Los salvajes ya no son lo que eran

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Clásicos y comerciales

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POR CHRISTOPHER DOMÍNGUEZ MICHAEL

Al consagrar “El siglo de Luis XIV”, Voltaire inventó una entidad no sólo discernible en la cronología, sino “una cosa” que, más allá de lo temporal, podía situarse en el espacio, a través de los cuadros, las reproducciones, el vestuario, los muebles o los libros. El gran Ilustrado, creó, además de una categoría, “un espíritu del tiempo” sujeto a medirse, en condiciones de usarse o de ser rechazado por sus lectores. Antes de Voltaire, sólo a ciertos religiosos se les ocurría salirse del “siglo” y enclaustrarse. La Ilustración, en fin, trajo consigo la libertad de optar, más allá de la trascendencia religiosa, tan despótica, por “el espíritu del tiempo” al cual uno quería, con éxito o sin él, ilusamente o de forma decidida, pertenecer.

 

Cada período histórico es por lo general inepto para autocalificarse. No tan curiosamente, tanto el siglo XIX como el XX, terminaron secándose la frente con una toalla. Lo peor –tanta guerra y tanta destrucción– había pasado y se abrían, para la humanidad, la eternidad del Progreso y de la democracia. Gavrilo Princip en Sarajevo en 1914 y Osama Bin Laden en 2001 teledirigiendo a sus pilotos suicidas hacia Norteamérica, nos sacaron del delirio. No hay Bellas Épocas. Además, la Edad Media o el Renacimiento fueron bautizadas por la posteridad y siempre he creído jactancioso el atrevimiento de creerse “posmodernos” o tardo-no-se-qué. Pero con una frecuencia que sólo delata mi estupefacción –algún lector la compartirá–, repito aquella frase de que la capacidad para entender con cierta certeza el tiempo presente pertenece a un tipo muy particular del genio.

 

Carlos Granés (Bogotá, 1975) es uno de esos indispensables latinoamericanos cosmopolitas dedicado a ese arte de exquisitos, el arte de entender el presente. Graduarse en tan exigente asignatura se facilita siendo antropólogo e historiador de fuste, como lo es él, sobre todo, en El puño invisible (2011), un tratado sobre las vanguardias que tiene, de cierta manera, su colofón en Salvajes de una nueva época (Taurus, 2019). Granés, quien también pertenece a una generación donde la perspectiva latinoamericana se vive como una ventaja para atisbar el horizonte y no como la proverbial cola de cerdo de los descastados, nos recuerda que cuando Walter Benjamin afirmó que el fascismo estetizaba la política mientras que el comunismo la politizaba, ratificó lo que –entre otros gestos venidos de la periferia– estaban haciendo las vanguardias latinoamericanas desde la Gran Guerra.

 

En cuanto a la vanguardia estética, tal cual lo temieron Octavio Paz y otros videntes, tras 1968, fue absorbida por el poroso y resiliente (primera vez que uso la palabrita) capitalismo, el cual en su también execrada “fase neoliberal”, ha ido mucho, mucho más lejos que ponerle pantalones vaqueros al guerrillero heroico. No sólo el Arte Contemporáneo padece la paradoja de ser financiado por el “sistema-mundo” cuyos valores dizque abomina; en la política –aunque el punto más débil de Granés es su idea, demasiado artistíca, de lo político–, educa a sus horripilantes demagogos en la escuela del inconformismo, lo políticamente incorrecto y el desprecio por las buenas maneras burguesas, las cuales son –como no se cansa de afirmarlo Deirdre McCloskey– las responsables, por haberlas inventado y pagado –e invertido, sobre todo, en ellas– de lo que entendemos por alta civilización, desde el escusado tan eficaz y ecológico hasta el más hermoso y funcional de los museos.

 

Los extremos acabaron por tocarse: la detestada Maggie Thatcher –víctima del desprecio de clase de los muy justamente ofendidos académicos por ser una salvaje hija de tenderos– acabó por ser empática con los punks, quienes, como ella, creían en el Único y su propiedad –digo yo. Ella y ellos descreían del Estado, de los sindicatos, de la idea misma de “sociedad”, siendo fervorosos individualistas. A ella la inspiró Ayn Rand y el austríaco Hayek; los punks acabaron por hacer sus lecturitas y se descubrieron stirnerianos o nietzscheanos. Unos y otros, emprendedores y empresarios de sí mismos, concluye Granés.

