Huidobro: las piezas no siempre encajan

Jul 18 • destacamos, principales, Reflexiones • 3410 Views • No hay comentarios en Huidobro: las piezas no siempre encajan

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Clásicos y comerciales

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POR CHISTOPHER DOMÍNGUEZ MICHAEL

De todas las historias literarias de América ninguna como la de Chile me remite de manera tan visual al origen ctónico del continente, tal cual lo imaginaba el conde de Keyserling en sus Meditaciones suramericanas (1933), que todos leyeron y de las cuales nadie quiso acordarse por su carácter de pegajoso libro de autoayuda ontológica. En aquel vacío prehistórico, sometido al rigor de la geología, no imagino batalla tan primordial entre reinos combatientes como la del poeta-pájaro Huidobro contra la piedra-poeta Neruda por hacerse, tras la cordillera, de Chile y desde allí del planeta. Porque ruego por la victoria de Huidobro leo todo lo suyo que va cayendo en mis manos.

 

Sátiro o el poder de las palabras (1939) fue una de las novelas publicadas por Vicente Huidobro (1893-1948) y llamarlas “novelas” es un decir que habrían de recordar los autoproclamados posmodernos porque ya entonces el género era tan elástico como para incluir, en el caso del chileno, novelas-guión diseñadas para el cine mudo (Mio Cid Campeador de 1929 y Cagliostro de 1934), una distopía apocalíptica como La Próxima. Historia que pasó en poco tiempo más (1934), confesiones vicarias (Papá o el diario de Alicia Mir, 1934) y las 3 novelas ejemplares (1931) que luego serían cinco después de ser traducidas al español (Dos ejemplares de novela), pues el primer trío fue escrito en francés con el escultor Hans Arp (1887-1966) y su extensión es la de los cuentos.

 

Ya el antañón Alone, en Pretérito imperfecto. Memorias de un crítico literario (1976), advertía que Huidobro y su generación borraron las fronteras entre los géneros, imponiendo una “precaución perdida: los géneros poseen cierta gravitación fatal, atraen desde lejos y obligan a girar en su órbita aun a los más justificadamente reacios. Quiso Unamuno librarse de escribir o intentar novelas, y creo el vocablo ‘nivola’. Nada. Novelista y autor de novelas se le llama, para bien o para mal. En el fondo, comodidad, costumbre, rutina, la ley del menor esfuerzo. Hay que resignarse”.

 

Así que la reedición de un par de novelas de Huidobro me permite volver a su prosa de ficción (hace años descubrí su Cagliostro y me fascinó). Sátiro o el poder de las palabras (Mago, Santiago, 2017), para empezar, es una impostura de ingenuidad. Su héroe, un Des Esseintes bueno como el pan, vive en el encierro de un esteta. Es un hombre de dinero, como lo fue el propio Huidobro, en su día marqués de San Real, quien combate la acedia comprándose un original de Picasso o una primera edición de Rimbaud. Se propone amar y escribir, convirtiendo su vida en una bien peinada, falsamente insulsa y al final terrible novela de formación. Ello ocurre después de un día fausto que acaba por ser infausto, cuando le regala, en un acto de generoso desinterés, “un gran paquete de chocolates” a una niña golosa que vitrineaba frente a una dulcería, lo cual, a los ojos del vecindario, lo convertirá en un sátiro hasta que finalmente Bernardo Saguen, obligado por “el poder de las palabras”, se convierte en uno de ellos.

 

Se trata, supongo, del acto gratuito canonizado por los surrealistas que desencadena una tormenta. Esa oscilación entre la banalidad y el Mal fue típicamente vanguardista aunque en aquella Alejandría, Huidobro se las daba, legítimo, de “creacionista”, aunque ese ismo derivase del ultraísmo, como se lo señaló en un rifirrafe polémico de 1923, el infortunado Guillermo de Torre (infortunado por haber pasado a la historia por ser cuñado de Borges y por ser el editor que rechazó, al menos, Canto general y Cien años de soledad).

