La antropología del agua (fragmentos)

Nov 21 • destacamos, Ficciones, principales • 6400 Views • No hay comentarios en La antropología del agua (fragmentos)

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La escritora canadiense, quien este 16 de octubre recibió el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2020, está considerada como una de las poetas más importantes de la actualidad en lengua inglesa. En estos fragmentos, hace una exploración sobre el deseo y la convivencia de los amantes

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POR ANNE CARSON

Versiones de Mauricio Montiel Figueiras
El agua es algo que no se puede sujetar. Como los hombres. Lo he intentado. Padre, hermano, amante, amigos auténticos, fantasmas hambrientos y Dios: uno tras otro se han ido entre mis manos. Quizá así es como debe ser: lo que los antropólogos llaman “riesgo normal” en el encuentro con culturas ajenas. Fue un antropólogo el primero que me habló del riesgo. Subrayó la importancia de usar “encuentro” en lugar de (digamos) “descubrimiento” al abordar tales cuestiones. “Piensa ––dijo–– que es como la diferencia entre creer lo que quieres creer y creer lo que se puede demostrar.” Lo medité. “No quiero creer en nada”, dije. (Pero mentía.) “Y no tengo nada que demostrar.” (De nuevo mentía.) “Lo único que me gusta es viajar por el mundo y detenerme a mirar lo que yace bajo el cielo.” (Esto, de hecho, es verdad.) En este punto, él mencionó con crueldad una cultura que había estudiado y en la que las vírgenes verdaderas y falsas se identifican mediante un suplicio de agua. Una virgen intacta puede desarrollar la habilidad de bucear en las profundidades; una mujer que ha conocido el amor, por el contrario, terminará por ahogarse.

 

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Creo que fue Kafka quien tuvo la idea de atravesar Europa nadando, río tras río, y planeó hacerlo con su amigo Max. Su salud, por desgracia, no se lo permitió. De modo que empezó a escribir una parábola sobre un hombre que nunca había aprendido a nadar. Una fría tarde de otoño, el hombre regresa a su pueblo natal para verse aclamado por un triunfo olímpico en nado de espalda. En medio de la calle principal se ha instalado un podio. Cauteloso, él comienza a subir los peldaños. Los últimos rayos del sol le dan directamente en los ojos, cegándolo. La parábola se interrumpe cuando las autoridades del pueblo se presentan portando guirnaldas, que rozan la cabeza del nadador. Me gustan los personajes de las parábolas de Kafka. No saben cómo hacer las preguntas más sencillas, mientras que a ti y a mí nos podría parecer ––según decía mi padre–– algo tan evidente como una puerta en el agua.

 

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Desear y ser deseado: ¿puede haber algo más sencillo? Una mujer, solía decir mi padre, es incapaz de contar una historia sencilla. De acuerdo: aquí está el video. Mira cómo el deseo viaja hacia el país en tinieblas de otra alma, a un lugar donde el precipicio simplemente se interrumpe. Una luz fría, casi lunar, lo ilumina. Era una noche de luna llena, hará cosa de un año, cuando fui por primera vez a su casa. Me había puesto un vestido gris con botones; sin advertirle que era la primera noche que iba a casa de un hombre, comí pollo. Luego él lavó cuidadosamente cada plato. De pie ante el fregadero, enjuagó cada plato. De pie ante el fregadero, secó cada plato y me dijo, girando: “Me gusta ese vestido.” (¿Por qué?) “Porque hay muchas formas de quitártelo.” Quien se siente un tesoro no tarda en perderlo, observa la sabiduría clásica china. ¿Qué hace que la vida sea vida y no una historia sencilla? Trozos dentados que se mueven y nunca están quietos a lo largo de una pared.

 

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Legiones de planetas rojos cubren Utah. Se apilan hacia arriba igual que mullidos kimonos estriados de seda verde. A la distancia todo parece elástico: túmulos de masa carmesí moldeados y horadados por las manos de quién sabe qué aire o mar ancestral. El emperador salta de roca en roca delante de mí, gritando: “¡Doscientos diez millones de años de antigüedad!” Su cuerpo de niño se mece con el viento. Doscientos diez millones de años de deseo me atraviesan. Chupasangre. Pongamos que lo dejo ir mientras la semilla sale disparada por los ojos de un dios que sueña: ¿bastaría para ahuyentarlo? Los hombres no saben casi nada del deseo, creen que tiene que ver con la actividad sexual o que de ese modo se puede liberar. Pero el sexo es un sucedáneo, como el dinero o el lenguaje. A veces lo único que quiero es dejar de mirar.

