El corazón es un perro perdido

Ago 22 • destacamos, Ficciones, principales • 1819 Views • No hay comentarios en El corazón es un perro perdido

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Los cruces citadinos son entronques de tragedias humanas y animales que se viven diariamente en cualquier parte del mundo. Las carreteras también son metáforas que dan paso al presente y al pasado, a un futuro que puede llevarnos a la soledad absoluta

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POR ALEJANDRO PÉREZ CERVANTES 

Los días me arañan y los años me van fijando a una vieja pared, como clavos.
Y pienso entonces que las palabras son también formas de fijar, clavos oxidados y chuecos. Sonidos para martillar a golpes sordos.

 

 

Es entonces que me obligo a recordar:

 

 

Recuerdo que intentamos atravesar la carretera y no pudimos.

 

 

Recuerdo esas luces quebradas y rojas, la noche, el puente inútil, el verdoso olor del cemento. Las ráfagas de aire después de pasar los tráileres que nos aventaban diez metros.

 

 

Y el costillar de los perros atropellados. Sus cabezas fundidas al chapopote, sus colmillos como perlas brillando a la luz de todos los focos. Y atrás de nosotros la noche. Y frente a nosotros las luces y la ciudad: porque nosotros vivíamos afuera. Siempre afuera. En las lomas y los arroyos, en la penumbra cercana al monte, entre calles de tierra sin pavimentar.

 

 

Pero teníamos que ir allá por trabajo, por trámites o pan. La consulta del niño, la ayuda del gobierno, la solicitud amarilla en tres copias.

 

 

Pero la carretera no nos dejaba pasar.

 

 

Un río de carros y ruedas se abalanzaban sobre nosotros cual búfalos, bolas de lumbre como las brujas que rebotaban desde lo alto del cerro. Ruedas del tamaño de un niño con rines erizados de picos. Motos con ruidos tejidos en el infierno. Nubosidades negras que nos picaban en los ojos y la garganta. Aquel era un río interminable. Y aparte los túneles y las paredes de más de diez metros. Los camellones erizados de onduladas placas de acero, de tubos y cercas, con banquetas de cinco centímetros. Un caudal de asfalto del ancho de un río, con ocho o seis carriles. El flujo de un arroyo desbocado: una corriente de fierros que no cesaba nunca. Ni bajo el día con sus mil cuchillos de reflejos solares, ni en la tarde cuando el sol que ardía como quemado por el petróleo. Mucho menos en las mañanas, erizadas de pitos y de sirenas, de frenados y arrancones, de pedorreras de mofles y tos de motores.
Entonces pensamos en ir y atravesarla de noche.

 

 

Pero aquel Periférico era interminable: una triple víbora negra que se extendía en torno a la ciudad como una rencorosa bestia. Un animal que se comía su propia cola, cerrado sobre sí mismo, interminable, autófago: infinito.
Y fuimos y nos agazapamos sobre el terraplén: desde antes de verla olía a humo y a gasolina, al gusto sabor a fierro de unos dientes que sangran. Y antes de vislumbrar aquel alud, luces que iban y venían raudas –enloquecidas– alguien pisó al perro. Medio cuerpo estaba de fuera. La otra mitad había sido sepultada bajo el asfalto y la aplanadora. Hasta parte de su cabeza había sido pintada con una raya amarilla fluorescente.

 

 

Y vimos las trocas: cientos y cientos de ellas, atiborradas sus cajas de hombres como nosotros. Sus llantas traseras se ladeaban con su silenciosa carga humana. Rostros oscuros debajo de sudaderas y de cachuchas. Acuclillados, parados: quince o veinte o treinta en la caja de una camioneta pequeña. Como cabritos o reses. Con mochilas de princesas donde sobresalían herramientas: mangos de martillos, varillas, niveles. Nos miraban y los mirábamos, tal si fueran un espejo móvil.

