Diálogo de Antonio Manetti

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La Comedia de Dante cautivó el sentir religioso del Renacimiento italiano que redescubrimos gracias al libro Diálogo de Antonio Manetti, adelanto que publicamos en colaboración con la editorial anDante

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POR MARCO PERILLI
Nota introductoria al libro Diálogo de Antonio Manetti
Una tabla conservada en el Louvre, adscribible a las primeras décadas del siglo XVI, o a finales del XV, representa a cinco maestros del Renacimiento florentino: Giotto, Paolo Uccello, Donatello, Antonio Manetti, Brunelleschi. La presencia de Manetti entre los más reconocidos artífices de la perspectiva, aquella operosa familia que iba fraguando el concepto del hombre factor de sí mismo y de la Historia, no debería sorprendernos, porque, aunque su nombre quede relegado en el museo de la academia y la erudición, en su época fue un protagonista que gozaba de gran categoría como arquitecto, matemático y literato.

 

Las primeras noticias del periplo intelectual de Antonio di Tuccio Manetti (Florencia, 1423-1497) remiten a copias manuscritas de textos vulgares del 200 y del 300, que abarcan obras científicas y literarias: esta doble vertiente marcará su perenne búsqueda de una síntesis entre rigor matemático y palabra viva. El autor que Manetti eligió como modelo de tal programa fue Dante. Se conservan sus copias del Convivio (manuscrito 1044 de la Biblioteca Riccardiana de Florencia) y de la Comedia (manuscrito ii.i.33 de la Biblioteca Nacional de Florencia): ésta incluye glosas y notas en torno a los tiempos del viaje así como a la estructura del sitio infernal, sentando las bases para un rastreo del escenario que no tenía precursores ni tendrá prosélitos conspicuos. Si desde la muerte de Dante, en 1321, iniciando por los hijos del poeta, el “comentario” a la Comedia destila la lectura minuciosa en un laboratorio variopinto de motivos, casi un género per se, la acribia de Manetti con la geografía del más allá inaugura el ensayo monográfico dantesco y su fortuna secular.

 

No hay registro de un escrito de Manetti que desarrolle el tema de forma exhaustiva. Los frutos de su investigación fueron recogidos por Cristoforo Landino en el Proemio a su comentario a la Comedia: “Sitio forma et misure dello ’Nferno et statura de’ Giganti et di Lucifero”. La obra de Landino, publicada en 1481, pretendía devolver a Florencia la gloria del poeta exiliado, de acuerdo al programa de Lorenzo el Magnífico, artista y padrino de las artes, que a través del mecenazgo cultivaba un aparato y una forma del Estado; a ilustrar la edición fue convocado Sandro Botticelli. Será el primer comentario tipográfico, concebido para su difusión a través de la imprenta.

 

El informe de Landino, sintético y denso de razonamiento, no rinde justicia al proceso del estudio manettiano: más que éste, Landino expone el resultado, proyecta en la página el dato que fija el argumento. Sin embargo, el Proemio es el primer testimonio que da fe de la complejidad del trabajo de Manetti y de sus conclusiones.

 

En 1506, Girolamo Benivieni (Florencia, 1453-1542) publica como apéndice de una edición de la Comedia del impresor Filippo Giunti, el Dialogo di Antonio Manetti, cittadino fiorentino, circa al sito, forma e misura dello Inferno di Dante Alighieri poeta eccellentissimo, que aquí se traduce por primera vez: es la más amplia, orgánica y meditada reconstrucción del proceso que llevó a Manetti a elaborar un plano detallado del infierno. Cifras, indicios, hipótesis, dudas y secuelas organizan un discurso compacto y puntual, que grado por grado recorre la topografía del abismo dantesco, del artilugio imaginado con la técnica de un geómetra exigente.

