Viaje al país Yoruba

Dic 7 • Conexiones, destacamos, principales • 3513 Views • No hay comentarios en Viaje al país Yoruba

/

 

/

 

POR DIEGO GÓMEZ PICKERING

 

África. Cabeza, pies, manos, tronco y corazón. África. Negra, ocre, púrpura y azul. África. Lejana, esclava, vecina, libre. África. Madre, hija, abuela y esposa. África, suya, pero nuestra.

 

De acuerdo con las estadísticas más recientes del Instituto Nacional de Migración, entre enero y agosto de 2019, cerca de seis mil africanos, angoleños, guineanos, eritreos, mauritanos, congoleños, cameruneses, nigerianos y ghaneses, entre otra decena de nacionalidades, ingresaron a México por la frontera sur. Migrantes, refugiados, esclavos, de sus sueños, de la pobreza, de la violencia y de políticas nacionalistas y aislacionistas. De ese variopinto universo humano, alrededor de dos mil aún permanecen en las inmediaciones de la estación migratoria Siglo XXI de Tapachula, el centro de detención de extranjeros más grande de América Latina. Su futuro y sus presentes, tan inciertos como antes de emprender su largo y penoso, aunque esperanzador, andar.

 

Ese grupo de jóvenes, mujeres, niños, niñas, hombres y ancianos no es el primero ni tampoco será el último que arriba a México desde África, cargado de ilusiones, para encontrar muros; altos, enormes, infranqueables. Lo que ellos saben, sin saberlo, y nosotros no entendemos ni queriéndolo, es que México nació con África y si ha de morir será con ella también. Hace quinientos años que África desembarcó, primero en Tabasco y después en Veracruz; sí, de la mano de Cortés, con el rostro, semblante, genes y color del “negro emancipado” Juan Garrido. Tal coyuntura y esta efeméride sirven de marco a esta crónica de un viaje a la inversa; desde el México que rehúsa su negritud hacia el corazón del África más negra, en el Golfo de Benín, el país Yoruba.

 

“Hay algo que no va bien con ese puente, lo habita un espíritu maligno”
“Bienvenidos a Nigeria… no apta para menores de dieciocho años”, los letreros al pie de la escalera eléctrica que conduce a los pasajeros recién desembarcados en el aeropuerto internacional Murtala Muhammed de la ciudad de Lagos hacia los controles migratorios y aduaneros de la autoridad nigeriana, se confunden y me confunden. Al que promociona una popular marca de cerveza se le sobrepone, entre focos que ciegan, el que recibe a los viajeros que visitan el país del África Occidental. Uno y otro, al fin y al cabo, y los dos sobrepuestos, son más que representativos del vergel étnico, religioso e idiosincrático que es el continente africano.

 

Una fila migratoria que en realidad son tres, una para ser revisado por el representante de la policía secreta, otra para verificar los remanentes de los pases de abordar –afortunada mi obsesiva costumbre de conservarlos para luego integrarlos a mi diario de viaje–, y la tercera para obtener, con paciencia sobrada, el anhelado cuño del oficial migratorio que permite traspasar las puertas del abotagado aeródromo. Nadie parece cuestionarse la efectividad de esa fila que son tres, ni proponerse algo distinto para dar una apariencia más ordenada a esa enorme sala repleta de visitantes extranjeros, nigerianos de la diáspora, militares de uniforme y funcionarios de paisano. “¿Qué chingados es esto?” espeta en su más elegante inglés un turista americano, con apariencia desesperada, unos cuantos lugares delante de mí en una de las tres filas que en realidad son una sola. No podía ser de otra manera, “ustedes, los extranjeros, nunca han entendido a África”, me interpela el nigeriano que tengo detrás en la fila. Tiene, quizás, razón.

 

“Bienaventurado, bienaventurado”, me grita a la distancia el señor Ahmed desde el otro lado de las puertas automáticas que separan el área de llegadas del aeropuerto de la calle. Un sexagenario y robusto personaje que porta saco de lana en los calores de 38 grados que me reciben en Lagos al terminar mi periplo transatlántico y aeroportuario. “Vine ayer para asegurarme de que llegase hoy”, me repite unas cuatro veces antes de cogerme de la mano y llevarme hasta el estacionamiento donde nos espera su chofer. “Sólo quería comprobar que ellos estuvieran de acuerdo, además de que perdí mi celular”, remata antes de leerme el itinerario de los próximos días en la penumbra al interior del destartalado modelo de la marca Ford que nos llevará hasta la isla de Ikoyi, una de las varias que componen a la ciudad más poblada del país. “Ellos”, en boca del señor Ahmed, son los dioses. Que son muchos, no importa que Ahmed profese el islam, una religión monoteísta, dado que es yoruba, como una tercera parte de la población nigeriana y buena parte de Lagos, la otrora capital del país. Y para los yorubas, en Lagos, en La Habana, en Salvador de Bahía, en Puerto España o en la ciudad de México, cada río, el mar, los truenos y las aves son orishas, son dioses.

