Dan Sallitt y la amistad femidesigual

Ago 14 • Miradas, Pantallas • 4875 Views • No hay comentarios en Dan Sallitt y la amistad femidesigual

 

Jo es una mujer disfuncional con amores conflictivos, mientras que Mara lleva una vida más bien estable; sin embargo, a lo largo de una década, lograrán cimentar una relación casi fraternal

 

POR JORGE AYALA BLANCO
En Catorce: historia de una amistad (Fourteen, EU, 2019), perspicaz opus 4 del heterodoxo autor total independiente de 64 años que además produce y edita sus películas Dan Sallitt (Luna de miel 98, Todos los barcos del mar 09, El acto indecible 12), la juiciosa educadora infantil chaparrita de flequillo perpetuo muy tranquila pero con fallidas pretensiones literarias Mara (Tallie Medel púdica) ejerce su trabajo con niños con reconocida sensibilidad, se precia de que jamás reciclaría a un anterior compañero sentimental y se cita sin éxito con un deleznable excondiscípulo guapo (Evan Davis) que se asume como escritor inmaduro (“Léeme dentro de 10 años”) y se niega a respaldarla en sus aspiraciones creativas porque sólo desea fajársela a la primera, en tanto que la gallarda rubia trabajadora social superdotada en todos sentidos Jo (Norma Kuhling apabullante), una entrañable amiga desde la infancia de Mara y mucho más inteligente y liberal que ella (“Toma el que sólo quieran coger como un halago, no existe un insulto literal, no destruyas una palabra perfecta”), se la pasa saliendo a fumar a la calle, entrando en conflicto con las supervisoras y consigo misma, haciéndose expulsar exasperantemente de sus empleos y sosteniendo relaciones tóxicas con galanes, como el desmadroso Josh (Willy McGee) o el desdeñoso DJ inabordable Tim (Ben Sloane), que la hacen regresar a la bebida y a la droga ya causantes de las profundas crisis juveniles de personalidad y mentales que creía haber superado, y por tales circunstancias paralelas de las dos chavas, a lo largo de una década la sensata Mara va a pasar sin agitarse demasiado del tierno aunque insatisfactorio galán barbudo Jonathan (Scott Friend) a los brazos del calmado pero indeciso y desechable Adam (C. Mason Wells), del que sin embargo va a concebir una precoz hijita Lorelei (Lorelei Romani), en quien felizmente podrá volcar toda su afectividad y aplicar todos sus puericultores conocimientos, mientras no deja de auxiliar de mil maneras a su amiga del alma Jo, cada vez más deteriorada e inestable, intentando rescatarla en sus eventos psicóticos mal diagnosticados, visitándola en su obligada reclusión médica dentro de la lejana casa de sus padres pueblerinos, viéndola echar a perder una magnífica relación con el mastodóntico galán equilibrado ideal Conor (Dylan McCormick), para luego contemplar a la infeliz Jo regresando a las andadas y precipitarse hacia una trágica defunción anunciada, resultando infructuosa la de otra manera invaluable amistad femidesigual.

 

La amistad femidesigual aborda de frente y en cálida forma intimista el deslizante y sinuoso tema de la amistad entre mujeres jóvenes a lo largo de 10 años de sus vidas sólo coincidentes en el afecto que se tienen y ellas preservan incluso en las más adversas circunstancias, donde las féminas aún inmaduras y por ende cambiantes, casi mutantes, empiezan a estar definidas por naturalezas e intereses opuestos: la sedentaria tranquila y la nómada emotiva, pero con capacidades deseantes siempre prodigiosa y excepcionalmente activas: la maternidad y la variedad sexual más azarosa que libérrima; dos féminas vistas y respetadas en su individualidad radicalmente inalienable, para sumarse a los entrañables personajes límite creados por un excepcional cineasta de extrema delicadeza que discreta y casi callada y subrepticiamente se ha especializado en temas espinosos, cuando no moralmente shocking, como lo son las inmediatas desavenencias sexuales de una pareja que llegó virgen al matrimonio (Luna de miel), la contraposición teológica de dos hermanas traumatizadas que practican religiones distintas (Todos los barcos del mar) y la pasión incestuosa de una chava por su hermano (El acto indecible).

 

La amistad femidesigual perfecciona un cine posmoderno al escalpelo, coloquial, tan calculado que parece espontáneo, cuyos puntos cimeros serían el amable alegato de Mara con Jonathan sobre la inviabilidad de ella para urdir un trío sexual y esa intensa secuencia de la arrebatada confesión paranoica de una incontrolable Jo ovillada y llorosa en el suelo que se enfurruña aún más al despotricar contra sus médicos (“Son tan delicados, desde los 14 años veo cómo se quedan perplejos, mi vida no siempre fue así de horrible, no sé lo que pasó, me he estado jodiendo desde chica”) ante una serenamente impactada Mara de pie en contracampos a 180 grados durante ocho eternos minutos que culminan en la dulcísima revelación de su embarazo, pero como según Valéry el arte vale por sus extremos pero se sostiene por sus términos medios, éstos serán socavadores por anticlimáticos, con resoluciones secuenciales variadas (fotografía contemplativa quasi hiperrealista de Christopher Messina), como esas recurrentes fumaderas de Jo recargada en los muros leprosos, ese largo arribo en fastuoso top-shot de Mara a la enconchada estación férrea del distante pueblaco idílico de Jo, ese recostarse de la extenuada Jo sobre el hombro de Mara en un espectáculo, o ese nacimiento de la protectora relación de Jo sobre Mara vuelto edificante fábula pueril para la pequeña Lorelei.

 

La amistad femidesigual adviene y se liquida y despide no como un relámpago, sino como una íntima luminosidad inesperada que baña, bendice y transfigura a dos mujeres, sin alterar ni su libertad ni sus destinos ni sus desatinos, manteniéndose aquí a duras penas y retroalimentándose merced a su perennidad gratificante, la amistad como valor absoluto e inalienable hasta por aquéllas que la detentan y enarbolan cual si estuviese por debajo de ese nexo voluntario o vínculo espiritual-existencial que las trasciende e ilumina, la amistad cual filosofía moral, derecho inalienable y máximo lujo que nadie puede obsequiarse.

 

Y la amistad femidesigual se asoma con su nena al féretro de la amiga muerta (“Es Jo, la del cuento, hice lo que pude y no logré salvarla”) y madre e hija enlutadas salen de la manita hacia la intemperie inclemente.

 

FOTO: Fotograma de Catorce: historia de una amistad/ Crédito: Especial

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