Chaitanya Tamhane y la sacralización estética

Jun 5 • Miradas, Pantallas • 4795 Views • No hay comentarios en Chaitanya Tamhane y la sacralización estética

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Sharad Nerulkar es un músico que ha dedicado su vida a perfeccionar sus habilidades como cantante de géneros clásicos hindúes, reto que lo hará conocer sus alcances

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POR JORGE AYALA BLANCO
En El discípulo (The Disciple, India, 2020), carismático segundo largometraje del célebre instantáneo autor total indio mumbaiano también editor de su film de 33 años Chaitanya Tamhane (cortos previos: Seis riberas 11 y La muerte de un padre 14; primer largo: Corte 14), producida con buen ojo por el mexicano Alfonso Cuarón, mejor guion y premio de la crítica internacional en Venecia 20, el empecinado aprendiz de cantante veinteañero de música clásica india Sharad Nerular (Aditya Modak más que sobrio) habita con austeridad solitaria en una urbe de provincia, dedicado en exclusiva al perfeccionamiento del arte musical del raga, difícil hasta lo imposible, cuya adoración le fue inculcada desde niño por un oscuro padre que nunca logró destacar, y cuya pasión le es fomentada tanto por su anciano Gurú (Arin Dravid) de inimitable voz semicascada pronto provecto como por las cintas con lecciones sacralizadoras del canto como búsqueda espiritual extrema de una mitificada cantante-teórica-divulgadora Maai que por excepción le fueron grabadas a escondidas aunque ella nunca permitió ser registrada entonando mejor que nadie microtonales ragas propias, y a ese mismo estricto proyecto de vida aspira el joven Sharad, si bien acepta con mansedumbre sus derrotas en concursos nacionales para principiantes, sacrifica sus impulsos vitales más legítimos y apremiantes, intentando vender en antesalas de concierto grabaciones exquisitas que nadie desea, evitando trabajar en algo económicamente más productivo, renunciando a cualquier existencia personal satisfactoria, rehusándose a tomar telefonemas de su madre, rechazando los cuidados de la abuela que lo atiende y despreciando la mediocridad ascendente de los cantantes populares de éxito fácil a nivel nacional, pero el tiempo pasa implacable y, al acercarse a los cuarenta sin alcanzar su ideal, deserta a medio recital por exceso de autoexigencia y, convertido en un maestro severo ya con discípulos propios, va a sufrir dos duros choques, al saber que en el archivo de la biblioteca pública no le reciben ni como donativo sus atesoradas cintas aleccionadoras de la mundialmente desconocida Maai, y al comprobar furioso que para el prominente empresario occidentalizado Prasad Vanarase (Vidyanidhee Vanarse) esa supuestamente legendaria cantante a quien él conoció y grabó cantando no era más que una farsante loca deleznable, por lo cual el infeliz Sharad, luego de lanzar el contenido de su copa a la faz del otro, inicia su declive como discípulo perpetuo, haciendo ahora negocio con su arte como cualquier espectáculo redituable, acercándose a una divorciada con niñita encantadora y asumiendo por fin su fracaso al cabo de sus esfuerzos fallidos de sacralización estética.

 

La sacralización estética sólo busca reflejarse en todos sentidos en ese lamentable personaje ejemplar y edificante al derecho y al revés que se masturba un par de veces en un rincón ante su laptop como en ascético ritual para no tener que recurrir a ningún matrimonio arreglado según su casta, empezando por sacralizar de entrada y para siempre el señero equilibrio frontal del plano muy abierto y petrificadamente fijo, como en la tribunicia Corte del mismo realizador Tamhane (si bien ahora con fotografía aún más serena del preciosista polaco Michal Sobocinski), o en sus contracampos a 180 grados exactos, pero en los que late, con una pulsión acezante en apariencia plácida, la agitación del héroe íntimamente desolado en su disciplina de discípulo artístico insensato, cual mortificado San Juan de la Cruz de un dios-raga tiránico, a imagen y semejanza de la dura realidad de los arabescos acústicos sin cesar reinventados por el músico Aeesh Pralham, visualizando con firme objetividad sensitiva la inasible Conciencia del héroe, sus meandros, avatares, actos fallidos, su drama inconfesable, su sensibilidad instintiva y los recónditos movimientos que el relato prefiere dejar en ocasiones elípticamente a la imaginación del espectador.

 

La sacralización estética establece su flujo sagrado más significativo en varias líneas narrativas paralelas que son otras tantas dimensiones del discurso fílmico, pues las peripecias del aprendizaje coexisten, primero, con una serie de interludios del héroe circulando mágicamente en su deslizante motocicleta quasi voladora por las nocturnas calles en colores ocre vacías de su pequeña ciudad sobrepoblada mientras se escuchan en off las palabras de una Maai (suprema voz guía de Sumitra Bhave) prodigando su inspiradora sabiduría infinita (“La técnica se enseña, la verdad no”); segundo, con el paulatino deterioro físico y mental del exigente Gurú al que amorosamente Sharad da masaje en la espalda o se acuclilla para sobarle las piernas o mira con desdén al infartarse ya artemercenariamente vencido; tercero, con las solicitaciones musicales paternas que todo lo invadían y se apoderaban hasta del tiempo de los dominicales juegos infantiles junto a otro niño; y cuatro, con el sarcástico paralelo del contrahecho ascenso mediático-meteórico de una TVcantante de mercantilizada y estandarizada seudomúsica clásica bengalí a lo Bollywood.

 

La sacralización estética establece así otro delirio, en respuesta al del opúsculo tribunicio de Corte donde un sexagenario poeta activista político juzgado por haber presuntamente provocado el suicidio de uno de los espectadores de sus recitales, vuelve a dar motivo para desmontar ancestrales mecanismos, ya no los quasi hilarantes de la justicia india actual para cuestionar su práctica viciada y diferida ad nauseam, sino los de una herencia artístico-espiritual cuya hoy lábil estructura dramática aún puede penetrar en las fehacientes motivaciones profundas y contradictorias de un Discípulo, con mayor sutileza, de cara a un folclore adocenado, masificado o subvertido.

 

Y la sacralización estética abandona al héroe trágica e indecible pero íntimamente homologado con un cantante vagonero que pasa a su lado.

 

FOTO: El discípulo, producida por Alfonso Cuarón, está disponible en Netflix./ Especial

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