Divertimentos del hombre y el artista

Oct 5 • Conexiones, destacamos, principales • 5583 Views • No hay comentarios en Divertimentos del hombre y el artista

POR ALIDA PIÑÓN

 

Claudia Lavista no recuerda el día en que, después de negarse a ir a una función de ópera o quizá a un concierto, su padre, Mario Lavista, le dijo una frase que hoy ella le repite a sus alumnos de danza: “En esta casa la cultura es a huevo”.

 

A la distancia, la coreógrafa y bailarina entiende que su padre percibe el mundo desde el conocimiento, desde el interés y la curiosidad por el otro, por la música, por la vida. El arte y la cultura no las imponía por necedad, sino porque era tan vital como el alimento. “Ensalada y Bach”, eso es lo que había —y hay— en un día cualquiera en el hogar de la familia Lavista.

 

Siempre fue así.

 

A partir de que sus padres se divorciaron, el compositor Mario Lavista y su hermana gemela María Luisa prácticamente se educaron con sus abuelos maternos y sus tíos. Su madre era una “operera” apasionada y su tío paterno, el compositor Raúl Lavista, se convirtió en una gran influencia musical para toda la familia. Además, el abuelo materno, Guillermo Camacho, tocaba la guitarra y el piano “de puro oído”, era un asiduo a la ópera y tenía gran pasión por Rachmaninov.

 

María Luisa Camacho, su madre, comprendía que Mario se interesaba en la música, pero no sabía que además tenía aptitudes, hasta que Adelina Benítez, maestra de primaria, le dijo que durante la clase de gimnasia, en lugar de ir a correr y brincar como el resto de los niños, prefería quedarse analizando cómo ella tocaba el piano para que el grupo se ejercitara.

 

El niño parecía hipnotizado por los sonidos del instrumento. La interrumpía, la interrogaba sobre cómo lograba hacer música y qué es lo que tocaba. Ahí, dice la señora María Luisa, nació la carrera de su hijo como músico.

 

Con los años, Adelina le pidió a María Luisa que inscribiera al niño con el maestro Francisco Gyves, porque ella no tenía nada más que enseñarle; luego del nivel alcanzado necesitaba una formación más profesional. Comenzaron los estudios y las prácticas en casa porque, al comprender que la música era más que un divertimento, Mario tuvo su primer piano.

 

Mientras eso sucedía, Mario Lavista nunca dejó de ser un niño travieso “como el pingo”. La anécdota que le gusta recordar a la familia es que un día se trepó al árbol para recolectar azotadores frente a la mirada atónita de su hermana y de una de sus primas; la hazaña les revelaba a un pequeño valiente hasta que él bajó del árbol para perseguirlas con la amenaza de lanzarles encima a los insectos.

 

Entre juegos y travesuras, la música siempre terminaba cautivándolo. Por las tardes, su madre ponía discos de ópera; el canto se escuchaba hasta el patio en donde él jugaba. Entraba a la sala para preguntar en qué momento de la historia iban y quiénes eran los cantantes y los músicos. Además, María Luisa solía organizar sesiones de apreciación musical los domingos.

 

La ópera y la zarzuela fueron los primeros géneros que Mario dominó. No sólo su madre fungió como una guía, también el sacerdote de la iglesia de la calle Obrero Mundial, un español al que le gustaba la zarzuela y aceptaba las invitaciones de Mario, su acólito, para ir a escuchar discos.

 

Siendo un adolescente, Mario se fue a estudiar a Francia gracias a una beca. En el barco de regreso a casa, tocaba una obra de Debussy, cuando lo escuchó Rosa Covarrubias, esposa de Miguel Covarrubias, y le dijo que debía conocer al maestro Carlos Chávez.

 

“Era tan jovencito que lo acompañé a ver al maestro Carlos Chávez: ahí empezó todo. Mario ingresó al Conservatorio Nacional de Música y yo estaba muy preocupada porque había vivido tan de cerca la historia de Raúl, un gran músico que tenía hijos que cuidar y ni un peso en la bolsa. En esa época nadie vivía de la música. Por eso le pedí que estudiara otra carrera, que después abandonó para dedicarse sólo a su carrera. Ahora le pregunto si el día que yo me muera me va a dispensar por haberlo obligado a estudiar otra cosa y me dice ‘yo creo que sí’”, narra María Luisa, de 90 años.

