Una fugaz pero intensa pasión

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POR SERGIO TÉLLEZ-PON

 

La poesía para Salvador Novo, escribió Carlos Monsiváis, fue una confesión que le ayudó

a la salud mental. Esto se percibe muy claramente en tres de sus libros: XX Poemas (1925),

Espejo. Poemas antiguos (1933), Poemas proletarios (1934), además del “Romance de

Angelillo y Adela”, dedicado a Federico García Lorca, que Novo escribió a su regreso de

un viaje por Sudamérica, en 1933:

 

Ella venía de México

—quietos lagos, altas sierras—,

cruzara mares sonoros

bajo de nubes inciertas:

por las noches encendía

su mirada en las estrellas.

Iba de nostalgia pálida,

iba de nostalgia enferma,

que en su tierra se dejaba

amores para quererla

y en su corazón latía

amarga y sola la ausencia.

Él se llamaba Angelillo

—ella se llamaba Adela—,

él andaluz y torero

—ella de carne morena—

él escapó de su casa

por seguir vida torera;

mancebo que huye de España,

mozo que a sus padres deja,

sufre penas y trabajos

y se halla solo en América.

Tenía veintidós años

contados en primaveras.

Porque la Virgen lo quiso

Adela y Ángel se encuentran

en una ciudad de plata

para sus almas desiertas.

Porque la Virgen dispuso

que se juntaran sus penas

para que de nuevo el mundo

entre sus bocas naciera,

palabra de malagueño

—canción de mujer morena—,

torso grácil, muslos blancos

—boca de sangre sedienta.

Porque la Virgen dispuso

que sus soledades fueran

como dos trémulos ríos

perdidos entre la selva

sobre las rutas del mundo

para juntarse en la arena,

cielo de México oscuro,

tierra de Málaga en fiesta.

¡Ya nunca podrá Angelillo

salir del alma de Adela!

(De Nuevo amor y otras poesías, SEP, 1984)

 

Durante ese viaje, Novo había conocido a Lorca quien, según una cronología muy

detallada, estuvo en Buenos Aires, del 13 de octubre de 1933 al 24 de marzo de 1934.

Sobre ese fugaz pero intenso y apasionado encuentro, Novo dejó algunas huellas en la

crónica del viaje, Continente vacío (1935; en Viajes y ensayos I, FCE, 1996), donde dice

que había llegado a Montevideo, ocho días antes de iniciar la VII Conferencia Internacional

Americana a la que Novo iba como parte de la delegación mexicana. Decidió, entonces,

que pasaría esos días previos descansando en Buenos Aires donde vivía Pedro Henríquez

Ureña, su maestro en la adolescencia.

 

Novo escribe que conoció a Lorca gracias al poeta Ricardo E. Molinari. Además

de poeta, Molinari era editor y él haría una edición limitada de Seamen Rhymes (1933), un

poema en inglés que Novo escribió durante la travesía en barco al Cono Sur. Se les ocurrió

que Lorca podría hacer unas viñetas para acompañar la edición del poema. Lorca las hizo

y así apareció el poema, incluyendo el conocido dibujo de un marinero con la mitad del

torso sobre una mesa y, en el lado izquierdo de ésta, las palabras en mayúsculas: “NOVO

AMOR”.

 

En Buenos Aires había tenido mucho éxito la puesta en escena de Bodas de sangre,

que montó la compañía de Lola Membrives. Así que a Lorca le fue solicitada su presencia

para montar y estrenar otra obra suya, La zapatera prodigiosa, y de paso, impartir algunas

conferencias; era su forma de venir a “hacer la América”. Llegó, finalmente, a Buenos

Aires y pronto se convirtió en el centro de atención de toda la efervescente sociedad

cultural. Novo se da cuenta de eso a los pocos días de llegado pues escribe: “Federico

García Lorca es ahora el ídolo de Buenos Aires”.

 

Molinari y Novo van a la imprenta donde se imprimirá Seamen Rhymes y, después,

Molinari lo lleva al hotel Castelar, donde se hospeda Lorca. Éste está ocupado en mil

asuntos ya que por la noche se estrenará La zapatera prodigiosa en el teatro Avenida, así

que le pide a Novo que regrese por él a la mañana siguiente para almorzar solos. (Novo ha

advertido ya que no han podido intimar porque Lorca orquesta a todo su séquito de

ayudantes por la prontitud del estreno.) Aunque Novo carece de la invitación personalizada

para asistir al estreno de la obra, esa noche puede verla al acompañar a Henríquez Ureña.

