Controvertir el canon

May 1 • destacamos, Lecturas, Miradas, principales • 1969 Views • No hay comentarios en Controvertir el canon

/

Esta antología rescata la obra de narradoras latinoamericanas, de quienes hoy conocemos sus universos literarios, relegados por los criterios editoriales del siglo XX

/

POR CARLOS MARTÍN BRICEÑO
Al saber que la colección Vindictas de la UNAM en uno de sus tomos iba a incluir una antología de cuentistas latinoamericanas, esta vez en coedición con el sello Páginas de Espuma, malicié que sería un volumen excepcional, verdadero hito para quienes cultivamos esta vertiente narrativa. Es un hecho que las grandes editoriales minimizan el cuento, género que sólo publican cuando quien lo solicita ha conseguido cierto renombre en la novelística.

 

En este caso, la apuesta era segura, pues la selección y la edición recaerían en dos artistas que se han dedicado a la promoción audaz de la buena literatura: Socorro Venegas y Juan Casamayor.

 

Vindictas. Cuentistas Latinoamericanas es una promesa cumplida. Este libro, bien lo apunta Jorge Volpi en la contraportada, “surge con la intención de cuestionar si realmente conocemos los grandes cuentos del siglo XX”, reuniendo a veinte autoras notables, por décadas invisibilizadas, a pesar de la calidad de sus plumas.

 

“Revisamos varias antologías canónicas de cuento hispanoamericano y latinoamericano del siglo XX –antologías que tuvieron y tienen reediciones–, la ausencia de escritoras es asombrosa”, denuncia Socorro Venegas en ese ameno conversatorio que hace las veces de prólogo, donde dialoga con Juan Casamayor. Es cierto. Lo verifiqué con el famoso libro de Seymur Menton: El cuento hispanoamericano. Antología crítica histórica (FCE, 1964). Esta selección de cincuenta escritores –referencia bibliográfica ineludible en la investigación sobre la narrativa hispanoamericana–, sólo incluye a tres mujeres: la argentina Luisa Valenzuela, la puertorriqueña Ana Lydia Vega y la chilena María Luisa Bombal.

 

Así que las editoras Socorro Venegas y Juan Casamayor, que para justicia del género acordaron el uso inclusivo del plural femenino, tienen toda la razón cuando afirman que, “como en muchos otros campos, los lectores han perdido, ni más ni menos, que la mitad de la creación literaria, concebida por la otra mitad del mundo: han perdido la mirada de las mujeres, su mundo interior contado por ellas mismas”.

 

Acepto con sonrojo mi desconocimiento de la obra de la mayoría de las escritoras incluidas en Vindictas. Había leído a mi paisana María Luisa Puga, prolija escritora, célebre por su novela “Las posibilidades del odio”; así también algunos cuentos de las caribeñas Rosario Ferré y Mirta Yáñez porque en mi lugar de residencia, el Sureste mexicano, existe interés por la literatura de las islas cercanas al canal de Yucatán.

 

Precisamente ese universo silenciado al que se refieren las editoras es el que Vindictas ofrece desde el primer cuento: “Inmóvil sol secreto”, donde María Luisa Puga narra en primera persona, con una prosa rica en metáforas, el ocaso de una pareja que ha resuelto viajar a la exótica isla griega de Cefalonia para salvar una relación resquebrajada por la infidelidad de la protagonista. “Los celos son una cosa terrible, sí, y la culpabilidad es otra. Como una catástrofe natural, arrasan con todo”, escribe María Luisa, remetiendo a otro que también se centra en la emancipación de la mujer: “La sangre florecida”, de la paraguaya Susy Delgado –narradora bilingüe– donde una abuela en el ocaso de su vida, es contagiada por su esposo de una enfermedad venérea, lo que la lleva a acabar con él: “La sangre sólo se hace justicia con la sangre”. Otro cuento no menos impactante es “Soledad de la sangre”, de Martha Brunet, drama ambientado en el campo chileno; aquí la fuerza de la mujer se impone por encima del machismo. Hematos es el hilo conductor que hermana a varios de estos relatos, tal el de la panameña Bertalicia Peralta, “Guayacán de marzo”, en el cual la embarazada Dorinda decide eliminar y descuartizar a su pareja porque le da vida de perro, antes de que acabe con ella porque se atrevió a decirle que iba a “sacarse al hijo”. En este tenor leemos, de la costarricense Magda Zavala, la historia de La Negra en “De la que amó a un toro marino”, quien con paciencia aguanta un lustro antes de armarse de valor y abandonar al marido que constantemente la amenaza: “–No vayas a dejarme nunca, ¿me oís?”. En “Reunión”, la ecuatoriana Gilda Holst nos muestra a una mujer angustiada por su olor personal que suscita la incomprensión de su pareja y el rechazo social.

