Voces del fin de una era

Dic 12 • destacamos, Lecturas, Miradas, principales • 4191 Views • No hay comentarios en Voces del fin de una era

POR JOSÉ JUAN DE ÁVILA

 

Cuando el 8 de octubre pasado la Academia Sueca decidió premiar con el Nobel a una periodista por su literatura de no ficción, quizá la noticia se recibió con mayor sorpresa en el mundo hispanohablante, donde las crónicas y reportajes de Svetlana Alexievich (1948) son casi desconocidos, pues hasta ahora sólo había un viejo libro de ella traducido al español: Voces de Chernóbil. Crónica del futuro, publicado en 2006 por Siglo XXI, el mismo año en que fue asesinada su colega y paisana mejor traducida, Anna Politkovskaya, y casi una década después de la salida en Moscú de su primera edición rusa en 1997.

 

Desde el jueves 10 de diciembre, cuando la periodista bielorrusa radicada en Minsk recibió en Estocolmo el Nobel, ella también pudo sumar a su larga lista de traducciones a idiomas como francés, inglés o alemán -de apenas un puñado de obras-, la versión en español del más reciente de sus trabajos: la editorial Acantilado lanzó el 9 de diciembre El fin del ʻhomo soviéticusʼ, publicado en ruso en 2013 y que fue muy bien recibido en Francia, Inglaterra y Alemania tras sendas traducciones casi inmediatas.

 

Este libro de microrrelatos de personas de carne y hueso que atestiguaron las miserias del comunismo real en la URSS –muchas parecen añorar ese mundo de represión en sus “confesiones” recopiladas con pluma y grabadora por Alexievich– obtuvo en 2013 uno de los mayores premios europeos, el Médicis de Francia, donde críticos y lectores ya candidateaban a la periodista al Nobel ese año por esta obra.

 

Alexievich, quien también este 2015 se hizo acreedora por segunda vez al premio Ryszard Kapusinski en Polonia, recurre en El fin del ʻhomo soviéticusʼ a una técnica que utilizó con maestría en otros de sus libros, el testimonio –o mejor dicho los testimonios–, para por un lado dar cuenta de cómo fue la URSS según sus sobrevivientes –comunistas o disidentes–, y cómo quedaron después tras el desmoronamiento.

 

La Nobel 2015 vuelve a concentrarse en este libro en hombres y mujeres comunes, los que viven los cambios políticos y sociales y el desencanto, damnificados, víctimas y hasta verdugos, sin remitirse a versiones oficiales o a las estadísticas tramposas del régimen, lugares comunes del periodismo actual.

 

Los materiales recopilados por Alexievich después de la caída de la URSS, que incluyen centenares de entrevistas a sus ex compatriotas, se presentan divididos en dos partes en esta flamante traducción de Jorge Ferrer al español, en la que incluso se cambia el nombre de la escritora, que pasa a ser “Aleksiévich”. La primera agrupa los coros de testimonios de 1991 a 2001, y la segunda, de 2002 a 2012, bajo el subtítulo en cada capítulo de “El rumor de la calle y las conversaciones en la cocina”.

 

En esos testimonios –anónimos, como en La guerra no tiene rostro de mujer (1985), sobre la Segunda Guerra Mundial; Voces de Chernóbil (1997), Los chicos de zinc (o Ataúdes de zinc, 1989), sobre la invasión soviética a Afganistán; o El hechizo de la muerte (1993), sobre los suicidios tras la Perestroika, sus otros cuatro libros–, Alexievich literalmente se mete hasta la cocina, único espacio de libertad en la URSS, como dice uno de los cientos de protagonistas de El fin del ʻhomo soviéticusʼ.

 

“Nuestras cocinas eran mucho más que el espacio de la casa destinado a preparar los alimentos: servían también de comedor, de salón donde recibir a las visitas, de despacho y de tribuna. Un espacio donde realizar sesiones de psicoterapia de grupo. En el siglo XIX la cultura rusa nacía en las haciendas de los nobles; en el XX, en las cocinas. También la Perestroika nació en las cocinas. La generación de 1960 es la generación de las cocinas. ¡Gracias a Jruschov! Fue durante su gobierno cuando los soviéticos abandonamos los apartamentos comunales y pudimos por fin tener cocinas propias en las que criticar al poder sin temor, porque a nuestras cocinas sólo accedían los nuestros. En ellas nacían toda suerte de ideas y proyectos fantásticos. Nos contábamos chistes… ¡Era la apoteosis del humor! «Comunista es aquel que ha leído a Marx; anticomunista es aquel que lo ha comprendido»”, relata una de esas voces.