 

A la mañana siguiente Novo pasa al hotel Castelar por Lorca, como habían

acordado, para dirigirse a un restaurante de la Costanera. Conversan “como dos amigos que

no se han visto en muchos años” (Novo), y García Lorca le externa su admiración por su

“lengua rallada pa hazé soneto”. Y luego, “poniéndose serio”, le dijo: “Para mí, la amista e

ya pa siempre; e cosa sagrá; ¡paze lo que paze, ya tú y yo zeremos amigo pa toa la vida!”.

Novo sigue contando:

 

Tú cantaste La Adelita, que sabías tan bien, y me dijiste que para ti esa canción

simbolizaba todo el México que querías conocer, que Adelita era para ti una mujer

viva, de carne y hueso, idolatrada por los sargentos, respetada hasta por el mismo

coronel; fiel a su soldado, apasionada, morena y fecunda, y, hechizado por tu

conjuro, por tu promesa de hacerle un monumento, cuando paladeabas su nombre,

Adela, Adelita, y te conté su vida. Porque en Torreón, cuando vivimos la epopeya

de Villa, una criada de mi casa, que era exactamente como tú la imaginas, llevaba

ese nombre cuando nació esa canción, y decía que a ella se la había compuesto

un soldado. Y al proclamarlo satisfecha, con aquella boca suya, plena y sensual

como una fruta, no pensaba sino en el abrazo vagabundo de aquel con quien al fin

huyó por los montes de aquella estrecha cárcel de su laguna; no imaginó jamás esta

perenne sublimación de su vida en un himno que ahora a tus ojos vuelve a prestarle

un corazón y que llena el mío del violento jugo de la nostalgia.

 

Sentados, pues, en ese restaurante de la Costanera, Lorca entona la canción que evocaban

los revolucionarios mexicanos:

 

Y Adelita se llama la joven

a quien yo quiero y no puedo olvidar;

en el mundo yo tengo una rosa

y con el tiempo la voy a cortar.

 

Si Adelita quisiera ser mi esposa,

si Adelita fuera mi mujer,

le compraría un vestido de seda

para llevarla a bailar al cuartel.

 

Adelita, por Dios, te lo ruego,

calma el fuego de esta mi pasión,

porque te amo y te quiero rendido,

y por ti sufre mi fiel corazón.

 

Si Adelita se fuera con otro,

le seguiría la huella sin cesar;

si por mar en un buque de guerra,

si por tierra en un tren militar.

 

He aquí la primera pista: el nombre “Adela” del “Romance…” lo toma Novo de ese corrido

revolucionario que canta Lorca. También es probable que lo haya tomado de la “Oda a

Walt Whitman”. Como se sabe, Lorca estuvo una temporada en Nueva York en 1929,

donde escribió uno de sus libros más célebres, Poeta en Nueva York, y allí se hizo amigo de

Antonieta Rivas Mercado y Gilberto Owen, así como del fotógrafo y pintor Emilio Amero,

quien tomó las fotografías del rodaje de Viaje a la luna, único guión que escribió Lorca;

seguramente, los dos primeros fueron los que le hicieron saber a Lorca sobre la “lengua

ralla pa hazé soneto” de Novo. Sin embargo, Poeta en Nueva York, donde se encuentra la

“Oda…”, no se publicó sino hasta 1940 bajo el sello de editorial Séneca, ¿cómo es posible

que Novo la haya conocido antes? En 1933, los editores de la revista Alcancía, Edmundo

O’Gorman y Justino Fernández, hicieron una edición limitada de 50 ejemplares de la

“Oda…”, uno de cuyos ejemplares con toda seguridad cayó en manos de Novo pues dice:

“yo llevaba fresco el recuerdo de su ‘Oda a Walt Whitman’, viril, valiente, preciosa…” En

la “Oda…”, pues, se encuentra una enumeración que llamó la atención de Novo:

 

Faeries de Norteamérica,

Pájaros de La Habana,

Jotos de Méjico,

Sarasas de Cádiz,

Apios de Sevilla,

Cancos de Madrid,

Floras de Alicante,

Adelaidas de Portugal.

 

Adelaidas de Portugal. La correspondencia en México de ese epíteto sería Adela, justo el

nombre que Novo utilizó en el “Romance…”, para que con ese guiño se viera el homenaje

a Lorca y a la “Oda…”. De la misma manera en que Novo juega en el título del poema con

la palabra “romance”, como característica composición poética de la lengua española y

como relación amorosa pasajera, de igual forma juega al travestirse literariamente con el

nombre de Adela y le deja el rol masculino a Lorca bajo el Angelillo.

