Yorgos Lanthimos y el simulacro creador

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Basada en el libro de Alasdair Gray, Pobres criaturas navega entre la ciencia-ficción y la comedia negra para aproximarse al resplandor y autodescubirmiento de una joven victoriana

 

POR JORGE AYALA BLANCO
En Pobres criaturas (Poor Things, Irlanda-RU-EU, 2023), excéntrico film 7 del ateniense de culto apenas a sus 50 años Yorgos Lanthimos (de Diente de perro 09 a La favorita 18), con guion de Tony McNamara basado en la novela homónima de Alasdair Gray, el cuestionador estudiante de medicina Max (Ramy Youssef) consigue hacerse tutelar en el Londres victoriano por el monstruoso doctor eunuco otrora víctima corporal de atroces experimentos paternos God Baxter (Willem Dafoe), en cuyo laboratorio casero conoce a su pupila Bella (Emma Stone) y se enamora de ella, una rica mujer embarazada que se suicidó tirándose desde un puente y fue resucitada luego de trasplantársele el cerebro de su propio bebé, por lo que la renacida, dando traspiés espasmódicos, primero debe crecer y madurar antes de casarse, si bien, siempre imponiendo su voluntad mediante pavorosos berrinches, se deja seducir de repente por el aventurero abogado portugués Duncan (Mark Ruffalo) que se la lleva a su Lisboa natal, la hace enloquecer al contacto con el mundo exterior y la inicia sexualmente en los “saltos furiosos”, a los que ella se aficiona con una inmoralidad total que va a desatarse durante cierta travesía en un Barco que, al arribar al puerto de Alejandría, contempla los autoaniquiladores celos machistas y la ruina de Duncan, cuya fortuna dilapida la generosa Bella para ilusoriamente evitar la muerte de niños ciegos, hallándose después sola en París, donde se prostituye gozosamente en el lujoso burdel de la enana deforme Swiney (Kathryn Hunter) y donde se hace politizar adoptivamente por la lésbica afrorramera socialista Toinette (Suzy Bemba), previo al retorno vencedor de una intempestiva Bella madura a Londres, para testimoniar que su hacedor ya terminal God ha creado otra precyborg como ella de nombre Felicity (Margaret Qualley), y para que sus aplazadas nupcias propias con el arribista médico todoaceptante Max se vean interrumpidas por el general Alfie (Christopher Abbott), el primitivo esposo sádico de Bella (cuando aún se llamaba Victoria), quien la vuelve de nuevo su esclava y prisionera ahora lecturienta, hasta ser baleado liberadoramente por esa fría mujer resurrecta y pronto dueña empoderada del simulacro creador.

 

El simulacro creador se divide en seis segmentos, cada uno de ellos bajo el signo de la más sensorial provocación visualista y con el nombre de un ámbito dominante: Londres, Lisboa, El Barco, Alejandría, París y otra vez Londres, que a la vez equivalen a rapsodias de odisea homérica, cantos dantescos, memoriosas evocaciones proustianas, frankensteinianos delirios-glosa de Mary Shelley por fin releída y aumentada, didácticas etapas goethianas para el crecimiento interior y la formación del carácter, estaciones de viacrucis fassbinderiano, o salidas-lances de caballerías quijotescas, cual falsa cine-novela de aventuras, pero en todos esos trozos impera una asombrosa continuidad de estilización, artificialmente prefabricada b/n-color y a base de altas dosis de la lente ojo de pescado ya probada-fatigada por el mismo fotógrafo Robbie Ryan en La favorita, ultrabarrocas escenografías alucinantes, virtuosísticas actuaciones que confunden la diversificada expresión física teratológica con la profundidad, congestionados efectos ópticos heredados de los hermanos Quay y del canadiense Maddin (Drácula: páginas del diario de una virgen 01), y por encima de todo la tiránica música distanciante de Jerskon Fendrix en el límite del concreto chirrido erizante y el hechizo percutivo.

 

El simulacro creador juega así a fondo con los géneros y subgéneros fantásticos, clásicos y actuales y en formación, destellantes y encandiladores: fábula neogótica, ciencia ficción anacronizante (hoy tecnológicamente denominada steampunk), comedia negativa, antidrama épico, paroxismo operático y humor negro, merced a un astuto diseño de producción de Shona Heath y James Price equilibrador de una imaginativa y visionaria mezcla de elementos a un tiempo retro y superavanzados, para preparar una pócima fílmica que es de hecho una deliciosa copa de veneno.

 

El simulacro creador semeja además, estructuralmente, una caprichosa sucesión de epifanías que corresponden a los caprichos y las pulsiones de la inasible Bella Baxter, vista entonces por dentro y por fuera, al hilo de sus embestidas y sus deseos recónditos e inconfesables confesos, epifanías deambulatorias como el omnirrevelador vagabundeo lisbonense, epifanías políticamente incorrectas como la lección de cópula dictada/voyerizada por niños en un aula, epifanías atisbadas como el aprendizaje por Bella de prácticas sadomasoquistas cual estridente desfile o catálogo de perversiones a lo Krafft-Ebing, epifanías gloriosas en el contacto con la comprensiva proxeneta contrahecha y la afrocolega prostibularia, y digresivas epifanías a contrasentido que ponen críticamente en relieve el subsumido realismo represor del ama de llaves Prim (Vicki Pepperdine) y la desarmante parálisis de la lúcida pasajera Martha (Hanna Schygulla), análogamente inicuas.

 

El simulacro creador culmina finalmente en una espléndida y anticlimática navegación hacia los orígenes del feminismo sexoliberacionista radical, aquél que cruza, muy clara pero también metafóricamente, por los pasos trastabillantes, la maduración del cerebro infantil, la rebelión contra el padre-dios y sus adláteres sucesorios, el desafío a las leyes, la revuelta en frío contra todo lazo esclavista, la aceptación de la ternura gender como el sentimiento más fuerte posible y la asunción de un destino curador y restañador como sólo puede serlo la medicina futurista en la época victoriana de cara al presente.

 

Y el simulacro creador no cede en su esteticista afán transfigurador, hasta no consumar la cruda invención afelpada y tranquila de una Prometea femenina estudiando para su examen académico de anatomía, flanqueada por su marido militar-perro y en los brazos de la afroamiga escanciadora del porvenir.

 

 

 

FOTO: Pobres criaturas está protagonizada por Emma Stone y nominada al Oscar por “Mejor actriz”. /Especial

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