 

Lagos, nombrada así por los navegantes portugueses del siglo XVI al estar rodeada de lagunas y manglares, no sólo es la ciudad más poblada de África, 18 millones de personas atiborradas en una decena de islas unidas por puentes y mugre; sino también el corazón, en muchos sentidos, de Nigeria y del Golfo de Guinea, el otro nombre con el que se conoce al Golfo de Benín. Un trayecto de cinco kilómetros puede tomar hasta tres horas en ese monstruo urbano. Nosotros, el señor Ahmed, su servidor y el sonriente Ola, su chofer que ahora también es el mío, corrimos con suerte. Las autopistas elevadas de Lagos se convirtieron ante nuestros ojos en ríos, de coches, de camiones, de gente y de basura, que fluían con una potencia imparable; aunque la mayor parte del tiempo permanecieron sin siquiera moverse. “Por obra y gracia de Oshun, hemos llegado”, declara categórico Ahmed antes de aventarme a las puertas de la casa de huéspedes Bogobiri, pasadas las diez de la noche. “Mañana nos vemos a las seis, hay que madrugar si queremos que Oshun nos siga acompañando”, dice a manera de despedida.

 

Poco pude dormir, quizá hubiera rendido más esperar en vela. África se me metió desde esas primeras horas en la piel. No sólo a través del chirrido de los murciélagos cuando caía el sol camino del hotel también a través de la cacofonía de lenguas y acentos. Del olor de los plátanos machos quemados con la sartén, de los caracoles gigantes asados y bañados en salsa de chile de árbol. Del color de las telas que envuelven cabezas, tetas, culos, piernas y bíceps de hombres y mujeres que transitan por las grises y oleaginosas calles de la ciudad. A través del sueño repetitivo, aunque con ojos abiertos y clavados en la pared, de los cantos yoruba llamando a sus dioses, a sus orishas, a Oshun.

 

“Buenos días”, me recibió Ola en el vetusto Ford justo pasadas las seis de la mañana. Los más de doscientos kilómetros que nos separan del bosque sagrado de Oshun, la deidad yoruba de las aguas, la fertilidad y la maternidad, en la ciudad de Osogbo, los recorrimos en casi cinco horas. Un récord para Ola y para cualquiera acostumbrado a esa carretera repleta de baches sin separación de carriles, en la que motociclistas y tráileres circulan en doble sentido, y en la que decenas mueren en accidentes todos los días. Ola tiene claro por qué nos fue tan bien en el camino. “Hay algo que no va bien con ese puente, lo habita un espíritu maligno”, me explicó apenas salir de Lagos justificando su desvío de una hora por caminos secundarios con tal de evitar cruzar el susodicho puente. A nuestro regreso de Osogbo, por la noche, las noticias de un choque frontal entre dos autobuses de pasajeros que produjo catorce muertos, al parecer el enésimo accidente del estilo en lo que va del año, nos recibieron de vuelta en Lagos con un suspiro de tranquilidad para nuestros adentros. Quizá Ola tenía razón.

 

En el santuario, de 75 hectáreas, con más de 200 variedades árboles y plantas medicinales; monos, serpientes, mariposas multicolores y antílopes enanos; se rinde culto a las deidades yorubas, según la tradición local, desde el siglo XIV. Lekki, el sacerdote yoruba que me sirve de guía me lleva hasta las orillas del río Oshun, homónimo del orisha. “Has llegado a casa” susurra en mi oído, finjo no escucharlo. El agua, turbia, pero a la vez transparente, me llama. ¿Es Oshun? Faltan días para que deje Nigeria y aún así, ahí, en ese momento, sé que el propósito de mi viaje se ha cumplido.

 

“No es posible ver a… humanos de la raza negra con esa conducta…”
Al inaugurar la exhibición Migrantes: Una mirada en la historia de México el pasado 20 de octubre en la sede del Instituto Nacional de Migración, su titular, Francisco Garduño declaró ante los presentes: “no es posible ver a… humanos de la raza negra con esa conducta en contra de los agentes migratorios… huyen de la violencia, pero vienen a sembrarla”. Sus palabras, en una exposición alusiva a las aportaciones de los migrantes a México a lo largo de su historia, se referían a los casi dos mil migrantes y solicitantes de asilo africanos que llevan meses en la estación migratoria chiapaneca Siglo XXI, en condiciones de franco hacinamiento y sin ninguna garantía sobre su presente ni sobre su futuro. Migrantes que días antes, como lo han hecho en otras ocasiones, protestaban frente a elementos de la Guardia Nacional por condiciones que organizaciones no gubernamentales especializadas en migración y refugio han calificado de desafortunadas. Tan desafortunadas, quizás, como los dichos de Garduño, por más que unos días después se haya desdicho pidiendo disculpas a través de un comunicado de prensa.

