volvería rápidamente peligrosa y acaso fatal. Pero sería muy importante para nosotros saber qué es eso que le aporta constantemente.

 

Françoise reflexionó un instante. Christiane no le había confiado ningún secreto del corazón, y, de haber tenido alguno, seguro que lo habría hecho. Sin duda se trataba de morfina o de algún veneno análogo; el interés que el médico tenía por saberlo era apremiante, inmediato. Françoise abrió con ligera emoción, primero no vio nada, desplegó luego un papel, permaneció un segundo aturdida, lanzó un grito y cayó. El médico se precipitó hacia ella, que sólo se había desmayado. Leyó en el papel: “Váyase, se lo orden”. Françoise volvió en sí enseguida, tuvo de pronto una contracción dolorosa y violenta, y luego, con una voz como tranquilizada, le dijo al médico:

 

—Figúrese que en mi conmoción me pareció ver láudano. Estoy loca. ¿Cree usted —preguntó Françoise— que Christiane pueda salvarse?

 

—Sí y no —contestó el médico—. Si se pudiera interrumpir ese estado de languidez, como no tiene ningún órgano afectado, podría recuperarse por completo. Pero es imposible prever que algo pueda detenerlo. Es una desgracia que no podamos conocer la pena, probablemente de amor, que la hace sufrir. Si estuviera en manos de una persona viva la posibilidad de consolarla y curarla, pienso que cumpliría, por mucho que le costara, con ese deber de estricta caridad.

 

Françoise ordenó enviar un despacho de inmediato. Pedía a su guía espiritual que acudiera en el primer tren. Christiane pasó el día y la noche en una somnolencia casi completa. Le habían ocultado la llegada de Françoise. A la mañana siguiente se encontraba tan mal, tan agitada que el médico, después de prepararla, hizo entrar a Françoise. Françoise se acercó, le preguntó por ella para no asustarla, se sentó junto a su cama y se puso a consolarla cariñosamente con palabras oportunas y tiernas.

 

—Estoy tan débil… —dijo Christiane—. Acerca tu frente, quiero besarte.

 

Françoise retrocedió instintivamente, pero Christiane por suerte no lo vio. Se controló enseguida, la besó con ternura y largamente en las mejillas. Christiane pareció mejorar, animarse, y quiso comer. Pero se acercaron a decirle algo a Françoise al oído. Su guía espiritual, el abad de Tresves,111 acababa de llegar. Françoise, astuta, fue a conversar con él a una habitación contigua, de modo que no adivinara nada.

 

—Abad, si un hombre estuviera muriendo de amor por una mujer que pertenece a otra (sic), y a la que habría tenido la virtud de no tratar de seducir, si el amor de esa mujer fuera lo único que pudiera salvarlo de una muerte próxima y segura, ¿no sería excusable que ella se lo ofreciera? —dijo Françoise enseguida.

 

—¿Cómo es posible que no se haya contestado usted misma?  —dijo el abad—. Sería aprovecharse de la debilidad de un enfermo para mancillar, arruinar, impedir, echar por tierra el sacrificio que hizo de su vida por la buena voluntad de su corazón y la pureza de aquella a la que amaba. Es una hermosa muerte, y actuar como usted dice sería cerrarle el reino de Dios a quien lo mereció por haber derrotado tan noblemente a su propia pasión. Para la amiga demasiado piadosa significaría sobre todo la degradación de reencontrarse un día con aquel que, sin ella, habría venerado su honor más allá de la muerte y más allá del amor.

 

Acudieron a llamar a Françoise y al abad, Christiane se moría, pedía confesarse y la absolución. A la mañana siguiente, Christiane había muerto. Françoise nunca volvió a recibir cartas del Desconocido.

 

 