 

Lo que sigue en Continente vacío aparentemente no tiene coherencia con lo que

ha relatado. Novo va con Molinari, como éste se lo había prometido, a casa de Nieves

Rinaldini donde se ofrecía una de las tantas tertulias literarias de la ciudad. Ahí Novo

empezó a sentirse mal y cayó gravemente enfermo. En casa de Rinaldini se quedó a reposar

la enfermedad respiratoria al cuidado de su anfitriona y las frecuentes visitas de sus amigos,

incluyendo la de Lorca, para atestiguar el mejoramiento del enfermo. Unos días después, ya

sintiéndose un poco mejor, Novo se subió al barco Ciudad de Buenos Aires para seguir con

sus compromisos en Montevideo. Mientras, Lorca se quedaba todavía en Buenos Aires para

después partir a España, a Granada, a la muerte…

 

En Continente vacío, Novo deja hasta ahí el recuento de su trato con Lorca, por lo

cual resulta un poco desconcertante que haya caído súbitamente enfermo. Sin embargo, él

le contó a su joven y fiel discípulo Miguel Capistrán, y éste varias veces a mí, que después

de haber desayunado en el restaurante de la Costanera, bajaron al Río de la Plata donde

Novo y García Lorca fueron a “procurarse unos marineritos”. En pocas palabras, lo que

ocurrió fue que Novo y Lorca tuvieron una relación sexual a orillas del río. Esa fue la causa

de la enfermedad respiratoria de Novo en casa de Rinaldini.

 

Cuando Capistrán estuvo en Buenos Aires, a principios de los años setenta, Novo le

pidió que se dirigiera a casa de Rinaldini y le diera las gracias por aquella estancia y una

disculpa por haberse ido de la ciudad sin despedirse. “Una disculpa tardía ¡de cuarenta

años!”, escribe Capistrán en su libro Borges y México (Plaza y Janés, 1998). También

Capistrán solía recordar que Novo le mostró en su estudio de Coyoacán los originales de

los cuatro dibujos que Lorca hizo para su Seamen Rhymes y unas cartas que le escribió

Rivas Mercado; todo eso ahora está perdido.

 

Cuando Novo regresa a México publica Continente vacío. En ese libro hay un

capítulo inserto sin relación aparente con lo que Novo está narrando. Se llama Canto a

Teresa. Novo también le confió a Capistrán que en ese capítulo había querido verter todas

las referencias que existen sobre el mar en la poesía de lengua inglesa, y que era un

evidente homenaje a Lorca, ferviente devoto de Santa Teresa, la santa patrona de la

península Ibérica. Así pues, la Virgen que quiso que Ángel y Adela se encontraran con “sus

almas desiertas” (de que habla el “Romance…”), no es otra que Santa Teresa; y la “ciudad

de plata”, donde ocurre el encuentro, es, evidentemente, Buenos Aires. Además, el

“Romance…” confirma que, como siempre lo reconoció Novo, Lorca fue el gran amor de

su vida.

 

Entre 1934 y 1936, cuando la agresión nacionalista contra los Contemporáneos está

en lo más álgido, Novo le escribe a Lorca una carta desesperada en la que externa su deseo

de mudarse a Madrid y le pide ayuda para poder encontrar trabajo allá: “La vida en México

se ha vuelto insoportable para mí. Es indispensable que me marche —y tengo miedo de

la dura lucha en los Estados Unidos. Mi deseo de ir a España se agrava y me obsesiona.

¿Crees tú que podría ganarme la vida —una mediana vida? Puedo dirigir ediciones,

traducir libros, enseñar inglés —en último caso escribir en los diarios o corregir pruebas de

imprenta”. No se sabe que Novo lo haya hecho, así que se quedó a padecer los ataques de

sus detractores.

 

En 1936, Lorca había ido a su pueblo natal a despedirse de su familia ya que

en unos días más estaría zarpando hacia México, pero, como es de sobra conocido, sus

inconformidades contra los militares que derrocarían a la República lo hicieron una de las

primeras víctimas a manos de los franquistas. Jamás se volvieron a ver, sin embargo, Lorca

“ya nunca pudo salir del alma” de Novo.

 

*Fotografía: Salvador Novo, escritor mexicano/Especial.

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