Abdelá Taia, la dualidad frente a la cultura francesa

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Durante los últimos años, el escritor marroquí Abdelá Taia ha sido una voz disidente que navega en contra de los arcaicos usos y costumbres de los jóvenes musulmanes que buscan en Francia fortalecer su identidad

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POR INGRID DE ARMAS

 

Abdellah Taia (Marruecos, Rabat, 1973), autor de origen árabe, ha escrito ocho novelas en francés, traducidas a varios idiomas, incluyendo el español. Sus obras han obtenido reconocimientos y han sido candidateadas a premios literarios prestigiosos en Francia como el Goncourt o el Renaudot. Pese a una extracción social modesta, Taia desafió la pobreza e ingresó a la universidad Mohamed V, en Rabat, donde se especializó en literatura francesa. En 1998 una beca lo condujo a París, donde desde ese entonces reside y escribe.

 

Pero su sueño, como nos dice, siempre fue el de ser cineasta. Las películas del conocido director egipcio Yusef Chahine, vistas en Marruecos desde la infancia, alimentaron esos deseos. El ejército de salvación, film inspirado en su novela homónima, marca en 2014 el inicio de una carrera cinematográfica.

 

El hecho de haber escogido el francés como lengua literaria no estaba claro al principio de sus estudios y de su vida de escritor. Se expresaba en árabe o en el dialecto marroquí como la inmensa mayoría de la población en su país natal y no se sentía particularmente atraído por el francés: “Solamente una pequeña élite económica, no intelectual, habla francés. Lo hacen en sus casas, entre ellos. Tal vez 90 o 95% de la población habla a diario en marroquí, en árabe. Yo vengo de ese mundo”. En su época de estudiante inició un diario íntimo en francés y fue a partir de esa experiencia que devino un autor francófono. No obstante, hace una aclaratoria de peso: “Nunca me sentí fascinado por la lengua francesa ni por Francia y menos aún por la idea de convertirme en escritor. En mi cabeza, eso era para burgueses. Para mí, cuando era pequeño, ser escritor era algo burgués. Y hoy sigo pensándolo”.

 

Lo menos que puede decirse es que su relación con el francés ha sido en todo momento conflictiva, producto de un choque de culturas, del rechazo del colonialismo, de la hostilidad hacia la lengua de la cultura dominante: “Observaba que los marroquíes ricos continuaban de alguna manera la colonización francesa, al excluir a sus compatriotas pobres cuando les hablaban en francés. Eso siempre me pareció extraño y me preguntaba si no les daba vergüenza. Ni siquiera se lo planteaban. Siguen prolongando una forma de colonización francesa y se supone que uno debe aceptar ese avasallamiento social y político. Al mismo tiempo recibirlo, olvidarlo y enamorarse de Francia y de la lengua francesa. ¡No es posible! Fue así que se forjó mi relación con el francés”.

 

Resultaba lógico desembocar en un repudio del francés en tanto que idioma del colonizador, que instrumento de sumisión. Taia se prometió no emplearlo nunca, no utilizarlo jamás como medio de expresión. Sin embargo, en el camino, desde su etapa de estudiante, cambió de punto de vista. Sin duda, la vida lo obligó a modificar el rumbo: “Comprendí que no tenía otra alternativa y empuñé esa arma, el francés, para volverla contra el poder en Marruecos. En otras palabras, para salir un poco de la pobreza. Jamás recurrí al francés pensando que iba a liberarme porque era el idioma de Voltaire, Descartes y Choderlos de Laclos. Todo eso estaba muy lejos de los pobres, tal vez los ricos sabían todo eso pero yo lo veía como un instrumento de poder. Y un día me dije que debía dominarlo, utilizarlo para dejar atrás la pobreza”.

 

En resumidas cuentas, Abdellah Taia está continuamente inmerso en una contradicción, la de cuestionar la lengua y la cultura francesas y a la vez utilizarlas como herramientas de trabajo intelectual y de militancia por la causa homosexual y LGTB.