 

El compositor es para su madre un músico con una gran obra que a veces no entiende, pero que reconocería de inmediato porque siempre la escucha. Nada le reclamaría a su hijo, ni siquiera que siendo ella una “operera” sólo haya escrito una ópera hasta ahora, Aura, estrenada en 1989 en el Palacio de Bellas Artes en la ciudad de México con Ludwik Margules como director de escena y Enrique Arturo Diemecke como director concertador. Estrenada y olvidada por los escenarios nacionales, pero no por los musicólogos y músicos, a la obra se le han dedicado tesis y estudios.

 

Un superhéroe que toca el piano

 

Quienes lo aman y respetan coinciden en que dos palabras describen a Mario Lavista: generoso y culto. Más atributos gravitan a su alrededor. Bondadoso, paciente, gran amigo, excelente padre, desprendido de lo material, incapaz de sentir envidia, cariñoso, maestro inigualable. ¿Un santo? No, pero sí un superhéroe, al menos para su única nieta, Elisa Carrum.

 

De niña Elisa soñaba que su abuelo salía del armario vestido como si fuera a enfrentar una gran batalla, de esas en las que sólo pueden ganar Superman o Batman. La relación entre ellos es entrañable. Cuando se le preguntó a Mario Lavista si deseaba la misma longevidad de su madre, respondió que sí por una simple razón: “Quiero saber qué es lo que mi nieta hará con su vida”.

 

Elisa pronto cumplirá 15 años y como obsequio desea un viaje a lado de su abuelo. Treinta años atrás, Mario Lavista le pidió a Claudia, su única hija, que lo acompañara a Italia y a Francia. Allá, la bailarina conoció al hombre detrás del pianista, del devorador de libros, del amigo de personalidades que solían ser invitados a comer a casa —como Guillermo Sheridan, Nicolás Echevarría y Arnaldo Coen—, del músico que se desvelaba componiendo y que lo mismo sabía de la vida de Nicole Kidman que de los tratados de filosofía de Aristóteles.

 

“Cuando tenía 18 años nos fuimos de viaje y descubrí al papá conversador, al gran maestro; me explicaba todo. Conocí profundamente a muchos pintores gracias a él. Tenía todas las anécdotas del mundo. Nos echamos nuestra primera borrachera. Encontramos a Eduardo Mata, estuvimos en una casa con Octavio Paz; el viaje fue para mí la revelación del mundo, un mundo que yo podía habitar sin temor porque él me lo estaba enseñando. Conocí al niño curioso al que le interesa la vida, que no tiene miedo a nada, al menos no a romper patrones ni estructuras”, cuenta Claudia.

 

 

El legado de Mario Lavista

 

El sábado 28 de septiembre, sus alumnos decidieron festejar el cumpleaños 70 de su maestro con un concierto homenaje en la Sala Carlos Chávez, en la ciudad de México, en el que se estrenaron nueve obras compuestas especialmente para Mario Lavista: Reencuentro, de Hilda Paredes; Hocket, de Hebert Vázquez; Vuelo de voces, de Javier Álvarez; Tres haikus, de Gabriela Ortiz; Tres Tankas, de Luis Jaime Cortez; Dos canciones, de Ricardo Risco; Callada calma, de Ana Lara; Heurística, de Jorge Ritter, y Divertimento a Lavista, de Armando Luna.

 

La mezzosoprano Carla López-Speziale, el flautista Alejandro Escuer, el clarinetista Fernando Domínguez y el violonchelista Edgardo Espinosa fueron los intérpretes. El resultado, coinciden Ortiz y Lara, fue un concierto en el que se pudo apreciar en una sola noche la enorme influencia del músico en los compositores mexicanos y en cómo los motivó a seguir sus propias búsquedas estéticas y sonoras. Ninguno tiene coincidencias entre sí, ninguno se parece a Mario Lavista y todos son parte de su legado.

 

Ana Lara y Gabriela Ortiz afirman, sin dudar, que él fue el mejor maestro de sus vidas y la figura central de una generación.

 

En el Conservatorio Nacional de Música, Lavista era famoso por dos cosas: era excelente maestro y siempre faltaba a clases. Hasta que un día de 1982, Ana Lara, entonces una joven y terca aprendiz de compositora, lo obligó a presentarse a cada sesión.