 

Benivieni, poeta exquisito de la corte medicea –hasta el encuentro con Pico della Mirándola y con Savonarola, que inculcaría en su ánimo un temple religioso–, estudió el griego y el hebreo, la lírica vulgar y la Comedia, frecuentó la Academia Platónica y a su mentor, Marsilio Ficino. El culto a Dante representaba entonces un vínculo de unión y pertenencia, abonaba una raíz que era doctrina política a la vez que manifiesto espiritual. En 1519 Benivieni figura entre quienes firmaron una petición al papa León X, hijo de Lorenzo, para pedir el retorno a Florencia de los huesos de Dante. La petición, sobra decirlo, no tuvo efectos…

 

La cercanía de Benivieni y Manetti queda atestada en la elocuencia del primero, quien tributa al amigo el ascendiente de un magisterio inapelable. El Diálogo transmite el apasionado aprendizaje de un discípulo firme en su propósito didáctico y asimismo versado en la crítica del método a seguir: si es un imperativo que Antonio devuelva a la luz la “verdad, que por doscientos años, casi, había quedado escondida en la oscuridad”, nunca Girolamo admite los cálculos sin asimilarlos y pretende gustar de la faena, apropiarse de la norma, convertirla en una praxis que combina el criterio científico con el sentido común. El efecto es un diálogo vehemente, preciso, que resuena en un concierto de lances y remates. Geografía, geometría, matemáticas y un escrutinio alerta del poema afinan la herramienta para escarbar la sibilina arquitectura del infierno, que revela poco a poco un recorrido estricto, un monumento a la lógica escolástica, un orbe diseñado para su censo y contemplación, para su oficio y sus negocios. Como Dante de la mano de Virgilio, Girolamo procede agarrado del tino de Antonio, y el lector con ellos. El propio ritmo del coloquio admite o impone la repetición, el inventario que sostiene la evidencia: volver a la certeza del camino andado es un servicio a la memoria, un ensayo definido del futuro.

 

Alcance natural del Diálogo, o su espontánea extensión en el afán de los sentidos, es el plano: la imagen del infierno, aludida, pensada, se concreta en la representación. Los dibujos que aquí se reproducen proceden de la edición giuntina de 1506 y traducen el trazo verbal de Manetti, que advierte: “Se podría dibujar en general y luego dividirlo por partes; o tal vez se podría… Pero no sé si se podrían conservar las debidas proporciones, ya que aproximándose al centro las cosas disminuyen y se vuelven tan pequeñas que pocos lograrían descifrarlas.” La imagen ayuda y engaña, es un suplicio de Tántalo para la razón: el infierno dantesco es la tierra prometida de su alta fantasía, repertorio del logos, sustancia material del pensamiento que divaga.

 

Las tesis de Manetti fueron impugnadas por Alessandro Vellutello en su comentario a la Comedia publicado en Venecia en 1544. Vellutello, natural de Lucca, pretendía sustraer a Florencia el monopolio crítico de Dante y propuso un mapa del infierno alternativo: la Academia Florentina aceptó el reto y en 1587 solicitó al joven Galileo Galilei dos lecciones que zanjaran la disputa. Galileo, trabajando de regla y compás, demostró el rigor y la coherencia del argumento manettiano.

 

Hoy, tanto celo en torno al ombligo del demonio parece un dislate fabuloso, un ejercicio bizantino; más aún, si lo asociamos al carácter de la educación renacentista, que iba despejando el intelecto de los credos medievales. Sin embargo, este fervor apunta a una bisagra entre dos mundos, a su imperiosa transición, a un síntoma precoz, al horizonte que la palabra de Dante vio arribar.

 

 

Fragmento pp. 38-41

En el Canto XXXIV del Infierno, hablando de Lucifer, dice:

 

 

El fiero emperador del triste reino
sacaba medio cuerpo del glaciar;
yo me mido mejor con un gigante,
que los gigantes con un brazo suyo:
ya puedes calcular cómo sería
en esta proporción toda la mole.
(Inf., XXXIV, 28-33)*

 

 

Por medio de estos versos se puede argüir el tamaño de los Gigantes, de Lucifer y de las esferas, que es lo que nos importa. Y si queremos buscar en estos versos la verdad, hay que considerar primero el tamaño de un hombre común y también el de un gigante común, para ver qué relación guardan entre sí. Los que narraron la vida del Autor escriben que era de estatura mediana y la estatura mediana de un hombre en general suma tres codos [el codo equivale a 58 cm. N. del T.], unos miden más y otros menos. Pero, para precisar la estatura mediana de un gigante, con la cual compararemos la del hombre común, hay que notar lo que dice de Nemrod, el primer Gigante que encuentra en la orilla del pozo, eso es:

 

 

Me pareció su cara larga y gruesa
como la piña de San Pedro en Roma,
y de esa proporción los demás miembros;
(Inf., XXXI, 58-60)

 

 

