Nox o la didáctica del duelo

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El poemario más reciente de la escritora canadiense Anne Carson está dedicado a su hermano Michael, fallecido hace dos décadas, a quien dedica este canto fúnebre

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POR JOSÉ JUAN DE ÁVILA

“A qué huele la nada. Olor a autopsia”. Anne Carson

Si uno pide en una librería un ejemplar de Nox, el vendedor te entrega, solemne, una hermosa caja de una pieza plegable, como cuando se va a la funeraria a recibir las “cenizas mudas” de alguien querido.

 

Hace dos décadas murió Michael en Copenhague, muy lejos de su hermana, la poeta Anne Carson. Sólo diez años después ella pudo erigirle un mausoleo –más que féretro como se antoja la caja rectangular de Nox–, hecho de material poético, visual, táctil y tangible, donde se reencuentra con el duelo, en un largo lamento de elegía no exento del humor presente en otras obras de la canadiense, en el que su cicerone es el poeta latino Catulo, que perdió a su hermano en Troya, alrededor del año 56 a. C.

 

Carson (Toronto, 21 de junio de 1950) publicó en 2010 su Noche (en latín) en la editorial neoyorquina New Direction y hasta 2018 hubo traducción al español con la regiomontana Vaso Roto, de Jeannette L. Clariond, editada en España e impresa en China. Collage libresco y poético, de cuya tapa-lápida se extrae, arrancada, la vieja y gris foto del niño en traje de baño y goggles, que devino adicto y dealer, evadió cárcel y familia, amó a otra Anne, viajó con pasaporte falso y tuvo una hija que murió niña.

 

Carson no escribe versos, poetiza. Y Nox parece negarse siempre a ser un libro y menos un libro de versos; es una caja con pliego único, sin páginas o numeración, sólo hay izquierda y derecha, atrás y adelante, lecturas gemelas.

 

Si la caja-féretro era plegable, pero estática, su contenido, un cuaderno, se despliega en una sola pieza de maquinaria poética, como acordeón que va tocando su canto fúnebre a través de textos, fotos, entradas de diccionario, referencias históricas, lingüísticas y literarias, recortes de sobres y timbres de correo, en una suerte de intervención –expropiación y exfoliación de Carson– al Carmen 101 de Catulo.

 

“Nox Frater Nox”, escribe Anne al inicio de su réquiem, en una etiqueta sobre una página donde la palabra “Michael” se reproduce con una caligrafía in crescendo que avasalla toda la superficie, como el introitus a la siguiente página a la derecha con los 10 versos en latín del poeta en cursivas deslavadas.

 

En uno de sus primeros libros, Autobiography of Red: A Novel in Verse (Knopf, 1998), Carson parece contemplar su futura obra Nox, en sus propias palabras: “Sea como fuere, los fragmentos del Geryoneis se leen como si Estesícoro hubiera compuesto un poema narrativo considerable para luego romperlo en pedazos y enterrar los pedazos en una caja con algunas letras de canciones y notas de disertaciones y trozos de carne. Los números de los fragmentos revelan aproximadamente cómo cayeron los pedazos de la caja. Uno puede, claro, seguir agitando la caja”. (Ed. Calamus, la traducción de Tedi López Mills).

 

Y en Men in the Off Hours (Knopf, 2001) ya había abordado el Carmen 101, uno de los tres, con el 65 y el 68 b, en los que Catulo se refiere a la muerte de su hermano. Pero en Nox, esa elegía, ese epigrama funerario del poeta latino, se vuelve no sólo leit motiv del duelo fraterno de la poetisa, sino su obsesión por desentrañarlo, palabra por palabra, e incorporarlo, reliquia tras reliquia, al recuerdo del otro Carson.

