Concierto provinciano en Bellas Artes

Jun 2 • Miradas, Música • 1249 Views • No hay comentarios en Concierto provinciano en Bellas Artes

La pobreza de sus solistas y la disparidad instrumental fueron las constantes en la presentación en el Palacio de Bellas Artes de la Orquesta de Cámara Amadeus de la Radio Polaca

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POR IVÁN MARTÍNEZ

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El pasado 19 de mayo, se presentó en la Sala principal del Palacio de Bellas Artes la Orquesta de Cámara Amadeus de la Radio Polaca, una orquesta residente en la ciudad de Poznan. Llegaron bajo la batuta de su directora fundadora y artística desde 1968, Agnieszka Duczmal y ofrecieron un programa de atractivo balanceado entre lo novedoso, lo local y lo tradicional. Como siempre, recibir una orquesta extranjera visitante enriquece la cartelera de nuestro máximo recinto y el programa ameritaba el adjetivo de “imperdible”.

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La orquesta abrió con una lectura rítmicamente correcta, limpia, de la que quizá sea la pieza para orquesta de cuerdas más popular del repertorio mexicano, la enjundiosa Metro Chabacano de Javier Álvarez (1956). Aunque se agradece el compromiso con el que tocaron y la deferencia hacia el público al incluir un clásico del país a donde se llega como huésped, faltó un poco precisamente de esa enjundia sabrosa que se consigue no sólo con precisión rítmica, sino con una energía producida por un sonido de más hondura y por intenciones de fraseo que debían ser un tanto menos frías.

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Sirvió como obertura y, al ser un ensamble que no conocía, para diseccionar rápidamente las cualidades sonoras primarias que distinguen a la orquesta: es curioso que una orquesta que tiene casi 50 años funcionando, no haya logrado aún tener un sonido amalgamado, que a pesar de sonar juntos y ser afinados, como cuerdas no hayan logrado aún un sonido robusto como ensamble, que no hayan conseguido sonar como un solo instrumento. Más curioso, que en esos 50 años no lo haya logrado la misma directora, teniendo además a un mismo concertino con el que ha compartido como líder los últimos 30.

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Siguió la audición del Concerto-Notturno para violín y orquesta de cuerdas de Mikolaj Gorecki (1971), hijo del famoso compositor polaco. Un “conciertito” más bien ramplón, anodino en contenido y simplón en forma, de una pobreza armónica sólo comparable con la de la escritura para el solista, que no tendría mayor interés de no ser por el apellido de quien lo compuso y por haberse tratado de un estreno aquí. El solista fue el concertino de la agrupación, Jarowslaw Zolniercyk, intérprete de características igual insípidas como músico que pobres como violinista: es probable que su sonido tan chiquito no haya llegado más allá de la luneta, su vibrato es inestable y su arco poco controlado, sobre todo en pasajes legato.

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Duczmal continuó el programa con una orquestación de la Sonata para piano no. 14 del op. 27 de Beethoven, la conocida como “Claro de luna”, encargada a Jakub Kowaleski. La interpretación no fue profunda en sonoridad o construcción del discurso, pero lo que me llamó la atención fue la disparidad en el trabajo instrumental de quien hizo esta orquestación. El primer movimiento fue tan simple, sólo repartiendo las líneas del original para piano, como tan pensado el tercero en la repartición de materiales a conciencia entre las posibilidades colorísticas de cada instrumento.

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Llegó el intermedio y dudé en salir, pero hasta ahora, fuera del Metro Chabacano, no habían existido realmente oportunidades de lucimiento real, sonoro o discursivo, ni para la propia orquesta ni para el trabajo de la directora. La pobreza de lo escuchado con su solista y la disparidad en la Sonata podía deberse casi exclusivamente al poco material ofrecido en el papel. Así que la Serenata de Tchaikovsky, programa para la segunda parte, debía poder ofrecer algo más de sustancia a la tarde.

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No pudo ser mejor muestra para caracterizar ambos nombres. La lectura fue tan rudimentaria, que más bien habría que calificarla como ranchera, ya cercana a lo vulgar. En general el fraseo fue incisivo, sonó agresiva, sobrearticulada. Los tempi elegidos para los cuatro movimientos fueron demasiado rápidos, ya donde el andante no se disfruta y donde el allegro es inentendible; poco controlada, hubo pasajes en los violonchelos y las violas que se escucharon barridos.

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Duczmal se mostró desapegada, fría, lástima que no calculadora. Su expresión era de brazos extendidos, de amplios gestos, pero no en los pasajes correctos, no muy claros e incluso en algún pasaje del movimiento final, dos compases adelantada al marcar el regreso al tempo primo. La orquesta, por sí sola, se evidenció como un ensamble modesto, provinciano en el peor sentido de la palabra. Ecléctica en su paleta de recursos expresivos, pero todos ellos siempre fuera de lugar.

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Todavía ofrecieron dos encores: un pedazo de la obertura a Guillermo Tell de Rossini bastante descuidado, imposible de articular en sus pasajes de semicorcheas, y una piececita de Leroy Anderson que resultó simpática por haber escuchado silbar virtuosamente a una de las violonchelistas.

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Es claro que la orquesta no tenga visibilidad fuera de Poznan, como que Duczmal no la tenga más allá de esta orquesta que ella fundó, pero después de escuchar a todas las orquestas de cámara inglesas que nos han visitado los últimos años, o de haber programado en el mismo escenario, el mismo mes, a violinistas como Gluzman, Mason y Hadelich, no queda claro el estándar de programación del máximo recinto del país.

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FOTO: Con un programa que incluyó temas de Gorecki y Beethoven, Metro Chabacano, de Javier Álvarez, fue la pieza mejor ejecutada por esta orquesta. /Cortesía Bellas Artes.

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