El ABC de la Ciencia ficción

Jul 27 • destacamos, principales, Reflexiones • 6803 Views • No hay comentarios en El ABC de la Ciencia ficción

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En México este género se ha nutrido desde influencias como la inteligencia artificial y las leyendas coloniales hasta temas como el cambio climático y la narrativa de Rulfo

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POR LIBIA BRENDA
La Historia establece que los primeros seres humanos en visitar la Luna fueron Neil Armstrong y Buzz Aldrin, en julio de 1969; pero el viaje de seres humanos a la Luna, así como a Marte y a muchos otros lugares alejados de la Tierra, data de muchísimo antes, aunque el vehículo no haya sido una nave Apolo. Me voy a permitir un símil un poco cursi: el vehículo que hemos usado durante muchos años para viajar a los rincones más lejanos del universo es la ciencia ficción, que ha servido también para viajar en el tiempo, imaginar futuros posibles y entender por qué los robots humanoides podrían tener, o no, sentimientos. La ciencia ficción (o CF) es una criatura que cambia de alianzas y de nombre, según se mueva en el tiempo y el espacio. Y es, por desgracia, un término que sigue sin tener un reconocimiento oficial de parte de la cultura hegemónica. Esto último es relevante porque crea un equívoco: convierte a todo un género artístico con sus complejidades, contradicciones y variantes, en una simple etiqueta que no siempre refleja la dimensión real de lo que representa.

 

Por ejemplo, la CF podría muy bien ser catalogada como un género profundamente experimental y dinámico, pero en países en los que la industria editorial produce libros en números muy altos, muchas veces se le ve solamente como una casilla en la que se colocan libros comerciales, homogéneos y, por lo tanto, desdeñables. Este problema se propaga incluso a países como México, con una industria editorial que no gana mucho dinero con la CF, porque los prejuicios contra lo “popular” se han mantenido por décadas, gracias a la inercia del medio y a cuestiones ideológicas extraliterarias. Por otra parte, este género artístico está pasando por una revolución muy interesante, que llama la atención sobre sus novedades y propuestas más recientes.

 

Las primeras historias que hoy podemos leer como CF preceden a la invención del concepto, no tenían una categorización específica y ahora están a buen recaudo, en su mayoría, como libros clásicos. Hace unos noventa años, a partir de la idea de que los científicos podían usar la narrativa como vehículo para informar al público lego, se acuñó el término science fiction (que en español, estrictamente, tendría que ser ‘ficción científica’, pero esa nave ya partió hace mucho), y en las siguientes décadas del siglo XX vinieron muchas revoluciones e invenciones: desde la ciencia ficción antropológica, con exploraciones centradas en problemas más humanos y menos científicos, hasta el cyberpunk de los años ochenta, que imaginó con décadas de adelanto una sociedad totalmente dependiente de las computadoras. Con todo, la idea de que es un género literario únicamente vinculado con la ciencia es tan persistente, y equívoca, que incluso se ha intentado cambiarle el nombre para resignificarla. Actualmente circula el término speculative fiction: ficción especulativa, a la que se considera una hermana más joven de la ciencia ficción, libre de las expectativas de vínculos científicos que todavía pesan sobre la primogénita. Sin embargo, a efectos prácticos ambos se refieren al mismo conjunto abigarrado y visionario.

 

Sería muy largo enumerar todas las obras que podemos leer como CF (o ficción especulativa) escritas en México. No solo es posible leer el Primero sueño de Sor Juana, de 1692, en esta clave literaria, sino que tenemos el cuento de un fraile que también visita la Luna: Sizigias y cuadraturas lunares, de Manuel Antonio de Rivas, escrito en 1763; desde finales del XIX, Amado Nervo escribe varios cuentos que ahora se catalogan como ciencia ficción, y entre el final de la década de los 30 y el inicio de los años 70, Asunción Izquierdo publica varios cuentos y novelas que también cabrían en la ficción especulativa. El desarrollo de esta literatura en nuestro país no tiene prácticamente nada que ver con el de Estados Unidos hasta los años 70 y 80, en el que una generación de lectores que había crecido leyendo traducciones españolas y argentinas de textos clave en inglés empieza a escribir sus propias obras.

 

En 1984, la escritora y académica Celine Armenta crea, auspiciada por el Conacyt, el Premio Puebla de Ciencia Ficción, que se ha mantenido durante 34 años (actualmente tiene el nombre de Premio Nacional de Cuento de Fantástico y de Ciencia Ficción). Desde ese año señero hasta 2002, la CF tuvo un auge sin precedentes en el país, documentado en antologías que van de Más allá de lo imaginado I (Federico Schaffler, 1991) y Principios de incertidumbre (Celine Armenta, 1992) hasta Visiones periféricas (Miguel Ángel Fernández, 2001) y El hombre en las dos puertas. Un tributo de la ciencia ficción mexicana a Philip K. Dick (Gerardo Horacio Porcayo, 2002). Estas reuniones de cuentos, en las que se trataba de reunir a escritoras y escritores de toda la República (en un país tan centralista y todavía sin el acceso a Internet al que ya nos acostumbramos), fueron uno de los dos pilares de esta etapa de la CF nacional.