 

 

Ecos autobiográficos
Desde su primera novela, Mi Marruecos, Taia echa mano de diferentes etapas de su vida para construir argumentos, historias y personajes. Y lo admite sin ambages: “Para mí todo es autobiográfico a 100%. La ficción pura me parece una mentira total y no me interesa. En cuanto me puse a escribir, lo que salió sin que reflexionara fue mi realidad, la de la gente de mi entorno y del barrio donde vivía. Esa realidad significaba para mí en ese momento la verdad. A partir del instante en que estimo que estoy ante la verdad, olvido la idea de ficción y escribo sobre la verdad que para mí no puede ser sino autobiográfica”.

 

Abdellah Taia se inscribe al menos en gran parte en la corriente de literatura sin ficción, practicada por muchos autores en Francia. Tiene plena consciencia de la opción que ha seleccionado, pero advierte que no por ello el trabajo literario es menor: “Aunque un texto sea autobiográfico hay que construirlo. Los elementos de vida no se pueden lanzar de manera bruta en el papel. Se necesita mucho trabajo de preparación y de construcción literaria. Eso es fundamental. Poco interesa la fuente del contenido, saber si el texto es de ficción o no. Lo más importante es cómo se dicen las cosas, cómo se logra que sean simples y accesibles, cómo se organizan los párrafos, cómo se insertan los diálogos, cómo se introduce la voz interior. En tanto que autor, me parece lo más apasionante”.

 

En esta línea, novelas como Mi Marruecos (2000) o la obra epistolar El que es digno de ser amado (2017), entre otras, son esencialmente autobiográficas. No obstante, cada una corresponde a experiencias y actitudes diferentes, dictadas por la relación del momento con el contexto sociocultural francés y de su país. La distancia que las separa en el tiempo no ha sido suficiente para desviar al autor de su objetivo: poner en escena diferentes etapas de su vida con las implicaciones que las acompañan. “Cuando escribí Mi Marruecos acababa de llegar a Francia, vivía un momento de conquista de París. Me convencí de que no me iba a dejar intimidar por las grandes editoriales aunque careciera de recursos. No lo veía como un obstáculo. Pensaba que aunque me cerraran las puertas, iba a escribir y a publicar. Era una dinámica ambiciosa. Pensaba que en Marruecos no llegaría a nada. Mi impulso era inocente, ingenuo y casi arribista, en el buen sentido. Me decía: estoy en París y tengo que llegar a algo. Ni siquiera tenía documentos franceses de identificación. Cuando escribí El que es digno de ser amado ya conocía bien Francia, la política, las clases sociales, el poder y cómo el poder entra en la vida de la gente. Cuando llegué no me sentía como un árabe en Francia, hoy todo me dice que soy un árabe en Francia. El desafío en esa novela es el de cómo existir, cómo resistir a ese nuevo papel que Francia asigna a los inmigrantes, a los migrantes, a los que son diferentes, incluyendo a alguien como yo”.

 

Desde la primera novela su homosexualidad es un tema capital. En El que es digno de ser amado el protagonista reivindica su condición de homosexual y la violencia de la pasión de los protagonistas es el centro del libro. La recurrencia del asunto en su narrativa ha llevado a afirmar que el autor es una suerte de portavoz de los homosexuales árabes, en razón de las leyes que los fragilizan y condenan en los países de cultura musulmana. Taia lo niega de plano: “No es porque sea homosexual árabe, marroquí y musulmán que los represento a todos. Nunca he deseado ser su portavoz, es sólo que las circunstancias me lo han impuesto en ocasiones”.

 

Para Abdellah Taia hablar de su homosexualidad es lógico porque forma parte de su vida: “Cuando escribo, mi homosexualidad, incluso la cuestión LGBT, surge de manera natural. Y a la vez tengo una conciencia política de ello. No aíslo a los personajes LGBT en rincones, en ghettos. Los mezclo con otros personajes, como el de mi madre o los de los habitantes de mi barrio. Hay que evitar los ghettos que la sociedad les reserva tanto en Marruecos como en París. En mi literatura, desde Mi Marruecos, los cuerpos se tocan, se entrelazan. Es una constante. Me gusta la ambigüedad, mientras que en Occidente lo relativo al sexo es bastante delimitado”.