 

A lo largo de estos testimonios, también se encuentra en desencanto de los rusos por su nueva vida tras el fin del comunismo y el nuevo régimen que trajo la Perestroika. “La democracia era un animal salvaje que nunca habíamos visto de cerca. Corríamos como locos a los mítines. Imaginábamos que conoceríamos de golpe toda la verdad sobre Stalin y el Gulag, leeríamos Los hijos de Arbat, de Ribakov, y otros libros espléndidos que habían estado prohibidos, y nos convertiríamos en demócratas. ¡Qué equivocados estábamos!”, explica otro de los homo soviéticus entrevistados por la Nobel 2015, quien el pasado fin de semana llegó ya a Estocolmo para cumplir una serie de actividades previas a la recepción del premio, entre ellas la conferencia que dictó este lunes 7 en la Academia Sueca y la asistencia al Museo del Nobel, donde donó cinco grabaciones a la colección de esa institución.

 

Justo gracias a las múltiples voces anónimas reunidas en este libro se puede entender el argumento de la Academia Sueca para otorgar el Nobel de Literatura 2015 a esta periodista, bielorrusa pero nacida en Ucrania: “Sus escritos polifónicos son un monumento al sufrimiento y al coraje de nuestro tiempo”.

 

Tal vez por eso Alexiévich está consciente que su breve obra es repetitiva en la técnica y recursos periodísticos y literarios que utiliza en sus libros, porque es única. “He escrito cinco libros, pero en realidad llevo casi 40 años escribiendo una única obra, consistente en hacer la crónica de lo que fueron los Gulag, las guerras, la catástrofe de Chernóbil y la desintegración de la URSS. Atrás queda un mar de sangre y una gigantesca fosa común”, dijo Svetlana Alexievich en alguna entrevista tras el Nobel.

 

Ella misma sostiene que buscó un género que le permitiera la mayor aproximación posible a lo que ella ve y escucha en el mundo. “Finalmente escogí el género de las voces y confesiones humanas”, dice Alexievich, quien se inició en la literatura escribiendo poesía y estuvo en México en 2003. “La historia de una vida, o más bien la evidencia documentada de esa historia, nos acerca más a la realidad”, añade.

 

Sobre El fin del ʻhomo soviéticusʼ, la flamante Nobel comenta en la nueva edición en español que “el comunismo tuvo un proyecto insensato: rehacer el hombre nuevo, al viejo Adán, y lo consiguió. En setenta y pocos años, el laboratorio del marxismo-leninismo creó un singular tipo de hombre, el ʻhomo soviéticusʼ”, escribe la Nobel para quien aún existe este ʻhomo soviéticusʼ, que no son solamente los rusos, sino los ucranianos, los bielorrusos, los kazajos.

 

Curiosamente, el libro que está terminando Alexievich, que llevaría el título de El venado maravilloso de la eterna cacería, también es un coro que esta vez está dedicado a las historias de amor, según señala en su portal oficial. En él, hombres y mujeres de diferentes generaciones cuentan sus historias. “He estado escribiendo libros sobre cómo la gente se mata entre sí, cómo muere. Pero eso no es lo único en la vida humana. Ahora estoy escribiendo acerca de cómo las personas se aman unas a otras. Y una vez más me hago la misma pregunta, esta vez a través del prisma del amor: quiénes somos nosotros y en qué país vivimos. El amor es lo que nos trae dentro de este mundo. Quiero amar a la gente. Aunque es difícil amarla. Y se está haciendo cada vez más difícil”, escribe en su portal oficial.

 

Esperemos que la traducción al español del resto de su obra se acelere tras el Nobel, que le fue anunciado mientras planchaba y para el cual Alexievich dio un duro discurso de aceptación.

 

 

*FOTO: La periodista bielorrusa recibió este 10 de diciembre el Premio Nobel de Literatura 2015/Especial

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