 

Además de ser el autor de Altazor (1931), uno de los dos o tres poemas más grandes del idioma español (“Todas las lenguas están muertas/Muertas en manos del vecino trágico/Hay que resucitar las lenguas”), Huidobro, aristócrata comunista y poeta francés del cenáculo de Reverdy, ya hablando en serio, le ofrece al siglo latinoamericano, una picardía equidistante del colosal hombre de las raíces que fue Neruda y del sabio metafísico singularizado por Borges. Corresponsal de guerra en 1945, Huidobro entró con las tropas aliadas en Berlín y aunque no recibió el honor de resultar herido en la cabeza como Apollinaire, al menos se trajo del Búnker el teléfono personal de Hitler, según su amigo Volodia Teitelboim. Todo en Huidobro parece disparate y mucho, en efecto, lo es. Pero cuando vuela, decía Juan Larrea, se vuelve un trueno.

 

Las 3 novelas ejemplares (Abada, Madrid, 2012), redactadas entre carcajadas con Arp, un vanguardista de cepa, durante una vacación en Arcachón, se presentan, respectivamente, como una novela “posthistórica”, una “novela policial” y una “novela patriótica y alsaciana”. La primera supone la desaparición de la humanidad, substituida por “glóbulos hermafrometálicos” a la búsqueda de su perdida encarnación corpórea. En aquel escenario posterior al apocalipsis sólo sobreviven las ardillas, “príncipes de los pinos”, testigos del errar humano en formas difuminadas que al dejar de ser individuos son múltiplos de sí mismos y no pueden amarse. Si la sintaxis es tradicional, como señala Vargas Vega en Las novelas de Vicente Huidobro (2008), las imágenes remiten a la yuxtaposición surrealista que anhela el absurdo o la belleza.

 

Salvad vuestros ojos es un delirio empático con la ciencia ficción, mientras que El jardinero del castillo de medianoche parece ser una parodia de Poe donde “el perro lobo, consciente de su deber, se puso una barba y unos anteojos de carey, cogió su pipa y un violín que había servido en otras ocasiones al célebre pintor Ingres. Así, disfrazado se lanza en busca del asesino. Debemos advertir que ese disfraz le asemejaba de un modo perfecto al señor Charles Dupont en persona”. Y Charles Dupont es el hombre que ocupa el departamento donde estuvo la escena del crimen (“En el techo se veían clavadas las obras completas de Racine, Corneille y Molière. El tintero estaba lleno de sangre”), porque esta se esfuma tan pronto llegan a ella dos detectives aficionados, dos jueces, tres detectives profesionales y catorce policías.

 

Esa estética del sinsentido se convierte en La cigüeña encadenada en pieza antibélica porque Huidobro, antes que comunista, fue pacifista, admirador, tras la Gran Guerra, de Romain Rolland y de los espartaquistas. Todo vanguardista quiso ser, en potencia, revolucionario, esteta y monje. Lo carnavalesco, en 3 novelas ejemplares, remite más al expresionismo que a Arp, el coautor, un elegante primitivista. Ambos hacen de su prosa una suerte de borrador aún legible de Finnegans Wake, al estilo de “la batalla de Hastings ardía y tronaba. El señor Hastings en persona dirigía el combate. Tres capas de cadáveres cubrían el suelo. Cada capa estaba separada por la otra por una rebanada de jamón. Grandes olas de heroísmo montaban hacia las nubes amenazando con tragarse todos los teatros y los barcos que huían bajo las órdenes del capitán Aníbal y el teniente Nelson”.

 

La obra de Huidobro, lo dijo de Torre, fue una divinización del Arte donde el creador funge de demiurgo pues el propio poeta chileno creía en que la Historia del Arte haría evolucionar al Hombre-Espejo perdiendo su tiempo en las verdaderas quimeras, las del realismo, para convertirlo en Hombre-Dios, el creador creado. Con esa óptica, las 3 novelas ejemplares se tornan diáfanas. Huidobro está desordenando el mundo. No lo interrumpan.

 

Conocida es la anécdota del crítico Alone sobre el entierro del poeta. El ataúd no cabía en el nicho. Tras tomar medidas con una ramita de un árbol, sus amigos lo inhumaron en un vecino “hueco desocupado” y “allí quedó”, usurpando la sepultura de un desconocido. Las piezas, como los géneros literarios, no siempre encajan donde deben.

 

FOTO:  El poeta chileno Vicente Huidobro, referente del Creacionismo./ Especial

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