 

En el volumen son varios los relatos que anticipan la lucha por los derechos de la mujer, esa que hoy se libra abiertamente en diversos escenarios. Historias escritas en una época en que la liberación femenina era sólo para las adelantadas a su tiempo. Hecho que constatamos en el cuento de la dominicana Hilma Contreras, “La espera”, texto brevísimo que habla de la atracción entre dos mujeres, tema muy incómodo para aquellos días. Así mismo en el durísimo cuento de la hondureña Mimí Díaz Lozano: “Ella y la noche”, donde una mujer sufre el desprecio de su marido cuando éste advierte que dio a luz un varón muerto: “¿Muerto, muerto decís? Nació en silencio el pendejo. Esa bestia –y señaló a la madre–, esa bestia no pudo ni siquiera parir bien”. Y también en el de largo aliento de la colombiana Marvel Moreno, “Barlovento”, en el que la liberación de la protagonista cobra forma a través de un encuentro sexual furtivo con un mandinga en medio de la jungla.

 

Hay algunas historias admirables por la sutileza con que sus autoras cuestionan el statu quo de su tiempo mediante su prosa. “Nadie llama de la selva”, de la cubana Mirta Yáñez, narra la situación de una anciana y un can, cada cual en su respectivo nicho espera inútilmente desde El Vedado, noticias de sus seres queridos quienes han partido de La Habana en busca de mejor vida. “En esta ciudad no se puede ser alegre y bonita –rezongó Lucha–, porque la gente murmura”, es el tenso inicio de “Las chicas de la yogurtería”, escrito por la peruana Pilar Dughi quien cuestiona sin concesión los prejuicios provincianos de los habitantes de Ayacucho ante la pandemia del SIDA. En el mismo tono está “Sur”, brillante cuento de Silda Cordoliani, en el que su personaje principal, una oficinista, tras perder el empleo, se ve atrapada en las redes del sexo servicio.

 

En otros de los relatos las protagonistas decidieron tomar las riendas de su destino y afrontar los riesgos al descubrir que valen por sí mismas. No necesitan el aval del varón. “Cuando las mujeres quieren a los hombres” y “El occiso”, de la puertorriqueña Rosario Ferré y la boliviana María Virginia Estenssoro respectivamente, son notables relatos que analizan el adulterio desde perspectivas muy distintas, pero concurren en la idea de la emancipación femenina.

 

La generosidad del paisaje que nos ofrece la antología es todavía más rica. Por su impecable factura y, sobre todo, la frescura de su propuesta, hay un sexteto de cuentos que vale su inclusión. Me refiero a “Desaparecida”, de la guatemalteca Ivonne Recinos Aquino y a “Una perfecta desconocida”, de la nicaragüense Mercedes Gordillo, ambos permeados por una fantasiosa alteridad; a “Muerte por alacrán”, de humor negro conseguido con la superposición de planos, de la uruguaya Armonía Somers; a “Jacinta Piedra”, de la salvadoreña Mercedes Durán, texto concebido para rescatar la memoria rural; a “Locura”, de la española María Luisa Elío, que explora ese otro infierno mediante el contraste de voces, y a “Cómplices de extraños juegos”, donde la argentina María Luisa de Luján Campos, valiéndose del monólogo y desde la perspectiva infantil, da cuenta de la cruda realidad del mundo. Las seis son historias alejadas de la norma, inteligentes, que de estar suscritas por plumas masculinas habrían sido exponencialmente celebradas al momento de su publicación. Vindictas repara esta injusticia.

 

Vindictas es un libro en el que las antólogas decidieron poner en manos de los lectores cuentos que debían de haber estado ahí siempre. Busca visibilizar el trabajo de narradoras capaces, confrontando el canon literario del siglo pasado y haciéndonos conscientes de que aún no conocemos todos los grandes cuentos latinoamericanos de la última centuria.

 

Leer a estas autoras constituye un homenaje justo a su coraje y entereza para escribir y publicar en su tiempo, aun sin tener, como decía Virginia Woolf, una habitación propia.

 

FOTO: Vindictas. Cuentistas latinoamericanas, VV. AA., México, UNAM, 2020, 278 pp.

« »