Diarios de un revolucionario (1936-1947)

Nov 27 • destacamos, principales, Reflexiones • 2274 Views • No hay comentarios en Diarios de un revolucionario (1936-1947)

 

Este es un adelanto editorial de los Diarios de un revolucionario, del escritor y político ruso Victor Serge, publicados por primera vez en español en coedición de UACM-BUAP. Esta edición crítica estuvo a cargo de Claudio Albertani, quien lo presentará al lado del poeta David Huerta y Rafael Mondragón el 3 de diciembre a las 18 horas en el canal de Youtube de la red de editoriales AlTexto, en la FIL de Guadalajara

 

POR VICTOR SERGE 

Paricutín
22 de agosto de 1943. —Al salir de Uruapan, el auto se adentra en el bosque por un camino de surcos profundos. Se avanza a diez kilómetros por hora. Cruzamos por una triste aldea de casuchas deterioradas, donde pequeños puercos negros juegan en los charcos y una tienda absurda ostenta un cartel de la Coca-Cola, miseria y soledad.

 

Las cenizas empiezan a teñir de gris oscuro la tierra, las cenizas invaden el paisaje, la carretera se hace más y más accidentada, con curvas fantasmales y cerradas que incesantemente ponen a prueba los nervios y los frenos. Por un largo periodo cruzamos un bosque siniestro donde el suelo está recubierto de un polvillo oscuro. El día se acaba. En esta casi muerte de la Tierra, bajo este follaje empañado, desamparado, de golpe, a orillas de una carretera donde las ruedas y los pasos se hunden, una tumba espeluznante. De la cruz sólo subsiste un bloque recto; a un lado, una especie de espantapájaros doblado hacia atrás, hecho con los harapos del muerto asesinado, asume el aspecto de un fantasma borracho que trastabillea entre las cenizas, bajo un desolado ramaje.

 

De pronto, el volcán aparece a lo lejos, extrañamente cercano, a orillas de un claro. La pesada columna de humo grisáceo sube y se dispersa en el cielo; es colosal, se ven las masas opacas de gas, las cenizas, vapores y humaredas moverse pesadamente sobre su propio eje; tienen las formas de entrañas hinchadas, no se desfiguran al desplazarse, pero suben, suben y rítmicamente se abrazan con un fuego rojo y pesado. Nos llega el soplo regular de las explosiones.

 

 

La llegada a San Juan Parangaricutiro ofrece un espectáculo “apocalíptico”, en palabras de Paule (una palabra por demás justa). Al caer la noche, desembocamos en la plaza ancha, bajo el enorme penacho de humo negro del volcán doblándose en el cenit para recubrir, o así parece, la zona entera; si se moviera de un momento a otro, nos enterraría bajo cenizas calientes y humos asfixiantes. Sobre la gran plaza desnuda cae una lluvia más densa por efecto del suelo negro. Unas tiendas de abarrotes prenden sus luces en medio de la soledad; a su alrededor hay puestos indígenas al aire libre, en torno a los cuales se agitan formas humanas, intensamente negras, sarapes y grandes sombreros caen sobre los hombros redondos.

 

La fachada de la iglesia es alta, severa y asciende con sus campanarios hacia las fumarolas. Una gran cruz de piedra se levanta sobre el fondo de estrellas de un pedazo de cielo en una noche tranquila. Al centro de la plaza, rumores de la multitud, pisadas de caballos, todo ello sofocado, en sordina, bajo la oscuridad, sobre el suelo de cenizas. Las cabezas de unos caballitos tristes de grandes ojos inexpresivos nos rodean, mezcladas con cabezas de indios y manos semejantes a raíces que empujan hacia nuestros rostros unos segmentos de cuerdas.

 

(…) De pronto, percibo al fondo de una larga calle de casas bajas, envueltas en tinieblas, el estallido rojo del volcán. Nubes entrelazadas brotan del cráter, se apagan o se desdibujan y vuelven a surgir con el ritmo de una respiración verdadera.

 

Emprendo solo, guiado por Sebastián López —un muchacho pueblerino de dieciséis años, atento y bello, que habla pausadamente—, el extraño camino hacia el cráter. López mece una linterna de minero que dibuja un pequeño círculo de luz alrededor de nuestras piernas, por encima del suelo, completamente negro. Hablamos de la guerra y me pregunta qué países pelean contra otros y cuáles vencerán. No pregunta por qué, parece ignorar que México también está en guerra. No obstante, es un muchacho serio, absolutamente simpático.

 

Avanzamos por subidas y bajadas, nuestros pies se sumen en la ceniza suave, en medio de una noche de tinta negra. Intuyo que atravesamos un bosque fantasmal, completamente muerto, por la ladera de una colina. Se acercan unos suspiros cósmicos y unas detonaciones sordas; detrás de una curva percibimos la línea ondulante, perfectamente dibujada, del cráter, por encima de la cual estallan unas prodigiosas llamaradas púrpuras que arrastran unas nubes negras. Avanzamos hacia la hoguera cósmica en medio de la noche total.