 

Los “humanos” que describió Garduño en sus desaforadas declaraciones no se parecen en lo más mínimo al señor Ahmed, ni a Ola, ni a Lekki, ni a ninguno de los nigerianos ni nigerianas que me topé en Lagos, Oyo, Idaban, Osogbo o Ife. Tampoco a los cameruneses que he conocido en Duala ni a los mauritanos con quienes he labrado amistad en Nuakchot, mucho menos a los guineanos que me encontré en Conakry, a los eritreos cuyo peregrinar he documentado por media Europa ni a los congoleños que me han recibido en Kinshasa. Los “humanos”, con “esas conductas”, descritos por Garduño, con o sin comunicado expiatorio de por medio, suenan mucho más parecidos a él mismo. “Humanos” que no respetan ni reconocen la humanidad. Aquellos que claman la ira de Oshun, de Obatalá, de Changó, de Yemanya y del resto del olimpo orisha, en Tapachula, en el Distrito Federal o del otro lado del Atlántico. “Humanos”, mexicanos, que no se reconocen como africanos, por más que a África la tengan más adentro de sí que a cualquiera de sus deleznables prejuicios.

 

Juan Garrido nació alrededor de 1480 en algún lugar del África Occidental, bien podría haber sido en el país yoruba, o en alguno de los otros puntos del largo dominio portugués que en ese siglo abarcaba el mercado de la esclavitud, desde lo que hoy es Senegal hasta lo que hoy es Angola. El comercio de africanos le llevó a Lisboa desde donde en alguna de las primeras expediciones de Colón llegó a la Isla de la Española. Ahí, en Santo Domingo, su entonces “amo”, el peninsular Pedro Garrido, le hizo hombre libre, aunque llevase hasta su muerte su mismo apellido. Juan, lustrado en batallas y en las formas del Nuevo Mundo, formó parte de los viajes de conquista de Juan Ponce de León a la Florida y a Puerto Rico. Se afincó en San Juan, antes de llegar a La Habana y ser reclutado por el mismísimo Hernán Cortés para ser parte de su expedición, contraria a los intereses de Diego de Velázquez, al occidente. La expedición que, en 1519, después de rodear Isla Mujeres, la península de Yucatán, y recalar en Tabasco, llegó a Veracruz. La misma expedición que terminó con la toma de Tlaxcala y la caída de Tenochtitlán. Juan Garrido fue el primer africano en llegar a lo que sería México y echar raíz. Se dice que murió en Coyoacán, alrededor de 1550, en donde se le entregó una encomienda, en donde casóse con mujer española y en donde procreara tres hijos, ya novohispanos, casi mexicanos.

 

Pero Juan Garrido no fue el único africano en convertirse en mexicano, o en convertir a México en lo que es, gracias, en parte, a su africanidad. En los siglos XVI, XVII y XVIII fueron decenas de miles de otros, a diferencia de Garrido, traídos contra su voluntad, los que llegaron hasta la Nueva España, como esclavos y mano de obra, a Puebla, la ciudad de México o las entonces Valladolid y Antequera. De acuerdo con el investigador de la presencia africana en las colonias españolas de América, Herman Bennet, la población negra en el México de inicios del XVIII bien podría haber alcanzado un número más elevado que en cualquier otra colonia europea del continente en ese momento, incluidas Cuba, Brasil o los Estados Unidos. Esas decenas de miles de africanos, como Juan Garrido en su momento, también se casaron, se asentaron, procrearon y crearon, junto con los españoles y europeos, juntos con los múltiples habitantes nativos de nuestro continente, lo que hoy conocemos como México. Un México que nos guste o no es también negro. Ese es el México que, a Garduño, y a muchos otros, les falta ver. El México que ellos y todos, necesitamos entender.

 

Los casi dos mil africanos que hoy esperan a las puertas de nuestro país, en los alrededores de Tapachula han, de cierta forma, llegado a casa. El África ancestral de la que provienen y que poco a poco se ha ido resquebrajando a lo largo de los siglos, desde la esclavitud hasta el imperialismo comercial chino, turco, marroquí y libanés, para convertirse, lentamente, en esa África que escapa a todo intento de definición, es un África que quizá ya no encuentren en Nigeria, en Camerún, en Guinea, en el Congo o en Ghana. Pero es un África que lleva quinientos años esperándoles en América. El África a la que pertenecen, de cierta manera sucumbió de aquel lado de la Mar Océano, pero aquí, en México y en el resto de América, esa África, yoruba, igbo, mendé, bamileke o hausa, realmente nunca ha muerto, sino que ha florecido, llegando a emanciparse. Negarla es negarnos.

 

“We leave in peace with our fellows to honor our great goddess of the earth…”
– Chinua Achebe, “Todo se desmorona”

« »