 

 

Luego pasaron los soldados. Sus camionetas eran anchas y llenas de cuadros verde oscuro. Encima de ellas, uno en silencio agarraba con ambas manos –como si fuera una olla llena de comida hirviendo– un enorme fusil, parapetado tras una cuadrada placa de acero. Ocho o diez de ellos, sentados pero alertas se afilaban a lo largo del vehículo. Su expresión era parecida a la de los trabajadores: silenciosa, dura y cansada. Los diferenciaba, además del equipo y los cascos, los rifles bocarriba acomodados entre sus piernas.

 

 

Luego los tráileres. Esos gigantescos cuadros blancos que se anunciaban con rugido de bestias, silbatos iguales a trompetas desaforadas, rumor de ruedas como una turba de animales salvajes. Sabíamos que ante ellos no podíamos hacer nada. Su solo aire nos aventaba desde antes de pisar la orilla. Su fragor nos hacía dudar las piernas y nos abría un agujero de miedo en la panza. Y las luces. Montón de vidrios blancos que nos agujeraba los ojos y nos enceguecía. Aún lejano ya su rumor, cerrábamos los párpados sólo para comprobar que dentro de la cabeza no podíamos dejar de ver aquellos rectángulos deslumbrantes que rebotaban dentro del pensamiento.

 

 

 

II
Lo peor eran las patrullas negras.

 

 

Camionetas blindadas con una ametralladora sobre el capacete y una calavera pintada en la puerta. Sus sirenas enloquecidas cuyo grito se nos metía muy adentro de los huesos. Sus luces de halógeno que nos quemaban los ojos. Sus hombres enmascarados que desde la caja nos apuntaban con rifles.

 

 

Su sirena roja y azul pintaba el asfalto negro de sangre.

 

 

Asustado, yo volteaba a ver el perfil de los míos, y en sus ojos ennegrecidos veía crecer el miedo, las manos y la cara roja. Luego azul. Luego morada. Y otra vez roja. Luego sólo sombras.

 

 

Pasamos muchas noches y muchos días. Regresamos y luego volvimos a intentarlo.
Y aquel mar de fierro no cesaba. Al contrario: parecía crecer cada día más.

 

 

Recuerdo también que muchos años antes, mis viejos la nombraban como la carretera negra. Un extraño camino de asfalto atravesando el monte, donde no pasaba nada ni nadie.

 

 

Sólo aquella vez que un trailer cargado con cajas de vino se volteó y de su cargamento roto empezó a manar el líquido oscuro, llenando los barbechos y zanjas de la labor. La vieja nos recordaba cómo la gente llegaba con tinas para llenarlas con aquel lodo que sabía a vino de mesa.

 

 

O la única vez que pasó un presidente.

 

 

En un autobús plateado, después de estar parados cuatro horas bajo el sol, con banderas de papel y niños desmayados por el calor, aquel hombre calvo de enormes patillas que pasó apenas unos segundos sacando una mano por un costado del camión.

 

 

Pero esos habían sido otros tiempos. Éstos eran otros. Más rápidos y feroces. Más indescifrables.

 

 

De entre nosotros, pocos conocían la ciudad, e iban apenas por poco tiempo.

 

 

Ahora, aquella muralla móvil nos condenaba al afuera.

 

 

Varios muertos, lisiados y chuecos probaban los alcances de su masticar terrible.

 

 

Yo me harté de intentarlo y me acostumbré a venir a ver. En el camino, entre la basura, me encontré un roto libro. En sus pastas decía “Diccionario”. Estaba incompleto, y parece que le faltan partes de la H y la W.

 

 

Ese libro me sirvió para matar el tiempo.

 

 

III
Es por eso que ahora puedo usar estas palabras. Y usar como un malabar el lenguaje.

 

 

Y mientras miro crecer la hoguera de la noche, y el monstruo del tráfico es un fragor que no cesa, puedo decir maldición, podredumbre, infamia, azoro, ruina.

 

 

Puedo convocar las razones de este exilio y registrar la forma en que la ciudad nos expurga, nos expulsa, nos expele.
Su furia es fatua, feroz: su odio una filigrana.

 

 

Ayer un viejo con una mochila de dibujos animados llena de herramienta trotó tímido hacia la primera barrera. En un parpadeo sus piernas desaparecieron debajo de un monstruoso armatoste del transporte fabril.