 

Casi en el ámbito de la olvidada poesía didáctica, la premio Princesa de Asturias 2020 encomienda a la sección izquierda de su obra, de números fantasma, un diccionario exclusivo para las 63 palabras del Carmen 101, no sólo sustantivos y verbos, igual adjetivos, adverbios y aun conjunciones. Profesora de letras clásicas, parece buscar en aquella lengua muerta, viva en toda su obra, qué significa ese dolor por el hermano, con quien sólo había hablado por teléfono 5 veces en 22 años desde que él “huyó” en 1978.

 

“Perseguir los significados de una palabra, perseguir la historia de una persona, inútil esperar que llegue un torrente de luz. Las palabras humanas carecen de interruptor principal. Tan sólo son chispazos en la oscuridad. Después, la luminosa, vasta, trémula, precipitada, contumaz y vociferante red que las une se aferra a tu mente al regresar a la página que estabas intentando traducir”, dice la autora de La belleza del marido, Premio Internacional Manuel Acuña 2019 y aspirante anual al Nobel de Literatura.

 

Poetiza a la misma Carson en su historia con el Carmen 101, que le fascinó desde sus años de bachillerato y al cuál ha intentado traducir sin satisfacción, deconstruye su afán –o en sus palabras decrea, como el título de otra de sus obras, Decreación– y traza una analogía con el hermano mayor.

 

“Nunca logré la traducción del poema 101 como me habría gustado. Pero a lo largo de los años en que trabajé en ella, empecé a considerar la traducción como una habitación, no precisamente desconocida, donde se busca a tientas el interruptor de luz. Tal vez nunca se termina. Un hermano nunca termina. Lo persigo. Él no termina.”

 

Avanzado el recorrido, la procesión –más que lectura– por Nox, aparece una traducción de la poeta al carmen, con una clara intervención a la elegía, evidente con sendos paréntesis en el cuarto y sexto versos, y subrayado en el último, donde, intensa y mínima, Anne expropia duelo, lamento y consuelo.

 

“En vano (por qué) a tu muda ceniza me dirijo”; “ay, mísero (indigno) hermano indignamente arrebatado;” y “¡Tuya sea por siempre la eternidad, ave, adiós, hermano!”, en versión de Vaso Roto.
Meditando con Herodoto sobre la historia, “palabra análoga a elegía”, Carson salva a Michael-Lázaro, cuyas cenizas fueron arrojadas al océano por su viuda y cuya muerte cruzó el mar hacia la poeta, errante y lenta, mientras ella barría su porche y compraba manzanas y se sentaba con el radio encendido. Historia, instruye, proviene de un antiguo verbo griego que significa “preguntar”. Y quien pregunta es un historiador. “Pero hacer preguntas no es inútil. Al preguntar sobre algo adviertes que tú misma eres una sobreviviente, y debes asumirlo o diseñarlo de forma que sí mismo un hecho se sostenga”. Pero Lázaro, para la poeta, no es un personaje que resucita, sino quien muere dos veces. Y ella precisa otro funeral para Michael, no la pantomina que para ella recibió en el reino de Dinamarca.

 

Arrepentirse significa “el dolor otra vez”. La didáctica del duelo de la canadiense. Como en el verso sexto, Heu miser indigne frater adempte mihi, no es el recuerdo del hermano muerto, sino la lamentación ritual aquello que parece intrigar a Anne Carson, que practica la autopsia consigo. “Autopsia es un término que los historiadores utilizan para aludir al hecho de ser ‘testigo ocular’ de datos o sucesos presenciados por el propio historiador, una forma de poder autoral”, escribe la poeta. “Me pregunto a qué huele la nada. Olor a autopsia”, inquiere líneas más adelante de su canto fúnebre.

 

La nada es visual en Nox, omnipresente por la magia de la edición en el pliego de una sola pieza y una cara, que al desplegarse revela que detrás de esa larga noche está el vacío, la nada, papel en blanco.

 

FOTO: Anne Carson: Nox, Nueva York, New Direction, 2020, 192 pp.

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