May el-Toukhy y la femiculpa inescrupulosa

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Reina de corazones es la historia de una exitosa abogada decide seducir al hijo que su marido tuvo de una primera relación, lo que le provocará tensiones familiares y dilemas éticos

 

POR JORGE AYALA BLANCO

En Reina de corazones (Dronningen, Dinamarca-Suecia, 2019), cerebral opus 2 de la danesa también directora de dramas radiofónicos y episodios de TVseries galardonadas de 42 años May el-Toukhy (cortos previos: Stereo 01 y El fardo del hombre blanco 03; primer film: Larga historia breve 15, sobre sublimes amoríos efímeros), con guion suyo y de Maren Louise Kaëhne, la acomodada e implacable abogada defensora feminista ya en triste madurez Anne (Trine Dyrholm) vive en la gélida molicie de una opulenta mansión boscosa, adora a sus prepúberes hijitas gemelas (Liv y Silja Esmär Dannemann) a quienes les lee una programática Alicia en el país de las maravillas y tanto se involucra en los litigios que se atreve a encarar en un estacionamiento al humillador victorioso de una de sus sucesivas clientas víctimas de abuso violento, pero como retribución afectiva solo cuenta con la confianza de su hermana manicurista Lina (Stine Gyldenkerne), la repelente amistad de aburridos académicos y la desglamurizada compañía amatoria de un atareado esposo médico hipercivilizado Peter (Magnus Krepper), muy intermitentemente coital y apenas cediendo a las insistentes solicitudes de ella, formando un insatisfactorio núcleo, en contraste con la suntuosidad que la rodea y cuya aparente armonía pronto se verá amenazada por la forzada incorporación del problemático hijo adolescente de una primera pareja del marido, un transgresor Gustav (Gustav Lundh) de nariz quebrada e inquietante rebeldía que roba sin miramientos en su propio hogar y mete ocasionalmente a una chava libérrima en casa cuyo placer sexual, escuchado en off, perturba a la docta madrastra, sobre todo al contemplar su propio cuerpo envejeciente ante el espejo, por lo que poco después seduce al muchacho, lo goza a escondidas por una temporada, lo bota cuando los descubre la conservadora hermana Lila cómplice a la fuerza, y el chavo acabe confesando la relación clandestina al padre, sólo para enfrentar a la severa adúltera que lo niega todo, se victimiza y lo hunde cual vil abogángstera y paulatinamente va orillándolo a la desgracia como si nada hubiera pasado en este acoso activo/pasivo de la femiculpa inescrupulosa.

 

La femiculpa inescrupulosa desencadena y estratifica un trastornante drama sexocéntrico familiar que se expande en el acuñamiento (acuña miento) y resguardo al extremo de modernos (y tan antiguos) secretos de familia, en la frustración tardía del deseo, pero sobre todo en la sagrada necesidad que siente la mujer de ser vista, de hacerse presente y deseable ante la mirada de su compañero sensual y de vida, secretando un personaje femenino tan complejo como es posible, cuyo comportamiento puro funge a la vez como revelación y ocultamiento de una psicología oscura, para generar una de las villanas más fascinantes del cine actual, a la altura de la cortesana para diplomáticos con harem de Lolitos en la fundacional minimalista hipnótica India Song (Akerman 75) o los devastadores retorcimientos masoquistas de Isabelle Huppert (La pianista/ Abuso de debilidad/Elle), siempre más allá de una simple erótica femitransgresora.

 

La femiculpa inescrupulosa quiere indagar en la naturaleza del mal (¿estaremos ante una versión femenina del demoniaco paisano Lars von Trier?), a través de una suerte de relectura a modo de la novela gótica clásica inglesa, pero, a diferencia de históricos especímenes representativos como Los tres peligros del hombre de James Hogg (1822), aquí la maldición de las tres W (War, Women, Witchcraft) opera por medio de una guerra vuelta contienda de escaramuzas domésticas, las mujeres se reducen a una calculadora conciencia vulnerada o inteligencia sensible, y la brujería se ejerce desde un estado insatisfactorio-omnicompensatorio y el sexo explícito en la alcoba, pues el viejo castillo infestado tiene las formas de una suntuosa mansión-cristal baldía, los asedios por hambre se han tornado legítima hambre de cópula, y la malignidad perversa ya no requiere de profecías ni hechizos, ni banquetes-aquelarre ni ritos satánicos, ni sobrenaturales poderes maléficos ni mutaciones en bestia, ni irrupciones demoniacas ni invocaciones al Anticristo (¿y el Anticristo eres tú?), ya que basta y sobra con la firme y sinuosa voluntad femenina empecinada y sin miramientos.

 

La femiculpa inescrupulosa adopta, de insidiosa manera desconcertante, una estructura cíclica que anuda prólogo e impunes remates anecdóticos a la vez sádicos cuanto amorales, arrancando y retomando en sitios narrativos clave el enderezamiento de una visión chueca del bosque de abetos fálicos que rodea a la antiheroína abusadora sexual, retorcida a imagen y semejanza de su alma expresionista, tal como lo delinea la magnífica intérprete Dyrholm, sacrificial a rajatabla pese a todo, tanto como su expansiva traducción fílmica a través de una poderosa fotogenia escritural, gracias a la elegante conjunción de una fotografía semiabstracta de Jasper J. Spanning (esa noticia funesta comunicada por el padre a su esposa en distante plano fijo), una edición de Rasmus Stensgaard Madsen disponiendo a veces un solo inmersivo plano escueto para definir cierta situación (el close-up del padre contando con los ojos cerrados en el juego infantil de cumpleaños) y una música de Jon Ekstrand que parece la atribulada recomposición prematura en continuum de un mundo de antemano hecho pedazos, elevando el simple cuento verde cínico (he ahí las irónicas consecuencias funestas de un rápido antojo sexual) a nivel de tragedia clásica helénica con el Hipólito coronado del psicologista Eurípides antincestuoso a la cabeza, la tragedia que atenta contra la felicidad y los afectos de todos los demás, para aniquilar con crueldad al débil adversario.

 

Y la femiculpa inescrupulosa indaga así en la esencia de la culpa que iguala y une, pero desde el silencio remordido de una luctuosa música visual y mental, casi mística, en un vacío posterior a la destrucción y el amor.

 

FOTO: Reina de corazones está protagonizada por Trine Dyrholm y Gustav Lindh./ Especial

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