 

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¿Qué desean los hombres? Hablan de placer. Enloquecen, luego se agotan, después caen dormidos. ¿Hay algo que no entiendo? La sabiduría clásica china reconoce cinco condiciones del entendimiento. No se parece. Se parece. Es justo como. Se parece sólo a esto y a nada más. Es lo que es. La esencia primordial de las condiciones, por ejemplo, es justo como el agua. La esencia primordial del agua se parece al placer masculino. La esencia primordial del placer masculino no se parece al placer femenino. Una tormenta eléctrica cruza a toda velocidad los campos de sorgo de Missouri y sus enormes garras de dragón rajan el cielo de lado a lado: puedes permanecer observándola durante medio día sin saber si está cerca o lejos, puedes verla replegarse y desvanecerse sin condiciones como el agua: esto no se parece a nada más, es simplemente lo que es. El aire se vuelve oscuro como el crimen. El radio cruje. Standin’ in the rain, canta Robert Johnson. Ain’t a drop fell on me. ¿Es cierto que el hombre envidia a la mujer su forma de hacer el amor? Lenta y espiritual: así la describe el emperador. My clothes is all wet. A veces él cierra los ojos y dice: “Hazme tu puta.” But my flesh is dry as can be.

 

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La primera vez que entré en su casa fue una sigilosa noche de octubre. Los árboles estaban quietos. Permanecimos de pie junto a la cama. Martes. Una parte de mi mente atendía el silencio de afuera, otra parte veía con espanto el modo en que él desabrochaba los botones de mi vestido empezando por arriba. Uno por uno. Algunos hombres son tan ordenados como las mujeres, pensé. Me pregunto si voy a sangrar. Y dije: “Me siento muy sola.” Y él dijo: “Acuéstate y cuéntamelo todo.”

 

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Hace alrededor de un año nos volvimos amantes y lo único que yo quería era que el jaloneo se detuviera. Jalar jalar jalar. Me jalaba los brazos. Me jalaba los ojos. Me jalaba los pulmones. Me jalaba las pantorrillas cubiertas de sudor. Me jalaba de noche y de día, me jalaba sin caerse y sin quemar, no importa, ¿qué importa el jaloneo? “Es sólo amor”, solía decir él, riendo y abriéndome la ropa. “Este lujo”: así llamaba a nuestra carne. “Ningún lujo es eterno”, decía yo, y él replicaba: “De acuerdo, no tenemos mucho tiempo.” El amor lo hacía tan feliz que lo empecé a llamar el emperador de China. Había lugares donde el lujo desaparecía, donde yo aguardaba. Veía que algo se abría velozmente y luego lo perdía.

 

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Al salir a acampar, los rituales crípticos de la tribu perdida confrontan al antropólogo. Estoy aprendiendo a leer un mapa. Hay muchos números pequeños. Como copiloto consigo que atravesemos Kansas y nos dirijamos a un área ruinosa con defensas abolladas y otras autopartes regadas por doquier. Difícil encontrar la salida. “Las mujeres no saben de mapas, nunca he conocido a una mujer que pueda leer un mapa”, dice el emperador. No hace mucho que me convertí en mujer, así que seguiré estudiando mapas. Imitan la realidad de un modo ligeramente similar a como el sexo imita el deseo: con brusquedad. “Hazme tu puta”, escucho que uno de nosotros murmura en el corazón oscuro de las noches de campamento. ¿Dónde obtengo un mapa para ese territorio?

 

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‎Aquí el viento no deja de soplar durante el día, no deja de soplar por la noche, no para de sonar, alardear, forcejear, enjuagar, despeinar, incendiar, aplastar. El té negro matutino sale humeando de las tazas. Aun dentro de la tienda de campaña me resulta difícil encontrar el equilibrio necesario para depilarme las cejas. El viento me hace cantar. Piensa en todas las mujeres que soy. El emperador, sin embargo, es poderoso, un académico del placer posado siempre en la cumbre del buitre. Una vez, me dice, mientras seducía a una mujer, se escaldó al servir el agua para el té. El resultado fue hacer el amor toda la noche con la mano izquierda metida en un recipiente con hielo.

 

 

FOTO:  Pintura erótica china de la época de la Dinastía Ming./ Wikimedia

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