 

 

El otro día una joven pareja, espigados los dos, alcanzaron la segunda. Ella calculó mal ante un camión cargado de varillas y él se quedó con la mano estirada, agarrando solo el aire.

 

 

Ahora –para matar el tedio– me entretengo con las palabras.

 

 

Digo que yazco, que la carretera es un yugo. Que somos como yuntas.

 

 

Las ruedas no cesan. Son incansables. Impías. Inverosímiles.

 

 

O la vez que vi entre la noche desfilar los perros. Justo en la bocacalle que topa justo antes del bulevar. Eran las dos de la mañana y pasaron trotando en fila. Iban felices y luminosos tras una perra. Uno café, uno blanco, uno pinto, uno grande y otro más pequeño.

 

 

Eran como lascivos fantasmas.

 

 

La saliva colgando de sus belfos se balanceaba contra la oscuridad. Pasaron junto a mí sin mirarme, hipnotizados. Luego se fueron perdiendo uno a uno entre el mar de luces.

 

 

Igual que nosotros: iban trotando inconscientes en pos del placer y la dicha.

 

 

En pos de la muerte.

 

 

Ahora diré de la última vez que quisimos cruzar. Luego callaré.

 

 

Aventaré al tráfico el libro roto. Que sus páginas se pierdan entre las ruedas.

 

 

Segaré las palabras.

 

 

Esa noche había más luces rojas que blancas.

 

 

Los tráileres nos habían enceguecido. Nos ardía la orilla de los ojos, quemada por mil cuchillos de halógeno. Apenas respirábamos, la nariz mormada de gasolina.

 

 

Llevábamos días sin comer, quemados por el sol, temblorosos de cansancio y de enojo.

 

 

El esqueleto de animal prehistórico del puente clausurado se alzó contra el cielo violeta, cual monstruoso presagio.
Las sirenas de las patrullas negras nos habían dejado aturdidos.

 

 

Los soldados parecían ir sentados sin moverse, con los ojos abiertos, pero sonámbulos, sus miradas vueltas para adentro, vigilando dormidos.

 

 

Aquella noche las camionetas llenas de trabajadores tampoco pasaron de regreso. Sólo los camiones blancos de los transportes de las fábricas, y en sus ventanas verdosas se dibujaban cabezas negras y anónimas. Anonadadas.

 

 

Asimétricas.

 

 

Estuvimos gran parte de la noche intentando leer el ritmo de ese fluir, queriendo encontrar huecos y claves. Pausas que hubieran podido permitir una torpe carrera de varios segundos. Alcanzar un camellón y luego otro. Y luego otro. Mínimo cuatro. O seis.

 

 

En realidad no sabíamos qué tanto había qué correr.

 

 

El silencio nos engañó. Pensamos que se iba a poder.

 

 

Ella empujaba la carreola y yo le apretaba del brazo.

 

 

Una sola mirada de los dos fue la señal. Ambos corrimos.

 

 

Sobra decir que antes de alcanzar el primer camellón la carreola voló por los aires.

 

 

Un parpadeo después, ella. Su silueta se me perdió entre mil ruidos y focos.

 

 

Arrastrándome hasta la orilla, alcancé el costillar fosforeciendo del perro semi enterrado.

 

 

Y a su lado, aquel pedazo de cobija azul celeste y este pequeño zapato.

 

 

Alejandro Pérez Cervantes (Coahuila,1973)
Profesor universitario y narrador. Autor de Murania (Premio Nacional Julio Torri, FETA, 2007), los libros sobre teoría fotográfica Los estatutos de la mirada (IMCS, 2017) y Luz mirada y tiempo (UAdeC, 2020), así como de la novela Lengua de plata (Resistencia, 2019. Finalista en el Premio de novela Lipp 2017). En 2019 obtuvo el Premio Nacional de Cuento Magdalena Mondragón.

 

 

FOTO: Trabajadores en la Carretera 57 de Saltillo, Coahuila. Noviembre de 2019./ Alejandro Pérez Cervantes

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