Cinco décadas de un templo laico

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POR ANTONIO ESPINOZA

 

Inaugurado el 20 de septiembre de 1964, el Museo de Arte Moderno fue concebido como un templo laico para la exhibición del arte moderno nacional e internacional. Con cinco exposiciones fue inaugurado el recinto. En el edificio principal se presentaron cuatro muestras: Pintura popular del siglo XIX, revisión histórica del arte mexicano desde lo prehispánico hasta el siglo XIX; Cinco grandes de la pintura mexicana, con obras del Dr. Atl, Orozco, Rivera, Siqueiros y Tamayo; José María Velasco, dedicada al paisajista decimonónico; Pintura contemporánea surgida del muralismo de la posrevolución, con obras de Goitia, Cuevas, Esqueda, Felguérez y Rojo, entre otros. La quinta muestra fue montada en el pabellón cilíndrico —hoy Galería Fernando Gamboa— y estuvo dedicada a Tamayo. En conjunto, las exposiciones presentaban una visión cronológica y panorámica del arte mexicano, desde el más antiguo hasta el más moderno, en lo que era fácil advertir el modelo “histórico” que durante décadas privilegió el gran cacique cultural que fue Fernando Gamboa.

 

Si bien el MAM surgió con la encomienda de privilegiar la exhibición del arte vanguardista, no desdeñó la producción artística nacionalista. Su acervo consta de obras de los autores más representativos de la plástica mexicana del siglo XX, entre ellos los muralistas. A lo largo de cinco décadas, se han realizado en este recinto consagratorio todo tipo de exposiciones: arte abstracto, expresionismo, surrealismo… también exposiciones de arquitectura y diseño. Por supuesto, el museo ha tenido sus altas y sus bajas, y no ha estado exento de polémicas.

 

Recordemos la más célebre de todas: la gresca entre nacionalistas y vanguardistas, ocurrida la noche del 2 de febrero de 1965, con motivo de la entrega de premios a los triunfadores del Salón Esso, cuyo jurado decidió premiar a los abstractos Lilia Carrillo y Fernando García Ponce.

 

La primera directora del MAM fue Carmen Marín de Barreda, quien ocupó el cargo de 1964 a 1972. Durante su gestión se celebraron numerosas exposiciones internacionales, bienales de escultura e individuales de autores tan destacados como Feliciano Béjar, Germán Cueto, Jean Charlot, Gunther Gerzso, Jorge González Camarena, Ricardo Martínez y Ángel Zárraga, entre muchos otros. Con motivo de la Olimpiada de 1968, se presentaron en el museo varias exposiciones, de las cuales destaca: Obras maestras del arte mundial. Otra muestra que llamó mucho la atención fue: Surrealismo y arte fantástico (1971), realizada con motivo del V Congreso Mundial de Psiquiatría e inspirada en un libro antisurrealista de Ida Rodríguez Prampolini.

 

De la gestión de Fernando Gamboa (1972-1981), rica en exposiciones nacionales e internacionales, destacan tres: Cuatro maestros del arte figurativo (1973), con obras de Francis Bacon, Jean Dubuffet, Alberto Giacometti y Willem de Kooning; El geometrismo mexicano: una tendencia actual (1977), con obras de Helen Escobedo, Manuel Felguérez, Mathias Göeritz, Hersúa, Carlos Mérida y Vicente Rojo, entre muchos otros; y Nuevas tendencias (1978), con expresiones conceptuales de artistas que eran considerados “alternativos”. Tras la salida de Gamboa, asumió la dirección del museo José de Santiago, quien sólo duró un año (1982) y luego Helen Escobedo (1982-1984), en cuya gestión se realizó una exposición memorable: Origen y visión. Nueva pintura alemana, que resultó sumamente importante pues apuntaló la nueva figuración que estaba surgiendo en el país.

 

De la siguiente gestión, la de Oscar Urrutia (1984-1986), es difícil recordar alguna exposición trascendente. En cambio, la gestión de Jorge Alberto Manrique (1987-1988) es recordada no sólo por las exposiciones individuales de dos figuras emblemáticas de la nueva figuración (Adolfo Patiño y Nahúm B. Zenil) y dos colectivas de la misma tendencia (Para tanto oropel… tiene espinas el nopal y Figura a figura), sino también por el “acto de fe” celebrado al interior de la institución por las hordas de Provida, en protesta por una obra incluida en la muestra Espacios alternativos, lo que provocó la destitución del director. Tras la salida de Manrique, el museo entró en crisis. La siguiente administración, la de Jorge Bibriesca (1988-1989), es recordada por una muestra tristemente célebre: En tiempos de la posmodernidad. Para colmo, el siguiente titular, Luis Ortiz Macedo (1989-1990), convencido de que este tipo de instituciones se dirigen a distancia, asistía a su oficina una vez al mes.

 

Con Teresa del Conde (1990-2001) el MAM volvió a la vida. Durante su gestión fueron varias las exposiciones memorables: El Setecento Veneciano (1991), Aparición de lo invisible (1991-1992), Don Giovanni. Los artistas celebran a Mozart (1991-1992), Encuentros. De la historia del arte en el arte contemporáneo mexicano (1992-1993), Giorgio de Chirico. Obra selecta (1993-1994), Visiones de Estados Unidos: realismo urbano (1996) y Diálogos insólitos (1997), entre otras. Hubo también muestras de maestros del arte mexicano ya extintos como: Jesús Guerrero Galván, Alfonso Michel, Fermín Revueltas y Manuel Rodríguez Lozano, y también individuales de artistas vivos como: Miguel Ángel Alamilla, Rafael Cauduro, Francisco Castro Leñero, Irma Palacios, Carla Rippey, Arturo Rivera y Germán Venegas, entre otros.

 

Con Luis Martín Lozano (2001-2007) el MAM vivió su época más oscura. El director megalómano, el poder tras el trono de Sari Bermúdez, jugó durante seis años a “defender” a la pintura y hacer exposiciones dizque de arte contemporáneo. Con Osvaldo Sánchez (2007-2011) las cosas no mejoraron, antes se agravaron al acentuarse la confusión entre lo moderno y lo contemporáneo que venía de Lozano. De la gestión del crítico de origen cubano, que terminó con los trastes en la cabeza, debe recordarse: ¿Neomexicanismos? Ficciones identitarias en el México de los ochenta (2011). De Magdalena Zavala, quien pasó de noche por el museo, no hay nada qué decir. La actual directora es Sylvia Navarrete, que ya tuvo un tropezón con la muestra conmemorativa de La Esmeralda el año pasado, y enfrenta el reto de levantar a un museo que, por cierto, celebra sus 50 años con tres exposiciones.

 

* Fotografía: Rufino Tamayo, “Músicas dormidas” (1950) / Stephanie Zedli

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