 

Sobre una cima frente al cráter, a un centenar de metros, el campamento: unas barracas de madera donde se vende cerveza, café, alimentos preparados en pequeños anafes alimentados por carbón vegetal. Turistas y algunos caballos rematan el conjunto fantasmal y sombríamente real. En el centro de las tinieblas, la enorme erupción, una especie de fuego artificial desmesurado, monótono, de un poder que asusta.

 

(…)

 

 

Sangrienta agresión comunista en México

 

2 de abril de 1943. —Ayer por la noche, el Centro Cultural Iberomexicano de los refugiados españoles organizó una reunión por invitación para conmemorar la muerte de Carlo Tresca, Victor Alter y Henryk Ehrlich. Debían tomar la palabra: Maldonado (CNT), Jacob Abrams (socialistas judíos), Julián Gorkin, Paul Chevalier y Victor Serge, por los refugiados socialistas de Europa. El Centro Iberomexicano está ubicado en una de las arterias más frecuentadas de la ciudad. Desde las ocho, una banda de casi 200 comunistas tomó por asalto el local, buscando a los oradores para someterlos. La mayor parte del bar, la sala de los billares y el club fueron totalmente devastados; fue un verdadero pogromo. Los asaltantes rompieron los libros de la biblioteca y arrancaron las acuarelas de los muros. Armados con garrotes y muebles rotos, así como cuchillos y pistolas (unos tiros fueron lanzados a las ventanas), formaban una tropa de choque manifiestamente reclutada en la calle, tal vez pagada, dirigida por unos militantes que gritaban: “¡Son alemanes!, ¡son enemigos de México!”.

 

(…)

 

3 de abril de 1943.  —Situación: no he pagado el alquiler; 25 piastras en el bolsillo; Laurette no sabe si le pagarán esta semana (60 pesos). Por falta de plata no he enviado el telegrama a Nueva York sobre la agresión de anteayer. No tengo un arma; me han aconsejado cambiar de domicilio, que me acompañen, tomar un taxi por las
noches; se piensa que los estalinistas mexicanos, muy engreídos, podrían intentar “liquidarme”.

 

Imposible que me publiquen un renglón en Estados Unidos; dos libros grandes están agonizando aquí y allá. Ni siquiera sé si los últimos capítulos de mis memorias le han llegado a Dwight. Imposible que me publiquen un renglón aquí; los estalinistas me bloquean en Así; mi solo nombre da temor. Me he preguntado si, en el caso de que llegara a escribir una novela de amor y de estrellas, me la publicarían…

 

La penetración estalinista es tan profunda que tiene agentes en todos los periódicos, aun en los de derecha. Nadie está interesado en nada, se vive con base en clichés, sin siquiera preguntar qué pudieron significar en sus tiempos. En Estados Unidos, editores, directores de revistas y público no entienden nada de los problemas que expongo, y que son los del fin y el nacimiento de un mundo.

 

Los editores burgueses tienen miedo de un pensamiento revolucionario, aunque se exprese con extrema moderación (cierto es que los hechos gritan por sí solos). Los editores de izquierda están estalinizados. Los emigrados socialistas no me quieren; para ellos soy un “trotskista” (les es muy cómodo) y, en el fondo, la mayoría de ellos teme la competencia intelectual. Los trotskistas, aquí y allá, me ultrajan y detestan porque detestan la herejía. Estoy totalmente bloqueado.

 

(…)

 

 

Dificultades para escribir

 

10 de septiembre de 1944. —Es terriblemente difícil crear en el vacío, sin la menor ayuda, sin la menor alegría. Si pudiera dejarme ir hasta el fondo, sacudirme el peso de las censuras exteriores e interiores (éstas, reflejo de aquellas), el libro valdría cien veces más y me sentiría cien veces mejor. Pero psicológicamente es casi una imposibilidad. Escribir a los cincuenta años para el cajón, ante un porvenir oscuro y sin excluir la hipótesis de que las tiranías duren más de lo que me queda de vida, ¿a qué conduce? Una visión bastante rica en el trasfondo de la desesperación; pero me gusta más el compromiso práctico para derribar las censuras sociales que lanzarme de manera intencional en la desesperanza. Hay algo más: seguir siendo razonable: las cosas pueden y deben cambiar lo suficiente con el tiempo para que yo pueda respirar más libremente. El compromiso es de todas formas un acto de confianza, de una confianza mutilada y endurecida, pero viva. Estoy preguntándome si mi solo nombre no será un obstáculo para la publicación de la novela.