Y así los demás miembros. Entonces es necesario saber cuánto mide esta piña, y lo veremos. Dice además que estos Gigantes se veían del ombligo para arriba y agrega que el ombligo es el centro del hombre: de aquí sigue que se veía la mitad. Y afirma que desde el ombligo al lazo de la capa:

 

(…) ni tres frisones
lograrían llegarle (…)
(Inf., XXXI, 63-64)

 

 

Aunque viera “más de treinta palmos”, puesto que no sabemos cuánto mide un frisón y que tampoco especifica la medida de los palmos, nos atenemos a la piña. De la cual dice:

 

 

y de esa proporción los demás miembros;
(Inf., XXXI, 66)

 

 

Y respecto a las alnas, que menciona cuando habla de Anteo, de quien dice:

 

 

(…) que sacaba de la gruta,
sin contar la cabeza, cinco brazas (alnas).
(Inf., XXXI, 113-114)

 

 

no especifica a cuáles se refiere, y nosotros sabemos que son diferentes dependiendo del país en que se usan: por tanto, estas medidas, la de los frisones, los palmos y las alnas, las dejaremos como inciertas y tomaremos la de la piña como más segura, tal que procediendo con ésta no fallamos. Suponiendo ahora que un hombre común mide tres codos, podrás entender que este hombre mide en general 8 cabezas y algo más. Digo en general porque según los pintores y los escultores el hombre bien proporcionado tiene que medir 9 cabezas: pero, como esos hombres tan proporcionados son escasos y nos conviene proceder con la medida más difusa entre la mayoría, supondremos que este hombre mide, como dijimos, 8 cabezas y algo más. La piña de Roma, me consta, es alta 5 codos y 1/2 y la cabeza de Nemrod era grande y gruesa como la piña, según le pareció al Autor; así este gigante, según dicha proporción, será alto 8 veces la piña, y algo más. Y si la piña mide 5 codos y 1/2, 5 y 1/2 por 8 da 44. Entonces la estatura de este gigante es 44 codos y aunque dijimos que el hombre común mide algo más que 8 cabezas, ese sobrante lo ajustaremos después, para dejar los números cerrados y no agregar dificultad a dificultad. Establecido esto, hay que ver cuántas veces este gigante que tomamos por común, que mide 44 codos, contiene al hombre común que mide 3 codos: y resulta que lo contiene 14 veces y 2/3. Ahora es necesario buscar el tamaño de Lucifer: es decir, hay que calcular qué parte del hombre es el codo. Yo lo verifiqué y concluyo que es la tercera parte, tomando lo que propiamente se define brazo, desde el hombro hasta la muñeca. Entonces hasta aquí tenemos que el hombre común mide 3 codos, el gigante común 44 codos y algo más: la proporción entre los dos, o sea de 3 a 44, da que el gigante es 14 veces y 2/3 mayor que el hombre; y tenemos que el brazo del hombre es la tercera parte de su altura. De aquí sigue que cuando el Autor dice de Lucifer:

 

 

yo me mido mejor con un gigante,
que los gigantes con un brazo suyo:
(Inf., XXXIV, 30-31)

 

 

la misma proporción que guarda el hombre común con un gigante común, restándole algo en observancia a esas palabras:

 

 

yo me mido mejor con un gigante, aquella misma proporción, pues, tienen los gigantes con los brazos de Lucifer. Y si el gigante mide 14 veces y 2/3 más que el hombre, un brazo de Lucifer será 14 veces y 2/3 más que el de un gigante: dijimos que el brazo del gigante mide 44 codos y 44 por 14 y 2/3 da 645 y 1/3. En fin, un brazo de Lucifer mide 645 codos y 1/3 y si el brazo es la tercera parte del hombre, como vimos, 645 y 2/3 por 3 da 1936. Entonces, la estatura de Lucifer es de 1936 codos, agregándole aquel tanto que en el hombre común rebasa las ocho cabezas, como ya vimos, de tal manera que yo reputo que el Autor quería alcanzar los 2000 codos; por eso dice:

 

 

yo me mido mejor con un gigante, queriendo expresar místicamente, con este número binario, la perversidad del insano deseo de Lucifer, que fue el primero en separarse de Dios, primera y suma unidad, como el número binario es el primero en separarse de la unidad numeral. En conclusión, el hombre común mide 3 codos, el gigante 44 codos y algo más, como explicamos, y Lucifer 2000 codos.

 

Fragmento del Diálogo de Antonio Manetti; interlocutores Antonio Susodicho y Jeronimo Benivieni.