 

Ana acudió a su primera clase con Lavista; el resto de los alumnos eran Jorge Ritter, Salvador Torre y una clavecinista. A la segunda clase sólo acudió Ana, y a las siguientes también. Semanas más pasaron hasta que la fama se hizo realidad: Mario dejó de ir a impartir clase. Ana le llamaba media hora después de haber iniciado el horario para preguntar si iría o no. “¿Hiciste la tarea?”. La respuesta siempre fue sí. Él llegaba diez minutos después de la llamada y se quedaba en el salón hasta las tres de la tarde. Con el tiempo Lavista fue consolidando un grupo con más alumnos, que en su mayoría han forjado una carrera exitosa dentro y fuera del país.

 

Como maestro, cuenta Gabriela Ortiz, es sumamente generoso. “Siempre llegaba con partituras, con un disco o con el material del que se había hablado una sesión anterior, incluso de temas que surgían en charlas ocasionales. Siempre nos abrió su casa y estuvo abierto a escuchar al otro. Es un compositor que escribe lo que realmente siente que es importante y como maestro abre puertas, no impone caminos, pero explica las cosas de tal manera que uno termina pensando que siempre tiene razón”, cuenta Gabriela, quien lo conoció a los 18 años sin tener idea de quién era, pero desde aquella primera charla, cuando se nombró a Debussy, compositor admirado por los dos, la conexión fue inmediata. “Me emocionó muchísimo saber que era tan culto, supe que con él aprendería todo y así fue”.

 

El compositor

 

Mario Lavista es uno de los compositores contemporáneos más tocados en el mundo. Su música es un desafío para los intérpretes y suele serlo para el público.

 

Al flautista Alejandro Escuer lo sorprendió brutalmente cuando lo desafió a hacer sonidos multifónicos, una técnica para tocar varios sonidos simultáneos en una flauta —algo inusual para el instrumento—, y que ha explorado en su obra, especialmente en el tríptico para flauta Canto del albaNocturno Lamento.

 

“La música de Mario es muy personal y reflexiva, es para pensar, para viajar. No es música de entretenimiento, sino para dejarse llevar por un mundo desconocido, surrealista y sugestivo, que para mí es muy atractivo como intérprete y como público”, dice el flautista.

 

Para el violinista Arón Bitrán la historia de la música tiene que reconocer la profunda originalidad del mundo sonoro que Lavista ha construido a lo largo de los años. “A pesar de que su lenguaje ha variado mucho y ha atravesado etapas muy diversas, todas las obras que salen de su pluma tienen la fuerza de su originalidad, algo que valoro mucho porque es muy difícil encontrar una voz tan personal y tan única. Como intérprete agradezco que haya empujado al Cuarteto Latinoamericano a hacer cosas que no estábamos seguros de que se podían hacer”.

 

Encontrar a un compositor dispuesto a escuchar sugerencias de los intérpretes, dicen los músicos, no es sencillo. Lavista es uno de ellos. En muchas de sus obras están las respiraciones, las digitaciones de quienes han dado vida a sus obras.

 

La originalidad, contrario a lo que se puede creer, no ahuyenta; atrae, incluso después de la muerte. Arón Bitrán, uno de sus más cercanos amigos y cómplice artístico, es testigo.

 

“Mario y el Cuarteto Latinoamericano fuimos a Nueva York a tocar su segundo cuarteto, Reflejos de la noche; al poco tiempo él recibió una carta anónima de una señora que le contaba que nos había escuchado y le había fascinado su obra. Le encargó un cuarteto y le pidió que se tocara el día de su muerte. Él, intrigado, escribióSinfonías, una obra fúnebre para cuarteto de cuerdas, se la envió y ella cambió de parecer. La quiso escuchar y pidió que se volviera a tocar cuando muriera. Años después falleció y la familia pidió que el Cuarteto fuera a tocar para cumplir su deseo. Así puede ser la música de Mario, aquella que te puede acompañar incluso al más allá”.

 

*Fotografía: Mario Lavista con Claudia Lavista (hija), Elisa Carrum (nieta) y Helen Lavista (esposa de Raúl Lavista)/ARCHIVO FAMILIAR DE CLAUDIA LAVISTA.

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