 

(…)

 

 

La guerra permanente

 

24 de octubre de 1944. —Conversación con Herbert Lenhoff sobre la guerra permanente. Es una previsión justa de León Trotsky: estamos en riesgo de entrar en una fase de guerras ininterrumpidas, permanentes, si la humanidad no logra pronto una reorganización social (y psicológica), para la cual los medios parecen, a decir verdad, insignificantes…

 

Las palabras de un campesino chino entrevistado por un periodista americano: “¿Cuándo cree usted que terminará la guerra?”. “Nunca”. Nosotros consideramos hoy que la guerra de 1914‑-1918 (que en Rusia se prolongó hasta 1921‑-1922) comenzó a plantear problemas de organización del mundo, económicos y otros, de los que nadie o casi nadie estaba consciente entonces. (Las revoluciones rusa y alemana tomaron relativamente conciencia de ello, pero el desenlace autoritario de la Revolución rusa demuestra que fue de manera muy imperfecta: alcanzaron una conciencia política clara para la época y oscura en lo concerniente el desarrollo histórico.)

 

Se acerca el fin de la guerra contra el nazismo, pero se perfila netamente el conflicto entre la economía “soviética” y los otros sistemas. No hay solución a la vista para las cuestiones de Asia. Creer en una victoria total sería pueril. No se divisan soluciones verdaderas para la reconstrucción social de Europa, para el equilibrio de los poderes ni para las cuestiones racial-coloniales… ni siquiera planteamientos ideológicos susceptibles de animar a las grandes masas.

 

El cristianismo seguirá siendo importante, pero sin dinamismo social, sin facultad creadora: sólo podrá resistir, adaptarse, sobrevivir, consolar, en ocasiones guiar a los desamparados. El liberalismo todavía mantiene algunos bríos, preciosos para la salud del juicio humanista, pero el fin de la empresa privada lo reducirá a un factor secundario. El conservadurismo es un endurecimiento, una ceguera egoísta, que en ocasiones sorprende por su falta de sentido de la realidad: es catastrófico y el nazifascismo, que es su bastardo monstruoso, lo comprueba. El socialismo ya no está al día, pues se encuentra rebasado por las ciencias, la tecnología y sus ofuscadas luchas de clases; con certeza es posible que logre ponerse al día, ya que en lo esencial sigue siendo infinitamente más válido que las otras ideologías; me parece que está llamado a diluirse a través de toda la sociedad y a través de toda la conciencia social.

 

 

Pintores…

 

Marzo de 1944.  —María Izquierdo ha envejecido mucho. Su madurez está declinando por la pena. Es bastante gruesa, con un rostro mongólico de nariz aguileña, los ojos almendrados y los pómulos altos de las indígenas de América del Norte, las pieles rojas, aunque de tez aceitunada, hoy verdosa. Durante su juventud fue amazona en un circo, aprendió a pintar sin haber estudiado dibujo; de hecho, su dibujo es todavía infantil, con cierta espontaneidad incómoda; pero su ojo es vivo, siente bien las cosas, las siente aún mejor de como las ve; el sentido del color está tan vivo en ella que matiza poco, sus colores son poderosos, cálidos, profundos.

 

Sus temas: los caballos, las duras montañas mexicanas (de fondo), el retrato esquemático, tan plano como intenso y vivaz (ella no sabe expresar muy bien los volúmenes). Eso le da algo de primitivo y de moderno a su vigor. Es completamente extraña, gracias a Dios, a las investigaciones de lo que se ha dado en llamar pintura avanzada; María Izquierdo está enteramente asentada en la realidad sensible y ama y entiende esa realidad, sin teorías ni sutilezas psicológicas. Pero la veo tensa, de rasgos estirados.
(…) David Alfaro Siqueiros, fundador del PC mexicano y de El Machete, coronel del ejército republicano español durante la Guerra Civil (sin mucha gloria), muralista, buen pintor, agente de la GPU, organizador del atentado del 24 de mayo de 1940 contra Trotsky (y del asesinato de Sheldon Harte), puesto en libertad bajo fianza en 1941, huido a Chile con la ayuda de Pablo Neruda (poeta famoso, cónsul general de Chile, agente de la GPU), ha regresado a México, poniendo fin a su destierro. Protestas en la prensa. Un magistrado declara que Siqueiros está bajo orden de detención pero que él, como magistrado, no puede obligar a la policía a que lo arreste… Muralista, paisajista y retratista interesante. Gracias a su intensidad, en los retratos que he visto logra una profundidad primordial; unos tonos sombríos, violentos, unos ojos cálidos y vivos que se queman en un fuego espiritual. Un aventurero del Renacimiento italiano, capaz de manejar la intriga, el cuchillo, la pistola y el pincel.

 

FOTO: Portada del libro  Diarios de un revolucionario (1936-1947)/ Crédito de fotos: Tomadas del libro Diarios de un revolucionario (1936-1947)

« »