Cuatro poemas de Clemente Guerrero

Dic 11 • destacamos, Ficciones, principales • 1364 Views • No hay comentarios en Cuatro poemas de Clemente Guerrero

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POR CLEMENTE GUERRERO

Cuchara
Imagino tu sensualidad

para servir helado

sobre conos

derritiéndose,

tus curvas limpias,

tus intentos por llegar al fondo

con que intentas llenarte.

Pero siempre estás insatisfecha

con un hueco que no logras llenar

ni con el plato más hondo.

 

Preocupada por subir de peso,

deja ya de obsesionarte

por las calorías en los postres.

Tú, que anhelas ser como esas cucharas

que aparecen en catálogos

y escenas de películas

para que alguno en la calle

te pida una foto

y conozca tu nombre.

Tú, que fuiste un avión

jugando en las sillas de la infancia:

Dime quiénes,
cuántos rostros, en tu espejo de sopera,

se habrán perdido

sin decirte adiós

y ahora extrañas.

 

Sé que no ha sido fácil

que te usen para saciar el hambre

y después te olviden,

que hablen tan mal de ti

y te culpen

por aquello que del plato a la boca.

 

Pero quiero decirte, cuchara,

que todos encontramos el amor

aún con los huecos tan visibles

y que llegada la noche

a todos nos tocará dormir

de cucharita.

 

Afilador
En la multitud del jueves salgo a la calle

y pido: Un kilo y esta salsa por favor.

Sigo mis pasos y el sonido azul del afilador se me afila en el oído,

se me queda ahí,

777777777777/tímpanamente incrustado,

me obliga a mirar

cómo trabaja con sus manos ese frío,

esa aleación de grises que pasa y repasa

con ansiedad y miedo

como si de sus manos surgiera

una novela llena de venganzas.

Me detengo junto a él y lloro,

lloro a su lado 7777777 azuladamente

por la mujer del 304 y su corte en el índice,

por ese pedazo de su carne

que se conectaba con el dedo cordial.

Lloro, porque en cada discusión

sus trastes van al piso

junto a la voz de su esposo

que se vuelve un filo que le canta:

Perdóname, perdóname

y por un momento pienso que lloramos juntos,

pero el afilador no

él siempre avanza hacia atrás

intentando ignorar lo que desbasta.

 

Tianguis
No es verdad, no dijo muerte.

Dijo: se nos fue.

Y no dijo madre. Dijo: mi mamita.

Y yo quería preguntarle

qué era eso de irse,

de ser una prisa, un fuésemos,

un ir y venir como este tianguis.

Quería preguntarle

cómo se hace para estar entre tanto

—Ajos, ajos, ¿no gusta, joven? ¿Qué le vamos a dar, mar-chan-ti-ta?

como para estar entre tanta cumbia triste

y no bailar.

 

Yo quería, pero no.

 

No me salieron palabras.

Me congelé a la mitad del puesto

y cuando me atreví a hablar,

el tianguis había partido,

ya era un fuésemos, una prisa,

un bailar hacia la muerte.

 

 

Metamorfosis 9 A.M.

desde Enrique Fierro

 

Desde el fondo nos mira

una vaca,

una vaca manchada de negro, una vaca pintada de negro

en un cartón de leche.

La luz del mediodía no la hace más delgada

 

Es un prado muy hermoso

se escucha el agua turbia del cencerro

y es como si una mano le hicieran cosquillas al aire

o diera pinceladas y retocara digitalmente un árbol.

Sólo dejaron un árbol, su publicidad es

engañosa.

Aquí, no dice leche, dice: fórmula láctea,

1924, nutrimentos para toda la familia.

No dice leche, dice: agua blanca.

Y yo la vierto sobre un plato,

un mar de vaquitas mugiendo contra mi cereal de chocolate;

las trazo con la cuerda de mi cuchara,

las saco a pastar en este campo de

hojuelas

y dejo que alguna se me pierda.

Lamo hasta la saciedad

este pasto de vacas ajedrecistas,

de bovinos cuya mierda no huele

hasta la fecha de expiación.

Levanto el envase y el mugido pasteurizado me reclama.

Necesita refrigerar, dormir unas horas más en hielo.

 

No es posible

que tanta felicidad, mu, muuucha felicidad

dure pasado el desayuno.

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