 

Jeronimo. Que Dios te dé la paz.

Antonio. También la dé a Vosotros. ¿Qué os trajo aquí?

Jeronimo. La buena ventura, aunque tal vez te pueda ocasionar alguna molestia.

Antonio. No me puede ocasionar nada que no sea grato, ya que viene con vosotros.

Jeronimo. Hoy en la mañana nos encontramos a alguien que tenía unos libros en venta y como queríamos ver de qué libros se trataba, nos fuimos a la tienda más cercana y por azar, el primero que abrimos, fue uno de los comentarios de nuestro Cristofano Landini sobre la Comedia de Dante Alighieri; y al abrirlo, nos topamos con aquel pasaje donde trata del sitio y de la posición del Infierno, que confiesa haber tomado de ti principalmente. Y como hacía tiempo que no le echaba un ojo, me puse a leer y enseguida encontré algo que no cuadra con mi entendimiento y con lo que una vez te oí decir; entonces me quedé pensativo y declaré a mis compañeros que vendría contigo después de la comida para poder conversar un poco acerca de este sitio y de sus condiciones y medidas. Ya que, por lo poco que yo entiendo por mí mismo, siempre me ha parecido maravillosa cosa por cualquier intelecto, realmente digna de un ingenio tan grande como el de nuestro… poeta, si es lícito comprender en un solo vocablo todos los dones y las virtudes que Dios y la Naturaleza le otorgaron a este hombre con tanta generosidad. Entonces, si pudieras satisfacer sin molestia este deseo, conversando según te decía, o si ahora no puedes que lo hagas por escrito en su momento, o bien de ambas formas, lo cual sería aún más grato, te lo agradecería muchísimo.

Antonio. ¿La información que da Cristofano no te parece suficiente?

Jeronimo. No, pues además de lo que te comentaba, es decir de toparme con algo que no concuerda con mi entendimiento, él lo abrevia mucho. Además, si entendí bien de alguna plática contigo, ahora tú estás más convencido y creo también que comprendiste muchas cosas que tal vez, en esa época, cuando Cristofano escribió ese sumario, todavía no habías descubierto.

Antonio. Es cierto. Pero escribir todo eso según yo lo comprendo sería muy difícil por muchas razones, y sobre todo para mí, que soy falto de letras y sin ninguna pericia.

Jeronimo. Si no lo quieres escribir por ahora, ni tienes ganas, podemos por lo menos conversar, que para eso no se requiere de mayor artificio, y a ver si logras explicarme de alguna manera. Y quizá esta conversación te sirva para que un día con un poco de ayuda lo puedas escribir. Quizá ni siquiera lo intentaste. Las cosas a veces no son tan difíciles de realizar como el hombre se imagina, y además no es oportuno que se pierda; y si sólo se comprende lo que escribe Cristofano, podría casi decirse que todo se ha perdido.

Antonio. Si es conversando, como dices, lo cual no impone ningún orden, ninguna regla de escribir, me resulta más fácil. Pero no sé si tus compañeros estén listos para captar lo que yo pueda decir, y si miramos a las condiciones necesarias para entender este asunto yo dudo que las tengan. No hablo de ti, ya que creo, o más bien sé, que no te hace falta nada que sea necesario a este fin.

Jeronimo. ¿Qué condiciones? Tiempo hay de sobra.

Antonio. Te lo diré. La primera y la principal es que es necesario tener familiaridad con el texto, y no sólo con la cantiga del Infierno, que nosotros investigamos, sino también con las otras dos, que están vinculadas entre sí ya que una le sirve a la otra. Y puesto que este sitio y fábrica del Infierno, como sabes, es una cosa muy artificiosa y fantástica respecto al conjunto y a cada una de las partes, es preciso que quien quiera entenderlo se libere de cualquier otro pensamiento y dirija su ánimo a ello, o tanta fatiga sería inútil. Toma en cuenta que han pasado unos doscientos años, casi, sin que fuera investigado el tema, y por lo mismo está cubierto por un velo que para quitarlo se requiere de mayor cuidado y diligencia que los que tuvieron aquellos que hasta hoy lo han intentado y no han sabido o no han podido descubrirlo.

Jeronimo. Creo que dices la verdad; pero sigue con las otras condiciones.