 

La figura de la madre es fundamental en su narrativa. No se trata de una presencia idealizada sino de un personaje real, áspero, reproducido tal como es en un contexto social de mucha pobreza. Para bien o para mal. Con el respeto que merece como personaje: “Mi madre analfabeta es tan importante como Simone de Beauvoir. Tuvo que batallar para alimentarnos, a veces mendigar, manipular a la gente, ser mala; todo eso para poder construirnos una casa. Hoy estimo que su combate es legendario y que debo reconocer el valor existencial, político e incluso artístico de sus gestos. El Occidente no tiene idea de todo eso. Me toca conducir al personaje de mi madre y situarlo a la altura literaria que merece”.

 

Aun así la trata sin miramientos, ateniéndose sólo a la verosimilitud del personaje, con el objetivo de que su psicología cuadre con la realidad: “Expreso la verdad porque aun cuando se quiera defender a los oprimidos, a los pobres, no se pueden crear personalidades fáciles, simples, positivas”.

 

Abdellah Taia se niega a crear personajes esquemáticos, estereotipados: “Todos somos complicados, buscamos la verdad pero también somos manipuladores, seducimos al otro y al mismo tiempo lo rechazamos. No veo por qué al escribir sobre mis padres y hermanos los transformaría en seres amables, positivos. Mientras más expreso elementos negativos de ellos, incluyendo la relación con el mal, me parecen más interesantes. De allí la idea de presentarlos en la ambigüedad total, que para mí es la figura literaria suprema”.

 

 

Referencias literarias
El autor marroquí Mohamed Choukry, en especial con El pan a secas, y el norteamericano Paul Bowles tienen resonancia en el trabajo de Taia. Asimismo, el novelista subraya la importancia de Cartas de la monja portuguesa en su narrativa: “Es el libro que más me representa. Jamás he sentido eso por otra obra y me dije que un día tenía que escribir un libro que se pareciera a ese. De allí la estructura de El que es digno de ser amado. Aprendí con ese libro la fuerza de la carta como técnica literaria. Pese a que se dirige a otra persona, nos concierne de inmediato, hay una inmediatez en la recepción y en la voz. En mis cartas escogí voces radicales, impregnadas de cólera, sin sentimientos”.

 

El autor estima que la presencia más fuerte en sus novelas, la que desde su infancia sentó las bases de su formación, viene de la oralidad. La voz de una vieja tía, prostituta en su juventud, fue la que más lo impactó: “A sus 75 años continuaba contándonos historias. Pero no relatos legendarios como los de Las mil y una noches. Nos contaba su vida y tenía una capacidad extraordinaria para transformar esas anécdotas en relatos. Utilizaba el mismo relato varias veces, lo contaba y volvía a contar, lo modificaba, lo transformaba y, sobre todo, lo manipulaba. Pienso que me convertí en escritor gracias a la voz de esa tía prostituta y a su poder de seducir al otro con sus historias reelaboradas”.

 

Para Abdellah Taia la literatura es el arte de la manipulación y como tal tiene que saber manejar palabras y sentimientos, no necesariamente para expresar el aspecto positivo de las cosas: “Para mí la literatura es desnudez, es lo subterráneo, lo negro, el desespero. Ello no quiere decir que rechace la vida y el mundo. Tengo la impresión de que mientras más uno se refiera a lo negro, más se inserta en la vida”.

 

En el ámbito de lo negro incluye todo aquello relacionado con tragedias personales, con la complejidad de los desafíos post coloniales como telón de fondo. Después de todo, como señala el autor, aunque se quiera olvidar la dominación colonial, no es posible: “Es demasiado reciente”. La independencia data apenas de los años 50. Existe aún la idea, según Taia, de que se está muy lejos de la grandeza de Francia y su cultura, como si Marruecos se sintiera condenado a la pequeñez y a la pobreza. Insiste en que la influencia francesa está todavía allí, que se siente en la política, en el mundo intelectual, en la geografía, en la arquitectura: “Es imposible que no hable de ello”.

 

FOTO: Taia es el primer intelectual marroquí, en la historia, en declararse abiertamente homosexual./ Abderrahim Annag

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