El momento en que Françoise sueña con el militar que podría ser el remitente misterioso funciona como embrión de otro relato que ocupa las cuatro páginas manuscritas, que reproducimos aquí. La heroína pasa a ser anónima, es viuda, al contrario que la del relato, y arde con una sensualidad contenida cuya descripción incluye una larguísima metáfora encadenada de orden militar —y eso mucho antes de la Gran Guerra, que inspirará al autor de En busca del tiempo perdido el gran símbolo de la estrategia militar—. El papel de la cultura artística, especialmente de Botticelli, bosqueja aquí la atmósfera de “Un amor de Swann”; ya la correspondencia (¿wagneriana?) entre las artes mantiene en equilibrio la pintura, la música y la literatura (eso que un día serán Elstir, Vinteuil y Bergotte). De ahí en adelante, la heroína se hace a un lado ante el retrato complaciente de un hermoso militar al que aparentemente querría conquistar después, nueva Fedra ante un nuevo Hipólito (“lo vio, lo amó”). La presentación de ese amor potencial de una joven y un oficial evoca el tema de Ana Karénina, y es sabido que la primera etapa de la creación de Proust, que incluye Jean Santeuil, tiene afinidades con la novela rusa. De manera tangencial, como se verá, en este germen de relato nuevo que se aparta de la narración inicial interviene una guerra con los iriates, nombre que designa a un pueblo de la región de Milán cerca de la ciudad de Iria, en Liguria, inubicable entre la Antigüedad y el ducado medieval. Ante esta indeterminación, un lector que nos sea contemporáneo piensa en las narraciones de Julien Gracq.

 

 

En efecto, antes de decidirse por la virtud, a la edad de las incertidumbres, era muy aficionada a los militares. Le gustaban los artilleros, cuyos cinturones lleva mucho tiempo —¡ah, tanto tiempo!— desabrochar, los dragones que de noche arrastran sus sables por la calle y giran la cabeza, y que sobre el canapé, cuando se los abraza demasiado, pueden pincharte las piernas con sus grandes espuelas; en definitiva, todos, lanceros, acorazados, cazadores que esconden, todos, bajo una tela demasiado rústica para sentirlo latir con facilidad, un corazón despreocupado, audaz, puro y dulce. Pero el pavor de que sus padres, al saberlo, se desesperaran, el deseo de conservar en el mundo la buena posición que ocupaba, más que nada la nobleza indecisa de su carácter, que le [sic] habría impedido tanto renunciar a una aventura impuesta por azar como probar simplemente la aventura que se le ofreciera, conservaron intacta su virginidad. Se había casado, había enviudado dos años después. Ahora los sentidos se tomaban la revancha no directamente, sino a traición, debilitando su pensamiento, corrompiendo su imaginación, arrojando sobre sus ideas más desinteresadas una suavidad seductora y decepcionante, perfumando con aroma de amor las cosas más austeras, echando sobre ella llamas suficientes para hacer que resplandezcan espejismos de deseo en el desierto de su corazón, y por esa lenta degradación de su voluntad infligían a su moralidad pérdidas más costosas que las que le habría ocasionado una derrota en apariencia más seria, en el campo de batalla de la conducta. La extrema cultura artística, literaria y musical con ayuda de la cual había refinado hasta la más dolorosa voluptuosidad, una rara distinción natural de espíritu, había agrupado, armonizado, acrecentado todas sus tendencias durante el mucho tiempo libre que deja una viudez virtuosa. Esas eran todas sus fuerzas, todas sus energías, todo su valor. Lentamente, todo eso pasaba al campo enemigo. Fue entonces cuando, tras la breve guerra que tuvimos con los iriates, un capitán de veinte años, Honoré, fue en tres comandante, coronel, general en jefe. Jamás había consentido que lo fotografiaran, ¡pero las revistas y algunos retratos de sus suboficiales habían popularizado su misteriosa belleza sin llegar a volverla banal! La sonrisa lánguida de sus labios rojos, que se mordían con displicencia, como se mordisquea una flor, la perfección absoluta de sus rasgos, la tristeza, los claros y las sombras, la suave autoridad de su mirada verdosa, su cabello, corto en los lados pero abundante bajo el quepis, brillante y ligero como cabello de niño, la delgadez de su cintura en las caderas prominentes, la gracia inimitable, abstracta y significativa como la de un Botticelli, de una [espacio en blanco] tan elegante como la de un Brummell y tan embriagadora en términos sensuales como la de una cortesana, todo eso reunía en él una perfección plástica tan voluptuosa y un poderío tan cautivador que antes de él parecían enemigas. El pensamiento suele delinear admirablemente los ojos, cava profundidades en la mirada, pero marchita la tez, encorva la estatura. El general de Notlains había escapado a esas leyes. Ya antes de verlo quería amarlo, lo vio, lo amó, y a fuerza de pensar en él, le había dado su imaginación y, sin detallarla demasiado, para no disipar su prestigioso misterio, una perfecta (interrumpido).

 

ILUSTRACIÓN: Boligán

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