 

El otro pilar fueron las publicaciones independientes del momento. Los fanzines: revistas baratas, de aficionados, hechas de modo casi siempre casero y sin financiamiento estable. Quienes las editaban organizaron también los festivales de cultura alternativa y subterránea que daban espacio a “subgéneros” literarios (a todos, desde el terror y la fantasía hasta la ciencia ficción y la literatura que se perfilaba hacia el posthumanismo), ofrecían obras de teatro y espectáculos musicales y, sobre todo, permitían encontrarse a gente de gustos afines, intercambiar material o datos, prestarse libros entre sí o recomendarse discos poco conocidos. Una figura muy vinculada con estos quehaceres undeground, en especial en los años noventa, fue H. Pascal (seudónimo de Juan Manuel García-Junco Machado, recientemente fallecido), quien conseguía financiamiento de universidades estatales y secretarías de cultura, casetas en las ferias del libro, y lugares en convenciones de cómics y ciencia ficción; todo con tal de abrir espacios a creadores y lectores fuera del canon cultural oficial.

 

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En los últimos años del siglo XX surgieron colecciones especializadas en las que mucha gente dedicada a la CF publicó sus primeros libros, complementando los aparecidos de forma esporádica en el Fondo Editorial Tierra Adentro, Lectorum y otras editoriales. Destacaron Ramón Llaca y Cía., con Terra Ignota; Editorial Vid, con la publicación del Premio internacional VID de ciencia ficción y fantasía (MECYF) y Times Editores, cuya serie negra ofreció novelas, libros de cuentos y antologías dedicadas únicamente a los subgéneros literarios.

 

Aunque Times se mantuvo hasta comienzos del siglo XXI, era un proyecto pequeño, independiente de las grandes corporaciones comerciales, y acabó por desaparecer, al igual que los otros dos. Se ha atribuido este fracaso a una especie de círculo vicioso característico del medio editorial mexicano: como no parece haber espacios editoriales, no se fomenta la publicación, y se crea la impresión superficial de que “acá no hacemos esas cosas”, o si las hacemos son una rareza…, que no tiene espacios. Este problema es particularmente grave para la CF, porque con frecuencia se le evalúa de acuerdo con su semejanza con la CF de otros países, y en especial con la de los Estados Unidos, sin tomar en cuenta que los contextos culturales de aquel país son completamente distintos de los del nuestro. Tendemos más a la especulación sociológica que a la ambientación futurista, por ejemplo, porque el discurso colonialista (por obvias razones) no nos convence ni nos arrebata. Además, la literatura que en México se vincula con la CF a veces tiene muy poco que ver con ella, o por lo menos evita recibir aquel nombre. No es del todo injusto. Tenemos mucho más en común con Jorge Luis Borges o con el Quijote que con El señor de los anillos o con Bradbury; nos alimentamos tanto de los cuentos de espantos como de las leyendas que heredamos de los pueblos originarios. La ciencia ficción de México no puede, en realidad, parecerse a la estadounidense, porque sus influencias son más variadas. Tiene muchos más puntos de contacto con lo que tradicionalmente se cataloga como literatura fantástica o fantasía (aunque esa etiqueta, cuando se usa en un ámbito comercial, tiene también características menos flexibles). Ambas son parte de un mismo modo de hacer literatura que está lejos del parámetro realista y usa otras herramientas. Nos interesa el cambio climático y la inteligencia artificial tanto como nos ha interesado la Llorona; nuestra tradición va de Juan Rulfo a los cuentos terroríficos de Amparo Dávila, una autora recientemente revalorada. Y es en ese terreno en que el terror, la ciencia ficción y la fantasía desdibujan sus fronteras en donde se ubica la ficción especulativa mexicana.

 

Alberto Chimal ha propuesto, por ejemplo, que se le llame literatura de la imaginación, que es una casa más amplia y donde tienen cabida muchos más habitantes, lo que a efectos prácticos ayuda a que cada quien use el término que más le acomode, con los riesgos evidentes de perder la “pureza” de los géneros. Pero eso de pureza y división también acaban por desmoronarse y a veces lo que se ha creído fijo se mueve o desaparece y eso puede ser bueno, porque quiere decir que hay que hacer lugar para que lleguen cosas nuevas.