Antonio. Además, hay que tener alguna cognición de geometría. De las aritméticas ni se diga, ya que supongo que tus compañeros saben bastante. También es necesario entender algo de  astrología, por lo menos haber visto la esfera armilar. Y de cosmografía, el Mantellino1 de Ptolomeo y la Carta de navegación, pues uno le sirve a la otra.

Jeronimo. Yo creo, por lo que vi, que ellos entienden bastante; y si se diera el caso, les ayudaríamos. De verdad, Antonio, habría que reprender al hombre de bien que no le dedica diligencia a estas facultades, por el deleite que ocasionan y por la utilidad que traen, así para los artesanos y mercaderes, como para los letrados y por los que se dedican al arte militar, en cuanto al conocimiento de las historias, de los lugares y cosas así; pues tal conocimiento nos lleva a entender las cosas del mundo, y hacer que las entiendan los demás, amén del deleite y utilidad ya mencionados.

Antonio. Es una gran vergüenza en una ciudad como la nuestra, y más en estos tiempos donde se consigue cada cosa barata e impresa, cuando antes costaba un patrimonio y era muy difícil de encontrar… Mas volvamos a lo nuestro. Dijimos que para entender bien este sitio y fábrica del Infierno es necesario tener familiaridad con el texto de las tres cantigas, y que a ello hay que entregarse, y tener alguna cognición de geometría, aritméticas, astrología y cosmografía, además de saber algo de dibujo, y saber utilizar el compás y las reglas, que no habíamos mencionado. De los vocablos que es necesario entender, no digo latinos, pues éstos son cercanos, sino raros y extranjeros, que son muchos, ni siquiera hablo, ya que de ellos se puede tener explicación en los comentarios y con hombres duchos, y que frecuentan las ferias y han conversado con toda clase de gente. Podría agregar aún otras condiciones, si hablara con otros; pero pienso, por la bondad de vuestro ingenio y por la práctica que vosotros habéis de las cosas, que éstas serán suficientes. Y luego, si yo llegara a requerir ayuda, estarías tú, Jeronimo, y con tu apoyo me agrada soportar este peso, de otra manera intolerable para mí: y todo esto es para comprobar si mi labor puede tornarse en beneficio para muchos, como tú pretendes, o por lo menos que mi esbozo vaya encendiendo en ti, o en alguien como tú, el deseo de llevarlo a perfección; para que tanta labor no haya sido en balde y que al fin, aquello que se mantuvo oculto por doscientos años, como decíamos, salga a la luz.

Jeronimo. Si para entender esto no hace falta mayor preparación, ni otra aclaración, yo creo que tú puedes comenzar. Y aunque estoy seguro, con respecto a tu calidad, ya que te conozco, que sabrás transmitir lo que ordenaste en tu mente, de requerir mi auxilio con estos compañeros lo tendrás, ni faltará su atención, pues anhelan mirar con los ojos de la mente, igual que yo, esta admirable fábrica y arquitectura del Infierno. Así que puedes comenzar.

Antonio. En el nombre de Dios, ya que la obra de nuestro Poeta te resulta tan familiar, tú sabrás preguntar lo que máxime quieres saber.

Jeronimo. Lo que quiero saber, no me molesta repetirlo, es cómo está hecho este sitio del Infierno.

Antonio. Te entiendo, pero escoge una parte, o el lado desde donde tú quieres comenzar: yo me adaptaré lo más que pueda, ayudándote incluso en las preguntas.

Jeronimo. Hagamos como dices. Pero, si te parece mejor comenzar de un lugar más que de otro, hazlo. Para nosotros es suficiente con saberlo y venga lo que venga.

Antonio. Es mejor comenzar desde donde tú me digas, así las cosas se te harán más claras.

Jeronimo. Si consideras que así es mejor, yo me pondré del lado que me parece conveniente. Dime entonces por lo pronto dónde finge que está, el Poeta, esta cavidad del Infierno. Es decir, ¿bajo qué superficie del conjunto del agua y de la tierra? Sobre esta superficie, en su cumbre, ¿hay alguna cosa notable?

Antonio. Escogiste un buen principio. En la cumbre de esta superficie está Jerusalén, ciudad, como bien sabes, muy famosa.

Jeronimo. Jerusalén, si no recuerdo mal, está en Asia, precisamente en Siria, en la provincia de Palestina, y en la satrapía de Judea.

 

ILUSTRACIÓN: Dante, collage de Alicia Sa./ Cortesía Marco Perilli

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