Después de escuchar la música de Mario Lavista

Oct 5 • destacamos, Ficciones, principales • 3438 Views • No hay comentarios en Después de escuchar la música de Mario Lavista

POR ÁLVARO MUTIS

El aire se serena

y vista de hermosura y luz no usada.

Fray Luis de León

Ni aquel que con la sola virtud de su mirada

detiene el deslizamiento de los glaciares

suspensos, por un instante, en su desmesurada

blancura, antes de la avalancha desbocada

en el vértigo de sus destrucciones.

Ni aquel que alza un fruto partido por la mitad

y lo ofrece a la vasta soledad del cielo

en donde el sol establece

su abrasadora labor a la hora de la siesta.

Ni aquel que mide con minuciosa exactitud

los espacios del aire, las zonas donde la muerte

acecha con su ciega jauría y que es el mismo

que maneja la espada y reconoce

en las manchas irisadas de la hoja

un veredicto inapelable, instantáneo y certero.

Ni aquel que implora una limosna

bajo los altos soportes de piedra

en donde el eco repite sus súplicas,

libres de la vanidosa aflicción del pudor.

Ni aquel que sube a los trenes

sabiendo que no ha de volver

porque el regreso es un espejismo deleznable.

Ni aquel que acecha al amanecer el paso

de raudas migraciones que, por un instante,

pueblan el cielo con la sombra de su tránsito

anunciador de monzones y de pardas desventuras.

Ni aquel que dice saber y calla

y con su silencio apenas logra alejarnos

de estériles maquinaciones sin salida.

Ni ningún otro que intente exhibir

ante nosotros la más especiosa y letal

de esas destrezas que le son dadas ejercer

al hombre para orientar el sino

de sus disoluciones y mudanzas.

Nadie, en fin, conseguirá evocar

la despojada maravilla de esta música

limpia de las más imperceptibles huellas

de nuestra perecedera voluntad de canto.

De espaldas al mundo, al polvo,

al tibio remolino de nostalgias y sueños

y de efímeras representaciones,

esta leve fábrica se levanta

por el solo milagro de haber vencido

al tiempo y a sus más recónditas argucias.

Apenas escuchada, se transforma,

cambia de lugar y nos sorprende

desde un rincón donde jamás

sospechamos que se diera.

No tiene signo este don de una eternidad

que, sin pertenecernos, nos rescata

del uso y las costumbres,

de los días y del llanto ,

del gozo y su ceniza voladora.

Imposible saber en qué parcela del azar

agazapada esta música destila

su instantáneo licor de transparencia

y nos lleva al borde de un océano

que sin cesar recrea en sus orillas

la dorada permanencia de las formas.

Del diálogo del cristal y del oboe,

de lo que el clarinete propone como huída

y la flauta regresa a sus dominios,

de lo que las cuerdas ofrecen como enigma

y ellas mismas devuelven a la nada,

sólo el silencio guarda la memoria.

No sabemos y en nuestra conquistada resignación

tal vez está el secreto de ese instante

otorgado por los dioses

como una prueba de nuestra obediencia

a un orden donde el tiempo ha perdido

la engañosa condición de sus poderes.

*Publicamos este poema con la autorización de Carmen Miracle, viuda de Álvaro  Mutis

 

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