 

El crítico colombiano hace un sombrío recuento de cómo todos los artistas actuales, radicales antisistema para no llamarlos posmodernos o tardo-vanguardistas, cuando tratan de hacer crítica social, rasgarse las vestiduras o inclusive, cuando se las ingenian para hacerles llegar los dólares, colectados en su nombre, a los más ofendidos y humillados de los pobres de la tierra, son reabsorbidos por el supremo capitalista apenas atisbado por Marx.

 

Ai Weiwei actualiza la muerte del niño de tres años arrojado por el mar, ahogado, como inenarrable signo de la guerra siria, en 2015. El artista chino, con un largo y honroso historial como defensor de las libertades en su país, más allá de la muralla, sean cuales sean las razones que lo hayan llevado a cometer ese simulacro o ese sacrilegio, se convierte en un salvaje más al servicio del mercado. Nada como una crisis humanitaria, concluye Granés en Salvajes de una nueva época, para hacer arte. Lo previó Jean Guéhenno al ver como los intelectuales franceses, en 1936, salieron a apoyar al Frente Popular de Léon Blum, en un alarde de mundanidad nunca extinto hasta la fecha. No lo previeron, en cambio, los sabios Joseph Schumpeter y Daniel Bell: más que un dios colérico que devora a sus hijos, el Saturno mercantil tiene estómago de ballena. Alain Badoiu lo reconoce: el 68 entero fue metabolizado por el capitalismo. A este maoísta impenitente se le ha visto buscando una explicación en San Pablo.

 

Si el salvajismo de la contracultura y la indignación como ética de los artistas no sólo son reciclables e inofensivos para el capitalista convertido en salvaje, Granés detecta un segundo fenómeno, que acaso Mircea Eliade habría llamado “trueque de atributos”: el político deja la careta o el personaje del civilizado y se transforma en un salvaje al estilo de la peor vanguardia.

 

Ese proceso, que ha nutrido de personajes pintorescos y peligrosos al populismo vigente en el mundo es una contribución latinoamericana al siglo XXI y sus creadores fueron Perón y su fugaz Evita, quienes se “desfascistizaron” al grado de que miles y miles de izquierdistas argentinos los invocaron al ser asesinados o torturados por otra clase de fascistas, menos metabólicos que el general y su actriz, aunque más crueles. No es una casualidad que el Papa reinante sea un peronista argentino.

 

Tras Marcos, Evo Morales y Hugo Chávez, un par de jóvenes profesores –Pablo Iglesias, el enésimo Lenin español, e Iñigo Errejón, el luterano que todas las Iglesias necesitan– vinieron a América Latina a probar las armas con que las mutaciones del antiguo “buen salvaje” desvencijaba a nuestras adolescentes democracias liberales. Importaron el modelo a España, al grado que hacia 2014 la monarquía parecía lista para caer en manos de su movimiento.

 

El salvajismo populista, sea de izquierdas o derechas, tiene una misma matriz. De Perón vendrían (soy yo quien generaliza –no Granés– para efectos didácticos), lo mismo Berlusconi que Maduro, los prototiranos de Polonia, Hungría y Turquía que el independentismo catalán, Boris Johnson, Podemos y el presidente de México junto a Trump, su apreciado colega.

 

Y de la vieja vanguardia, agrega Granés en Salvajes de una nueva época, procede la estetización de la política, la marca que vende a pasto el irredentismo de los catalanes.

 

Ajeno al pesimismo, Granés no escribió Salvajes de una nueva época para echarse a llorar. Nostálgico, cree que el remedio contra ese trueque de atributos entre el arte y la política bajo el capitalismo, está en la vanguardia originaria, en el espíritu del Dadá, aquel en cuyo nombre murieron, nunca en vano, los caricaturistas de Charlie Hebdo.

 

Un Camus, empero, le recordaría a Granés, como lo hizo con Breton, que el surrealismo, hijo del Dadá, en los años treinta, mientras las vanguardias se daban de tiros en la calle, llamaba –como Trump– al “acto gratuito” de dispararle a la multitud.

 

También es dadaísta la broma suprema: ponerle un espejo al populismo. Mayoritariamente, Barcelona y Tarragona, son antiindependentistas. Sus ciudadanos, a diferencia de aquellos adscritos al nacionalismo ilusoriamente imperante en ese rico país, tienen derecho constitucional a constituirse como una nueva autonomía española.

 

Parafraseo a Carlos Granés: en nombre del Dadá, opongamos el internacionalismo al nacionalismo, la risa en lugar de la bravuconería, el juego en vez de la guerra, el nihilismo en vez del fascismo. Que el niño risueño e inocente, acaso gratuito, se apodere del siglo.

 

FOTO:  El escritor Carlos Granés (Bogotá, 1975), autor de Salvajes en una nueva época. / EFE

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