 

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En México, hay un importante repunte de la CF, que es también literatura de imaginación fantástica y ficción especulativa, un poco gracias a que ya se han salvado ciertos escollos de concepto y también a que el mainstream adopta más esos productos culturales y los normaliza, como acaba por normalizar todo. El auge que empezó en 1984 y terminó más o menos en 2002, tuvo un periodo de hibernación. Ahora mismo, sin embargo, es evidente que estos géneros están muy activos. No sólo hay un interés general del público por conocer más productos culturales, en el ámbito académico se están incorporando etiquetas como ciencia ficción en seminarios y coloquios: espacios que tradicionalmente pasaban de largo ante viajes en el tiempo y robots (pero es que los robots, conforme avanza la tecnología, se están volviendo cool). Están surgiendo de nuevo festivales y eventos culturales centrados en lo fantástico, y aquí la etiqueta engloba desde esos robots hasta la literatura negra o policiaca, otro de los llamados subgéneros. Desde hace más de seis años, la revista elctrónica Penumbria mantiene un espacio de publicación para todo tipo de ficción especulativa, de imaginación y fantástica ( y que toma su nombre de un cuento excelente de Emiliano González, “Rudisbroeck o los autómatas”, que justo combina elementos de CF con otros más difíciles de clasificar) y cada vez más autoras y autores están apostando por publicar este tipo de literatura, a veces sin preocuparse por las categorizaciones, y otras poniendo en duda la pertenencia a esta tradición, pero usando sus herramientas, como los escenarios posapocalípticos o elementos distópicos. También es más evidente la presencia y el trabajo de las escritoras, quienes están ganando espacios no sólo en México, sino en otros países.

 

Ahora se está construyendo un puente entre México y un público más internacional, angloparlante concretamente. En 1994, Ediciones Roca publicó Frontera de espejos rotos, una antología de ciencia ficción con cuentos de once autores y una autora de Estados Unidos y México, pero fue un proyecto que no tuvo eco. En 2012, se editó en Small Beer Press (ubicada en Massachusetts) Three Messages and a Warning, una antología con más de treinta autoras y autores de México, con cuentos traducidos al inglés; y a pesar de que el libro quedó finalista en los World Fantasy Award (el Premio Mundial de Fantasía) esa labor titánica de Chris N. Brown y Eduardo Jiménez Mayo tampoco tuvo seguimiento.

 

En 2018, gracias a la convocatoria de John Picacio, un artista gráfico mexicoamericano, más de cuarenta personas formamos parte de la Mexicanx Initiative: un grupo de gente mexicana y mexicoamericana fuimos a la edición 76 de la Worldcon, la convención mundial de ciencia ficción que se celebra cada año desde 1939. Como parte de esa Iniciativa Mexicanx, edité una antología con doce cuentos y un cómic; de nueve autoras y cinco autores; a partir del libro, Julia Rios compiló un scrapbook en línea con crónicas y ensayos de quienes participamos y todo ese material está ahora nominado a un Premio Hugo en la categoría de Mejor trabajo Afín; el Hugo es un premio de CF más importante del mundo y se entrega en la Worldcon (se le compara con los premios Óscar, medio en broma, y por ahí alguien dijo que se equipara con el premio Pulitzer; pero este sería un Pulitzer para nerds), nunca un trabajo mexicano había logrado llegar a ese espacio. Esta antología se puede descargar, leer y compartir de manera gratuita en el enlace del scrapbook: mexicanxinititative.com.

 

Otros sucesos muy destacados en la CF mexicana, en lo que va de este 2019: Gabriela Damián Miravete ganó el James Tiptree Jr., Literary Award (el premio James Tiptree, Jr.), un premio de ciencia ficción que se otorga en Estados Unidos en la Wiscon, la convención anual de ciencia ficción feminista; Gabriela es la primera autora en lengua hispana en obtener este reconocimiento. Y Andrea Chapela obtuvo tanto el Premio Gilberto Owen de cuento, como el Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez, ambos con textos de ciencia ficción.

 

Editorial Resistencia lleva unos años publicando textos y cómics fuera del canon hegemónico, igual que varios proyectos pequeños, en papel o en la red, alejados de los consorcios transnacionales y muchas veces sin apoyo del Estado (o que se mantienen gracias a campañas colectivas de fondeo). En la revista elecrónica Latin American Literature Today hay un dossier de ficción especulativa, editado por Alberto Chimal, en el que viene precisamente el cuento de Gabriela Damián ganador del Tiptree, “Soñará en el jardín”. Y hay varias publicaciones en línea que están apostando por traducir textos de gente mexicana al inglés, para publicarlos en Estados Unidos, como World Literature Today o Fireside Magazine (en ésta publican, por ejemplo, Iliana Vargas y Raquel Castro). Las publicaciones se están profesionalizando, pero fuera del circuito comercial y, por lo tanto, con propuestas no canónicas. Esto ayuda a que la tradición nacional adquiera su propia identidad y también abre la perspectiva de lo que se debe hacer para publicar o para acceder al material que nos interesa. Se ha dicho antes y volvemos a situarnos frente esa perspectiva: el futuro es promisorio. Dentro de muy poco saldrá una nueva misión tripulada a la Luna, ya tenemos robots en Marte, es claro que queremos llegar a todos los rincones posibles del cosmos, ¿a dónde nos llevará ahora la ciencia ficción? Esa respuesta se está construyendo justo ahora.

 

ILUSTRACIÓN: Dante de la Vega

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